Miércoles 11 de Junio de 2008 16:20
ADELANTO EXCLUSIVO

Belsunce y Dalmasso: del expediente policial a un libro sobre countries 

por Santiago Ordoñez Zemborain

Dalmasso, Belsunce, Criguera, la triste verdad

 

La carta, que llegó a mi puerta sin sello, membrete ni marcas especiales, venía dirigida a Don Santiago Ordoñez Zemborain. No tenía remitente, estaba impresa en papel A4 y constaba de dos páginas.

Hacía tanto que no recibía una “carta” en este tiempo de e-mails que la tomé con curiosidad como quien levanta un cangrejo en la arena, interesado pero cauto.

¿“Que no se pudo hallar al culpable del asesinato de Maria Marta Belsunce? ¿Y qué esperaban? ¿Una víctima propiciatoria, algún pobre tipo que cargara con la culpa?

El resultado del juicio es el que cabía esperar: Nada.

También resultará “abierta” la culpa cuando y si es que alguien va a juicio por la muerte de Nora Dalmasso.

Ese también fue el destino de la causa abierta tras el delicadamente salvaje asesinato de Elena Criguera. La víctima fue enterrada rápidamente. La investigación judicial permanece abierta formalmente pero a los fines prácticos, tras las primeras semanas de frenéticas especulaciones y la aparición de revelaciones sensacionales, se dio carpetazo al asunto. Nadie siguió ocupándose del tema”

Pero ¿dígame don Santiago? ¿Es que son todos ciegos? ¿O imbéciles? ¿O fingen torpeza para dar material a los medios? Ignoran lo obvio. Todos: la policía, la justicia, los medios, los lectores ¿Nadie es capaz de ver la verdad delante de sus ojos? Les resultaría absolutamente claro si miraran donde deben
hacerlo, y repasaran lo básico de cada uno de los tres asuntos.

El primer punto que salta a los ojos es la falta de motivo. En los tres casos. Especulaciones sí. Pero ¿motivos? Nadie los conoce.

En cada uno de ellos con mayor o menor ardor siguen pistas equivocadas. El sexo, el dinero, las conexiones con el poder, los adulterios, los dudosos personajes del entorno, arribistas o parientes que dejan torpes huellas de todo tipo para que la policía se lo pase haciendo pruebas de ADN.

Analizan pitutos, semen, balas, pegamentos, fibras. Mucha televisión, mucho CSI, poca cabeza.

Llega un momento en que lo que hacés se vuelve tan perfecto que te elevás, estás por encima de aquellos que, embobados miran desde abajo. Me volví un ser tan complejo que perdí contacto con el resto del mundo.

Puesto en ese punto comprendí que tampoco es gratificante un triunfo tan absoluto. Si nadie se da por enterado de la obra realizada, la frustración empieza a ganarlo a uno. Es como si Miguel Ángel tras pintar la Capilla Sixtina se hubiera enterado de que la sala se clausuraba para siempre. O a
Beethoven le hubieran comunicado que la Sinfonía Pastoral iba a quedar inédita, resonando sólo en su cerebro.

Por privilegiados que seamos, los artistas deseamos en algún punto el reconocimiento de nuestro público. Un espectador bobo, que no interprete los guiños del autor, no alimenta al mismo ni le da ganas de seguir.

Y a mí me falta tan poco…

En este punto irrumpió Luisa con un café con Bay Biscuits que suelo tomar a la tardecita. Dejé la carta inconclusa sobre la mesa.

Yo escribo desde hace unos dos años un blog “Country”, donde relato historias que me ha tocado presenciar, o de las que me he enterado por amigos que viven en Countries. Todo resulta en general divertido porque la fauna que los habita es en ciertos aspectos especial: más ricos que la media, más
ociosos, más dados a los excesos. El blog, que publica el diario digital  es seguido —me dicen— por un grupo generoso de lectores interesados en el tema. Les place como a mí, indagar de alguna manera y en la medida en que los hechos trascienden, qué sucede tras las alambradas y garitas de seguridad de los countries.

Mi Blog no había tratado los casos de Maria Marta Belsunce, Elena Criguera y Nora Dalmasso. Principalmente porque no tenía nada que aportar sobre los mismos. En los dos casos tan cubiertos por los medios, sólo quien tuviera información reservada, desconocida para todo el mundo podría haber dicho algo novedoso. Por lo que se vio en el juicio Belsunce, la principal pregunta no pudo ser respondida ni por los jueces.

