El Monstruo del Circo Barnum - Capítulo 1/5

Por Dumas.

Capítulo 1.
 
Sigan esta historia en los colores que les vaya diciendo el hilo de mi voz. Comiencen imaginándola con los colores que puede dar la desesperanza, la tristeza y el abatimiento propios de la depresión económica que asola al país en esta década del 30 del 1900.

Ese soy yo, el que ahora baja de la carreta cargando mis 20 años y un bolso viejo como todo equipaje.
Mi ocasional chofer, amable en hacerme más aliviado mi vagabundear por los caminos de la provincia, me dice:

-Bienvenido a El Perdido, muchacho. Pasando el pueblo se instaló un circo, a lo mejor necesitan un animal. –Y terminó su saludo con una carcajada.

 

La carreta y yo tomamos diferente rumbo; ella hacia el campo, yo por el camino de tierra hacia El Perdido.

 

El pueblo era un caserío de campesinos que tuvo la mala suerte de nacer lejos de los rieles del tren y ahora no escapaba a la miseria económica. Pero ahí estaba yo, otra vez, en un nuevo lugar buscando algo de trabajo; dejando de lado todavía la idea de volverme asaltante de otros infelices igual que yo.
El sol caía duro sobre las casas bajas y las calles de tierra. Las ventanas estaban ciegas, y no había rastros de vida en ningún lado.

Descubrí una construcción de dos pisos, con un cartel que decía “Ramos Generales” , y hacia allí fui. Tal vez necesitaran un peón.
 
En la puerta de entrada, había pegado el afiche de un circo. “CIRCO BARNUM: maravillas humanas nunca vístas. Sábado única función”.

El lugar olía a humedad y pobreza. Pero eso sí, ahí adentro el calor de la mañana era soportable gracias a la penumbra. Del otro lado del mostrador enrejado, el pulpero despachaba a su única clienta: una mujer vestida con uniforme color caqui cubriéndole el cuerpo que le daba aspecto de cocinera de cuartel militar.

 

-Buenos días. –Dije, acercándome al mostrador. Cuando la mujer volteó a mirarme, noté que un parche le cubría el ojo derecho.
-¿Qué se le ofrece, muchacho?.
-Busco trabajo. Me preguntaba si a lo mejor no necesitaba a alguien para el depósito o cosas así.
El pulpero soltó una carcajada.
-Hijo –Comenzó diciendo- como ves, no tengo casi nada para vender, y junto con la señora sos la segunda persona que entra acá en lo que va de la mañana, y encima pidiendo trabajo…

Bajé la mirada a modo de disculpas, porque en verdad el pulpero tenía razón: sus estantes tenían más espacios vacíos que mercadería.

Agradecí, y volví hacia la puerta.

 

-¿Dónde está instalado el circo? –Pregunté señalando el afiche en la puerta- A lo mejor necesitan un animal… -Repetí el chiste.

Nadié se rió. Pero la mujer del parche en el ojo habló de forma clara:

 

-Saliendo del pueblo. Lo vas a ver enseguida. No hay otra cosa por ahí.
 
Volví al sol impiadoso de El Perdido, y seguí camino por la calle principal, que era casi la única de aquel pueblucho. No tardé en dejar atrás las pocas casas, y divisar a un lado del camino la pequeña carpa del circo que se levantaba en la hierba como un hongo desteñido. Desde ahora, imaginen mi relato en perfecto blanco y negro. Olvídense de las gamas de colores, y vean las cosas sin grises: o blanco, o negro.

Que no importe distinguir el color claro de la carpa del circo flameando apenas por la brisa de la mañana. Fui acercándome cortando camino en pleno campo. Iba en dirección a la entrada principal, montada sobre carteles con dibujos y leyendas que fui develando cuando estuve frente a ellos.

