Viene para acá - Parte 2

Por Dumas.

Capítulo 2
 
Estuve buscando trabajo durante varios meses, y lo único que había conseguido eran promesas de llamadas telefónicas que jamás llegaron. El dinero me escaseaba de forma preocupante, no tanto por no poder comprar cigarrillos, o medio kilo de pan para convertirlo en almuerzo y cena junto con un té, sino porque el alquiler de la habitación de la pensión donde vivía vencía todos los meses y todos los meses debía pagarlo si es que no quería terminar viviendo debajo de un banco de la plaza. Si, debajo del banco: pues mi situación había llegado a tal extremo que ni siquiera me alcanzaría para vivir sobre el banco.


Yo creo que a veces Dios se entretiene hasta el borde del delirio sometiendo a las personas a situaciones cercanas al suicidio; pero siempre pienso que Dios termina haciendo una aparición triunfal bajo la forma de algún pequeño milagro.

Eso, sostengo, me sucedió a mí.

Llevaba ya más de un mes y medio de deuda del alquiler de mi habitación de la pensión donde vivía, y cargaba sobre mí la advertencia del hotelero de que no podía esperarme mucho más tiempo a que yo me pusiera al día. Mes a mes yo sacaba de la galera de la mentira una excusa para justificar mi no pago en término, y obtener así un crédito de palabra que me permitían unos días de atraso en el alquiler y tiempo extra para ver de qué forma conseguir los 300 pesos que ya estaba debiendo.
Así, una mañana salí de mi habitación atendiendo el llamado del dueño de la pensión.
“Quería saber cómo andás de trabajo”, me dijo así, a quemarropa. Respondí que todavía no había encontrado nada, y que esperaba que me contestaran de dos lugares a donde me había presentado; además, mi hermano estaba a punto de enviarme un giro que me iba a permitir ponerme al día con el alquiler, mentí. Mi hermano ya tenía suficiente con su propia familia como para también hacerse cargo de mi.

Entonces, fue cuando el dueño de la pensión me propuso el trabajo: me preguntó si alguna vez había cuidado a un enfermo de hospital, y si me animaría a hacerlo a cambio del precio del alquiler de la habitación más los viáticos. A media palabra, y revelándome lo indispensable, el hotelero me dijo que su padre estaba muy enfermo en el hospital, y que él no podía atender los asuntos de la pensión durante el día y cuidarlo todas las noches.

Cuando las circunstancias ya me había colocado en el patíbulo, en el momento en que la mala suerte esta a punto de patearme el banquito sobre el cual estaba de pié con la soga al cuello, el destino me tocaba con un dedo salvador.
 
Lunes.
Martes, o miércoles. O jueves. Lo mismo daba. Ya me costaba mucho identificar en que día vivía; la rutina de cuidar al paciente todas las noches me había traspapelado el almanaque. Mi vida era llegar al hospital cerca de las diez de la noche, y salir a las siete de la mañana, y dormir casi el resto del día. Rutina a la que por cierto me había acostumbrado.

Había cobrado mi sueldo hacía dos días y ya no tenía dinero en el bolsillo. Llegué al hospital llevando mas de siete horas sin fumar desde la última vez que un casual transeúnte me convidó uno que le pedí.

Así ingresé al hospital: esperando cruzarme con algún galeno que contradijera sus recetas, y me convidara, amablemente, un cigarrillo. Pero desde la puerta de entrada hasta la puerta del pabellón 6 no ví a nadie que se muriera disfrutando del tabaco.

Ya casi en la puerta del pabellón, observo que delante de la máquina expendedora de golosinas había una niña con una trenza que le caía en la espalda.

Acaba de ingresar una moneda en la máquina pero no había presionado el botón para accionarla. En un grito, la nena llamó a su madre y corrió hacia la puerta del pabellón mientras decía que la máquina le había tragado la moneda.

A mí, que había observado toda esa acción, no se me había escapado el hecho de que la pequeña no había accionado el mecanismo de la máquina para obtener su golosina, y sabía que la moneda aún continuaba libre.

Con pasos rápidos pasé frente a la máquina sin detenerme, metí los dedos en el compartimento de las monedas y allí estaba: la sentí en el tacto, la extraje y metí mi mano en el bolsillo siguiendo mi camino.
Unos pasos más alla, giré en redondo y desandube mi camino rumbo al quiosco abierto las 24 horas frente al hospital.

Cinco minutos después, estaba haciendo el mismo camino de antes, cuando rogaba por un cigarrillo, pero ahora venía fumando con un placer indescriptible, sintiendo en mis labios el sabor de unos tallarines con salsa blanca y queso.
 
Llegando a la puerta del pabellón, casi tropiezo al detenerme a unos metros de la máquina expendedora de golosinas: la niña con la trenza en su espalda, a la que le había robado la moneda, estaba jugando con una rayuela pintada con tiza en el suelo, exactamente delante de la máquina de golosinas.

