¿Conciencia?

Por Roberto O. Lorenzo.

Era un hombre elegante, culto, capaz, la vida le había sonreído desde la cuna. Pero tenía dentro de sí un secreto que le carcomía la existencia.

 

Cada noche cuando se miraba en el gran espejo ubicado al lado de su cama lo que veía no era a ese señor que irradiaba prosperidad y que hacía que las mujeres se sintieran atraídas por él y aún las mas jóvenes, más hermosas, más difíciles se sometieran a sus deseos, al poderoso gerente de la gran compañía financiera internacional, al adinerado poseedor de un Mercedes último modelo, a aquel que entraba por la puerta principal de todos los ministerios y era recibido como un amigo por más de un presidente.

 

El encontraba a un guiñapo miserable, un mentiroso, al farsante merecedor de los más feroces improperios, al impío mercader de armas, al ruin capaz de mofarse de las más intimas ilusiones del prójimo, al pusilánime cobarde encerrado entre rejas y guardaespaldas. Allí estaba el canalla, el perverso,  el abyecto, el despreciable, el vil.

 

Hacía más de una semana que el horror llegaba cada noche, la presencia de su fantasma reflejado lo atemorizaba, pero volvía y plantaba su mirada allí en esa cosa que revolucionaba su alma.

 

No podía permitir que esto siguiera así, era inadmisible que algo tan fútil como su conciencia lo sometiera de esta manera, y continuara reprochando su actitud.

 

No era la resignación un arma que siquiera fuese a tener en cuenta, debía encontrar la forma de devolver la armonía a su vida. Con dificultad y después de mucho pensar, encontró la única solución posible para un hombre como él.

 

Terminó su trabajo diario, saludo a su secretaria, que lo miro sorprendida, caminó con paso lento hasta el ascensor, en la planta baja antes de salir le sonrió al portero, subió a su auto, tomó el teléfono llamó a su mujer que estaba en Europa con uno de los tantos hombres que la acompañaban a cambio de dinero y le dijo que a pesar de todo la amaba.

 

Fue a la carísima escuela donde se educaban sus hijos y los abrazó con alma y vida dejando en ellos la sensación de que su padre existía y no era un extraño con el que compartían unos pocos días al año.

 

Con su amante estuvo todo el resto de la tarde e hizo el amor con tantas ganas y satisfacción como no lo había hecho en años.

 

Luego se despidió y fue a su casa le dio unos pesos al chofer para que llevara a cenar a su novia, que era la mucama, y a quien dio la noche libre.

 

Ya solo en la casa se sentó en el gran sillón del living y bebió sorbo a sorbo un carísimo whisky que tenia guardado para los momentos importantes. Respiró hondo y lentamente subió al dormitorio abrió la puerta, miro al espejo y su reflejo y sin bronca, sin ira, sin burla, sin esperanza tomo un martillo y lo rompió en mil pedazos.

 

Por Roberto O. Lorenzo.

Lunes 14 de Enero de 2008 09:19


Comentarios (6)
Roberto (anónimo) - 29-01-2008 08:10
Excelente che!!! dale para adelante con nuvos cuentos! tenés pasta!!!

Alicia (anónimo) - 25-01-2008 08:17
Muy buen final, parecía q la intención era suicidarse aunque era demasiado obvio, asi q me sorprendió y me saco una risita q viene muy bien cuando uno recien se levanta de la cama....
Cariños
Alicia

sandra (anónimo) - 21-01-2008 18:38
para el lector que no entendio: es muy obvio estamos llenos de corruptos inconcientes.Me encanto el cuento,felicitaciones Roberto

SIN SON (anónimo) - 17-01-2008 10:19
NO logro entender exactamente que es lo que pasa por la cabeza de este hombre, y tengo una difusa idea de lo que significo romper el espejo....si alguien lo sabe por favor expliquemelo

Alejandro Romero (anónimo) - 15-01-2008 17:12
Muy bueno, te felicito excelente escrito. ¿Cuantos hay como estos no? la pregunta es ¿son necesarios? digo para la sociedad?, ¿ese ambiente los impulsa a ser así? ¿o ya son así, una porquería humana?

Gaston (anónimo) - 14-01-2008 16:13
Previsible, pero un buen relato para amortiguar el calor. Saludos para el autor.

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