En el caso de Criguera, que ni de lejos atrajo la misma atención que los otros dos, por esa misma razón: un asunto turbio y repleto literalmente de sangre, algunas revelaciones sexuales, una mujer madura asesinada en un country…en fin el mismo tipo de suceso. Pero no se habló más de él, y yo no tenía ninguna información particular al respecto. Sigo a Wittgenstein: en el Tractatus leemos: “De lo que no se puede hablar, se tiene que callar”.

Lo que no imaginaba es que la otra gran expresión del filósofo, también tendría un lugar en la historia: “Hay… lo inexpresable, lo que se muestra a sí mismo y con eso basta. Aquel que no habla o lo hace apenas”.

Para poner en tema a más de un desprevenido, resumiré los hechos relativos al caso menos conocido. Los otros dos los doy por sabidos (...).

 

Bueno, muy bien —me dije— ahora vuelvo a la carta:

 

“En otras palabras, Don Santiago —proseguía el documento— siento la frustración del artista no reconocido. Ahí está la obra, allí su belleza, su estética minimalista, su perfección que haría la delicia de los grandes maestros,los del Grand Guignol, sí pero también aquellos que apreciaban en tiempos idos la perfección de una matriz racional, cartesiana, comprensible, predecible. Pero no, nadie parece percibirla. La tienen delante de sus narices y no se dan cuenta.


“En los años cuarenta cuando escribía Borges, cuando acompañado de su inolvidable hermana Norah la pintora, que así se escribe correctamente el nombre, cuando nació Isidro Parodi aquella tarde fausta, esta impericia hubiera resultado impensable. El gran humorista, el lector de misterios británicos hubiera dado con las claves en forma inmediata.

 

De manera que intentaré ayudar a comprender, para que se reconozca la medida de mi genio. Y en ello va como incentivo adicional la vida de la próxima y última `Señora de Country’ que pienso tomar. Después de ella me llamaré a descanso. Tiene Ud. la posibilidad de salvarla, si acierta a mirar donde debe hacerlo.


Para que esté Ud. seguro de que hablo en serio le doy tres datos menores que obran en poder de la policía, esos detalles que se guardan de la prensa para descartar falsas confesiones:
datos que sólo conoce el asesino y la policía:


Caso Belsunce: trozo grande de paño azul y amarillo en
el borde de la bañera.

Caso Criguera: peineta de carey tomando los dos dedos
centrales de la mano derecha del cadáver.

Caso Dalmasso: paquete de cigarrillos antiguos marca Lucky Strike entre las ropas del cadáver. Nadie fumaba en dicha casa.


Procederemos así: le iré dando claves y le sugiero que las analice. Cuando tenga una respuesta publíquela en su blog para que, de ser correcta sigamos con el juego.

Si acierta, la próxima Señora tendrá chances de salvarse. Si falla, procedo.

Me despido saludándolo atentamente Rudi Scharlach”

Claves para esta semana:
1) Motivo de los tres crímenes.
2) Nombre de las víctimas.
3) Apellido de las víctimas.

 

Doblé la carta y me puse a pensar.

 

El autor sugería una hipótesis alocada: que los tres crímenes tenían aspectos en común, que no eran episodios separados, aislados sino todo lo contrario: algo los hacía parte de un solo entramado.
Por otra parte insinuaba que él tenía alguna participación en los mismos. Prácticamente se los atribuía, sospecha que se confirmaba cuando hablaba de una “próxima Señora” que pensaba “tomar”. Era el autor material o intelectual de los asesinatos, o sabía mucho sobre ellos que no se había revelado
a la opinión pública. Deseché la segunda hipótesis por imposible: que alguien supiera tanto sobre los tres casos, datos que no se hubieran filtrado sin haber estado allí, ser el homicida era imposible. Llegué a la conclusión de que el autor de la carta era el responsable de las muertes. Ofrecía el incentivo siniestro de la vida de aquella futura “cuarta señora” si descubría las claves de los asesinatos anteriores.


Me sorprendió darme cuenta con qué facilidad yo mismo aceptaba la improbable teoría de que los tres asesinatos estaban relacionados. Era absurdo. Seguramente algún afiebrado se había puesto a imaginar cosas. Tan lejanos en el tiempo, el espacio, las circunstancias. Aun las causalidades, aunque poco se sabía de ese aspecto: los motivos de los tres crímenes permanecían en la oscuridad (...).

 

Gentileza Editorial Ediciones B

Viernes 22 de Febrero de 2008 00:00
BLOG COUNTRIES

Sueño y Bogotá - Ultima parte

por Santiago Ordoñez Zemborain

Retoma la palabra el Comisario General tras haber descrito su sueño.

