La mujer no es un elemento de posesión, tampoco de poder y mucho menos de decoración. Pero reconozcamos que todo esto, y mucho más, es lo que ha hecho (y sigue haciendo) tan solo para preservar su imagen furtiva y silvestre, y viceversa, de abastecedora de vida.
Lejos están las pálidas tardes que acorralaban a una extinta fémina a resolver satisfactoriamente el desafío de lograr una merienda que deje una estela sutil y delicada hasta el encuentro familiar nocturno sin que estos dos fenómenos la dejaran en evidencia respecto a su mal desempeño como ama de su hogar.
Luego llegó la mujer cándida pero peligrosa en una mixtura exacerbada por los aires libertarios y anárquicos que gobernaban la mente de todos los jóvenes de la época. Nada había cambiado demasiado salvo las decisiones que la mujer tomaba con su propio cuerpo y hasta con su propia vida. La ingenuidad “holandesa” no resistió los embates de la decepción comunitaria y le dio paso al “motor” fuera de borda, al espejo que devuelve signos de interrogación.
Estamos acá y ahora. Nada ni nadie advirtió sobre este hoy, pero “este muchacho” se ha instalado y ha tomado posesión de nuestra mujer actual.
¿Bruja?, ¿angelical?, ¿diabólica?, ¿sólida?, ¿perdida?, ¿fría?, ¿vengativa?, ¿retro?
¡Cuantas palabras que hacen falta para prolongar la incertidumbre!
Soy varón y decreto:
- Que la mujer sea más limpia con su propia convicción.
- Que el varón no sienta piedad por su par y recupere el lugar que nunca debió dejar.
- Que Dios reconozca en ambos a la dupla más importante, creativa y poderosa de toda su creación.
- Que levante la “condena”, que “libere” el paraíso y que sea otro sol el que nos envíe para abrigarnos y otra brisa para despejarnos.
Por “los que vienen”… y para ellos.
Por Dober Hoo