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Viernes 22 de Febrero de 2008 00:00 BLOG COUNTRIESSueño y Bogotá - Ultima parteRetoma la palabra el Comisario General tras haber descrito su sueño. “Termino de despertar, me doy una ducha y me visto con cierta premura, trato de estar elegante dentro de lo posible. Llamo un remise que me busca en unos 15 minutos. Hoy en día en el Gran Buenos Aires y especialmente en la zona de Countries el sistema funciona a la perfección. Pensar que en mi juventud para llegar a Yo había sentido el calor y la intensidad de aquellos ojos clavados en los míos diciéndome su amor. Ella era tan joven. Tenía calor suficiente para ambos en aquellos tiempos de mi primera madurez. Su amor alumbró unos pocos años de mi vida hasta que aquello se terminó. Como todos los milagros, duró apenas un instante. Yo ahora y en tanto soy sólo un hombre de edad mediana, un viejo se podría también decir. Un tipo gris y apenas perceptible que se sienta al fondo del local y pide un plato anodino. No tarda mucho. En suceder, digo. Entran tres asaltantes claramente fuera de sí. La droga los ha tornado animales urbanos. Tienen movimientos que lucen descontrolados. Los ojos parecen pestañear diez veces por segundo, las pupilas pequeñas y afiladas. Los diálogos y órdenes son inconexos. Pero el sentido general de su irrupción está claro. Vienen a robarnos. Todos mirando el suelo. No nos miren a la cara – gritan constantemente. Entreguen todo y rápido. Y nadie alce la mirada, miren al suelo. El patrón les entrega el dinero de la caja. Recorren el pequeño restaurant, dos de ellos exigiéndonos el dinero, los relojes, anillos. Todo. Uno cubre la puerta. Los tres tienen en sus manos pistolas de calibre grueso. “Que se vayan. Que esto termine. Que no haya sangre” es lo que leo en todos los ojos. “Démosle lo que quieren y volvamos a nuestra vida”. Ya finalizan, en efecto. Los tres se reúnen cerca de la puerta. Se mueven ahora con la tranquilidad del delincuente avezado, reforzada por la impunidad que rige en el país hace años. Argentina y Buenos Aires ya no son lo que eran, todo tan parecido ahora a Bogotá. Si alguien observara con detalle, podría constatar que aquellos tres no están tan drogados. O lo estaban pero ahora ya no. O fingían. Tampoco fueron particularmente cuidadosos para hacerse con las pertenencias de los clientes. No revisaban ni inquirían, sólo hicieron la ronda embolsando lo que cada uno les entregaba. Sí, amenazan y consiguen intimidar con su locura. Pero hay cierta precisión en los movimientos que no concuerda con el proceder de gente descontrolada. Ahora lucen bien profesionales, pero para esto se requeriría alguien que se tomara el trabajo, y dispusiera de la calma para observar con detenimiento. Los tres se mueven en comunión. Como si fueran parte de un cuerpo de baile bien aceitado. Un equipo, habituado a manejar la violencia, a dispensarla según sea necesario. ¿Pero qué hacen ahora? ¡Ya han terminado. Deberían irse! Uno de ellos cubre con su arma todo el salón. Los otros dos se dirigen a una mesa. Una bien específica. La de la pareja joven. Ella y él miran hacia abajo, inmóviles y aterrados. -¡Ustedes! Ustedes dos. ¿No te dijimos que no nos miren la cara? ¡Nadie tiene que mirarnos!-. La acusación es absurda, aquella pareja tiene los ojos fijos en el suelo. Obedientes ahora. No hay palabras ni tiempos perdidos. Esto no es una película. No hay mensajes. Todos vemos como los dos pistoleros adelantan sus armas y disparan. Dos tiros a cada uno. Y uno de gracia en la cabeza como indican los manuales. Ahora los tres se mueven más rápido y ganan la puerta. Cuando retomamos la conciencia ya no están. La conciencia es una manera de decir porque hay gritos y pandemonio. Un asalto que terminó mal, una equivocación, fruto de los nervios de los delincuentes. Dos muertes inútiles e injustificadas. Creyeron que los estaban mirando. Pero lo esencial de la noche ya ha sucedido. No habrá más hechos trascendentes hoy. La realidad fue distinta que mi sueño pesimista. En ella, todo anduvo como debía. No hubo retrasos. Nadie se fue apresuradamente o antes de tiempo a mirar ningún partido. Nada fracasó o se vino abajo. Nadie se demoró, mi gente nunca llega tarde. No hay angustia, ni necesidad de extravagancias que retengan a los protagonistas en su lugar cuando ya se quieren ir. Nada de billetes de Cien Pesos Sol u otras incongruencias. No tuve necesidad de retener a nadie. Todos han estado perfectos, jugando su papel con precisión, cada uno en su lugar en el momento preciso. El joven galán, ya no arrogante como estos últimos meses, ya no burlón ante mi desespero, yace con la cabeza destrozada en un charco de sangre. Ella no. Su belleza permanece inalterada. Aún en la muerte sus ojos parecen tener cosas que decir. Ya no dirán nada, claro. No desde luego a mí, a quien hacía tiempo que no miraba o lo hacía con velada lástima. Pero sino a mi tampoco a ningún otro. Paso al lado de ellos junto con el resto de los clientes aterrados todavía. Desalojamos el restaurante bajo la mirada atenta de la policía que acaba de llegar. Me contengo y me privo de cerrar sus ojos claros. Sería un gesto demasiado personal de mi parte. “ Firma: Manuel Quinteros Galván, Comisario General. 2 comentarios ![]() Viernes 15 de Febrero de 2008 00:00 COUNTRIESSueño y Bogotá - Parte 1El mes pasado falleció el Comisario General de la Policía, Manuel “Mono” Quinteros Galván. Su carrera se había desarrollado durante los años de plomo, era un duro de los 70’s. Los que lo conocían hablaban de sus años de servicio en forma vaga y con medias frases, creo que nadie sabía mucho sobre él ni quería averiguar, por lo menos en el Country. Alguna desgracia personal, una tristeza profunda lo carcomía de forma evidente en sus últimos años, tampoco se sabía mucho de eso. Me dijeron que era un asunto de amores perdidos o ya no correspondidos. De una felicidad encontrada a última hora cuando no se la espera, y después perdida cuando ya es tarde para soñar con otras futuras, la edad no da entonces para eso. Me autorizó la publicación con la única condición de cambiar los nombres propios. Country incluído.
