Capítulo 1.
La primera vez que ví a la muerte fue delante de la máquina expendedora de golosinas del hospital.
“Se está prendiendo fuego”, pensé, “un fusible se le quemó adentro, y no va a tardar en derretir los alfajores de chocolate y chamuscar las galletitas de coco”. Contrastando contra la vitrina de la máquina, alcancé a ver una fina y tenue nube de humo que flotaba en el exterior de la máquina, delante del vidrio. Era una nube muy sutil, pero perfectamente visible para mí. Era indudable que la nube salía de la máquina, aunque yo no la ví salir de ahí, sino que simplemente la descubrí flotando delante de la máquina. No tenía dudas de que algo se había descompuesto dentro del quiosco mecánico, y que el fuego no tardaría en aparecer.
Pero no fue eso lo que sucedió. Lo que sucedió fue que aquella nube de un entramado fino de hilos de humo se desplazó muy lentamente alejándose de la máquina. La nube mantenía su forma (si es que se le puede llamar forma a una masa amorfa de humo) que no se deshilachaba y transmutaba a medida que surcaba el aire, sino que permanecía fiel a sí misma. Flotando en el aire lentamente, sólo eso.
Le dí una pitada a mi cigarrillo (sopa de zapallo, fría. Un verdadero asco.) y lo tiré en el césped, contrariando el pedido del cartel instalado sobre el cesto de madera: “arroje sus cigarrillos acá”.
Seguí observando el camino de la nube de humo que ahora atravesaba el sendero que llevaba al pabellón 6 del hospital. En su recorrido, la nube se alejó de la luz de los faroles y la perdí de vísta en medio de las sombras.
Allá adelante, cruzando ya la puerta del pabellón de guardia, dos médicos venían hacia mí corriendo a la carrera, flameando sus guardapolvos. En un acto instintivo me hice a un lado para despejar el camino, a pesar de que contaban con suficiente lugar para pasar. Llegaron a la puerta del pabellón 6, abrieron la puerta vaivén de un empujón, y a través del vidrio observé que siguieron su carrera subiendo la escalera.
Apuré mi paso y los seguí: iban en la misma dirección de la habitación 114 y rogué que no se hubiera descompensado mi paciente mientras yo fumaba un cigarrillo afuera, en mitad de la noche.
Llevaba tres semanas cuidando a un enfermo durante la noche. Un hombre de 81 años que convalecía en el filo de la vida: había sufrido un ataque al corazón luego de una simple operación, y cuando lograron revivirlo tomó estado vegetal. No podía llamar trabajo a aquello que hacía; en principio, porque me sentiría un vampiro llamar trabajo a cuidar a un paciente en ese estado; el viejo no mostraba otro signo vital que no fuera el de la respiración y de tanto en tanto abrir los ojos para observar vaya uno a saber qué Y en segundo lugar porque lo único que yo tenía que hacer era vigilar que el paciente respirara; la enfermera se encargaba del resto.
Claro, eso, y no dormirme: porque para eso me habían ofrecido ese trabajo, para que cuidara al viejo durante las noches que fueran necesarias. Desde las diez de la noche hasta las siete de la mañana. De lunes a lunes. Lo tomás o lo dejás.
Lo tomo.
Sabía perfectamente que la desgracia del paciente era mi bienestar actual: una paga provechosa para mi economía actual que me permitía pagar la habitación de la pensión donde vivía. Cuánto más sobreviviera el paciente…
Por eso, cuando ví a los dos doctores entrar al pabellón a toda marcha, y subir la escalera al primer piso, el único pensamiento que tuve fue que el viejo se había descompensado mientras yo no estaba.
Ya subiendo las escaleras podía oír las voces y las corridas en el pasillo del primer piso a mitad de la madrugada. Cuando llegué, el caos lo dominaba todo: Un médico salía de una de las habitaciones del fondo, no tuve problemas en identificar que se trataba de la 119, tres puertas pasillo enfrente de donde estaba mi paciente.
“¿Dónde está la camilla?”, dijo y gritó el médico. Apuré mi paso y llegué a mi habitación. Sentí un verdadero alivio al comprobar que la emergencia no tenía que ver con el viejo: dormía plácidamente respirando con una brisa.
Giré en redondo y permanecí de pié en el dintel de la puerta, mirando el espectáculo del pasillo.
Una enfermera venía corriendo desde la sala de enfermeros hacia la habitación 119, que ya a la que ya habían llegado dos médicos más. Pude oír el chirrido del ascensor, las puertas al abrirse, y al momento, un camillero empujando una camilla con tal habilidad que no chocó contra las paredes.
“¿Puedo ayudar?”, le pregunté a una doctora que había llegado junto con la camilla.
“Sí, métase en su habitación y cierre la puerta”, me dijo. Cuando se aprestaba a ingresar a la habitación 119, casi fue atropellada por la turba que salía de allí: médicos rodeando la camilla que tomó en dirección a la salida llevando a un muchacho que se retorcía en espasmos.
Todos hablaban al mismo tiempo en un caos organizado.
De la habitación 119 salió la enfermera del pabellón. Le pregunté qué había pasado, y me dijo que el muchacho había tenido una descompensación muy seria. Pregunté que tan sería podía ser, y me dijo que tal vez no llegara a terapia. Y dicho esto, caminó hacia la salida.
La puerta de la habitación había quedado abierta. La cama vacía le daba al lugar un clima siniestro.
Cuando la enfermera vino a hacerle las curaciones a mi paciente, una hora después, me contó que el muchacho había muerto antes de ingresar a terapia.
Para la muerte, un hospital debe ser como unas vacaciones en la playa en pleno enero.
Y por alguna extraña razón, al oirme pensar en la muerte, recordé aquella nube de humo casi imperceptible que ví flotar allá afuera, frente a la máquina expendedora de golosinas.
Dumas
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