Capítulo 5. (Y último)
Si la noche anterior no había podido dormir a causa de una pesadilla, estaba seguro que ésta noche no conseguiría el sueño gracias a la emoción: Me habían invitado a formar parte de la función del circo en El Perdido. Todo había comenzado a la mañana, cuando después de atender los caballos, Elisa me pidió que comenzara los preparativos para la función de la noche. Y la primera tarea fue cepillar el cuerpo de Antonio. Estábamos en el coreto del circo, detrás de ese telón que cruzaba la carpa de lado a lado en la parte posterior. Antonio estaba de pié, con su cuerpo sólo cubierto con un taparrabos; era la primera vez que podía apreciar su desgracia en carne viva: todo su cuerpo estaba cubierto por una masa uniforme de pelos. Suavemente, y con miedo a hacerle mal, lo fui cepillando mientras él me conversaba sobre su soñado Pueblo Paraíso. Simón se sumó a la conversación, y había comentado que él se auto postulaba como gobernador del pueblo, según creía, nadie mejor que alguien de su tamaño para saber lo que sucede hasta en el rincón mas pequeño. Antonio le respondió que sólo en sueños, semejante microbio tuviera poder en Pueblo Paraíso. Lejos de desilusionarse, Simón contraatacó:-¿Por qué no?. Es como si él –y me señaló- pasara a formar parte de la función del circo…Apenas había terminado de hablar, los ojos de miniatura de Simón se agrandaron. Su cara tomó el color de la fascinación, y exclamó:-¡Sería fabuloso que estuvieras en el elenco!. –Dijo, y con su andar de roedor, desapareció. Algo turbado por las palabras de Simón, el cepillo raspó la espalda de Antonio, que exclamó una queja. Ese fue el comienzo; un hecho absolutamente banal, mientras yo cepillaba a un hombre cubierto totalmente de pelos. La mujer del parche en el ojo apareció en el lugar, cargando a Simón en brazos. Dejó en el suelo al pequeño hombre, y me miró directo a los ojos, con una sonrisa. Me preguntó si realmente me gustaría formar parte de la función; confesó que la idea le parecía demasiado inteligente incluso para el humor de Simón. Remató diciendo que si yo quería, ella me aceptaba como la figura estelar de la pista aquella noche. Mi primera reacción fue quedarme paralizado, con el cepillo en la mano. Antonio volteó su cara velluda hacia mí, y me pidió que siguiera peinándolo mientras pensaba qué iba a contestar.-Sí. –Exclamé.
No quería perderme ningún detalle. No sólo iba a presenciar mi primera función de aquél circo tan particular, sino que además estaba a punto de convertirme en su figura estelar. Desde temprano, Alberto fue colgando una serie de lámparas a kerosen en los postes que sostenían la carpa, y a medida que el anochecer fue llegando, el interior del circo fue despertando con una luz de luciérnagas. Después, fuimos acondicionando los distintos elementos que estaban detrás del cortinado de la pista: con los baldes, llené de agua aquella gran caja de cristal que ahora sí era una pecera esperando a su sirena. Ayudé a Max a tomar posición en su aparato: una tabla colocada en forma diagonal sobre un pequeño carro; Max subió al carro dando un salto con su única pierna, y me pidió que ajustara bien el cinturón que lo sostenía a la tabla inclinada. Cuando Max levantaba su único brazo, la ilusión se completaba: la tabla en diagonal reemplazaba los miembros que le faltaban. Amanda apareció en el lugar empujando la silla de ruedas en la que venía Irini. La muchacha estaba vestida con tules que le cubrían su torso abundante, y una pequeña malla bajo la cintura. No había ninguna manta cubriéndole la falda, y pude observar que sólo tenía una sola pierna. Pero no como Max, que su piel se contraía en un muñón; Irini había nacido con una sola pierna que continuaba su cuerpo hacia abajo desde la cintura. Por temor a que se rompiera, fui extremadamente delicado cuando ayudé a que se introdujera dentro de la pecera. La mujer sirena hacía su aparición. Simón ingresó a la carrera, apareciendo por debajo del lienzo que rodeaba la carpa; se lo notaba exultante.-¡Todo el pueblo vino a la función!.-Dijo. Me acerqué hacia la lona que limitaba con la pista, y fue recién allí cuando alcancé a oír el murmullo ininteligible de voces que flotaba en el aire: el público estaba ocupando las gradas. Descubrí un pequeño agujero en el lienzo, y con dos dedos lo agrandé lo suficiente como para que mi ojo pudiera ver más allá: bajo las luces de las lámparas a kerosen, los campesinos de El Perdido se acomodaban en las tribunas. Alcancé a ver como Alberto, conocedor de todo el lugar en medio de su oscuridad, arrimaba una pianola a manija junto a la pista, y comenzaba a accionarla girando la palanca. Una marcha militar con sonido metálico daba comienzo a la función. Por la entrada trasera, ingresó Elisa. Llevaba puesto una camisa blanca y chaleco negro, y pantalones de montar que terminaban en botas oscuras. Preguntó si todos estábamos listos; y a través de la penumbra del lugar, me dedicó una sonrisa.
