Juro que yo no fui. Capítulo 4

Penúltimo capítulo.

Capítulo 4. (Anteúltimo)
 
Mas allá de que algunos duden de la veracidad de mi historia, sé que es real porque me sucedió a mí. Cuando una cosa de la realidad nos parece mentira es que le creemos demasiado a las mentiras que contamos. Sigo agradeciéndoles a todos – a todos-  que le hayan dedicado un momento a mi relato. Se crea o no, éste es el comienzo del final de lo que me pasó.

De la misma forma en que ya se los comenté a ustedes, le conté al abogado cómo había conocido yo a María Fernanda y durante cuánto tiempo me había relacionado con ella por el MSN. Como el abogado me pedía detalles de las conversaciones, fui enumerando las cosas de las que me iba acordando, de todo lo que me iba acordando. Mientras yo contaba, el abogado consultaba las carpetas que el otro tipo de traje tenía en sus manos; sin interrumpirme, el abogado saltaba de una carpeta a otra y me escuchaba mientras parecía leer.


Conté como conocí a María Fernanda, conté que chateaba con ella a la noche, y que era ella misma quien imponía las cosas de las que hablábamos; casi todas ellas cuestiones de su vida: que vivía con su madre y su hemano mayor en un barrio cerrado en el norte del delta bonaerense, que sus padres estaban separados pero que su papá seguía trabajando como gerente en una de las empresas de su abuelo materno; que cursaba el colegio que el propio barrio cerrado tenía en su interior; que constantemente ella y su familia vivían custodiados, cosa que a ella le molestaba muchísimo porque se quejaba de la falta de intimidad. Por eso, según ella, era felíz los fines de semana cuando con su madre viajaban en la avioneta privada a uno de los campos que su abuelo materno tenía cerca de Saladillo, en la provincia de Buenos Aires. Para María Fernanda ir a esa estancia era lo mejor: solía llevar a algunas amigas con ella, y se adueñaban del campo montando caballos o cuatriciclos y se entretenían perdiendo de vísta al custodio que tenía que seguirlas constantemente. Me mostró muchas fotos de sus visitas a la estancia, fotos de la puerta de entrada, fotos del casco de estancia, fotos de ella con las amigas en la pileta de la estancia, cosas así. Tambien me contó de su cumpleaños de quince del año anterior, donde de regalo pidió un viaje para ella y un grupo de amigas a Cozumel. Y ahí estaban las fotos, mostrándola felíz en la playa, y junto a la sorpresa que su abuelo le había preparado: la contratación privada de su cantante favorito, un famoso melódico que como apellido también tiene un nombre.

Al margen de detalles así, salidos de una realidad que mi realidad no podía ni imaginar, las cosas que María Fernanda contaba no eran diferentes a las cosas que yo les veía vivir a mis alumnas del colegio. Si a alguno le interesa saber, nunca hablamos nada sobre sexo, y muy poco preguntó ella de mi vida; más allá de mi trabajo o la dirección de mi casa. No hay mucho más para explayarse contando una relación virtual de MSN de ocho meses de duración.
 
Cuando terminé de contar, el abogado se quedó con una sola carpeta de la que fue sacando cinco fotografías y me las fue mostrando. Cinco caras de tipos que yo nunca había visto en mi vida. Me mostró especialmente una, y me dijo que la mirara bien y le dijera si yo conocía a esa persona. Dije la verdad, dije que no.

Entonces, habló el abogado: me dijo que ése era Felipe Sosa. El que había estado chateando conmigo durante todo el tiempo, haciéndose pasar por María Fernanda.

Todo lo que yo había contado, me dijo el abogado, coincidía con lo que Felipe Sosa ya había declarado. Felipe Sosa era el hermano del custodio encargado de María Fernanda; y entre los dos, junto con otros cómplices, habían planificado y ejecutado el secuestro de María Fernanda. Todo lo que Felipe Sosa me había contado de ella era cierto, incluyendo las fotos que me había mostrado; la cercanía de su hermano con María Fernanda les había servido para darme a mí toda esa información. Buscaban a alguien que les sirviera como “carnada podrida” –así me definió el abogado- para ganar tiempo y desviar la investigación lo más posible. Habían intentado seducir a varios hasta que me encontraron a mí, que parecía ser el indicado…


Pero Felipe Sosa se había mandado una macana: el mismo día del secuestro de María Fernanda, cuando su hermano suplantó la computadora de ella por la que que él venía usando, se olvidaron de borrar todas las huellas de la máquina incluyendo las de Felipe Sosa en el teclado. Así fue como llegaron a él, a su hermano, a María Fernanda. Y a mí.

“Pero no te preocupes, Felipe Sosa ya no va a poder escribir más nada…”, dijo con una sonrisa.
Después, hizo un gesto y el tipo con las carpetas salió del lugar.

“Ahora te van a dar un sedante, y después tu abogado te va a decir qué tenés que hacer”.

Confundido, le pregunté si no era él mi abogado. Sonrió otra vez, y antes de irse dijo una última cosa:

“Qué tipo pelotudo…”.

El enfermero se acercó y me puso una inyección en el brazo.
 
 
Dumas

Martes 12 de Febrero de 2008 09:49


Comentarios (5)
Claudio (anónimo) - 12-02-2008 19:13
Muy buena historia, en verdad cautivadora. Disfruté mis ratos libres leyéndola. Estoy ansioso por leer el último capítulo.
Un abrazo

Cece (anónimo) - 12-02-2008 15:25
yyyyyyyyyyy ????????????????

Caro (anónimo) - 12-02-2008 14:43
ahhhhhh! te hicieron una cama!! ese es el problema de chatear con gente que uno no sabe quien es: no se sabe quien esta del otro lado.
Me engancho muchísimo tu historia!. Pero, al final, quien era el tipo que hablo con vos si no era tu abogado???? Espero el último capitulo! no me defraudes...

Aleja (anónimo) - 12-02-2008 14:41
Demasiado infantil me parece.
Es para darse cuenta muyyyy enseguida que la compu no era la de María Fernanda (salvo que fueran identicas, cosa poco probable)
Otra cosa en el disco rigido de la pc pueden quedar guardadas las conversaciones que se tienen por msn, pero no las fotos.Tanta informacion tenían que eran varias las carpetas que tenia el tipo en la mano??
Igual, dale que quiero saber el final

Juan (anónimo) - 12-02-2008 13:38
Hummm, cambio de computadora, muy primario, pero util para ganar tiempo. Enseguida huellas dactilares dan con el escribiente.
Seguramente debe ser así, egui, segui....

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