Todas las dudas se despejan con la respuesta adecuada, aunque no sea la respuesta que uno quisiera escuchar. La curiosidad desaparece con la revelación, aunque la revelación no sea la que uno esperaba. A todos aquellos que siguieron mi historia desde el comienzo, mi agradecimiento por haberse interesado; lo menos que puedo hacer es contarles el final. Dumas.
Cuando volví a despertar del sedante inyectado estaba en la sala de un hospital público. Me llamó la atención que yo fuera el único paciente de aquella habitación. Aunque el asombro no duró mucho tiempo.
Dormida en una silla junto a la cama estaba mi hermana; y la primera impresión que me dio fue verla envejecida. Moví mi ojo sano y allá en un rincón, un tipo discretamente trajeado ocupaba un sillón a medio camino de la basura.
Tosí, y el tipo se puso de pié. Se acercó a la cama, me examinó con la mirada, y después despertó a mi hermana. Verme, y comenzar a llorar fue un solo acto. Me abrazó tan fuerte que al tipo le costo desprenderla de mí. Después, le pidió que saliera al pasillo; lo hizo como dando una orden.
Cuando nos quedamos solos, el sujeto se presentó como mi asesor legal. Hablaba de un modo mecánico, seguro de todo lo que decía y de tal forma que casi no aceptaba ninguna pregunta.
Me dijo que ya todo había terminado, que volvía a mi casa, a mi vida de siempre.
Con miedo de la respuesta, pregunté por María Fernanda. “Ella está libre, y a salvo”.
En ése orden lo dijo. Pregunté por mí, pregunté si quedaba libre. Me contestó que oficialmente, nunca había estado detenido.
Se acercó al sillón, y trajo un maletín que abrió sobre la cama y sacó una serie de papeles y los dejó en mis manos.
“Lo que usted va a decir desde ahora sobre todo lo que pasó es lo siguiente: a usted lo asaltaron en la calle, lo golpearon, y lo dejaron desmayado en el suelo. Después, lo internaron acá. En esas hojas está la denuncia policial que usted hizo, y el papeleo que certifica lo sucedido. Puede leerlo si quiere; todas las firmas son auténticas, hasta la del comisario. También está la constancia de lo que le robaron, y le fue devuelto en la comisaría. Hasta el alta de este hospital la tiene ahí. No se preocupe que no va a tener ningún problema, siempre y cuando usted haga las cosas como yo le digo. Legalmente yo soy su consejero, para cualquier problema que pueda llegar a tener".
Le pregunté si lo había contratado mi hermana, y como toda respuesta dijo: “ Me contrató su suerte; y creame que podría haber sido mucho peor…”.
Nunca nada de esto salió a la luz. No hubo prensa que hablara del hecho, ni periodísta que se haya ocupado del caso. No tardé en comprender que una mano poderosa había dibujado las cosas de tal forma que hasta yo terminé convencido de haber hecho una denuncia por robo en la calle.
La única cara que volví a ver fue la del hombre en mangas de camisa que me habló en la enfermería: apareció en televisión hace un mes dando una conferencia sobre la inseguridad; había obtenido un cargo político en el gobierno de la provincia al ganar el gobernador en las últimas elecciones.
Tardé varios días en hablar con mi hermana sobre el tema, ya que durante casi todo el tiempo, me la pasaba llorando o en un silencio que no se rompía. Intenté volver a mi vida normal, mi hermana se había encargado de justificar mi ausencia en los colegios donde yo trabajaba; pero de uno de ellos me echaron, y de los otros dos terminé renunciando porque ya no podía coordinar las clases.
Una cosa llamativa: en dos de los colegios, aparecieron nuevos preceptores en las aulas donde yo enseñaba…
No podía cargar a mi hermana con el peso de mantenernos a los dos con su trabajo de administrativa, y a pesar de no saberme apto, busqué cualquier empleo que me ayudara como pudiera.
Frente a casa siempre hubo un pequeño local donde montaron varios negocios inevitablemente barriales: un kiosco, un despacho de pan, hasta cierta vez un tipo metió dos máquinas de coser y armó un taller de costura. Pero económicamente la zona no sostenía ningún emprendimiento. Hace unos días, y después de meses de estar cerrado, el local volvió a abrir su persiana: un emprendedor avezado abrió una agencia de remises.
Yo regaba las plantas de nuestro pobre jardín delantero, cuando el tipo cruzó la calle y se me puso a hablar, hasta preguntarme si yo tenía trabajo y si no me interesaría ser el coordinador de la agencia: sólo tenía que atender el teléfono desde las seis de la mañana hasta las seis de la tarde de lunes a sábado, tomando los viajes de remises.
No era gran cosa, pero ayudaba; estaba frente a casa, y tenía todo el tiempo para releer los libros que ya había leido. A pesar de que la agencia cuenta con sólo tres autos, y no hace más de veinte viajes al día, aún continúa abierta y yo trabajando ahí. A eso había caído mi vida.
Lo que se presentaba como una rutina que intentaba aplacar un poco mi cabeza, se sacudió la semana pasada.
Terminé mi turno en la remisería, y cruzaba la calle hacia mi casa. Un muchacho pasaba por la vereda dejando en las puertas unos volantes: mi buzón no fue la excepción. Cuando llegué a la puerta, saqué el volante con la intención de tirarlo, y me dí cuenta que doblado en dos, el volante que promocionaba una pizzería escondía un sobre blanco con mi nombre en el frente.
El muchacho que lo había dejado ya doblaba la esquina, y desaparecía.
Abrí el sobre, y en el interior había una nota. Una nota con letra prolijamente manuscrita que decía vos a mí no me conocés pero yo sé muy bien todo por lo que pasaste. Soy María Fernánda Bowles, y me costó mucho encontrar la forma de burlar la custodia que tengo a mi alrededor para hacerte llegar esta carta. Necesito hablar con vos porque en parte me siento culpable por todo lo que te pasó. Por favor, llamame a éste número pero por favor nunca lo hagas de un teléfono de línea, usá un teléfono público. No sé decirte bien cómo, pero puedo asegurarte que mi abuelo tiene gente suya vigilándote constantemente. Por favor, tené cuidado. Ojalá me llames. Fernanda.
Dejé de leer la nota. Miré hacia la remisería, donde el dueño junto con los tres choferes tomaban mate en la puerta. Rompí el sobre en mil partes, y entré a casa.
Así como para los versos de la poesía, siempre tuve buena memoria para los números de teléfono.
FIN
Dumas