HISTORIAS DE CIRCO

Las noches que mataban a mi padre

Por Santiago López.

"...Revolear de ponchos y facones en la pista del circo!, con la obra gaucha Juan
Moreira...", pregonaba con inocente énfasis la publicidad callejera en la tarde del
ultimo día de función del circo en la mayoría de los pueblos. Hace muchos años ya.
Era muy común que el último de día de función el circo de mi abuelo ofreciera un
doble espectáculo, a modo de despedida: en la primera parte, una tradicional rutina
de circo durante unos cuarenta minutos; y en la segunda parte, representada en poco
mas de una hora, una que otra obra de teatro adaptada a la pista del circo.
Tradición del antiguo circo criollo.


Eran épocas de televisión satelital inexistente, cines de pueblo con estrenos
atrasados algunos meses, inimaginables videos-clubs, y la familiar sesión de
radioteatro en la hora de la siesta. La versión teatral que representaban en el
circo era una adaptación de la célebre puesta que hacia la no menos celebre familia circense Podestá.
Literalmente hablando, en aquella versión había un personaje para cada miembro de la
familia. Yo incluido...
 
Hoy me pongo en el lugar de cualesquiera de los espectadores de aquel tiempo, y se
me figura algo extraño el reconocer al domador, el equilibrista, la trapecista que
minutos antes hacían sus rutinas, transformados ahora en Juan Moreira, el alcalde o
La Vicenta, la mujer puja del amor. Porque, por si no lo he dicho, mi familia eran
al mismo tiempo los artistas del circo y los actores de la obra.


La acción comenzaba con mi abuelo representando al Viejo Bento acompañado por mi, El
Cachorro -personaje al que le han puesto el cuerpo mis primos y primas según iban
pasando los años...- trenzando unas supuestas lonjas que en verdad eran sogas que
buscábamos por ahí con mi abuelo unas horas antes de la función. Mi personaje solo
aparecía en los primeros cuadros (con una ínfima intervención de voz en off al
final, que casi nunca hacia porque, como se leerá, a esa altura de la
obra yo estaba en otro sitio...) por lo que me permitía casi inmediatamente sumarme
al grupo de espectadores, en primera fila.


A pesar de conocer los parlamentos de memoria, a mis seis años me fascinaba
contemplar a mis parientes en aquel juego teatral. No puedo negar un orgullo cada
vez que veía aparecer a mi padre caracterizado como el gaucho fugitivo, con una
barba postiza, un chaleco de piel marrón, una camisa blanca, sus chiripas rojos,
botas negras, y un trabuco a fogueo en la cintura.


Me causaba gracia infantil el ver como los parentezcos se esfumaban: como mi tía
pasaba de ser la hermana menor de mi padre a ser la esposa, como mi tío pasaba a ser
el amigo de mi padre, y como su cuñado pasaba a ser el alcalde perseguidor. Era
lindo, sí. Era lindo.
 
Era una hora y algo de tiempo en que la magia fluía bajo la carpa, tanto para los
que estaban en medio de la pista como para los que se sentaban en aquellas viejas
sillas de chapa.


Y siempre recuerdo, claro, la escena final: cuando mi padre intentaba trepar por un
falso paredón de ladrillos pintado en un lienzo y mi tío lo apuñalaba por la
espalda.


Se apagaban las luces, y la magia concluía.


Varias anécdotas surgieron tras varios años de representación: por ejemplo, aquella
vez que mi abuelo, asiduo fumador, ingreso a escena y no tuvo mejor idea que
guardarse su pipa enscendida en un bolsillo, y a mitad de un duelo de espadas
alguien grito desde las gradas: "Se esta prendiendo fuego el viejo!", y mi abuelo
seguía peleando con la espada, y con la pipa en su bolsillo...; o aquella vez, en
que la obra se interrumpió por una imprevista tormenta -gran enemiga de los
circos- y así, de repente, Juan Moreira se quito la falsa barba y anunciaba que se
suspendía el espectáculo por seguridad de todos, pasando la función para la noche
siguiente.
 
Pero había casi un ritual en cada final de la obra, y no sólo era la muerte de mi
padre. Cuando todo había conluido, yo solía levantarme de mi asiento, cruzar corriendo la
pista del circo - que minutos antes había sido el escenario de toda la historia-
llegar hasta la trastienda y encontrarme otra vez con mi padre de pie agitado y
sudoroso por el trajín de la actuación, y entonces él me decía: "Dale, vamos que es
tarde, y tu madre debe estar haciendo la comida..."
Y me iba con él a nuestra casilla rodante.
 
Por Santiago López
Viernes 2 de Noviembre de 2007 10:25


Comentarios (4)
nilda (anónimo) - 08-11-2007 14:21
la verdad que historias tan lindas yo no las vivi pero mi papa cuenta que en cordoba cuando podia iva al circo yme emociona al leer todo esto muy lindo soy nilda de mar del plata

norma (anónimo) - 08-11-2007 12:29
Hola!!!! Mi papa se crio en el circo, yo vivi en uno hasta los 6 años que nos quedamos estables.... mi padre añora esa vida que ledio loo mejor... tambien fue Moreira en muchas oportunidades y mi mama la Vicenta, y mi hermana mayor era contorsionista.... Ojala pudiera hacer que mi padre se reencobtrara con cirqueros de esa epoca para que tenga una alegria inmensa en estos quiza sus ultimos años. gracias por el recuerdo en su nombre

Argentino 100% (anónimo) - 03-11-2007 19:56
Hola Santiago..Tu relato me gusto mucho, me trajo varios recuerdos de mi niñez...El circo era algo especial, siempre que venia uno a mi ciudad se instalaba a un par de cuadras de mi casa, mi viejo por las tardes me llevaba a ver los animales y a la noche a las funciones..
Saludos!!

Miguel de Córdoba (anónimo) - 03-11-2007 09:33
Santiago, muy lindo relato. En las historias del Teatro Argentino el Circo ocupa un lugar preponderante. Muchos grandes actores salieron de él, Los Podestá que voz nombras, Sandrini, y muchos otros. Se los llamaba Circos de Segunda, no por que fueran de segunda categoria sino porque eran de segunda función. Un primo y yo, cuando eramos chicos, tuvimos oportunidad de colarnos en uno de los ultimos circos de segunda que circularon por Córdoba, el del Tony Sardinita. La carpa no era de lona en los costados sino de una tela liviana. Nosotros creíamos que nos colabamos, pero los encargados del control al vernos chicos miraban para otro lado. Esa vez también vimos el Juan Moreira. El galope de los caballos se hacía repiqueteando las manos sobre una mesa de madera y el público aceptaba de muy buen grado esas convenciones. Te saludo.

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