 

“Termino de despertar, me doy una ducha y me visto con cierta premura, trato de estar elegante dentro de lo posible. Llamo un remise que me busca en unos 15 minutos. Hoy en día en el Gran Buenos Aires y especialmente en la zona de Countries el sistema funciona a la perfección. Pensar que en mi juventud para llegar a la Capital desde Pilar tomaba dos o tres horas. Ahora todo funciona con radio llamadas y en un rato estás en Buenos Aires. Me deja en el restaurante de Palermo Soho – o es Hollywood o Tribeca, no sé son novedades que me superan y no me interesan-. Entro al local por una puerta lateral. Y me siento en un rincón alejado. Al entrar, inmediatamente los distingo pero ellos no a mí. Así debía ser. Sólo tienen ojos el uno para el otro, manitos y brillo en ambas sonrisas, amor joven.

 

Yo había sentido el calor y la intensidad de aquellos ojos clavados en los míos diciéndome su amor. Ella era tan joven. Tenía calor suficiente para ambos en aquellos tiempos de mi primera madurez. Su amor alumbró unos pocos años de mi vida hasta que aquello se terminó. Como todos los milagros, duró apenas un instante.

 

Yo ahora y en tanto soy sólo un hombre de edad mediana, un viejo se podría también decir. Un tipo gris y apenas perceptible que se sienta al fondo del local y pide un plato anodino.

 

No tarda mucho.

 

En suceder, digo.

 

Entran tres asaltantes claramente fuera de sí. La droga los ha tornado animales urbanos. Tienen movimientos que lucen descontrolados. Los ojos parecen pestañear diez veces por segundo, las pupilas pequeñas y afiladas. Los diálogos y órdenes son inconexos.

Pero el sentido general de su irrupción está claro. Vienen a robarnos.

 

Todos mirando el suelo. No nos miren a la cara – gritan constantemente.

 

Entreguen todo y rápido. Y nadie alce la mirada, miren al suelo.

 

El patrón les entrega el dinero de la caja. Recorren el pequeño restaurant, dos de ellos exigiéndonos el dinero, los relojes, anillos. Todo. Uno cubre la puerta. Los tres tienen en sus manos pistolas de calibre grueso. 9 milímetros, calibre policial. Pistolas Sig Sauer M32 de fabricación austriaca. Eso seguro. Bien aceitadas y probadas. Ninguna se va a encasquillar o trabar. Todo debe funcionar bien según el plan. Y así sucede. Entrego mis pertenencias rápidamente, sin mirar al asaltante. Todos los parroquianos obedecemos y colaboramos. Ya terminan.

 

“Que se vayan. Que esto termine. Que no haya sangre” es lo que leo en todos los ojos. “Démosle lo que quieren y volvamos a nuestra vida”.

Ya finalizan, en efecto. Los tres se reúnen cerca de la puerta. Se mueven ahora con la tranquilidad del delincuente avezado, reforzada por la impunidad que rige en el país hace años. Argentina y Buenos Aires ya no son lo que eran, todo tan parecido ahora a Bogotá. Si alguien observara con detalle, podría constatar que aquellos tres no están tan  drogados. O lo estaban pero ahora ya no. O fingían.

 

Tampoco fueron particularmente  cuidadosos para hacerse con  las pertenencias de los clientes. No revisaban ni inquirían, sólo hicieron la ronda embolsando lo que cada uno les entregaba.

 

Sí, amenazan y consiguen intimidar con su locura. Pero hay cierta precisión en los movimientos que no concuerda con el proceder de gente descontrolada. Ahora lucen bien profesionales, pero para esto se requeriría alguien que se tomara el trabajo, y dispusiera de la calma para observar con detenimiento.

 

Los tres se mueven en comunión. Como si fueran parte de un cuerpo de baile bien aceitado. Un equipo, habituado a manejar la violencia, a dispensarla según sea necesario.

 

¿Pero qué hacen ahora?

 

¡Ya han terminado. Deberían irse!

 

Uno de ellos cubre con su arma todo el salón. Los otros dos se dirigen a una mesa. Una bien específica. La de la pareja joven. Ella y él miran hacia abajo, inmóviles y aterrados.

 

-¡Ustedes! Ustedes dos. ¿No te dijimos que no nos miren la cara? ¡Nadie tiene que mirarnos!-.

