Leyendas de sal
Esperamos tu comentario ![]() Cuando leas esto, ya no estaré aquí. Haciendo las valijas en el último día en éste lugar, guardo una serie de historias que fuí escuchando en la arena, y que el recuerdo trajo. Como el oleaje. Cuando leas esto, ya no estaré aquí. Y tal vez en el sentido de ésta frase se esconda la verdadera esencia de una leyenda: estar en un lugar que realmente se encuentra vacío. En este lugar, se comenta el suceso ocurrido en los últimos días del año pasado en Oriente, a 80 kilómetros de distancia: en un amanecer de Noviembre varios pobladores dicen haber avistado un ovni. Oriente ya cuenta con otra postal: Diego Maradona primero, en aquellas vacaciones privadas de hace unos años; una visita espacial ahora. No hay ovnis en Orense, pero sí un puñado de sucedidos que llegaron a mí con el correr de las tardes en esas horas en que el mate se llena de arena: Cuando Orense apenas era un sueño, Dalmacio Giménez quiso hacer su aporte para la promoción del balneario: pensaba que una playa no es una playa si no tiene su propio barco hundido. Así, a falta de un naufragio histórico en la zona, Dalmacio se internó mar adentro en su barquito pesquero, y a unos quinientos metros de la costa destrozó el casco a mazazos, esperando que el mar hiciera su parte. Según como se mire, su proyecto fue exitoso: el barquito se hundió hasta desaparecer en el fondo del agua, y volviendo a nado hacia la playa fue que tomó conciencia de que nadie creería que, efectivamente, Orense contaba con una atracción catastrófica. Las tormentas suelen ser impiadosas, y mucho más si el mar las empuja a tierra firme. Aunque los años han pasado, sigue en pié el encuentro entre Gregorio Torres y una tormenta salida del aliento de Dios. Según me contaron, la lluvia pescó a Gregorio en pleno regreso de un día de trabajo. Avistando el temporal, había tomado camino con su bicicleta por plena playa para ahorrarse unos kilómetros. Allí lo sorprendió el aguacero, pedaleando contra el viento, perdiendo a su paso su escaso equipaje sin dejar de pedalear. Cuando las fuerzas no le dieron más, y el viento parecía llevarlo de vuelta a su punto de partida, Gregorio Torres miró al cielo, se acordó de la Madre de Dios, y, jura, en ése mismo instante el temporal cesó de golpe y el sol asomó abrazador. Junto con las cruces de sal, se le pide a Gregorio que mire hacia el cielo cada vez que hay tormenta. No debe haber nada mas triste para un pescador que estar condenado a vivir en tierra firme. Pero eso no le importaba a Camilo Barriconti. En sus épocas, sabía ser el mejor pescador. Siempre trabajaba solo, partiendo mar adentro cuando aún el sol no había asomado, acompañado de La Venturosa, su barcaza. Un día, al regresar, los pescadores que terminaban su tarea en la playa lo vieron desembarcar hecho un espanto: la mirada perdida, el rostro pálido, los pasos extraviados incluso antes de darlo. Lo vieron bajar de La Venturosa, dejar la nave allí sin mas, y comenzar a caminar tierra adentro. Pasaron varios días hasta que Camilo explicó su actitud de abandonar las aguas, y lo hizo sin siquiera apurar un vaso de alcohol. Contó que había zarpado como siempre, hacia el mismo destino. Contó que había visto amanecer en altamar, como lo había hecho mil mañanas atrás. Pero de pronto, sintió en los ojos un resplandor de fuego; creyó marearse como nunca le había pasado, y cuando su vísta se aclaró, los huesos se le congelaron debajo de la piel. Allá, a pocos metros de la proa de su barquito, la silueta de una ciudad plateada sobre el océano lo hiptonizó. Una ciudad en medio del mar…, ¿cómo era posible?. Sabía perfectamente que no había equivocado su rumbo, y que esa ciudad que divisaba no era ninguna de las costas que él perfectamente conocía. Y además, la ciudad era completamente de plata, brillando fantasmalmente bajo la luz del sol. Contó que volvió a sentir un chispazo en sus ojos, y que la ciudad desapareció. Un solo pensamiento le siguió a aquella visión: llegar a tierra lo mas pronto posible, y no volver a pisar el mar. Hace más de cuarenta años que Camilo no mira al océano cara a cara. En mi regreso a la ciudad, quise traerte éstos souvenires de relatos, adentro de una botellita con agua de mar y arena amarilla. Postales de Orense para guardar en el recuerdo. Santiago López. Nota: Quiero agradecer profundamente a Constanza y Alejandro Doménico, responsables de la página www.balneario-orense.com.ar, por la colaboración en la realización de ésta serie de notas, y por la publicación de las mismas simultáneamente en la página de Orense.
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