En el sobre se lee: “Documento privado para ser abierto después de mi muerte”. El documento está escrito a mano por el propio Quinteros Galván y finaliza con su firma. El sueño: “Un restaurante de esos más o menos, más bien menos. Tipo cantina. Todas las mesas ocupadas, y un diálogo sobrevolándolas, cubriendo y acallando cualquier otro tema: el inminente partido de fútbol con Ríver que se desarrollaría en un rato en el estadio Mundialista de Bogotá. La acción, me di cuenta transcurre en la capital colombiana. ¿Por qué Bogotá, que es una ciudad que visité sólo fugazmente? No tengo ninguna idea que lo explique, pero así son los sueños ¿no? La mejor hipótesis: en mi mente es una ciudad violenta, donde la vida vale poco. Y también una en que las pasiones están a flor de piel un país casi tropical. Está en juego alguna de esas copas futboleras interclubes. Es la final entre el equipo argentino y el Millonarios de Cali. Todo el mundo parece tener su opinión, e interés en expresarla. La plática es abundante, y se derrama de una mesa a otra, todos interesados aparentemente por el mismo tema. Muchos, se adivina, terminarán la cena temprana y se encaminarán al Estadio cercano a disfrutar del partido. El resultado es incierto, nunca los colombianos hemos ganado. Todavía. Pero esta vez el equipo es fuerte y contamos con un crack que puede dar vuelta el partido. Además esta noche jugamos de locales. Se integra gradualmente en la conversadera generalizada, dá sus opiniones aunque éstas suenan extravagantes y fuera del consenso general. Alguien las denuncia como tales, con guasa y apenas respeto por la edad del otro: exageraciones, absolutamente desatinadas, alejadas claramente de los hechos tal como posiblemente se darán. El viejo insiste y logra incluso en algún momento la atención de varias mesas circundantes. La pareja se está por levantar. Ya pagaron. Ya se van a ir. El viejo alza la voz todavía como para imponerse, controlar la escena se diría si no fuera absurdo. Lanza un desafío a los que lo rodean y no dan crédito a sus pronósticos, élla y él incluídos aunque ya casi fuera de la escena o preparándose para dejarla, el joven galán ayudando a la dama a colocarse un leve abrigo sobre los hombros.
CONTINÚA EL PRÓXIMO VIERNES Viernes 1 de Febrero de 2008 00:00 COUNTRIESSuper Pancho - Última ParteAquella relación perfecta que les había devorado el seso, seguía estando pero ya sin alma. Y la diferencia era todo lo que importaba. Durante la semana, la escena se repitió con variantes derivadas del distinto carácter de Julia y Annabela aunque las conclusiones – cada una quiso probarlo en carne propia y ver con sus propios ojos – fueron idénticas. Rubén, conservaba su dignidad intacta, su auto respeto nunca disminuido y eso había sido gran parte de su atractivo. Durante todos aquellos largos 18 meses ellas se habían estado acostando y probando las delicias de la relación con un hombre entero, algo inalcanzable con ningún profesional, sólo con un amante quizás pero nunca compartido entre tres. Ahora, ese hombre entero les revelaba con su actitud que era dueño de hacer lo que le viniera en gana y que consideraba que lo nunca dicho, no había sido establecido. Que aquello que ellas consideraban tácito no lo era y que él se atenía a lo literal. Prestaba un servicio en el que ponía a disposición de sus amantes ocasionales su privilegiado cuerpo, y -mientras duró, ahora venían a enterarse, pero sólo mientras duró mantenía él – su persona, sus emociones, su pasión amatoria había sido de ellas, por turnos sí, pero exclusiva de cada una cuando estaba con la que tocara en suerte. Ahora no, ahora poco a poco quedaba claro que el tipo estaba locamente perdido por Norma. Era con ella con quien paseaba y se mostraba en las áreas públicas del Country, a quien presentaba en las comidas y la que lo acompañaba en las tardes de fútbol. La que bailaba con él en las fiestas y con la que se sentaba a charlar y tomar algo en el porche de la casa, a ver pasar a los joggers, las parejas con bebés, los amigos que pasaban y saludaban a la pareja. Las tres desposeídas – parcialmente – hervían. Casi literalmente hervían y figuradamente desposeídas. Porque Rubén consideraba que seguía cumpliendo su parte del trato. Recibía a cada una de sus -¿amigas, clientes, amantes por horas?- y ante la visible indiferencia y hasta aquiescencia de Norma las llevaba al dormitorio de visitas y atendía con consciencia sus necesidades en la medida de lo posible. Y lo hacía con maestría como antes y siempre. Pero ya no había entre ellos – Rubén y la que tocara en suerte aquel día – la química que todo lo cambia. Ni aún proponiéndoselo ellas – él no hacía esfuerzos en ese sentido – podían figurarse como antes que eran aunque por un rato amantes o cómplices de su compañero de cama de aquel momento. Hay una clara distinción y todos la sentimos cuando existe o no la pared que solemos voltear voluntariamente para que el otro penetre y nos abrace. Cuando dejamos que caigan todas las defensas y con el gesto, la sonrisa, el beso y la palabra- esta última a veces y no necesaria- hacemos ver que estamos allí, vulnerables y entregados habiendo renunciado a las medidas de seguridad que hasta natural y evolutivamente estamos obligados a mantener en vigencia. Dadas de baja estamos en peligro pero lo corremos con ventaja porque la cercanía de los cuerpos y las almas exigen que sean volteadas. Y cuando lo son, todo es tanto mejor. El amor le dicen algunos. La confianza, intimidad, amistad quizás mejor para no divagar. Y eso, definitivamente, no estaba. Y lo que hacía terrible esa ausencia para las tres damnificadas, es que antes había estado. Allí, cada una de ellas lo había experimentado. Y si bien sabían que era compartido, había estado disponible para cada una en los momentos compartidos con el hombre, que no habían sido sexo sino sexo y charla, risa, confidencia, lágrimas a veces, confianza y desarme. Ahora en cambio existía la sospecha – certidumbre en realidad para quien quisiera verla – de que aquellos momentos en que “Es Pi” se soltaba y reía, lloraba o admitía la entrada de alguien en su intimidad estaban reservados sólo a aquella intrusa, la chirusa como empezaron a llamarla las tres. Norma. Veían el comportamiento de su galán como una defraudación a un contrato implícito. No se