Amanecer diferente | Por Roberto Javier Maydana. |
Repiqueteó el despertador y admití que eran ocho menos cuarto; me dirigí al baño, aún adormecido, lánguido, en busca del agua fría, fundamental para vivificar a un hombre dormido. Un movimiento mecánico me hizo juntar las manos, atrapar el agua, y el mundo cambió….
Me sentí confundido, idiotizado, lento, como cuando uno bebe de más, como cuando uno despierta en un hospital y no tiene la menor idea de por qué está allí, lleno de cuidados intensivos.
Vi agua gris, la grifería transparente, el espejo negro, las cerámicas gelatinosas, mis manos largas, y el pecho a punto de detonar; giré la cabeza y comprobé que las paredes se dejaban vencer por un líquido color amarillo y de aspecto viscoso, con diminutos insectos desconocidos brotando de su interior y reproduciéndose a gran velocidad, pero a la vez comiéndose entre ellos.
Pensé. O al menos intenté hacerlo, procurando concentrarme en mí y no en ese mundo ajeno y terrorífico que me rodeaba de manera amenazante. Hice algo de lo que después me reiría mucho, por lo torpe de la acción, pero que en ese momento fue como un camino para verificar si podía controlar mis actos: exclamé mi nombre completo, la dirección en la que vivo y mi edad; comprobé que, al menos, me recordaba. Todo eso lo hice en milésimas de segundos, tiempo necesario para que uno de los horripilantes insectos indefinibles saltara sobre mi hombro, y despertara en mí el peor de los temores; lo quité con un movimiento rápido del cuerpo (en verdad solo moví el hombro) y cayó al piso, para partirse en cientos de pedazos, como si de una copa de cristal se tratara.
Sentí un líquido caliente emergiendo entre mis piernas, supe de que se trataba pero no atiné a mirar, quizás por vergüenza, tal vez por evitar el llanto, seguro por el miedo paralizante que abarcaba mi todo.
Calculé que habían pasado solo cinco minutos, quizás diez, y que mi posición desde el momento en que atrapé el agua, no había sido otra que estar de pie, semi curvado, expectante, helado, rígido, como un arquero de fútbol que aguarda la ejecución de un penal y se concentra solo en el balón, como un hombre simple que se levanta una mañana más, acude al baño, abre la canilla y se dispone a acumular el agua entre sus manos.
Durante esos cinco minutos, quizás ya quince, solo había curvado los ojos para comenzar a observar la metamorfosis del lugar, girado mi cabeza para ver el líquido glutinoso en las paredes, movido el hombro velozmente para quitar el animal indefinible y apenas movilizado mis labios para decir Rogelio Jacinto Mainety, Avenida de los Gorriones 1402, 24 años.
Sentí un espasmo corporal y fuertes ganas de vomitar, pero supe que hacerlo seria el principio del fin y dejarme vencer por el inesperado cambio matinal, por lo que evité el impulso de mis entrañas y cerrando los ojos para juntar fuerzas, como quien se dispone a dar un salto exigente, me desplacé hasta la puerta y giré la manija para huir. Fue imposible.
Desde chico decían que mi personalidad era bastante fuerte y quizás por eso intente tranquilizarme y actuar de manera paciente; me acerque a la ventana que da al hueco del edificio, y comencé a enviar gritos de socorro, desde ese horrible lugar al que ya no podía llamar baño; gritaba, aun sabiendo que nadie me escucharía. Esa intuición se confirmó cuando visualicé a través del cristal una brillante luna llena que se presentaba imponente en la negrura del cielo; ¡Ayúdenme, por favor, tengo miedo! Mi cabeza daba vueltas como una calesita: ahora ni siquiera tenía noción de tiempo. ¿Por qué me pasa esto? ¿Estoy soñando? ¿Qué pasa? Eran solo algunas preguntas que mi cerebro no lograba responder…
Desesperado, empecé a patear la puerta, mientras esa especie de pantano que se había formado en el piso, ya me llegaba a los tobillos. Pero la puerta parecía de roca y yo me empezaba a resignarme; me puse a llorar desesperado y gritaba desconsolado; estaba condenado a esperar, rodeado de ese contexto tenebroso. De repente, sentí un fuerte pinchazo en mi pierna, tan fuerte que me hizo caer; allí en el piso, me encontraba todo pegajoso y completamente lleno de una especie de baba que me presionaba cada vez más. Mi vida se terminaba, se venía el fin, estaba por morir, o mejor dicho, estaba preparando para morir…
Pero elegí realizar el último esfuerzo y agotando los últimos vestigios de energía que le quedaban a mi cuerpo dolorido, estiré el brazo, tomé un espejo que había en el piso de la ducha, lo partí contra el piso y comencé a cortar la inmundicia que me oprimía. La desesperación me llevó a intentar abrir la puerta por segunda vez, y el destino o no se que cosa, quiso que esta abriera como cada día. Salí corriendo y observé el departamento en excelentes condiciones. Noté que mis vestiduras se encontraban limpias. Miré al cielo a través de la ventana y el sol comenzaba a mostrar sus primeros rayos. Prometí no contarle a nadie lo sucedido.
Contrario a lo que haría todo el mundo, tome la decisión de volver al baño para observar la situación. Llegué a la puerta, respire hondo, junto fuerzas y abrí… El estaba allí, como siempre, perfecto. ¿Qué me había pasado? ¿Había sido un sueño? ¿Hoy me encuentro despierto o estoy soñando? Son solo algunas preguntas que todavía no logré responderme.
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Foto: Esteban Barrientos  |