Como un canto eterno de creación y belleza, como un regalo invaluable de la vida, observaba y sentía el atardecer entre valle, montaña frondosa y murmullo del arroyo. El colorido del día había quedado atrás, los matices de verde, amarillo, marrón de tanta variedad de árboles, el lapacho de más de cien años parado ahí, con su estampa y generosa sombra ya no se veía. Entrada la noche, se pierde color de tanta flora pero se recupera el sentido. En la calma de la noche puedo ver el pulular de los bichitos de luz y de los tuquitos (insectos que tienen su lucecita siempre prendida). Me imagino a cuantos debe haber inspirado el ver estos bichitos subir y bajar en una especie de danza de las ánimas. Luces nocturnas, una luz en la plena oscuridad de aquella noche tranquila. El murmullo del arroyo no cesa, la suave brisa deja saber que los árboles están allí y la calma, esa bendita calma que impregna el alma y te hace suspirar una y otra vez, inhalando ese aire puro y sano. De tanto en tanto, charlaba con mi madre de aquella belleza. Justamente la había llevado a su casa desde el torbellino de la ciudad, ese día había venido a visitarnos. El contraste es fuerte y hace bien al alma. Los perros andan dando vueltas tratando de llamar la atención a ver si reciben una caricia. Están contentos y se nota porque corretean, se pelean jugando y rompen con la calma de aquella bella noche. Sentado en uno de los escalones de la entrada de la casa, podía ver algo a lo que le dedicamos poco tiempo, el cielo bañado de estrellas. Millones y millones de ellas enmarcando un momento fantástico bañado de silencios, aquel silencio especial de la noche adonde pareciera que cada sonido se multiplicara. Hasta el crepitar de una rama pisada por uno de los caballos, el negro y el petiso que andaban comiendo por ahí ese pasto verde húmedo por el rocío que crecía.
En toda esa inmensa belleza nocturna, me puse a pensar lo que se perdían mis hijos por cambiar a la naturaleza por la computadora. Los chicos pasan muchas horas mirando la pantalla. En verdad lo que se pierden teniéndolo tan a mano es mucho. No sólo la belleza del lugar, paradisíaco por cierto, sino las relaciones humanas. Se pierden el visitar a su abuela, el que les preparen la merienda con leche chocolatada, pan y dulce casero. Compartir la experiencia con una mujer que la vida le fue tiñendo de aventuras cada historia, cada año y cada minuto vivido.
Montar un rato el negro o el petiso, caminar con ella por el borde del arrollo, mirar los pececitos, deslumbrarse con la inmensidad de flores que habitan el costado del río, la variedad de insectos, las ranas y piedras de todo tipo como el cuarzo, es parte de lo que dejan por preferir el chateo o los juegos de PC.
En esa bella noche, mientras los sentidos estaban puestos en toda esa inmensidad pensaba… lo que se están perdiendo chicos…
Por Alejandro Romero