El deseo y la obsesión tienen un límite muy finito. Escribo esto siendo consciente de mi último aliento de racionalidad. Comencé deseando algo y terminé obsesionado con mi deseo. Se desea lo que no se tiene; no se carece de lo que no se desea. Yo quiero ver lo que escribo; y como el hombre con vista de rayos x, capaz de mirar a través de las paredes, estoy quedándome ciego.
Se me está yendo la vida escribiendo. Pueden reírse si quieren, a pesar del humor negro.
Por más que quiera evitarlo, me siento en mi máquina de escribir y cualquier cosa que escriba pasa delante de mis ojos en plena realidad, desnuda de fantasías. ¿Cómo evitar no escribir?. ¿Cómo evitar no querer ver lo que escribo?.
Ya casi no salgo de casa, pues cualquier cosa que necesite basta que la escriba para obtenerla. Ya no hay secretos que me asombren, porque soy el propio redactor de los secretos.
Lo que en un principio me resultaba sumamente provechoso, ahora se volvió contra mí.
No sólo no puedo dejar de escribir, sino que el hecho mismo de escribir perdió para mí todo sentido, todo significado. Pasé a formar parte de un accesorio de la tartamuda máquina de escribir. No puedo asombrarme, no puedo escribir nada que no suceda tal como se me ocurra escribirla.
Intenté salir de éste maleficio (porque ahora lo siento así, un maleficio; un don que va carcomiéndome de a poco y muy rápido a la vez), decía: intenté salir de éste maleficio escribiendo “no quiero ver lo que escribo”, pero caigo en la paradoja de que si escribo que no quiero ver, las cosas no suceden y entonces vuelve a repetirse mi deseo.
Tengo encarcelado a mi libre albedrío en una involuntaria voluntad. Deseo no haber tenido nunca éste don de poder escribir, porque demasiado tarde me dí cuenta que fue una celda donde yo mismo me encerré sin ninguna posibilidad de indulto.
Entonces, para romper con todas las cadenas, escribí mi propia muerte.
El seleccionado nacional ganó el partido clave para la clasificación, y todo el mundo salió a festejar. Necesitaba una excusa para que todos mis vecinos salieran de sus casas y no sufrieran las consecuencias que yo mismo me había impuesto. Mientras todos saltan, gritan, sacuden el pavimento de la calle, yo estoy sentado frente a mi máquina de escribir escribiendo: atravesando la voluntad de las paredes, haciéndolas temblar desde los cimientos; descerrajando el concreto que comienza a caer del techo en un estruendo de piedras y polvo. Todo el complejo de departamentos se desmorona, derribado por mis manos saltarinas sobre el teclado decretando que nada quede en pié y yo inamovible frente a ésta hoja que ya estoy terminando antes que el techo me aplaste.
Como último acto de mi voluntad, decreto que el bombero que remueve los escombros encuentra mi cadáver destrozado junto a la máquina de escribir. Que al pié de la hoja hay una palabra incompleta
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palabra incompleta que se termina de escribir cuando el bombero quiere sacar la máquina de debajo del derrumbe, y una piedra diminuta cae sobre el teclado accionando la tecla indicada para que finalmente se me cierren los ojos y los dedos
N
Dumas
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