daban cuenta de lo absurdo de pretender pactar sentimientos, y era de alguna manera lógico porque había sido así durante un largo tiempo hasta que fueron cooptados por una hembra más potente que lo que ellas aún juntas pudieran representar. Disfrutaban,- ¿pero de que servía? – de aquella excepcionalidad física del hombre que nunca dejaba de rendir. La “satisfacción” estaba allí y como algunas de ellas tenían otros encuentros con miembros viriles podían tener muy fresca la comparación. Nada equivalía a aquella excepcionalidad de Rubén. Comprendían al mismo tiempo que el Super Pancho, ahora solo y sin emoción, carne únicamente era un pálido sucedáneo, inútil a todo efecto salvo el más inmediato y escaso del clímax alcanzado ahora con dificultad y esfuerzo. Para más indignación no podían evitar imaginarse la dedicación amorosa que a ellas se les había retirado de manera tan abrupta volcada ahora en aquella intrusa que les había robado su bienestar. Antonella y Elisa lo tomaron mejor. Trataron, empleando la razón, de sacar el mayor provecho posible de una situación que si bien se había deteriorado, podía todavía ofrecer frutos que –pensaron- podían ser valiosos. Pero la ilusión duró poco. Nada era como antes y la diferencia en el sentimiento, tan obviamente puesto fuera del lecho que compartían por turnos con Rubén, hacía soso y sin gusto cada uno de los encuentros. Julia creyó enloquecer. La chatura de su matrimonio se le vino encima. Ya no podía mirarse y pensar que, protagonista de una aventura intensa, no era sólo una cuarentona rica como tantas que poblaban el Country. Ahora era una de ellas, apenas servida desganadamente –para su gusto- por un galán a sueldo. Norma por su parte reinaba en aquella casa y aquel hombre de manera indudable. Comprendería que el servicio que prestaba a las tres era la manera de ganarse el pan que tenía su hombre, y parecía no objetarlo. Era toda cortesía con ellas cuando llegaban. Pero cortesía distante y que no entregaba nada. Y cuando se cruzaban en áreas comunes del Country, también los saludos eran helados, sólo ellas comprendían absolutamente lo que sucedía. La tolerancia de la joven a aquella situación la haría aún más perversa, evidenciaba una absoluta confianza y seguridad en su hombre a quien no objetaba y más bien ayudaba a ejercer su trabajo. Pero la no intervención ni oposición era un reflejo fiel de que Norma sabía donde estaba parada y aquellas mujeres más viejas, más feas y necesitadas no podían ser competencia para aquella poderosa hembra que a sus 22 años tendía su velo apropiador sobre el que habían considerado su propiedad hasta hacía poco. Actuaron de la manera previsible: tras reclamos que Rubén recibió con mirada mineral como no comprendiendo, se dieron por vencidas. Era muy difícil expresar qué era lo que le reclamaban y él no hacía nada para facilitarlo: ¿amor, pasión, rendimiento viril? Todo se mezclaba y no era fácil definir qué era lo que ahora se hacía mal o incompleto no como antes. Por fin decidieron rendir su orgullo y aclararle que la condición para seguir con las relaciones -tenían todavía cada una de ellas algún grado de auto estima en su desesperada necesidad de que el hombre les restituyera su interés en ellas, de manera que planteaban la continuidad o no de “la relación”, como si a él le importara de ellas algo más que el dinero- era la separación de Norma. Debía irse, o no continuaría “lo nuestro”, cada una dijo algo parecido dejando que el entrecomillado se explicara por sí solo. Rubén no fue ofensivo, ni prepotente sino más humildemente aborigen que nunca, en su aclaración de que Norma se quedaba, que él las quería a ellas como siempre –aunque era evidente que el verbo significaba algo muy distinto de lo que ellas esperaban-, pero aclaró que Norma no se iba. Antes de que todo terminara como era evidente que iba a culminar, las doñas ensayaron aún una estrategia. Estaban desesperadas. No se habían dado cuenta –cada una de ellas- de lo que representaba aquel hombre en sus vidas. Se habían contentado con la primera lectura: éxtasis sexual, éxito, diversión, novedad. Ahora se daban cuenta que excepcionalmente cada una había desarrollado con él –o había creído hacerlo– una verdadera pasión que llenaba sus vidas. Extraño solamente porque eran tres y él uno solo y porque ninguna ignoraba la existencia de las otras. Pero suficientes habían sido para cada una de ellas aquellos ratos vividos, y las memorias de los mismos que se llevaban consigo para vivir con ellos hasta el próximo encuentro. Fueron y rogaron. Lo hicieron cuando Rubén estaba trabajando en la capital, con los remises. Norma las recibió separadas, a cada una de ellas y llegó a haber una presentación en conjunto al final. Cuando cada una de ellas se juntó con la joven, empezó desde arriba, exigiendo, y todas acabaron igual, implorando, agachándose, ropa, joyas y empaque de señoronas del Country ante aquella joven humilde sólo en formas exteriores, soberbia en la firmeza de sus carnes, la de su mirada y la apostura con que estaba parada en el suelo. Llegó una de ellas –aún con nombres ficticios no quiero declarar cual– a arrodillarse - Mirá, por favor, te lo pido de rodillas. El significa para mí mucho más de lo que te imaginás… E implorar que las dejara, que ellas lo necesitaban más. La otra las despachó con cortesía y firmeza, apenas aclarando que las que sobraban, apestaban y daban lástima eran ellas, cómo pretender que Norma, la hembra real fuera a ceder a sus voluntades afirmadas sólo en ropa cara, maquillajes y tonterías que se compran con dinero. Hubo una patética visita conjunta, que fue la última. Las tres procuraron darse valor y acudieron tras haber fracasado individualmente. Norma las recibió en el living, una tarde. Sólo hacia el final quedó explicitado: Rubén andaba por allí, dejaba hacer. O hacía su parte no haciendo nada. Ya sin límites, se desbordó la desesperación de aquellas mujeres que obraban en aquel momento como si fueran una sola, le ofrecieron dinero para que se fuera. Una suma muy importante. Tanto que a ella –le explicaron– le permitiría comprarse una casa en Villa Ballester para vivir cómodamente con sus padres o independizarse, lo que quisiera concedieron generosas, los labios