Desde hace un tiempo, todos somos víctimas inocentes de la inseguridad reinante. El desamparo y la impotencia nos llevan a pedir cambios drásticos en las leyes vigentes; y en el extremo de los casos, legitimar lo ilegal: tomar la justicia por nuestra propia cuenta. Cuando la solución del problema no está en nuestras manos, nos quedamos a la intemperie de la seguridad.
Pero, ¿qué sucede cuando la solución a un problema sí depende de nosotros?, ¿qué es lo que hacemos para evitar morir inevitablemente, cuando realmente se puede evitar?. ¿Qué es lo que hacemos nosotros cuando la solución al problema sí lo tenemos nosotros?
Parece invisible, inadvertida, silenciosa. Hay una inseguridad mucho más presente, más letal, más paradójicamente imprevista por previsible. Más mortal. En lo que va del año 2007 ya murieron 5.330 personas por accidentes de tránsito. Un promedio de 22 personas por día. Ahí va otra vez, por si no se leyó bien: 5.330 personas muertas por accidentes de tránsito. Y el año todavía no terminó.
Muertas por negligencia, muertas por no cumplir leyes que ya están establecidas, muertas por la estupidez humana que parecemos alimentar cada día.
Sin desconocer que cualquier tipo de inseguridad social es una amenaza para todos, la inseguridad vial pareciera ser mucho más amenazante que la inseguridad delictiva. Estamos más propensos a morir bajo un auto que ante un revólver. Y de hecho, estamos muriendo más por un accidente de tránsito que por un robo.
Quiero que no se mal entienda el punto de esta nota: no estoy minimizando la inseguridad delictiva que estamos padeciendo, estoy marcando una realidad que al parecer estamos ignorando como sociedad: muere más gente a manos de volantes asesinos que bajo las balas de los delincuentes.
Y si bien dependemos de una decisión política para revertir la inseguridad delictiva, sí está en nosotros revertir la inseguridad al transitar por la calle.
Las leyes ya están, y no las cumplimos. No le damos importancia ni siquiera al mínimo hecho de anunciar una maniobra utilizando la luz de giro en una esquina; nos da lo mismo cualquier color que tenga el semáforo porque no respetamos cuando tenemos que detenernos. Desconocemos a conciencia que no tenemos que parar sobre la línea de cebra de paso peatonal. Y ni mencionar que ignoramos la relación velocidad – distancia que hay que llevar con respecto al vehículo que está adelante.
Sabemos todas estas normas, pero no las cumplimos. Las violamos sistemáticamente, y sólo tomamos conciencia de nuestra imprudencia cuando ya es demasiado tarde.
No cumplir con una ley es hacer un acto delictivo; agravándose cuando el no cumplimiento de esa ley pone en riesgo la vida de un tercero. Robar es un delito, pasar un semáforo en rojo también. No cumplir con ninguna de las dos leyes nos hace delincuentes; y si como resultado eso dá la muerte de un tercero, nos convierte en asesino. Ya sea con un arma calibre 32, o un arma 8 cilindros.
Pareciera ser que una muerte por accidente de tránsito no es la misma muerte que la sufrida por un robo. Todos somos asesinos potenciales manejando un vehículo, incluso violando hasta la más mínima ley de tránsito.
Es más probable que una víctima de robo sepa que es lo que va a hacer el delincuente, a que un peatón sepa que maniobra va a hacer el conductor de ése auto que viene ahí. Parece una tontería, pero circular una cuadra a contramano es tan potencialmente mortal como un revólver apuntando a la cabeza.
Exigimos seguridad. Pedimos soluciones rayanas en el asesinato. Pero, sepámoslo: somos delincuentes que no cumplimos la ley que está en nuestras manos cada vez que tomamos un volante.
En lo que va del año, ya hay 5.330 cadáveres que lo atestiguan. Podemos ser el próximo.
Por Santiago López.