Lecturas de playa

Un día fuera de la playa

Por Santiago López.

Sábado a la mañana.


Hoy me vi necesitado de ir hasta Orense; Orense, el pueblo, a 15 kilómetros de distancia del mar. Tuve que ir hasta el correo a retirar un sobre que me enviaron desde La Plata: apuntes y devoluciones de un guión en el cual estoy trabajando para la Escuela de Cine (lo confieso: no puedo dejar de escribir ni en vacaciones…).


Hay un ómnibus local que hace su recorrido desde el pueblo al balneario, y viceversa. Decidí, incluso en vacaciones, tomar el colectivo. Lo abordé a las ocho y media de la mañana, frente al Centro Cultural, en la avenida costanera.


La primer sorpresa que tuve fue que el chofer me despachó un boleto, cortado de una vieja y clásica boletera; instintivamente me fijé si me tocaba un número capicúa, pero no, la suerte no venía por ese lado.


La segunda sorpresa fue descubrir una frase en el reverso del boleto: un pensamiento de una antigua actriz de cine que deseaba: “Si pudieras irte ahora y volver hace diez años…”. Me gustó eso de encontrar un retazo de poesía en un boleto de colectivo.


La siguiente sorpresa fue que yo era el único pasajero camino a Orense aquella mañana.


Después de atravesar el campo, y de escuchar la radio de Tres Arroyos durante todo el viaje, llegamos al pueblo. Cerca de las diez de la mañana entro al correo, y ahí estaba esperándome el sobre marrón de papel madera, con mi nombre en la cara. Como visitante esporádico del lugar, bastó avisar en el correo unos días antes que llegaría una carta para mí.


En realidad la carta debió haber llegado hace dos días, pero cuando la fui a buscar en aquel entonces, un mal entendido en el servicio postal había enviado la carta a Oriente, un pueblo situado a unos ochenta kilómetros: en éste caso, no sirvió el código postal; una confusión en el nombre envió el sobre al destino equivocado. Oriente tuvo su momento de fama cuando Diego Maradona decidió pasar allí unas privadas vacaciones hace unos años.

 

Ya con mi correspondencia en la mano, salí a la calle. Las calles de Orense son como un perro manso los sábados a la mañana; el aire es muy amistoso e invita a ser correspondido. Fui hasta un mercado a comprar unas cosas, y fui partícipe de un suceso que no puedo dejar pasar por alto: mientras esperaba para ser atendido, un sujeto me miró de arriba abajo y se me puso a hablar en un monólogo imperdible:
“Usté no es de acá, no ¿No?, mucho gusto, me llamo Katunga”.


Un hombre retacón, macizo, morocho, bonachón, estuvo contándome que todos le llamaban así porque él solía animar las fiestas del club local cantando canciones del grupo homónimo. Pero me dijo que también era conocido por otras hazañas: como aquella vez, que a Orense llegó el Circo de los Hermanos García, y en la función despedida desafiaron a quien se animara a luchar contra un oso. Ahí estuvo Katunga, sobre el ring que era la pista del circo.


Según me contó, todo el pueblo fue a presenciar la lucha del crédito local contra el plantígrado; y al parecer fue tal el suceso que al día siguiente, Katunga le dio la revancha al oso. Katunga tuvo la honradez de contarme que la segunda noche, el animal le había ganado.

 

Con mis provisiones en una bolsa, caminé por la calle del boulevard; pasé junto a la plaza mansa, y pregunté a que hora tenía colectivo otra vez hacia Punta Desnudez. La respuesta que me dio una muchacha fue lapidaria: a las dos de la tarde. Y aún no eran las doce del mediodía.


Entonces, me dije por qué no comenzar el camino de regreso a pié, e intentar –como en viejas épocas- que alguien me llevara mostrándole mi dedo pulgar.


Así, fui recorriendo Orense hasta tomar por el camino al balneario. Fui dejando atrás las últimas casas del pueblo, y el campo me recibía con sus tranqueras abiertas. Por varios minutos, me dediqué a mirar hacia el sembradío, mientras bajo mis pies los pasos sonaban a piedritas.


Habrían pasado veinte minutos de marcha, cuando un automóvil apareció en mi misma dirección. Mostré mi dedo pulgar en alto, y el auto fue aminorando su marcha. Se detuvo, y subí. El desconocido chofer y yo llevábamos el mismo destino.


Tal vez a fuerza de conversar, me contó que venía conduciendo desde la Capital; que se había animado a llevarme sólo porque ya se encontraba en territorio conocido, que ni soñara que hubiera hecho lo mismo, por ejemplo, en la Panamericana


Me contó que tenía un cargo respetable en una empresa de computadoras, y que venía por su mujer y su hija, que estaban en Orense. Confesó que su familia siempre veraneaba en Necochea, pero aquél año no habían conseguido un lugar libre para alquilar, y que mientras esperaban que se desocupara algo habían recalado en allí, por primera vez.


Lo noté sincero al decirme que se había sorprendido por el lugar, y que ya no interesaba que en Necochea se hubieran liberado todos los hoteles: su familia había elegido pasar las vacaciones en Orense. La única queja que le oí decir, es que el camino de acceso no era apropiado para vehículos como el suyo, acostumbrado al asfalto de las autopistas.


No le revelé lo que varios lugareños ya me habían confesado a mí: preferían mantener el camino de acceso tal como estaba, para preservar el lugar intacto, lejos de invasores indeseables. Quien deseara llegar al paraíso, que pasara por aquel purgatorio de 15 kilómetros.
 
Cuatro horas después, estaba en mi punto de partida. Cuando abrí el sobre, me enteré que desde La Plata me pedían modificar algunas cosas de las que había escrito. Me pedían un poco más de…realismo, y no tanta ficción.


Entonces, me vino a la mente la idea de que no estaría mal escribir algo sobre un ómnibus que recita poesía en sus boletos; contar sobre una carta que se equivocó de destino; narrar las peripecias de un cantante luchador contra osos; y de un hombre que descubre un lugar soñado porque en las pesadillas ya no hay vacantes.
 
Por Santiago López.

Jueves 17 de Enero de 2008 00:00


Comentarios (6)
Alice (anónimo) - 22-01-2008 11:03
Vos sabes que mi playa favorita es Claromecó, pero la verdad es que leyendo tus descripciones de Orense me contagias las ganas de pasar nuestras proximas vacaciones alla. Quien te dice, a lo mejor un dia puedas relatar tus experiencias de cuando ya no tenias que caminar solo.

cachita (anónimo) - 18-01-2008 18:55
queda cerca de monte hermoso?

Sotreta (anónimo) - 17-01-2008 17:24
En el Google satelital se puede apreciar perfectamente la zona que vos describís. El trayecto zigzagueante de la ruta, desde la esquina sudeste de la plaza de Orense hasta la playa de Punta Desnudez es de 14 km. 810 m.

Sotreta (anónimo) - 17-01-2008 16:33
Muy interesante y realista lo tuyo... Te felicito por la redacción...

Bety (anónimo) - 17-01-2008 13:37
Me encanta leerte!!!!!! me sacás un rato de la oficina y me llevás a esos lugares maravillosos y tan soñados por mí. Gracias!!!!

Porteñita (anónimo) - 17-01-2008 12:14
Que lindo escribis!!!! una maravilla, realmente dan ganas de ir a Orense, lamento decirte esto, pero con tus relatos de ese inospito lugar, dan ganas de ir, es más, en unas semanas me voy a la costa e intentare curiosear Punta Desnudez, no se si llegare pero cuando vea el paraíso .... ya se que estoy.
Te mando un saludote y gracias por compartir tus andanzas.

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