Era como la última cuenta de un rosario. A lo largo de estos años, tenía todas las leyendas del cementerio, sólo me faltaba Muriel: la mujer sin rostro.
¿De verdad podría existir? Dicen que Muriel es amiga de los muertos, que vendió su alma al diablo, que vive en las catacumbas del cementerio y sólo se deja ver la quinta semana lluviosa de los años bisiestos.
Sentada en mi auto y por los vidrios empañados, no podía quitar la mirada de los paredones. Me levanté con decisión y emprendí camino.
Caminé por las veredas, esquivando charcos, pensando en como sacar fotos y proteger mi cámara de la lluvia. Ni bien puse un pié en la entrada principal pude verla: acurrucada, ante el imponente Redentor. A medida que me acercaba, percibía gemidos de gatos, la temperatura se elevaba, una capucha cubría su cabeza, transformándola en una imagen aparentemente humana. Sentí escalofrío, a su derecha, dos gatos blancos permanecían expectantes.
Quise saber por qué se ocultaba, qué escondía. Recordé las advertencias acerca de las historias que se tejían en torno a Muriel. No hice caso, mientras me acercaba, podía ver humo sobre el piso mojado y resplandor de fuego. La lluvia no cesaba.
Sentí que era el momento. Disparé cuantas fotos pude y al ver que ella permanecía ajena, me fui acercando más y más, me arrodillé a su altura y fui girando lentamente mi rostro hasta querer descubrir el de ella.
A pesar del tiempo, quedó en mi memoria el último clic que disparé con mi cámara, la humedad, el calor, mi rostro.
Hoy vago por las catacumbas del cementerio y escucho a la gente murmurar sobre Muriel. Quisiera decirles pero no puedo: que no tengan miedo, que las brujas no existen.
En mis manos, solo una cámara, una foto, ya no tengo rostro, no tengo habla.
Aguardo el día. Aguardo la lluvia...
Foto y texto: Adrianina