Aprendí a mover antes de caminar, a los cuatro años deje en evidencia el mediocre juego de mi sorprendido padre, a los siete le gané de clara manera a un ilustre ruso del que ya no recuerdo el nombre, estaba haciendo una exhibición de partidas rápidas en el abasto y se quedo mudo, a los nueve entrenaba cuatro horas a la tarde después del colegio, a los doce fui campeón Argentino, a los trece dejé el colegio, a los catorce campeón sudamericano, a los diecisiete fui nombrado gran maestro internacional, a los 22 llevaba 6 años invicto y fui el retador del entonces campeón mundial, como era de esperar lo borre del tablero, para mi no existía más nada que el juego ciencia y mi meteórico ascenso.
Ese fui yo, el astro ajedrecístico, considerado el mejor de la historia, podía jugar 60 tableros a ciegas sin perder ni una partida, mi ranking ELO creció de igual manera que mi soberbia, no existe hombre o maquina sobre la tierra capaz de darme mate pensé, me gustaba jactarme de mi talento sobrenatural.
Pero todo culmina en algún momento y el mío no tardo en llegar, me encontraba en Suiza un domingo de pascuas en una sobremesa. Como siempre, yo era el centro de atención. Entre anécdotas bochornosas y risas forzadas, un don nadie se atrevió a murmurar algo que me enfureció, así lo recuerdo:
Don nadie: “Gustoso estaré cuando alguien lo derrote Sr…”.
Mi soberbia y yo: “Sr. le juego al mismísimo Dios. Le doy peón de salida y le gano tranquilo...”. Y lo dije convencido.
En ese preciso momento resbaló mi copa llena de champán y como el agua que se pierde en el agua así me perdí yo, fuera de este tiempo, de este mundo.
¿Como explicarle a los mortales lo inexplicable? De repente perdí el sentido de la ubicación, no supe donde es arriba, donde abajo, derecha, izquierda. Me vi flotando en un limbo, inaccesible, una brillante oscuridad me rodea, no veo nada y a su vez lo veo todo, la sensación de lo eterno y lo contradictorio, se me presento en un tablero, lo creí de marfil pero no, el material era más hermoso, tenía la textura de los pétalos de rosa, mezclado con el material con que se hacen las estrellas, y una voz que no se oye con los oídos y no fue pronunciada por labios me dijo:
"Gracias por la cortesía", y tomó las blancas. Con esa simpleza lo entendí todo. El placer de entender es más dichoso que el de imaginar o sentir.
Y comenzó con un gambito de dama que tenia la fuerza de la verdad absoluta, yo me dediqué a hacer lo que mejor sabía, de lado quedaron las miles de preguntas sin respuesta y me convertí en la fría e invencible maquina de jugar ajedrez que desde siempre he sido. Refute el gambito y así se produjo lo majestuoso.
Todos sabemos que el tiempo de Dios no es el de los hombres, nunca supe si fue un segundo o mil años, solo sentía la sabiduría del que todo lo vivió en sus alfiles, la fuerza de mil tigres de bengala en las torres, la dama contenía todos los misterios de los hombres y los otros también, los peones eran ciegos pero trabajaban en conjunto con la fuerza de los mares, los caballos galopaban en el viento, el monarca resplandecía en un fuego de amor pleno sin limites.
En vano busque su estrategia solo vi la configuración de los astros en ella. ¿Cómo batallar contra el equilibrio supremo? ¿Cómo detener al creador de todo lo que fue, lo que es y lo que será? Me pregunte sin hallar respuesta.
Su juego era la perfección, la maestría de lo inconcebible, no hubo fisura alguna, me sentía un grano de arena luchando contra el desierto, jugábamos en el universo de lo que no tiene principio ni fin, así estuvimos suspendidos en donde no hay tiempo, o tal vez estuvimos en la suma de todos los tiempos, no es relevante.
Al promediar me sentía acorralado y previsiblemente caí derrotado, la derrota más bella, esa que no se puede explicar con palabras me toco sufrir.
Volví de la nada como quien despierta de un agradable sueño y tomé la copa de champán caída sobre la mesa antes de que derrame una sola gota, jamás volví a jugar.
Años después reflexioné, que un humilde vale por mil soberbios, aprendí a callar a tiempo, que el hombre es sus circunstancias y por sobre todo sus pensamientos, aprendí a perderme en el olvido y también que no fue un dios quien jugó esa partida.
Ariel Linares