“No le robé nada a nadie”, me dije a mí mismo mientras le daba una larga pitada al cigarrillo (albóndigas con puré rociadas con mucho limón); no le robé un peso a ésta niña. A lo sumo le saqué un peso de tantos que debe tener la madre de ésta criatura que ahora está felíz jugando entre la tierra y el cielo.
En eso pensaba cuando la niña detuvo su juego parada sobre un solo pié en el casillero número 4; alzó la cabeza y me miró directamente a los ojos.

“Me leyó el pensamiento”, me dije estúpidamente, y por un ridículo segundo tuve miedo de que aquello fuera verdad.

Luego de un momento que no pude calcular, la niña bajó su cabeza y continuó su camino al cielo.
Después de rodear la rayuela seguí mi camino rumbo a la puerta del pabellón 6, terminando de fumar mi cigarrillo (helado de dulce de leche, de postre).

Mientras arrojaba la colilla del cigarrillo, un pensamiento me tomó por asalto: había tomado conciencia de que acababa de pasar por el exacto lugar en el que había percibido aquel extraño humo un momento antes del fallecimiento del paciente de la habitación 119; hacía ya casi una semana.
¿Por qué, si pasaba por allí todos los días, me había dado cuenta de eso ahora, precisamente?.

CONTINUARÁ... 


Dumas
Contacto: elfolletin@hotmail.com

 

Miércoles 7 de Mayo de 2008 08:46


Comentarios (10)
El cigarillo mata (anónimo) - 09-05-2008 23:19
Hay una realidad y es que el cigarrillo mata lentamente; pero tambien, es una realidad, que quien fuma esta "atrapado" por ese cigarro y por lo que he visto, les cuesta muchisimo desatarse; es como una lucha interna entre Dr.Jeckill y Mr.Hide.
Pero vale la pena intentarlo una, dos, tres o las veces que sea necesario, para no terminar en la cama de un hospital, mientras los que te aman sufren de impotencia.

EL CIGARILLO MATA (anónimo) - 09-05-2008 23:08
APAGÁ EL CIGARRILLO DUMAS QUE EL CIGARRO MATA.

Yok (anónimo) - 09-05-2008 14:45
Para el forista que aparece como A Dumas:

Si es como vos decís, entonces, que limitados que estan los escritores.
Si solamente van a transmitir en sus escritos lo que internamente son, vamos mal.
Un buen escritor inventa personajes, situaciones, historias y las escribe de tal manera que te hace partícipe, sentir que estás ahí. Y poco tiene que ver con su forma de ser o actuar.
Sino, un tipo bueno, sólo podría escribir cosas buenas. Y nunca una historia de maldad, odios, resentimientos, venganzas, etc.
Una cosa es la persona y otra cosa es el personaje.
Así me parece, no sé, quizás esté equivocada, pero así lo veo.


Lucho A (anónimo) - 08-05-2008 10:42
Sin palabras, un lujo!
Saludos y espero el siguiente capitulo

Porteñita (anónimo) - 07-05-2008 23:58
Bien.... la de Dios que se entretiene esta muy buena, y comparto... si, creo que de alguna forma es el que tira los dados y nos mueve a tal o cual casillero; ...pero me quedo con la de la nena y la moneda; solo una persona con esa necesidad extrema observa cada paso de la maquinita y cada boton que esa pequeña manito toco.... o dejo de tocar (casi como el ojo del fotografo capta al animal que esta por dar el zarpazo; o como el ojo del propio animal detecta para dar su golpe)
Veamos que sigue;

A Dumas (anónimo) - 07-05-2008 22:23
Dumas ¿por qué siempre con el cigarillo o minimizando el delito del robo? ¿No podes escribir algo que no tenga que ver con vicios o sean malos ejemplos y que el personaje principal no sea de mal ejemplo como fumar, no cuidar la limpieza del lugar y tirar la colilla del cigarrillo en cualquier lado (actitud típica del egoísmo de los que fuman), y robar para satisfacer su vicio? Con tus relatos estás transmitiendo y enseñando algo malo y eS preferible que uses tu talento para algo bueno.

Triny (anónimo) - 07-05-2008 18:30
Muy bueno el relato, sobretodo lo del cigarrillo. Te deja pensando. Espero el próximo.

acidwailer (anónimo) - 07-05-2008 18:06
Dumas, como siempre, un placer.
Insisto: ¿Para cuándo el libro?

Marta (anónimo) - 07-05-2008 14:48
Hola Dumas, vos si que sabés mantener " la silla calentita" , buen relato.Hasta la próxima, un beso.

BESTIARIA (anónimo) - 07-05-2008 12:00
"...Yo creo que a veces Dios se entretiene hasta el borde del delirio sometiendo a las personas a situaciones cercanas al suicidio; pero siempre pienso que Dios termina haciendo una aparición triunfal bajo la forma de algún pequeño milagro..." El pequeño milagro en este caso, Sr Dumas, es haberle dado inspiracion para escribir, por mi parte le doy gracias a Dios por esto.
Es muy bueno el relato.
No fumo, pero la imagen de saborear cada cigarrillo como una rica comida es buenisimaaaa.
Solo espero al viernes por el proximo capitulo. Con el afecto de siempre.

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