vacilantes, alguna papada apenas insinuada, pronta a ser corregida por el bisturí bienhechor. Las tres tan distintas pero unidas por la necesidad vital que ahora percibían. Las tres que lo tenían todo: dinero, poder, elegancia, ropa, autos, sirvientes y lo que quisieran al momento. Las tres a la espera del veredicto. Pero todo estaba perdido para ellas. Norma ni se dignó contestarles o lo hizo con el gesto comedido, cordial, burlón con que les señaló la puerta. El gesto lo decía todo: el desprecio que sentía por ellas, la falta de toda lástima, el dominio que ejercía sobre su hombre, la afirmación de sus propios proyectos en los que Rubén tendría un papel que jugar. Era ella la que mandaba y tenía a todos en su mano, controlando la situación. El equilibrio se había roto hacía tiempo y las tres se estaban recién enterando. Habían sido desplazadas y, como si por un ventarrón eran barridas de la escena. Era otra quien mandaba ahora. Las acompañó hasta la puerta. Rubén, que se había acercado y participó de la despedida, ni abrió la boca. Era ella, la abeja reina la que controlaba ahora la vida del hombre y ellas estaban de más. Resultaba obvia la aquiescencia del “EsPi” a las decisiones de aquella joven que imponía su voluntad y su proyecto. Ni él, zángano como se vería de aquella reina, ni las viejas solo poderosas en apariencia, podrían nada contra la voluntad de ella. Ahora ella y él se revelaban como lo que habían sido siempre, los que mandaban, no obedecían. Los que hacían y completaban su proyecto venciendo cualquier obstáculo. El imperativo que llevaban en la sangre iba a cumplirse, y las riquezas, el falso poder, las posesiones que ostentaban los que los acompañaban en la escena, de nada servían: eran ellos los que avanzaban, imparables, soberbios sobre la Tierra. Nada quedaba de aquel pintoresco personaje, “EsPi”. Ni de su prima, aquella “sierva” que Gonzalito Unzué Bagliotto pretendió conquistar. No eran la presa, la víctima, el objeto. Ahora estaba claro lo que eran, sujetos, predadores, nunca víctimas. Dueños del mundo. Pasaron unos pocos meses y Rubén vendió la casa del Country. Se despidió cortésmente pero sin dar demasiados detalles sobre sus planes futuros. Explicó que se proponía formar una familia y quería hacerlo ya no en el Country donde le costaba mucho mantener la casa, sino en Villa Ballester de donde provenían él y su mujer. Su partida fue lamentada como siempre que un socio muy querido se va del Country. Le hicimos un asado de despedida, y quedamos como siempre sucede en que seguiríamos viéndonos lo que no sucedió. No supimos más de él. Varios años después, un trámite municipal me llevó a San Martín y cuando salía, me crucé con la familia. Un halo especial como una luz espectral iluminaba a Norma, más bella y asentada, más poderosa que nunca. La madurez de los 30 la beneficiaba. Caminaba con Rubén a quien vi con algunas canas pero vital y tenso como siempre del brazo de su mujer. Entre ellos, avanzaban dos chicos preciosos, varón y nena. Cada uno de ellos parecía haber heredado la potencia indefinible de sus padres. La chica lo mostraba en sus ojos claros y mirada ya, tan pequeña, dominante, intensa y concentada. El chiquilín, no tendría más de 4 o 5 años, caminaba con la flexibilidad de un animal de presa, como lo había hecho Rubén cuando lo había visto por primera vez. Me pregunté si todos los atributos serían heredables, y cómo sería el del chiquilín. Pero eso de curioso y medio asqueroso que soy. FIN Viernes 25 de Enero de 2008 00:01 COUNTRIESSuper Pancho - Parte 9Mientras tanto la “relación especial” de los cuatro seguía viento en popa. Cada una de ellas veía satisfecha por lo visto sus necesidades no sólo físico-espirituales, sino las derivadas de sentirse por fin alguien en el panorama vital y cultural de la época: vivían una aventura poco usual, puramente satisfactoria y que les proporcionaba la sensación de no tener nada que envidiarle a las divas, artistas, modelos y personajes que poblaban sus lecturas de revistas del corazón, grandes hermanos y programas de chimentos vespertinos. Hoy en día se vive en forma vicaria, mucha gente por lo menos: a través de lo que les sucede a unos personajes cuya vida elegimos seguir, vamos de sorpresa en sorpresa, de excitación en decepción, de alegría en desazón. Y si cada una de aquellos prototipos, las modelos tenía un promedio de dos novios o amantes por año, que bueno poder sentir con ellas aquella montaña rusa de emociones. En ese entorno febril, aquellas tres entonces tenían el “bonus” declarado: no sólo vivían en carne propia –y que carne, digámoslo porque es un aspecto que no debe dejarse en el olvido ni soslayarlo cada vez que se haga mención a él, un segmento que no dejaba de cumplir, y cuyo uso frecuente no hacía sino perfeccionar el aspecto técnico que, sumado a las antedichas condiciones naturales rendía sin competencia a cualquiera que se atreviera o tuviera la suerte de ponerse a su disposición–los avatares bisemanales, no sólo se encariñaban en distinto grado con el poseedor del adminículo –Rubén jamás dejó de ser atractivo en lo personal, nunca perdió la dignidad y una medida de auto respeto que algún desavisado podría considerar en jaque ante el ritmo que había impreso a su vida y la profesión que de alguna manera parecía haber elegido, y siguió siendo aquel hombre seguro, confiado y sereno, ágil y al mismo tiempo tierno que habíamos conocido cuando Romina lo trajo al Country– sino que podían considerarse personajes cuya vida era comparable en subas y bajas a las de aquellas heroínas de hoy, las modelos y divas de la televisión. Estaban, cada una de ellas viviendo una gran aventura, divertida y llena de emociones.
