Muchos de los lugares que conocí viviendo en el circo aun los tengo en postales de recuerdos en mi memoria. Y si hay un sitio en particular que siempre recuerdo, ese lugar es Epecuén.
Epecuén esta ubicado en el partido de Adolfo Alsina, al sudoeste de la provincia de Buenos Aires, a 520 kilómetros de la Capital Federal.
Distante 10 kilómetros de Carhué, Epecuén tuvo su esplendor en las saladas aguas de su laguna,
hermana del Mar Muerto de Asia. Un villorio turístico que supo tener 7.000 camas de albergue distribuida en sus hoteles para recibir a los turistas que llegaban buscando salud en la laguna.
Según la leyenda, el cacique Carhué ('corazón puro'), enamorado de Epecuén ('eterna primavera'), se cura milagrosamente de una extraña parálisis al sumergirse en la gran laguna que formaron las lágrimas del gran dolor de su amada.
Un poco más cerca a la realidad, otro dolor traería la laguna: el diez de diciembre de 1985 un diluvio azotó la zona, y sumado al ingreso de aguas ajenas, la laguna sucumbió, devorándolo todo. Aun hasta hoy.
Ilustrando éste artículo, hay una fotografía de Epecuén en la actualidad, lo cual me inhabilita para describir el paisaje: la realidad habla por si sola.
Solo quiero compartir el silencio interno que sentí cuando estuve allí por ultima vez, hace cuatro años, parado a la orilla del agua, buceando en mis recuerdos de niño, cuando íbamos a la laguna (y no había que abrir los ojos bajo el agua...) o a presenciar las obras que Omar Aladio representaba en el teatro del pueblo todas las noches de verano.
La estupidez humana no tiene horizontes; y la eterna primavera nos lo recuerda cada vez que tenemos la mirada en ella.
Por Santiago López