Viene para acá - Última parte

Por Dumas.

Capítulo 5 (último).

Hacía dos días que no venía al hospital, y todo parecía nuevo.
Al ingresar al pabellón, el policía de guardia me preguntó quién era y a dónde iba.
Cuidador del enfermo de la habitación 114, dije. Y me dejó seguir camino.
Subí por la escalera al primer piso, y cuando estuve por ingresar al pasillo camino a la habitación, una enfermera salió de la oficina de enfermeras y me preguntó quién era y a dónde iba.
Cuidador del enfermo de la habitación 114, dije. Me miró de pies a cabeza, y sin decir nada ingresó nuevamente a la oficina de enfermeros. No pude preguntarle lo que ya sabía: qué suerte había corrido la paciente de la habitación 115, tres noches atrás.

Tomé por el pasillo, y al entrar a la 114, encontré al dueño del hotel junto a la cama, hablándole a su padre eternamente dormido.


Cuando me vió, le dije que si él quería yo bajaba y subía más tarde; por si quería quedarse un rato más. Me dijo que no, que estaba esperando a que yo llegara. Me preguntó si necesitaba algo, comida, cigarrillos, plata. A todo dije que no. Aunque hasta a mí mismo me sonara extraño. Se acercó a la cama, le dio un beso a su padre en la frente, y agradeciéndome como lo hizo otras mil veces, salió saludándome “hasta mañana”.

Hacía dos días que no venía al hospital, y todo parecía nuevo.

Una vez que me quedé a solas con mi paciente, me senté en el sillón junto a la puerta, y me quedé dormido casi al instante.

Desperté dos horas después.
 
El viejo respiraba normal; faltaba todavía una hora para las curaciones de las escaras de la espalda y el cambio de azalea; y el interior de la habitación ya me resultaba monótono a los dos minutos de haberme despertado.

Me puse de pié, y salí.

De reojo miré en dirección a la habitación 115. La puerta estaba abierta. Me acerqué, y observé al interior: la habitación estaba desocupada, la cama vacía.

Caminé por el pasillo hacia la salida.

Al pasar frente a la oficina de enfermeros, avisé que bajaba a fumar un cigarrillo.

La enfermera de aquella noche, con absoluta indiferencia, continuó comiendo su sánguche de pebete.
Bajé las escaleras, y al llegar a la planta baja, no había nadie a la vísta. Todo aquel lugar era silencio y madrugada.

Salí del pabellón, y prendí un cigarrillo ( una porción suculenta de ravioles con tuco).
Desde que había comenzado a fumar ( a mis 18 años, encendiendo los cigarrillos a mi tía, la hermana mayor de mi padre) tuve la sensación de que cada pitada de cigarrillo me recordaba a una comida que había probado alguna vez. Pero era algo más que una simple sugestión: realmente sentía el sabor de una comida distinta cada vez que fumaba. Muchas veces, bastaba con que fumara un cigarrillo para sentir que realmente había comido algo aunque en verdad no me hubiera llevado a la boca ni siquiera un mísero pedazo de pan.

Y ahí estaba yo, otra vez fumando, en la puerta del pabellón, sintiendo el aire de la madrugada en la cara.

Le dí una pitada al cigarrillo (un pancho, con mucha mayonesa) y miré hacia el edificio de enfrente, hacia aquella ventana ahora oscura con su desconocido habitante adentro.

En esos menesteres estaba, cuando al darle la última pitada al cigarrillo ( un repugnante asado crudo mal hecho) sentí una presencia a mis espaldas.

Miré detrás, pero no había nadie en el lugar. Cuando volví la vista al frente, la ví: la muerte flotaba a un metro delante de mí, a la altura de mis ojos.

Dí un grito de sorpresa. Era lo más cerca que había alcanzado a verla, y entendí realmente que no era como una nube de humo, sino como una fina tela casi invisible y tan liviana que flotaba en el aire sostenida por su peso casi inexistente. Y era de un color negro pardusco como no había visto jamás.
La muerte modificó lentamente su forma, y flotó hacia la puerta del pabellón.

Sentí que mis piernas no soportaban mi peso y rogué no desplomarme en el suelo. Mi frente se llenó de sudor y una punzada me pegó en el pecho.

¿Quién podía sentirse bien al ver a la muerte?.

Cerré los ojos por un segundo, y al abrirlos otra vez, la muerte ya no estaba.
No iba a ganar ésta vez. Si yo era capaz de verla, ahora iba a ganarle de mano e impedir que hiciera su acto.
 
