Lejos de un viaje como premio en cualquier concurso en cualquier programa de televisión; lejos de los rankings de los sitios imperdibles según las revistas que promocionan el verano; lejos del ruido, de las tensiones, de todo aquello que invariablemente nos contamina con sutileza; lejos de todo de lo que nos queremos alejar, se encuentra Orense.
Dejé atrás Necochea, pasé la Rotonda de Energía, empalmé con la ruta provincial 72, y 30 kilómetros adelante me encontré con Orense. A 88 kilómetros de Tres Arroyos.
Después descubrí que la ruta 72 está construída donde una vez estaba el trazado de las vías del tren; algo así como un proyecto de faraones en medio del campo.
Orense me recibió con su tranquilidad de pueblo de bien, con sus calles cuidadas, con su plaza y su enorme almanaque diario. Recorrí el lugar y me sentí que el pueblo era verdaderamente una bienvenida.
Luego, tomé el camino de tosca y después de 15 kilómetros de campo amarillo de trigo, llegué al mar.
El balneario de Orense tiene un nombre poético: Punta Desnudez.
La naturaleza invade al recién llegado seduciéndolo; y uno no puede más que dejarse atrapar.
Aún somos pocos en el lugar (y verdaderamente ésa es parte de la magia: no ser una multitud): algunos del pueblo en algún trámite de entre semana, y un puñado que, al igual que yo, vinimos a inaugurar el verano. En punto.
En invierno sólo hay seis personas permanentes en Punta Desnudez, centinelas de este edén nacido para el verano.
Me dejo llevar por las callecitas silenciosas de arena y matas, rodeo la plazoleta agreste, y doscientos metros allá adelante, el océano me toma los ojos por asalto.
Es el 21 de Diciembre y yo estoy parado exactamente en el nivel cero del mapa. El mar moja mis pies, mientras me pierdo en el oleaje y el viento va borrando todo aquello que no voy a necesitar en los días que seguirán.
Sigo el vuelo de un albatros, que dibuja un garabato en el aire, y observo el caserío: paredes blancas y amarillas debajo de techos negros y rojos, al pie de un médano gigantesco. Es como si la urbanidad se encogiera frente a la majestuosidad del mar. Un poco más allá, un par de paradores se le animan a la arena y avanzan a fuerza de quinchos de paja y empalizadas con cal.
La persona más próxima a mí está a 400 metros. Estoy feliz de ser un náufrago en tierra firme. La espuma comienza a contarme historias que comenzaré a moldear en arena. La bandera indica mar dudoso. Pero yo no tengo dudas: estoy pisando un suelo privilegiado, una muestra gratis del paraíso.
Por Santiago López