“CIRCO BARNUM”. Anunciaba un cartel despintado en forma de medialuna invertida ubicado en el centro de la marquesina. “EL HOMBRE BOLA DE PELOS”, rezaba un letrero junto a un dibujo casi infantil de un hombre bajo una masa uniforme de pelos. “VEA A LA MUJER SIRENA”, otro cartel, con una fea muchacha dibujada con cola de pez. “SIMON, ELHOMBRE ATOMO”, pregonaba a un hombre dibujado extremadamente pequeño junto a un ratón. “EL HOMBRE X”, terminaba aquella galería de fenómenos, donde se veía la pintura de un hombre parado sobre una sola pierna, con un solo brazo en su cuerpo.

Los dibujos me espantaron. No podía asegurar si era por lo que mostraban, o por los trazos horribles con los que estaban hechos.

 

-¿Qué necesita?.-Escuché que me preguntaba una voz carrasposa. Miré a un costado, y un viejo andrajoso me sonreía.

-Sé que está ahí. Soy ciego, pero puedo olerlo. –Me dijo. Me presenté, le pregunté si él era del circo, y me ofrecí para trabajar. El viejo escupió una carcajada.

-No presiento nada interesante en usted…,¿Está seguro que quiere trabajar en éste circo?.

 

-En lo que sea. –Respondí- Veo que tienen caballos, soy bueno atendiéndolos.

Dije, señalando a un par de matungos que pastaban tranquilos a un lado de la carpa.

-Acompáñeme –Comenzó diciendo el viejo- Lo voy a llevar a la oficina de la patrona. El viejo se movía con seguridad; tanto que hastá dudé de su ceguera. Apuré mi paso, me le puse al lado y le miré a la cara: sus ojos no tenían color ni vida, eran de un blanco lechoso.

Por mirarlo a la cara, tropecé con el saliente de una de las tantas estacas que estaban clavadas alrededor de la carpa, y caí de boca. El viejo se me acercó, y me ayudó a levantarme.

-Si uno no conoce, el circo tiene cosas traicioneras… ésa es la oficina de la patrona. Entre. Ella no va a tardar. El viejo levantó la lona lateral de la carpa, y se metió al circo. Me encontré frente a la puerta de un carromato de madera con las ventanas abiertas. Dudé, pero luego subí los dos escalones de la escalerilla y entré.

Hacia el fondo del carromato había un camastro, y ropa de brillante colgada en perchas. A mi lado había una mesa con papeles y hormigas que devoraban un pedazo de pan viejo.Colgados de las paredes, había cuadros que reproducían los carteles de la entrada del circo.

Enseguida, mi atención cayó hacia el fondo del carromato; debajo de la cama algo se movía.Un gruñido leve se oyó, y después una serie de ladridos chillones. Un pequeño perro asomó la cabeza y me ladraba. Le sonreí. Me acuclillé y comencé a llamarlo amistosamente, para que no temiera. Me miró con sus ojitos de animalito y avanzó hacia mí.


La impresión me enmudeció. El perrito tenía sus ancas caídas y sus patas traseras estiradas hacia delante, y se movía sólo valiéndose de sus patas delanteras. Movía su cola, que estaba por debajo de su hocico.

 

-No te asustes, no te va a morder. –Escuché a mis espaldas. Me levanté sorprendido por la aparición inesperada, y la reconocí: la mujer del parche en el ojo estaba parada en la puerta del carromato.

CONTINUARÁ...


Por Dumas

Jueves 20 de Marzo de 2008 13:54


Comentarios (5)
lucho A (anónimo) - 25-03-2008 19:31
Buenisimo, esperaba la vuelta de Dumas
Saludos!

Yok (anónimo) - 25-03-2008 14:36
Hola Dumas....me encantó leerte. Espero el próximo capítulo. Me está dando como un poquito de miedo.
Saludos.

Porteñita (anónimo) - 22-03-2008 10:49
Me encanto!, a ver como sigue, te esperamos en blanco y negro, dale.
Saludines,

Alejandro Romero (anónimo) - 21-03-2008 22:18
Me gusta, es interesante lo que expones y seguramente se va a poner cada vez mejor a juzgar por los anteriores escritos.

PANCHO (anónimo) - 21-03-2008 15:48
la trama ESTA BIEN SOSTENIDA VAS BIEN ESPERO UN DESENLACE NO PREVISIBLE TE SALUDO PANCHO

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