CONTINÚA EL PRÓXIMO VIERNES Viernes 18 de Enero de 2008 00:00 COUNTRIESSuper Pancho - Parte 8Fue una fiesta cómoda y bien llevada, que euforizó y marcó a sus participantes, pero trajo también beneficios a innumerables personajes cercanos. El marido de Julia disfrutó de la paz de tener a su mujer tranquila y –el no lo sabía pero era mejor así– bien…cumplida. Los amigos y compañeros de las otras dos amantes de Rubén, aquellos que las querían bien, notaron que estaban pasando un momento excepcional de sus vidas y se congratularon de ello. Los muchachos del Country, en particular los de fútbol estábamos de parabienes. Algunos –yo entre ellos- conocíamos los detalles. Pero más allá de lo divertido de la situación, y el cuchicheo pertinente, nuestra principal preocupación estaba saldada. Rubén era el de antes: cumplía y llevó a nuestro equipo a la cima, salimos campeones aquella primavera. A veces le fallaba el físico cuando la exigencia era mucha, pero todos sabíamos comprender que en su rama de trabajo actual, no podíamos pedirle muestras excesivas que contribuyeran a su agotamiento físico teniendo en cuenta que había otras que esperaban ansiosas el mismo lunes para caerle encima. Y el mismo Rubén, hizo llegar, como lo había hecho antes, cuando estaba casado con Romina, su generosidad sobre su familia que tanto lo necesitaba. Sus ingresos mensuales, seguía con los remises pero de lejos la parte importante provenía de sus actividades especializadas, eran abundantes. Y con ellos ayudaba a su madre que estaba imposibilitada. Y –generoso con los suyos– incluía entre sus protegidos a aquellos tíos y su prima Norma, que habían concurrido como únicos familiares suyos al lejano casamiento con la mujer de Armenia. Norma, en particular de entre ellos, había terminado el colegio secundario y su primo la ayudó a completar estudios de traductorado de inglés y francés que culminó aquel año. Tenía para ese momento 21 años y yo la vi una tarde en el pueblo de Casares, pegado al Country. Estaba tomando algo con Rubén a quien veía – nos había contado él mismo – una vez al mes para recibir el dinero que el primo hacía llegar a la familia e interiorizarse de las novedades, pocas veces podía desplazarse hasta Villa Ballester sus ocupaciones de todo tipo lo retenían en el Country. Los vi y sí, era la actitud que llama de alguna manera la atención del hombre experimentado categoría a la que creo pertenecer. Porque uno tiene una “imagen”, de un primo mayor con su prima, de un tío con la sobrina, un padrino con la ahijada. Estereotipada, cinematográfica, estilizada, cliché o como queramos llamarla, pero casi siempre coincidente con la realidad. Sino en su totalidad, actuando como una idea platónica que guía y centra y enmarca y orienta lo que estamos viendo y nos dice si hay correspondencia con aquella que mora en nuestro cerebro o en el cielo de las ideas permanente del griego inmortal. Y de inmediato nos anuncia si hay o no coincidencia. Que de haberla nos impele a pasar a otros temas y dejar lo que acabamos de ver por obvio, remanido, coincidente y esperable, no digno de nuestra atención ni de pensamiento adicional alguno ni de musitar o pergeñar consideración alguna. Pero cuando hay diferencias entre el cliché y lo que vemos, aún mínimas o que no podamos precisar o explicar en un eventual relato que hiciéramos a otro, esos ínfimos mayores – o menores – énfasis, apoyos que no deberían estar, afirmaciones que hacen los ojos – no los nuestros sino los de aquellos a quienes estamos enfocando – y que el otro participante recibe y no rechaza, ni muestra indiferencia sino que contesta con otras afirmaciones que confirman lo atestado por el primero. Y ángulos que no se corresponden con nuestra – quizás pacata o decimonónica pero en todo caso precisa- visión de lo que debería ser una relación mantenida a distancia prudente en un lugar público entre primo y prima, o entre tío y protegida o aquellas relaciones que bien comprendemos en que uno da y el otro recibe, generalmente aptas para describir como no simétricas o no de igualdad, en que hay un factor de generosidad de una parte pero asimismo de retribución o agradecimiento por la otra, no dado – quizás – todavía en diríamos manera efectiva, pero pronta ya, preparada para ser entregada y así saldar las cuentas que siempre deben ser saldadas aún cuando la generosidad haya sido la que inicialmente desbalanceó lo que estaba parejo y debe ser vuelto al equilibrio. Y no era una situación de equilibrio ni de estabilidad o paz o indiferencia ni siquiera de activa curiosidad y sonrojo juvenil, excitados los participantes por emociones quizás infantiles o neutras o de las que dominan los intelectos. No, no era esto lo que pude ver aquella tarde en Casares cuando en forma casual y desde una mesa oculta por la oscuridad del salón me tocó presenciar el encuentro de Rubén que estaba harto comprometido para aquellas épocas con sus tareas y hasta diríamos obligaciones amatorias no ya con una sino con tres feroces amantes, del mismo digo, con su prima quizás lejana en la genealogía pero cercana, oh tan cercana en sus afectos como se desprendía de la mano trémula que acariciaba la de Norma que dejaba hacer pero alentaba y no era la caricia del tío comprensivo y que alienta a seguir con empeño la carrera o afrontar las dificultades con entereza sino la de quien ya no puede. No es más dueño absoluto de sus acciones, que ha venido reprimiendo vaya a saber desde cuando, quizás – y especulo ahora y me deslizo a hipotetizar sin base ni fundamento –incluso aún casado con la prehistórica para este relato, Romina. Y ella, Norma digo seguro que cumpliendo de manera poco clara por el momento pero indiscutiblemente de alguna manera un designio que tendría desde muy joven porque yo recordaba como había estado mirando a Rubén en la fiesta de casamiento y lo que había tomado por intensa observación de los novios y su felicidad aquella noche lejana, ahora lo reevaluaba y creía ver un designio paciente que no había dudado en dejar pasar el tiempo que hiciera falta, pero había permanecido allí latente, tejiendo la red que sabía era necesario tener preparada y efectiva para cuando se presentara la oportunidad. Norma no era – lo veía ahora- muy distinta de su primo, ambos hacían lo que tenían que hacer o lo que se habían propuesto asi pasaran muchos años. Ella más aún. De todas formas las miradas de ambos, los ritmos de las caricias manuales por ahora pero previsiblemente y en especial conociendo la estirpe y costumbres del “EsPi”, prontas a convertirse en más osadas aún. Los ojos que querían decir y lo hacían todo o casi. Y ya Norma a su mayoría de edad no aquella niña de 15 que yo recordaba del casamiento sino una espléndida mujer joven, cuerpo alto y duro como nos gusta a los