Muchas veces nos quejamos de cosas por las cuales no hacemos ni el más mínimo esfuerzo por modificar. Como si el sólo hecho de protestar bastara para cambiar aquello que no nos conforma. Maldecimos al Dios que creó el mundo a su imagen y no a la nuestra.
Nos escudamos detrás de la excusa de que pagamos impuestos y cumplimos nuestras reglas de buen ciudadano; exigimos un premio por hacer las cosas que son nuestra obligación hacer.
Lo malo de ésta mala costumbre es trasladada a todos como sociedad: no nos gusta la sociedad en la que vivimos, pero tampoco hacemos nada para cambiarla. Nos quedamos de brazos cruzados esperando a que sea otro quién haga nuestro trabajo.
Pues bien, enterémonos de algo: si nosotros no hacemos las cosas, nadie las va a hacer por nosotros.
Está a la mano de todos la posibilidad de cambiar aquellas cosas de las que nos quejamos y no resolvemos. Como sociedad adulta que debemos ser, tenemos la obligación de saber que cualquier de nosotros puede tener su acción personal que ayude a toda la sociedad.
Tenemos esa idea de que nuestra función como pueblo solamente se realiza el día de una elección; como un horario de trabajo de 8:00 a 18:00 horas cada dos años. Error: durante toda nuestra existencia social tenemos la oportunidad de decidir y cambiar aquello que queremos cambiar; con quejarse no se soluciona.
La Constitución Nacional (ése librito que, como a Borges, el noventa por ciento de la gente que lo cita no lo leyó) dice textualmente en su artículo 39:
Artículo 39- Los ciudadanos tienen el derecho de iniciativa para presentar proyectos de ley en la Cámara de Diputados. El Congreso deberá darles expreso tratamiento dentro del término de doce meses.
El Congreso, con el voto de la mayoría absoluta de la totalidad de los miembros de cada Cámara, sancionará una ley reglamentaria que no podrá exigir más del tres por ciento del padrón electoral nacional, dentro del cual deberá contemplar una adecuada distribución territorial para suscribir la iniciativa.
No serán objeto de iniciativa popular los proyectos referidos a reforma constitucional, tratados internacionales, tributos, presupuesto y materia penal.
O sea, cualquiera de todos nosotros puede presentar un proyecto de ley que cambie aquello que de lo que nos quejamos.
Y hacerlo es mas sencillo de lo que parece:
Concretando la idea en un texto, ya tenemos el proyecto de ley. Luego, llevarlo a un legislador, puede ser tanto un diputado como un senador (ése mismo al que usted votó con tanto convencimiento el día del comicio); el legislador lo presentará como propio, pues así lo indica la norma, y como dice la Constitución en el artículo ya citado, el Congreso tiene doce meses para tratarlo.
Uno puede ir interiorizándose del camino que lleve el proyecto presentado asistiendo a la sesión en cuestión. Es el camino conocido como Iniciativa Popular.
Se entiende que tal vez alguien diga que no cuenta con el tiempo suficiente para éste trámite; pero si uno se toma la molestia de tomar el tiempo, probablemente ocupe menos tiempo en hacerlo que sumando todas los minutos diarios que uno le dedica a la protesta híbrida.
Ya se sabe: hay una formas de cambiar las cosas. Sólo hay que tener la voluntad de hacerlo.
Por Santiago López