En 1945 mi padre trabajaba en el área cultural del gobierno, y gracias a él pude obtener una beca gracias a la embajada en Estados Unidos para viajar a Nueva York, por 26 días. Yo comenzaba con mis primeras incursiones en la escritura, esperanzado en que alguna vez podría vivir de eso, pero mi padre era de la idea que un trabajo como el de él, era una herencia que no se podía desaprovechar. Entonces, movió sus contactos, y sacó de la galera aquél viaje creyendo que me alejaría de mis espejismos y comenzaría a respirar los aires de la diplomacia. Yo, con 21 años, la única diplomacia que quería era la de la literatura y la aventura.
Desvié los fondos que me habían dado, y me dije que aquella era mi oportunidad para aprovechar el mundo. Porque, te aseguro que Dios creó el mundo alrededor de Nueva York.
Alquilé una habitación a un judío en la zona de Brooklin, y la mayor parte de mi presupuesto se me fue en la compra de una usada máquina de escribir y un millar de hojas. Si había hipnotizado a García Lorca cuarenta años atrás, de seguro tenía reservada para mí una historia, y yo pensaba escribirla en su mismo idioma.
Mi inglés era bastante respetable; lo suficiente para preguntar mi punto de partida si era que me perdía, y para hacerme entender y no morirme de hambre. Pero una vez instalado en la pensión de Brooklin, tomé un diario del lugar y comencé a leer antes de salir a la calle. Tal vez con malicia, elegí la sección de avisos personales; podía matar dos pájaros de un tiro: dominar mi inglés y conocer a una muchacha.
Un aviso me llamó la atención: una chica anunciaba que ése mismo día, a las cuatro de la tarde, estaría en el café Rocco, en la zona de la Pequeña Italia, en la mesa frente a la ventana, y esperaba conocer a alguien.
El destino parecía estar esperándome. Me dí una ducha en el destartalado baño de la habitación, dormité una siesta, y media hora antes de la cita, salí a la calle buscando un taxi.
Llegué tarde. Todos tienen apuro en Nueva York a la misma hora. Eran pasadas las cinco cuando entré al Café Rocco, resignado a que la mujer ya hubiera encontrado compañía y pensando en ordenar algo de comer. Pero allí estaba: solitaria, sentada en la mesa frente a la ventana, con dos pocillos de café vacíos entre sus manos.
Era linda. No, eso es poco. Era hermosa. Sus rulos negruzcos brillaban con la luz de la tarde atravesando el ventanal, y le daban un aura de santa no canonizada.
Me acerqué a ella, y sin decir palabra, dejé el diario sobre la mesa en la página de su aviso marcado en círculos con mi lápiz. Levantó la mirada a mis ojos, y sonrió de tal forma, muchacho, que nunca encontré palabras para poder describir esa sonrisa.
Se llamaba Norma Jean Baker Mortenson. Norma. Hablaba como pidiendo disculpas con cada cosa de decía. Me contó que era de California, que vivía con su familia, y que todos eran felices armando el árbol de navidad. Estaba en Nueva York porque quería ser actriz de cine, y eso lo había descubierto después de aparecer en la portada de una revista de moda sobre las mujeres que trabajaban para el país en guerra. Ella había dejado su puesto de operaria en una fábrica de paracaídas en Burbank, y había cruzado el país hasta la estatua de la libertad, buscando la suya propia.
Yo le hablé de mi incipiente carrera de escritor, y de la historia que aún no había comenzado a escribir. Me miró fascinada cuando dije que era de Argentina, y fue un acto tierno de su parte, pues sospecho que la misma mirada hubiera recibido un marciano al decir que acaba de llegar de Marte.
Pasadas las siete de la noche dejamos el Rocco. El aire estaba húmedo, y ella buscó abrigo tomándome del brazo mientras caminábamos. Me dijo que le encantaría conocer el lugar donde escribo, porque, aseguró, el lugar de un escritor tiene que ser un lugar muy especial para cualquier chica.
Estiré mi mano pescando un taxi, y me sorprendió su abrazo. Y su beso.
Cuatro horas después de vernos por primera vez, estábamos conociéndonos nuestras pieles.
Dumas
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