Dejó su casa paterna, un trabajo como tejedora en el taller de sus hermanas mayores, y siguió el amor casándose con el domador y trapecista el circo.
Crió tres hijos varones (lo cual ya era una proeza de por si) y siempre procuro que nada les faltara; y cuando hubo que hacerlo, dio lecciones de vida a fuerza de ojotazos.
Repartía su tiempo entre su familia y su trabajo, o mejor decir, entre el trabajo de su marido: el circo. A pesar de la vida trashumante e inconstante, se las ingeniaba para que nunca faltara agua en la casilla rodante (vital elemento) porque como en cualquier casa, siempre había ropa que lavar y niños que enjuagar.
Era la encargada de lidiar con las directoras de los innumerables colegios a los que asistieron sus hijos, pues muchas de esas directoras a veces no querían ni molestarse en tomar a dos alumnos solo por tres días...
Acompañó a su marido en cualquier camino que su esposo la llevara, y cuando tal cosa se hace en una profesión sin lugar fijo, créanme que eso es una poderosa muestra de amor.
Pocas veces recibió aplausos, aunque era común que cuando aparecía en el mercado haciendo las compras, las comadres el pueblo murmuran entre si diciendo: 'mira, la del circo...'
Y es justo decirlo: esa era la única diferencia con cualesquiera del resto de las esposas y madres del planeta, solo que era del circo.
Y era mi madre.
Ningún programa de televisión va a convocarla para contar su historia (nada tiene de atractiva mi madre para la televisión), por eso susurro su historia acá, como un relato de comienzos de otoño.
Por Santiago López