Ingresé al pabellón, con pasos rápidos. Miré enrededor, y allá, hacia la izquierda, donde el pasillo se alejaba, pude ver a la niña de trenzas sentada en una silla frente a la puerta de una habitación. No tuve dudas de que era a aquella niña a quien la muerte habia venido a buscar; nada era casual, si la niña era la primera persona que encontraba luego de ver a la muerte, esa era la señal inequívoca de que la pequeña estaba primera en la lista de pasajeros.

Me acerqué hacia la pequeña con pasos rápidos y el corazón empujando con fuerzas. Llamé su atención diciéndole “nena!”, con toda la voz con la que fui capaz.

La niña me miró, y se asustó. Soltó un grito extenso y agudo, saltó de su silla y corrió por el pasillo huyendo de mí, que ahora la perseguía.

A mi espalda, escuché una puerta que se abría violentamente, y apenas sí mire hacia atrás y distinguí a los padres de la niña.

Allá adelante, el pasillo hacía una curva pronunciada a la izquierda; doblé, pero la niña no estaba por ningún lado. En aquella parte nacía una escalera hacia el primer piso; subí la escalera saltando los escalones de dos en dos. Aparecí en un ala del pabellón que yo no conocía, a pesar de saber que estaba en el primer piso. Me detuve a mitad del pasillo, que atravesaba el pabellón de norte a sur, y allá en el fondo, pude ver a la niña que desaparecía doblando en la esquina, hacia la izquierda.
En la escalera oía pisadas: los padres de la niña, sin dudas, siguiéndome. Ya habría tiempo para explicaciones, lo principal era encontrar a la niña antes que la muerte.

Corrí por el pasillo, y llegué a un lugar que conocía: el camino hacia la habitación donde estaba mi paciente, y la escalera que llevaba a la planta baja. Corrí escaleras abajo, comprendiendo que persiguiendo a la niña había corrido en círculos.

Llegué hasta la puerta principal del pabellón, y allá estaba la niña: nuevamente sentada en su silla, en el pasillo, en el punto de partida del maratón. Me acerqué a ella, diciéndole que tenía que hablarle. Pero ella se me adelantó.

Su voz salió detrás de sus lágrimas: ella me dijo que veía a la muerte, a la señora que se lleva a la gente buena a las estrellas; me dijo que la primera vez había sido cuando se le murió el perro, cuando fueron de vacaciones a la playa; me dijo que nunca podía verla antes que el coyote cayera por el precipicio sin poder atrapar al correcaminos, pero que la veía antes de que una persona se fuera al cielo; y que por eso había corrido cuando me vió a mí. Porque, me dijo, “Viene para acá, señor… Viene para acá”.
 
Sentí que se me nublaba la vista; sentí aire en mis piernas; estiré un brazo buscando apoyo en la niña y giré mi cabeza a un lado, cuando escuché sonidos que no lograba identificar. Pero sí alcancé a distinguir a los padres de la niña, con sus caras transformadas en miedo, corriendo hacia mí detrás del policía de guardia que ahora, torpe e inseguro, me apuntaba con su arma a la cabeza.

Y acababa de apretar el gatillo.
 
Dumas
Contacto: elfolletin@hotmail.com

 

Viernes 16 de Mayo de 2008 09:04


Comentarios (6)
Alicia (anónimo) - 18-05-2008 09:44
Muy bueno!!!!
Muchas gracias

JOJO (anónimo) - 17-05-2008 11:15
DUMAS PATINASTE............ QUE FINAL MAS TONTO..........SE TENDRIA QUE HABER MUERTO DE UN ATAQUE AL CORAZÓN DESPUES DE HABER FUMADO TANTO.............

natt (anónimo) - 17-05-2008 02:51
EXCELENTE

Porteñita (anónimo) - 16-05-2008 13:58
Ups, que final ! Lo FELICITO, sin mas palabras que escribir.
Chapeau de verdad...

Saludote

(PD: ahora esta compitiendo por el primer puesto de sus folletines...)

BESTIARIA (anónimo) - 16-05-2008 12:45
Faaaaaaaaaaaa, Dumas, al final la muerte se llevo al protagonista de un tiro. Quien se lo hubiera imaginado.
Muy buen final. Una vez mas lo felicito, y esperemos que le sigan publicando sus historias, a pesar de sus vicios, ja ja ja ja

Mafangulo (anónimo) - 16-05-2008 11:32
Excelente Dumas - Te felicito

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