hombres, a todos y supongo a aquel Super más todavía. Ella tenía todo para enamorar a cualquiera, y cuando la vi pararse comprendí que el pobre Rubén no podría resistirse si la idea hubiera surgido en el cerebro, de cualquiera de ellos dos daba igual. La joven era alta, piernas larguísimas apenas cubiertas por falda ínfima. Y todas las bondades en el pecho, para ser descubiertas por el primero que llegara, quizás ya holladas pero qué importa si son tan frescas que es como si no. Porque la mirada era abierta, franca y la sonrisa carnosa. El rostro, el gesto de la prima joven eran una invitación a conocerla en más de una manera. Inocente y cruel, divertida, ignorante de lo que vendría, pero sabedora de que sería bueno. Desconocedora de los detalles, pero absoluta dueña del final, que conociera o no, hubiera ya transitado con algún otro o fuera nueva, llevaba impreso en algún recóndito gen que aquella familia tendría disponible y que la hacía única. Si Rubén era el Super Pancho, el más hombre entre los hombres, -pensé en ese momento – su prima Norma era una de esas hembras que uno podía sólo mirar desde lejos y desear porque difícilmente estarían reservadas para el común de los mortales. Trasmitía ella la idea de un poder femenino esencial. Era, o sería pronto cabeza de una familia que sería ejemplar. No podría esa mujer dar a luz hijos meramente estéticos o sanos, o amorosos como suelen serlo los recién nacidos. Ella, y el afortunado que resultara su proveedor encabezarían una familia admirable, dotados de cualidades especiales. Eso es lo que me pareció, envidié a quien pudiera ser consorte de semejante abeja reina, tal era el imperio, el magnetismo que desplegaba Norma con su sola presencia y sin pretender nada que no surgiera de su persona en forma natural. Seguían en su diálogo casi mudo, cuando me levanté y pagué. Salí discretamente pensando en lo que vendría, cómo seguiría la historia y preocupado por la temporada de fútbol del año que seguía. Viernes 11 de Enero de 2008 00:00 COUNTRIESSuper Pancho - Parte 7Es suficiente –se sabe- apenas un fósforo que encienda aquellos matorrales ásperos y solitarios necesitados de regadío que hace tanto se les niega. Y si además la explicación obra como un vendaval que arrasa cualquier pudor o vergüenza, se lleva por delante las medias tintas y al explicar lo físico que es todo cuando se está en presencia del prodigio. Quedan fuera todos los prejuicios, valores largamente mantenidos o quebrados apenas y en forma vergonzante, citas imbéciles para apenas conocer más de lo mismo sexo trémulo, vacilante y crepuscular. Todo reevaluado ante el Sol potente y arrasador que describía Elisa. Todas quisieron más temprano que tarde conocer. Esto lo supe yo después, porque todo al final termina sabiéndose en el Country. O casi todo. Pero en su momento fue un secreto infantilmente jurado. Fueron pasando por la cama de Rubén y cada una volvía con un relato –eran cuatro las que estaban en el secreto- a cual más audaz, novedoso y feliz. Todas confirmaron ante su audiencia la felicidad del conocimiento nuevo. La completitud se convirtió en la palabra de orden entre ellas. Cada una reafirmaba el entusiasmo ante el descubrimiento, ninguna jamás decepcionada. Y si bien se hacía mención de las acrobacias y la creatividad de Rubén, aquellas generadas por el puro talento e imaginación eran las menos celebradas. Las que inspiraban respeto, silencio y ojos grandes, las que obligaban a seguir el relato casi sin respirar eran las más elementales, vulgares, animales que no podrían haberse disfrutado de no haber mediado la constitución sobrenatural del amante que las congregaba. Porque imaginar podía imaginar cualquiera. Y el KamaSutra lo venden en librerías de la calle Corrientes. Pero hay situaciones que sólo podían generarse – Dios y “EsPi” mediante- con la concurrencia de los dos amantes, y el “tercero” entre ambos. La situación tendió a equilibrarse, normalizarse si puede usarse esa palabra tras los primeros meses. De las cuatro felices participantes una, Magdalena se vio forzada a retirarse: su marido vendió la casa y se fueron a un departamento en Prosiguieron Julia, una pelirroja exuberante y de buen carácter. Mediaba los cuarenta, casada hacía unos quince, su marido no le prestaba la menor atención, toda puesta en brillantes negocios que se desenvolvían en tres continentes. Quizás aliviado por la repentina calma y felicidad de su mujer, no se ocupaba en lo más mínimo de su felicidad – que celebraba- como antes no lo había hecho con sus necesidades insatisfechas. La tercera era la más bonita y joven de las tres. Antonella era delgada, con buen cuerpo y atraía siempre la mirada de los hombres. Tenía apenas treinta recién cumplidos y no se le conocían relaciones en el Country. Hasta había habido voces que murmuraban, ante la falta de novios a la vista. Pero era que los que habían pasado por aquella hembra poderosa no habían dado la talla. Instintivamente la joven había rechazado uno tras otro tras la primera – solo ocasionalmente había concedido una segunda- oportunidad. Sabía, algo en ella le adelantaba que había algo mejor, no un poco sino cualitativamente distinto. Cuando la vida, y Elisa la pusieron frente al “EsPi”, el Super Pancho se convirtió en la obsesión de su vida. Sin compromisos, ni marido ni familia. Vivía con sus padres en el country, con todo el tiempo del mundo al volver del trabajo en el Ministerio de Economía todas las medias tardes. Era la principal y más asidua “usuaria” y la que –uno podía advertir- más salvaje y descontrolada se volvía cuando se quitaba la ropa y se devoraban con Rubén. ¿Y éste? ¿Cómo había tomado el nuevo arreglo? ¿Cómo? ¿Cómo podría haberlo tomado sino en forma excelente? Todo le sonreía en la vida a Rubén de nuevo. Disfrutaba en su nuevo papel. Mantenía la discreción necesaria. Pero se beneficiaba a tres féminas cada una de las cuales deseable por demás. Elisa era divertida y un prodigio de creatividad. Las sesiones con ella rezumaban ingenio y buen humor, y a la hora de la acción el cuerpo generoso y maduro de la amazona le exigía todo y hasta el último minuto. Julia era la más dulce e introvertida. Rubén disfrutaba y la hacía participar de fantasías y juegos en que la “inocente” era sorprendida por el bruto que se ocupaba –apenas- de seducirla para pasar a usarla según más le conviniera. Si con Elisa las claves eran eficientes y compensadas, a Julia la fue llevando a un masoquismo liviano que ambos disfrutaban enormemente. Ella se sometía tras aparente lucha, y él la transformaba en juguete de sus “más bajos instintos”. Los de ambos quedaban saciados al final de cada sesión. Y Antonella…bueno allí sí que las cosas tomaban un color salvaje sin fisuras. La más joven de las tres, compartía el rango etáreo con su amante ocasional. Ambos estaban en plena forma física y ella se mantuvo fiel desde el primer día al amor físico, duro, puro y sin apenas diálogo. Se amaban ferozmente, y terminaban jadeantes, agotados y expuestos los dos, desnudos y palpitantes, abiertos y vulnerables ambas fieras de temer sólo sosegadas y calmas tras el feroz intercambio. Allí sí permitía Antonella el diálogo, cuando los tantos habían sido aclarados y no quedaba – por un rato – nada serio que intercambiar sino palabras. Después volvían por un segundo turno que siempre resultaba adormecedor y hasta tierno. Era la única que se quedaba a veces a dormir, por falta de ganas de emprender el camino en el frío de la madrugada bonaerense. Todas contribuían de maneras reservadas pero efectivas y generosas a las arcas de Rubén. El tema era más o menos discreto hacia el galán, pero totalmente abierto entre ellas que le habían asignado una suerte de “retribución” que le permitía afrontar con comodidad todos sus compromisos y aún ahorrar algún dinero, cosa que ejercitaba regular y eficazmente en el banco de la zona que vio crecer sus saldos con prolijo acrecentamiento. Cada una le hacía llegar su aporte de manera que no enturbiara la relación y mantuviera lo más alejado posible, oculto por no decirlo ni mostrarlo o explicitarlo el vínculo que los unía. Elisa le dejaba como descuidada un sobre todos los principios de mes, en la mesa donde tomaban algo al atardecer siempre, antes de comenzar las acciones. Julia le había pedido el número de la cuenta bancaria y le hacía discretos depósitos mensuales, todos en efectivo. Antonella, fiel a su naturaleza salvaje y festiva se escondía en diversas partes del cuerpo el dinero en billetes grandes y jugaban a que él lo encontrara. Además ella, la más liberada de compromisos y tabúes lo llevaba una vez cada tanto de compras al Patio Bullrich y lo enjaezaba para que luciera elegante, a la moda y aún más deseable. Viernes 4 de Enero de 2008 00:00 Super Pancho - Parte 6Las dificultades económicas, que resultaban evidentes para todos nosotros, eran un capítulo aparte. Buscaba salidas para su nueva e inesperada situación. Y estaba decidido a quedarse en el Country lo que nos tranquilizó. No sé a quien se le ocurrió, ni cómo empezó el asunto. Pero la verdad es que fueron las mujeres las que dieron la nota esta vez. Mujeres… ¿qué mujeres? Las viejas. Las viejitas. Las de 40 que –lugar común pero real- ahora son unas diosas, pero sus 40 y pico los tienen, también las de 50, que se metieron de cabeza. Y alguna de treinta y largos. Divorciadas sin pareja, solteras, viudas… Todas ellas atractivas a su manera, llenas de vida y hormonas reactivadas por actividades físicas y gimnasio, conciencia de su propia vida por vivir, todavía. Lectoras incansables de sus Coelhos, Bucays, Ravenas, Oyos, Tantras y tantos otros cuyos mensajes vienen a decir a sus lectoras –porque son todas mujeres, eso sí, estos tipos viven 90% de las mujeres- que el tiempo no pasa, que si lo hace es para bien, que leyéndolos y siguiendo sus instrucciones cada año añade y no resta en lo absoluto. De manera que una plétora de jóvenes entre 30 y pico y hasta 60 estaban listas para lo que se avecinaba. De allí, de ese pool inacabable de mujeres solas o descuidadas surgieron las cuatro que en seguida fueron tres. La casa que habitaba Rubén se prestaba. Alejada y todo, envuelta por árboles originales de aquel Country centenario. Cómo empezó todo repito no puedo saberlo pero no importa tanto como describir como siguió, cómo estaba la situación a los 6 meses de aquel divorcio y cómo estaba Rubén. Volvió a ser el de antes. Andaba seguro y contento. Jugaba como los dioses, motivado, sereno, sonriente, un tigre en el medio campo. Los problemas anímicos estaban resueltos. Y los económicos al parecer, también. No hubo más noticias de atrasos en el pago de expensas, cambió uno de los remises por un modelo cero kilómetro, volvió a salir y almorzar con los amigos como antes. Recibía al atardecer. La primera fue Elisa, que era la de más armas tomar. Una mujer atractiva apenas pasados los cincuenta años, divorciada desde siempre. Rubia natural, piernas largas y rostro agraciado, algo caballuno pero agradable a la vista. Boca grande y ojos marrones, vivaces y atentos. Todo un prodigio de cuidados en la dieta, gimnasio y buenos genes la mantenían deseable y con salud para seguir en la lid, dando el presente cada vez que pudiera. Se le conocían algunas aventuras “afuera” e incluso algún socio hacía ya tiempo, había pasado por su cama. Con seguridad, no le gustaría llamar a las cosas por su nombre, de manera que nos referiremos al ‘romance’ que se desarrolló de manera fulminante. Así que seguramente a instancias de alguno de los dos, casi seguro la mujer salieron a comer. Algo sencillo, pero aún así habrá pagado ella porque lo que es, o digamos bien, era Rubén en esos meses posteriores al divorcio, apenas podía comprar para comer solo en la casa, cocinarse unos fideos. Es seguro que ella estaba perfectamente interiorizada de la situación del divorciado, anímica, económica y anatómica. La primera porque todo se sabe en el Country, los comentarios son generalizados y toda condición por nueva que sea es vox populi en pocas semanas. La segunda por información quizás más restringida pero de ninguna manera inaccesible, y la tercera obedeciendo a la más antigua y persistente leyenda que definía a Rubén como un fenómeno. No en vano los amigos seguíamos llamándolo con su apelativo referido a aquella mitológica herramienta. Todos los días y semanas, meses y años hablando de “EsPi” en los círculos del Country, durante los que duró su noviazgo y matrimonio, se confirmaba ahora