A través de la ventana de mi habitación puedo ver caer la lluvia. Una lluvia de verano en pleno diciembre. Un calor sofocante se levanta del cemento de la calle y sube hasta los pliegues de mis sábanas. Hoy debería de ser un día igual a los otros. Mi madre entrará por la puerta y me traerá el desayuno que tanto me gusta, pan fresco con manteca y un mate cocido fuerte, casi sin azúcar. Girará mi cuerpo desnudo sobre la cama, curará mis escaras con algún novedoso producto recomendado por el nuevo médico que consulta y me besará en la frente luego de limpiar mi cuerpo con un paño húmedo. Me acomodará las sábanas y agregará dos almohadas en mi espalda, luego se sentará a mi lado y me leerá las noticias del día sabiendo de mi preocupación por las cosas del mundo. "una verdadera lastima" dirá cuando la muerte bese la cara de algún joven. Después se irá hasta el mediodía y mi universo se limitará a estas cuatro paredes y a esa ventana que algunas veces permite que me lleguen los ruidos de la calle. Soy sólo un satélite en este sistema solar donde lo más cerca que estoy de la Vía Láctea es por mis poluciones nocturnas. "No pierdas la Fe, hijo" dijo el médico que me realizó los primeros auxilios. Nada pude contestar a tanta estupidez. Hubiese querido decirle "usted porque no se va a pasar la vida comiendo con una pajita", pero mi voz sonó como un gruñido y no me salió nada. Ya es tarde. Ni siquiera puedo girar el cuello para ver mi nuevo reloj sin uso. La luz matinal se mezcla con el brillo de la lluvia. Cierro los ojos y corro, corro como aquel día. Como el día en que la muerte me miró directo a los ojos y me despreció. El chirrido de la puerta me despierta de mis cavilaciones y todo vuelve a empezar.