¿Qué es la muerte?Quien más quien menos, alguna vez pensó en la muerte. No es un tema cotidiano claro, no es parte de la rutina ya que eso se llama vida, pero, ¿Qué es la muerte?
Estaba en la despedida de una compañera de trabajo, se jubilaba. Cenamos, comimos torta y bailamos un rato. De repente, sentí que transpiraba más de lo normal. En verdad, todo ese día me había sentido raro, no se como explicarlo, raro podría ser estar disperso, quedándome mirando a la nada sin un sentido específico, el cuerpo pesado y con poco aliento. Mientras transpiraba aquella noche, sentí un leve mareo. Hacía calor ya que la calefacción en Tierra del Fuego esta casi todo el día prendida. Me voy al baño y trato de secarme con toallas de papel. Estaba empapado, la ropa toda mojada y no entendía que pasaba. Todo era lento, se daba de a poco y extrañado decido volverme a mi casa. Al salir, sentí ese golpe fuerte del calor al frío. La temperatura habría sido de unos 7 o 10 grados afuera pero sentí ese aire helado correr por mi cuerpo mojado. Al subir al auto, comenzó un suave dolor de pecho, exactamente en el centro de las dos tetillas. Pongo en marcha el auto y mientras me acercaba a mi casa el dolor se hacía más intenso. Al llegar me acuesto y miro a mi mujer que estaba algo ofendida porque había salido. El dolor era intenso, me puse de costado y pensé que había llegado la hora. De repente el dolor era insoportable, pero no quería morir en la casa porque pensé la impresión que podría causarle a mi hija, incluso a mi mujer. Me levanté y le pedí que llamara a un médico. No lo hizo en el momento y me dice anda al baño es posible que sea eso, ¿habrás comido demasiado?. Ya casi no podía hablar y camino hasta el living, ella se asusta y escucho que comienza a llamar a todos lados pidiendo una ambulancia, el tiempo corría lento. De todos lados rechazaban el pedido y le decían que llamara al hospital. Así lo hizo y llega la ambulancia. Yo no daba más, no podía respirar, el dolor era insoportable, se me partía el pecho. Entra el medico al que conocía y me dice que te pasa Alejandro, tengo un infarto le respondo. Sáquenme de aquí no quiero morirme en mi casa y me levanto y trato de salir, casi me caigo y me agarran entre los enfermeros y me suben en la ambulancia.
Había un médico cardiólogo, me dice “tengo dos tratamientos para hacerte, uno lento pero más efectivo y uno rápido, cuál preferís. Yo no entendía nada, entre el dolor y esa pregunta estúpida le respondo que me haga el más efectivo que iba a tratar de aguantar lo que más pudiera ese dolor. Así es que me comienza a tratar con algo que creo se llama estreptoquinaza (no se si esta bien escrito pero así sonaba). El médico la inyecta y se va…. No se quedó a ver como evolucionaba, o quizás pensó que era un caso perdido, o tal vez que la droga no fallaba, pero falló.
El infarto fue a las dos y media de la mañana y a las 8 entra el nuevo médico de guardia. Se encuentra con un infartado aun con un dolor terrible, no sé como aguante todo ese tiempo. Estaba rodeado de enfermeras, todas conocidas, grandes personas a las que nunca les agradecí como me mantuvieron vivo, dándome aliento a cada instante. El médico se pone al tanto y se da cuenta que no anduvo la droga, y lo peor, es que no podían mezclarla con la otra.. En ese momento comienza el trámite de derivación. Allá por el año 2002 había en Tierra del Fuego dos aviones Lear Jet para derivaciones de urgencias. Ninguno de los dos estaba, a uno lo tenía el gobernador de entonces Carlos Manfredotti. Solían pasear en el avión o hacer sus viajes en el Lear Jet a Buenos Aires. Al otro, lo tenía otro funcionario pero no me enteré cual, creo mi mujer lo supo pero nunca me lo quiso decir. El avión llega a las tres de la tarde. Yo estaba casi muerto y había perdido el conocimiento. Me cuenta mi esposa que el médico le dice “lo derivamos pero no creo que llegue al aeropuerto que estaba a dos kilómetros del hospital. Pero llegue… me suben al avión para llevarme a Buenos Aires pero antes siento los gritos de algunos compañeros de trabajo y uno muy claro de una querida compañera Magdalena que me decía “¡te vas a reponer Alejandro ya vas a ver que Dios te va a ayudar!”
