Querido amigo:
Te escribo para contarte algo maravilloso, encontré una hembra de duende.
Sabes bien que desde hace muchos años estoy cazando duendes, hemos compartido varios, y que forman parte del plato preferido y reservado de los gourmet más delicados.
En todo este tiempo solo he hallado machos, que son feos, ruines, aborrecibles, sucios, pringosos, libidinosas, peludos, en fin repulsivos en el máximo grado que se le puede dar a esta palabra, que la magia de la que hablan los cuentos es solo eso cuentos. Son asquerosos en todas las formas imaginables, menos una que los hace únicos: su sabor incomparable.
Anteanoche en las cuevas de Nuncer por fin me tope con una hembra, no se como describirla, pero es todo lo que sueña un hombre para enamorarse, pequeña, con ojos color miel, la mirada de tierna de un perro perseguido, la piel suave de un bebe recién bañado, se mueve seduciendo como la gata mimosa de una solterona solitaria, habla en un susurro con la voz de mi madre al llevarme a dormir, su aroma es el de una selva virgen en la que las orquídeas abundan, es el éxtasis de los santos, la vista de Dios.
Su ausencia te duele, una vez que estuviste cerca de ella no la puedes dejar, alejarte, olvidarla o siquiera prescindir de su presencia, te sientes elegido por una divinidad pagana, predestinado a la bienaventuranza. .
He caído en la celada, el cepo esta cerrado, la única forma en que puedo quedarme a su lado es transformándome en uno de ellos, en un duende. En unos minutos iniciare los ritos, no hay nada que me impida ofrendarme, el sacrificio de mi vida como humano es poco esfuerzo.
Adiós amigo mío, la próxima vez que comas un asado de duende piensa en mi.
Ramiro Ramius, (ex) Cazador de duendes
Por Roberto O. Lorenzo