Si desde las gradas alguien hubiera descubierto ése ojo que observaba todo a través de un agujero en el lienzo, quizás imaginaría un horroroso ser esperando su turno. Ese ojo era el mío, fascinado por el espectáculo y a la espera de que mi nombre sonara en medio de la pista anunciando mi aparición. Con voz de anfitriona de maravillas humanas, Elisa fue presentando uno a uno a las figuras del circo Barnum. El Hombre bola de pelos. Una aberración de la naturaleza. Vean como el cielo quiso que su cuerpo nunca estuviera desnudo. La mujer Sirena. Su cola de pez es su única pierna. Observen como esta hermosa muchacha nació incompleta, y ésta noche el circo Barnum se las presenta a ustedes. El hombre átomo. Pueden ponerse de pié si quieren, pues así podrán verlo mejor: observen, no es más alto que un perro, no es mas grande que un ratón. El Hombre X. Admiren ésta deformidad. Vean como puede vivir con su única pierna y su único brazo en forma cruzada. Admiren la belleza de las maravillas humanas del circo Barnum. El público estallaba en aplausos y alaridos. Elisa enfatizaba el espectáculo a medida que la gente se horrorizaba y se maravillaba al mismo tiempo al ver frente a ellos a las figuras del circo Barnum. Un nudo en la garganta impidió que comenzara a llorar de la emoción. A través del pequeño agujero en la lona, yo era un espectador privilegiado. Y de pronto, la estrella de la noche. Pero esto no es todo: el circo Barnum tiene para ustedes una sorpresa. Para toda la gente de El Perdido, nos complacemos en presentarles a la verdadera maravilla del circo…La emoción se me congeló en una inmensa sonrisa. Salí a la pista con los ojos llorosos, al ver que las verdaderas estrellas del circo me miraban y me sonreían. Avancé hacia el centro, y alcé mis brazos observando a la multitud. Un silencio ensordecedor estremeció la carpa. Nadie aplaudía. Nadie gritaba. Sin dejar de sonreír, pero realmente aturdido, miré de reojo a mis compañeros de función, y descubrí que también ellos estaban desorientados. Hasta que una voz se oyó. Salió en un solo grito, desde algún lugar del gentío:-¡El es como nosotros!.Y una tromba de insultos explotó hacia la pista. Primeros fueron algunos, luego les siguieron muchos; hasta que todo el pueblo invadió la pista. La última imagen que tengo es la de un puño golpeándome en plena cara.
Como al comienzo de mi relato, vuelvan ahora a seguir el hilo de mi voz con colores. Mírenme: estoy allí, boca arriba en el suelo. Abro mis ojos y un cielo profundamente azul se me cae encima. Siento mi cuerpo entumecido, pero así y todo me levanto. La brisa que recorre el campo me da lleno en todo el cuerpo en aquella mañana de sol. Miro a mi alrededor, y el único rastro de que allí alguna vez se alzó la carpa de un circo son los vestigios de un suelo pisoteado, huellas en el terreno, y papeles olvidados entre la hierba. Alguien había dejado junto a mí mi viejo bolso de carga. Me lo cuelgo al hombro; y otra vez dejo que mis ojos recorran todo el lugar: el baldío meciendo sus pastos en la brisa. Doy mi primer paso, hacia el camino de tierra cercano. Mis huesos me piden descansar, pero me digo que no tengo tiempo para esperar, que debo comenzar mi búsqueda, porque no iba a rendirme tan fácil después de haber encontrado lo que alguna vez tuve. Escuchando mis pasos por las piedritas del camino, comencé mi marcha buscando Pueblo Paraíso. Aunque me tomara toda la vida encontrarlo.
FIN
Dumas