Un amigo me cuenta que uno de los flaps del ala no andaba y se baja el piloto, le pega una patada, sube corriendo y parte para Buenos Aires. Al llegar, me cuentan que esperaba una ambulancia. Al parecer en ese instante se para mi corazón y me ponen una inyección directa al músculo cardíaco. Vuelve a latir, débil pero latía. Me despierto a los 4 días y no se porque le digo a un médico que tenía neumonía. No podía hablar porque estaba con un respirador pero no se como lo hice y volví a desvanecerme. Efectivamente tenía el pulmón derecho lleno de líquido. Ya no solo era el infarto, ahora se sumaba una socia silenciosa, la neumonía.
Cada tanto abría los ojos y veía una doctora detrás de un vidrio que me observaba. Me extrañaba esa mujer porque no me sacaba los ojos de encima. Cada vez que los abría estaba allí, atenta, dispuesta y se me acercaba con palabras de aliento y una caricia en la frente. Luego supe que se llamaba doctora Flor y realmente fue muy profesional.
Me sacan el respirador después de un tiempo y me cambian de terapia a una que no tenía el respirador. Estaba muy mal y varias veces les dijeron a mi mujer y mi madre que ya había viajado desde Córdoba, que no había perspectiva de que viviera. A la doctora Flor una vez la escuche hablar con un médico y decía “si por milagro sale a flote, necesitará un transplante”.
Un día, estaba muy mal. Realmente sentía que me moría. No podía respirar de hecho, tenía que hacer un gran esfuerzo para inhalar un poco de aire y exhalarlo. Sentía como si tuviera un yunque arriba del pecho.
Hago llamar a mi mujer, cuando entra, veo que se asusta al mirar mis ojos. ¿Qué pasa? Le pregunto, nada, nada me dice. Quiero decirte, que me cuesta mucho respirar, y creo que me voy a morir, lo siento y quería ser yo quien te lo dijera. Lo lamento – le digo- es algo que no puedo dominar, que se me salió de control. Entra mi madre y también pone cara de sorprendida cuando me ve. Yo estaba conectado a un sin número de maquinas, cada una hacía un pip diferente, pero cuando se bajaba la presión o vaya a saber que pasaba, comenzaba a sonar una sirena y ahí venían los médicos corriendo, dando órdenes de inyectar esto o lo otro.
Ya solo en la sala, haciendo un tremendo esfuerzo por respirar, mirando por una ventana en la más extrema soledad, de repente siento un sonido continuo. Ese cuando se para el corazón y hace un largo piiiiii. Chau me dije pero seguía sintiéndome vivo. Me miraba las manos que hacía un gran esfuerzo por moverlas, de hecho cada vez que lo hacía me cansaba tanto que parecía había corrido diez km. Comenzaron a sonar las alarmas pero yo sentía que estaba vivo. De repente siento el característico ruido de los electrodos, esos que te ponen en el pecho y te dan golpes eléctricos para hacer funcionar el corazón.
Estuvieron trabajando muchísimo tiempo hasta que sentí un frío silencio. Todo había sucedido en la sala contigua a la mía, pero los sonidos se mezclan y no se sabe desde donde provienen. Lo increíble, es que a partir de ese momento, comencé a sentirme bien. Día a día me recuperaba un poco más hasta que me llevan a una sala común. Un médico me dijo que no podían operarme porque había pasado más de 16 horas desde el infarto y la parte de corazón infartada se había muerto por no recibir sangre. ¿Cuánto tengo muerto? Le pregunte un 60 a 65% del corazón, vas a tener que prepararte para un transplante cuando estés más recuperado. Fue ahí, cuando comienza el fantasma del transplante, y es hasta el día de hoy que no me lo quiero hacer a pesar de haberme intentado convencer médicos y psicólogos. No pude volver a Tierra del Fuego ya que el frío se transformó en mi principal enemigo. Me hicieron un sin fin de cateterismos y dos angioplastías. Al trabajo no pude volver más y debí jubilarme por invalidez. Hoy, me trata el equipo de transplante del hospital Privado de Córdoba, pero tengo claro que no me lo voy a hacer.
