Al principio, Aníbal no quería hablar, era algo muy íntimo decía. Sin embargo, no podía verlo así y lo insto a que me cuente el problema y accede. Tengo un grave problema Alejandro –me dice- y no le encuentro solución. ¿Pero por dónde pasa eso de intimidad? –le pregunto- Por mi mujer –me dice- No se por qué, quizás por un concepto machista respiré aliviado, creí que el tema pasaba por haber cambiado su preferencia sexual. ¿Que puede ser tan grave?- Le pregunto – Lo grave es que mi mujer no se siente motivada sexualmente conmigo y yo soy un tipo muy activo. Desde hace años, lo hacemos cada vez menos y muchas de esas veces percibo que lo hace por compromiso, por satisfacerme. -Hasta ahí, no sabía que decirle, menos mal que siguió hablando-. Me le acerco, le digo cosas, trato de tocarla pero me esquiva. Pone la cabeza en la almohada y se duerme y yo quedo con los ojos como dos huevos fritos mirando al techo y como recién sacados de la sartén, recalientes.
¿Intentaste hablarlo con ella? - Le digo - Sí claro muchas veces toque el tema y le explique que me gustaba y que necesitaba tener relaciones más seguidas para que la cosa siga funcionando. -¿Y que te dice? - Pone excusas, me corta con “vos siempre con lo mismo” o “ya me tenes cansada siempre con el mismo tema” pero no encara el problema. – Yo seguía sin saber que decir por lo que le pregunto ¿hablaste de divorcio, no tendrá un amante?-. Si, hablé de divorcio pero me dice que soy un tremendista, y lo de que tenga otro, lo pensé.
En verdad Alejandro, creo que mi mujer no me quiso nunca. Al principio la cosa es llevadera, pero a medida que pasan los años la desazón se acrecienta y el tiempo pone barreras y distancia entre las personas. -¿Pero qué te puede llevar a pensar que tu mujer no te quiera? Pregunto yo como si mi amigo no tuviera suficiente motivo y prueba-. Una vez – me dice- me presenta una amiga, estábamos de novios y la chica le dice “cuidado que este puede ser el último vagón del tren, mejor subite y aprovecha el viaje”. Ella en el andén y yo el último vagón… ¿Qué te parece a vos? ¿No creés que es suficiente motivo para creer que soy eso, solo un vagón? Quizás, su verdadero amor es otro, y esté en su mente porque no creo que tenga un amante, pero sí, alguna decepción amorosa que dejó una cicatriz que jamás cerró. -¿Puede ser che? pregunto- y mirá, la amiga dijo el último vagón lo que me dice que el tren tenía varios más y que alguno de esos la dejó en el andén. Lo cierto es que yo hoy pago esas consecuencias y ya tomé una decisión, y justamente esa decisión es la que me tiene preocupado y entristecido.
¿Te vas a divorciar? - Le digo con cara de sorpresa -. No – me dice – y se da cuenta de mi cara de desorientado por lo que decide contar más. Lo que voy a hacer Alejandro, es buscarme una amante y satisfacer mis necesidades sexuales y quien no te dice hasta llegue a quererme. Divorciarme no, por mis hijos, no quiero generar un conflicto tan fuerte en sus vidas, pero, no encuentro otra salida Alejandro, ya son años de padecer este encierro sexual y no lo aguanto más. No solo la cosa pasa porque siento que no me quiere y no se motiva, pasa por tener algo de placer y yo lo necesito. La verdad, no podía decirle que no lo hiciera porque era algo madurado con los años, pero hice silencio, aunque en lo más profundo, sentí que si me pasara a mí haría exactamente lo mismo. Una amiga solía decirme “yo a mi gordo lo atiendo seguido y hasta a veces cuando no tengo ganas, pero se que no va a andar buscando afuera nada porque en casa tiene todo”. Y creo que mi amiga tiene razón. Nunca presté mayor atención a esa declamación, pero hoy, que lo veo a Aníbal tan consternado no solo por lo que le pasa sino por la decisión que iba a tomar, veo que el comentario es tan real como el aire que respiro. Pobre Aníbal, se encuentra entre la espada y la pared, al borde del abismo y dispuesto a dar el primer paso, y lo peor, es que yo no podía hacer nada, solo apoyarlo en la decisión.
Por Alejandro Romero