que fueron de curiosidad, inquietud, ansiedad y deseo desnudo porque no decirlo para muchas de aquellas mujeres que lo sabían inaccesible. Pero ya no ahora, no sólo solo, sino necesitado. No sólo de amor, cuidados y mimos sino de algún apoyo en metálico. Todo lo que le faltaba a Rubén lo tenía ella – pronto ellas –. Se acompasarían y complementarían los cuerpos, y las almas se aquietarían al ritmo de aquella comunión. Y también habrá Elisa confirmado lo que suponía, por lo que habrán hablado durante aquella comida en que se conocieron en forma más personal que la indirecta y llena de medias intenciones y miradas llenas de interrogantes e información de deseo liso y llano que habían tenido – ellas, claro – durante los años que precedieron la puesta en disposición del ahora vulnerable y futuro semental. Elisa se lo llevó de todas maneras de vuelta al Country y se internaron en el caserón de Rubén. De allí salió en la alta madrugada, Elisa. Transfigurada. Nunca había…no digamos imaginado que una cosa así pudiera transportarla de la manera que “EsPi” lo había hecho. No imaginado porque si hubiera podido hacerlo, imaginado digo, ya es como si casi lo hubiera tenido. Y de haber podido fabular con aquello aún sin poder tenerlo, se habría vuelto loca de ansiedad por saberlo de otra cuando él era de Romina y no quería serlo de otra. Decidió que lo que la había mantenido cuerda hasta ese entonces era el hecho de que no había cabido en su mente que pudiera gozar, disfrutar del sexo de esa manera. La ignorancia la había salvado. Todos esos años, cuando el tema del “miembro excepcional” se había tratado más o menos en broma, ella había participado de la chacota y la jarana. Pero verlo, experimentarlo, en carne propia nunca mejor dicho, era otra cosa. Quedó enviciada de mala manera. Ahora, que se había hecho la luz y había comprendido la verdad, no podría prescindir de Rubén de ninguna manera en ningún futuro observable. Pero no era tonta y a su edad, sabía que el egoísmo era mal consejero. Necesitaba socios en la tarea que iba a emprender. Y comprendió rápidamente que lo que le interesaba –un romance muy pero muy informal con Rubén, a la par que un gran amor, éste sí para siempre con su atributo– no podría bancarlo sola. Por varias razones, no la menor que Rubén estaba mal, muy mal económicamente y hasta estaba considerando vender la casa e irse del Country. Romina le exigía la deuda resultante de la división de bienes, tenía que mantener la casa y la flota de remises no generaba suficiente ingreso. Después de aquella noche de… ¿amor? Sí, porqué no decirlo. Ambos se amaron a su manera en esa velada inaugural. Rubén disfrutó de la señora, después de todo hacía tiempo que no practicaba. Y después de aquella noche ella consideró que era impensable dejar alejarse aquella noble bestia de su vecindad. Las cosas se dieron en forma bastante natural. Elisa tenía un grupo grande de “amigas”. Entrecomillo porque ya se sabe lo que pienso de las amistades de Country, ñoñas cuando menos, peligrosas y traicioneras en sus peores versiones. De todas formas no tardó en compartir con alguna de ellas su nueva felicidad, detalles y todo. Azoradas la escuchaban – y repetían después- relatar las proezas amatorias del entonces bien llamado “EsPi”, que Elisa nombraba y confirmaba en su condición de Super Pancho, y también refería como “mi hombre “EsPi”…Cial”. Que Rubén no tenía límites, que era creativo y tierno, que te sentías cuidada y tratada como una reina en la cena y una puta en la cama, que te llenaba, figurada pero más que nada literalmente. Esa, Miren chicas –decía y le faltaba el aire- yo puedo y trato de contarles como es esa sensación, pero es tan imposible traspasar la experiencia como explicarle el color blanco a un ciego. Si, podés hablarle de un cisne, describirle la curva gentil de su cuello elegante, todo blanco, o las nubes que se destacan en el azul del cielo y reafirman su blancura. Pero no le estás transmitiendo nada, no se puede. Es una experiencia iniciática, - volvía a buscarle la vuelta -, antes y después de eso hay un parteaguas en la vida. Comprendés, no sé si me entendés que nosotras estamos vacías, o digamos semivacías, nos falta un cachito, hasta que nos completa un varón como éste. Mirá de sólo pensar que la gran mayoría pasa por esta vida con apenas humildes sucedáneos, cositas normales o aún aquellos que – en nuestra ignorancia – consideramos razonables, o bien usados, o ambos. Pasan –proseguía como un vendedor describiendo las maravillas de un producto del que lamentablemente no podía mostrar prueba inmediata o hacer experimentar en ese preciso momento, debía valerse de metáforas y descripciones para transmitir la maravilla y el prodigio de usarlo- por esta vida creyendo que gozan y conocen, aquella un poco más, esta otra algo menos – concedía – y no saben que al lado de ellas, oculta bajo las ropas más comunes, el rostro más inesperado, el marido, el novio, el amante o el affaire de otra que sonríe interiormente, sabiendo que ella sí ha sido y será – Dios mediante muchas veces más- completada aquella misma noche, y nada se le ha negado de lo que pueda experimentar mujer en esta tierral. Oculta bajo las ropas decía ese maravilloso trozo, un ser vivo viene una a creer cuando lo vé desenvolverse en forma perezosa al principio, tenso de inmediato respondiendo a nuestros cuidados y tan descomunalmente bello, que no podemos sino considerar que Dios tiene que haber querido otorgarnos a nosotras a mí a la que está disfrutando o se apresta a hacerlo, algo especial que a otras les niega y hasta el conocimiento de su existencia quizás misericordiosamente porque saber que existe pero no es para nosotras en particular sería peor. Y si una es menos religiosa y más darwiniana, evolución, selección natural y todo eso más espeluznante aún, sentís que sos la elegida y aún si ya no se trata de engendrar chicos, estás frente a un ejemplar de lo que será – Dios mediante, o selección genética indudable- la nueva generación cuando todos tengan algo así, y todas puedan tenerlo, en su momento dentro de ellas.
Y así seguía. Claro que todo esta charla incendiaba a sus oyentes como una chispa y vientos fuertes en los bosques secos y deseosos de California. |