Fue sorprendente descubrir que realmente la adivina había sido muy efectiva en sus poderes, y que la cápsula disuelta en el té había funcionado.
Paradójicamente, lo primero que escribí y pude ver fue la oscuridad del apagón en medio de la noche.
Al día siguiente, el corte de luz fue un comentario obligado entre los vecinos.
Yo vivo en un departamento que forma parte de un pequeño complejo de ocho viviendas distribuídas en dos bloques de un piso cada uno. Imagínense un cubo hueco, con un patio interno en el medio y una escalera uniendo los dos cuerpos.
Yo ocupo el departamento 3, con una ventana que da al patio interno y con visión y oído al resto de las viviendas. Todos los inquilinos son parejas jóvenes sin niños alquilando su primer nido de amor, a excepción de tres solteros, contándome a mí.
Tengo mi escritorio bajo ésa ventana que me comunica con el resto del edificio, que para mí la ventana funciona como un reflejo de la inspiración.
Alguna vez, los que conocen mi verdadero trabajo, me preguntaron cómo hacia para poder escribir la vida de tantos personajes desparramados en una telenovela; mi respuesta no podía ser mas simple: observaba a mis vecinos y los convertía en personajes de telenovela. No había mucho misterio. Claro, mis vecinos nunca se enteraron que me servían de inspiración y tampoco nunca supieron que mi trabajo escribiendo a máquina representaba ser guionista de televisión. A ellos les había mentido diciéndoles que me ocupaba de transcribir declaraciones para un juzgado.
Sucede que es muy complicado decir que uno trabaja escribiendo guiones, porque es un trabajo que se ignora: ¿a quién le importa saber quién escribe lo que vemos en las telenovelas?, es más facil creer que nuestros actores preferidos dicen esas cosas porque realmente les sucede lo que vemos en la pantalla…; además, sinceramente, nunca tuve paciencia para explicar las formas de un trabajo tan particular como el mío.
El día siguiente al apagón fue sábado. Hubo una ocasional reunión de vecinos en el patio donde el corte de luz fue tema de conversación. Tímidamente, participé de la charla asomado a mi ventana y me arriesgué a decir que mejor sería comprar velas; uno nunca sabe cuando puede volver a quedarse a oscuras.
Tal vez por respeto o por cobardía, ninguno de los hombres presentes no dijo nada sobre la vecina del departamento 2: participaba de la conversación fumando un cigarrillo apoyada en la escalera, vistiendo una remera y pantalón de un talle menos que su cuerpo, que de por sí no pasaba inadvertido. ¿Qué reacción en cadena sucedería si en ese momento, incluso los casados, dijeran lo que murmuran en privado sobre la vecina del 2 ¿. Corría el humor fácil de decir que la delgadez de su marido se debía a las fuerzas que su esposa le quitaba a toda hora del día.
Sonreí. No me parecía una mala idea que el marido de mi vecina tuviera que retrasarse en su trabajo, y ella necesitara llamar a mi puerta para pedirme, digamos, una taza de azúcar.
Amablemente me despedí de mis vecinos, encendí un cigarrillo y me senté en mi escritorio.
Puntualmente, a las dos de la tarde, llamaban a mi puerta. El futuro estaba escrito en la hoja que sobresalía de mi máquina: la vecina del departamento 2 venía a pedirme un cigarrillo; diez minutos después, el humo del tabaco flotaba sobre la tarde mas espectacular que tuve en mucho tiempo.
Dumas
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