Lo que me lleva a compartir este escrito, es que desde hace 12 días estoy con secreción en el pulmón derecho, aquel adonde me dio la neumonía. Hoy, si bien leve, tengo neumonía y lo raro es que a pesar del tratamiento no se quiere ir. Desde el infarto, no pude dejar de pensar en la muerte. Estuve un año y medio muy mal. No hablaba, pensaba mucho, estaba triste porque no entendía porque me había pasado eso a mí. Pero la trama secreta de la vida, pareciera que tenía todo organizado. Un día voy en taxi a visitar a mi madre. Estaba del lado de la puerta mirando a la nada. La introspección era el sello característico de mi personalidad por aquel entonces. De repente el taxista me habla. “Disculpe” me dice “¿usted tuvo un infarto?”, sorprendido le respondo que si. No se preocupe –me dice- yo también tuve uno, pero ya va a ver que a los dos años, comenzará a sentirse mejor. Ese es el tiempo que le lleva al corazón recuperarse, créame a mi me paso y míreme, manejando el taxi feliz de la vida. Quédese tranquilo que a usted la va a pasar lo mismo. Cuando bajo del vehículo, le agradezco al taxista por sus palabras. En ese instante me hizo un click. Me di cuenta que podía estar el resto de mi vida sufriendo el 65 % de corazón muerto, o tratar de disfrutar el 35% de corazón vivo. Al otro día comencé a caminar, primera recomendación de mi médico cardiólogo Dr. Marcos Amuchástegui para recuperarme.
Sin embargo, yo tenía una duda y me siento a charlar con mi mujer y mi madre aquel día. ¿Se acuerdan cuando les dije que me iba a morir?, ¡Si claro como no! respondieron.
¿Pueden decirme que paso ese día y porque la expresión al ver mi cara?. Ese día cuando entré, vi que tenías los ojos muertos, No se te veía la parte blanca de los ojos y parecía que estaban como inyectados en sangre. La verdad, parecías que estabas muerto. ¿Y que pasó con las sirenas? Bueno, lo que pasó es que un señor llega con su mujer y se sienta al lado nuestro. Lo llama el médico y la señora nos comenta que le iban a hacer ese día un cateterismo que a la tarde le daban el alta. El señor llama al ascensor y desde allí le dice a su esposa que se volviera a la casa, que le diera de comer a las canaritos y que a la tarde vuelva así se iban juntos. Ese día, ese buen hombre muere por un simple cateterismo. Fue ahí donde me di cuenta que la muerte andaba rondando. Comprendí que es como un ente, que elige a las personas no se porqué características. Lo cierto, es que estaba yo, con un tremendo infarto y muy pocas probabilidades de vida, y estaba ese señor que simplemente se hizo un cateterismo. La muerte lo eligió a él, hoy, aun no sé por qué pero fue notable porque ya no sentí su presencia a partir de ese día. Se había llevado a aquel buen hombre y yo lo sabía, lo percibía porque me di cuenta que alguien había muerto, lo que no me imaginé, es que sería por algo tan simple, cuando estaba yo con algo tan complejo.
Estuve cara a cara con la muerte. La sentí, no me dejaba respirar y casi se había llevado ya mis ojos. Sólo Dios sabe por qué me dejó, y yo, hoy trato de descubrir el por qué.
Lo cierto, es que entendí que a la muerte hay que enfrentarla con honor como todo en la vida. Y de a poco, se comienza a valorar cada cosa que nos rodea. Cuando escribo sobre el calentamiento global, o el daño que le hacemos a la tierra, lo hago desde esta perspectiva, la de sentir que somos una sola cosa y simplemente porque lo viví. Cuando pienso en la muerte me digo “desaparecés pero la vida sigue” y no puedo dejar de preguntarme ¿para qué nos preparamos? ¿Qué es la muerte que te hace sentir un sin fin de experiencias toda una vida para llevarte después? ¿La muerte es la vida? ¿Hay una continuidad en otro estado? ¿O simplemente se cierra la cortina y todo termina?. Por lo pronto, a pesar de esta neumonía que tengo hoy y me preocupa claro, trato de disfrutar el paisaje de la montaña, los diminutos colibríes que sacan el néctar de unas calabazas que sembré. Del aire puro, de las flores, el relinchar de los caballos, de la vida… disfruto la vida, para que se la lleve la muerte que quizás sea lo que ella más disfruta.
Chau
Por Alejandro Romero
|
|