En un tiempo en que no existían los realities televisivos, hubo un hombre que buscó la fama en su época. En el año 356, en Grecia, Eróstrato le prendió fuego al templo de Artemisa en Efeso (considerado una de las siete maravillas antiguas) simplemente porque quería ser famoso. Para contrarrestar la intención de Eróstrato, Artajerjes prohibió, bajo pena de muerte, mencionar o registrar el nombre del piromaníaco para borrarlo de las generaciones futuras.
De más está decir que Eróstrato consiguió la fama que buscaba.
Desde hace un tiempo somos testigos de muchos Eróstratos que incentivados por un espejismo de popularidad buscan ser famosos y reconocidos. Es cierto que ninguno llegó a prender fuego ningún templo, pero quizás sin saberlo incendian algo mas preciado: a ellos mismos.
Parecería muy difícil querer escapar a una tentación tan misteriosa como el conseguir la fama. De todos los puntos cardinales se nos muestran figuras y figuritas que nos intentan hacer creer que quienes somos anónimos somos, también, inexistentes.
Nos quieren hacer creer que es una obligación que el mundo sepa de nuestra existencia, y para ello no interesa el modo en que nos demos a conocer masivamente: importa ser famoso, no importa famoso en qué.
Da lo mismo ser un lastimoso actor de una reality, un delincuente publicitado, un forista de diario, o un escritor de notas esporádicas…
Nos quieren llevar a un punto en que si no somos famosos, no somos. Nada.
Es conocida la frase de Andy Warhol: “A todo el mundo le deberían tocar 15 minutos de fama en la vida”; a causa de la impaciencia, muchos adelantan el reloj.
Por Santiago López