Me preguntan cómo conocí a María Fernánda, y quién es ella.
No puedo decir más que lo que conocí de ella mediante el MSN. Se sabe cómo comienzan éstas relaciones, y no fue diferente nuestro primer encuentro: una noche, en un chat, alguien cuyo nick era Maifer convirtió una conversación aburrida en un agradable momento. De la sala general del chat pasamos a una ventana en privado, y ahí al MSN casi siempre hay un solo click.
Lo que al principio a mí me pareció uno de tantos contactos ocasionales, fue convirtiéndose en una relación demasiado estrecha… La primera vez conversamos cerca de cuatro horas; nos volvimos a encontrar a la noche siguiente, y a partir de ahí, durante ocho meses fuimos acercándonos tanto que sólo faltaba encontrarnos personalmente.
Pero, lo confieso, había varias trabas en el medio: Maifer resultó ser María Fernánda, de 16 años, y vivía con su madre y un hermano mayor en un barrio cerrado. Lejos de provocarme indiferencia su edad, y su clara diferencia social con la mía, despertó en mí un sentimiento casi vergonzante. Pero bueno, si escribir fuera un delito, las cárceles seguramente estarían llenas de escritores.
Al segundo día, y a un hecho que yo se lo adjudiqué a su edad adolescente, junto con su foto en el MSN, descerrajó sin reparos que era nieta de un poderosísimo empresario. Claro, ella no lo dijo así; con una naturalidad pasmosa me confesó que su abuelo materno era “J. B.”. Disculpen si sólo hago mención de las iniciales, pero después de lo que me tocó vivir ya ni me animo a escribir el nombre completo. Tampoco quiero caer en el facilismo de utilizar un nombre falso.
Sospechando una clásica broma mediante la impunidad que da el chat, al comienzo no le creí en absoluto. Pero fui tomándola en serio a medida que ella desplegaba una galería de fotos familiares donde su conocido y poderoso abuelo aparecía a su lado.
Aunque no me lo crean, todo lo que María Fernánda me confesó de su vida durante los ocho meses salió de su propia voluntad. Si bien yo tenía un rosario de preguntas para hacerles, nunca la induje a que me revelara nada de su vida. Ella lo hizo por sí sola.
Cuando me sacaron de mi casa detenido, me encontré en un calabozo muy parecido a un pozo de cemento. Un grupo de policías me sometió a un interrogatorio nada sutil a base de golpes en todo el cuerpo. El saldo fue que perdí tres dientes, permanecí con un ojo desfigurado y sin ningún tipo de atención, y sentía mi estómago como una bolsa de cemento caliente.
Claro, la paliza tenía un solo fin: que yo le confesara hasta las paredes dónde teníamos secuestrada a María Fernanda. Yo, sólo tenía una respuesta que dar: no tenía nada que ver con todo lo que me estaban diciendo.
No puedo asegurar cuánto tiempo duró eso, pero sí recuerdo un largo rato en soledad, sintiendo el dolor en todo mi cuerpo y escuchandome a mí mismo llorar como un nene.
El segundo interrogatorio fue más personal. Apenas lo ví parado delante mío lo reconocí enseguida; no era muy distinto de las fotos que María Fernanda me había mostrado de él por MSN: J. B. Me miraba desde sus casi 80 años con una ferocidad juvenil. Detrás suyo, había dos sujetos que, desde mi perspectiva de estar tirado en el suelo, se parecían a dos ataúdes.
El abuelo de María Fernanda habló claro y directo: quería saber dónde estaba su nieta, y lo quería saber ya. Yo, contesté lo único que podía contestar desde que había comenzado toda aquella locura: No sabía nada de lo que me estaban preguntando, yo era inocente.
La patada del abuelo de María Fernanda llegó directo a mi estómago.
Y me desmayé.
Dumas
CAPITULO 1