 

La acusación es absurda, aquella pareja tiene los ojos fijos en el suelo. Obedientes ahora.

 

No hay palabras ni tiempos perdidos. Esto no es una película. No hay mensajes.

 

Todos vemos como los dos pistoleros adelantan sus armas y disparan. Dos tiros a cada uno. Y uno de gracia en la cabeza como indican los manuales.

 

Ahora los tres se mueven más rápido y ganan la puerta. Cuando retomamos la conciencia ya no están. La conciencia es una manera de decir porque hay gritos y pandemonio. Un asalto que terminó mal, una equivocación, fruto de los nervios de los delincuentes. Dos muertes inútiles e injustificadas.

 

Creyeron que los estaban mirando.

 

Pero lo esencial de la noche ya ha sucedido. No habrá más hechos trascendentes hoy.

 

La realidad fue distinta que mi sueño pesimista. En ella, todo anduvo como debía.

 

No hubo retrasos. Nadie se fue apresuradamente o antes de tiempo a mirar ningún partido. Nada fracasó o se vino abajo.

 

Nadie se demoró, mi gente nunca llega tarde. No hay angustia, ni necesidad de extravagancias que retengan a los protagonistas en su lugar cuando ya se quieren ir. Nada de billetes de Cien Pesos Sol u otras incongruencias. No tuve necesidad de retener a nadie.  Todos han estado perfectos, jugando su papel con precisión, cada uno en su lugar en el momento preciso. El joven galán, ya no arrogante como estos últimos meses, ya no burlón ante mi desespero,  yace con la cabeza destrozada en un charco de sangre. Ella no. Su belleza permanece inalterada. Aún en la muerte sus ojos parecen tener cosas que decir. Ya no dirán nada, claro. No desde luego a mí, a quien hacía tiempo que no miraba o lo hacía con velada lástima. Pero sino a mi tampoco a ningún otro.  Paso al lado de ellos junto con el resto de los clientes aterrados todavía. Desalojamos el restaurante bajo la mirada atenta de la policía que acaba de llegar. Me contengo y me privo de cerrar sus ojos claros. Sería un gesto demasiado personal de mi parte. “

 

Firma: Manuel Quinteros Galván, Comisario General.

Viernes 15 de Febrero de 2008 00:00
COUNTRIES

Sueño y Bogotá - Parte 1

por Santiago Ordoñez Zemborain

El mes pasado falleció el Comisario General de la Policía, Manuel “Mono” Quinteros Galván.
Ex Comisario General en realidad, porque estaba retirado hacía años, un hombre ya grande a quien conocía vagamente de los torneos de equitación intercountry.

Su carrera se había desarrollado durante los años de plomo, era un duro de los 70’s. Los que lo conocían hablaban de sus años de servicio en forma vaga y con medias frases, creo que nadie sabía mucho sobre él ni quería averiguar, por lo menos en el Country.

Alguna desgracia personal, una tristeza profunda lo carcomía de forma evidente en sus últimos años, tampoco se sabía mucho de eso. Me dijeron que era un asunto de amores perdidos o ya no correspondidos. De una felicidad encontrada a última hora cuando no se la espera, y después perdida cuando ya es tarde para soñar con otras futuras, la edad no da entonces para eso.

Vivía solo en el Country Club Delicias del Talar desde hacía muchos años. Al parecer no tenía familia cercana, o alguien en quien confiar. Digo esto porque Quinteros Galván dejó explícitamente indicado antes de su muerte: la caja de tamaño mediano llena de documentos que obraba en poder de la Escribanía Matienzo, debía ir a parar a manos de su amigo y vecino Julito Corvalán Sendic. Qué había en ella, no me enteré ni es de mi incumbencia. Pero Julio, con quien tengo lazos de amistad y algún lejano parentesco me alcanzó el siguiente documento, manuscrito por el Comisario General Quinteros.
Dijo Julio que darlo a conocer ayudará sin duda a comprender lo sucedido aquella noche del año pasado. La muerte tan violenta y casual de aquellos dos, tan queridos jóvenes del ambiente del country, una pareja fresca y hermosa. Hasta que divulgué el documento, todo se había atribuído al azar, la mala suerte, la ira, las drogas, la violencia sin sentido que cae sobre cualquiera en cualquier momento, al menor error, en cualquier lugar.   

Me autorizó la publicación con la única condición de cambiar los nombres propios. Country incluído.
Se trata de notas del Comisario General dirigidas al parecer a sí mismo. No sé si pretendió contarnos algo, quizás clarificar su mente, dejar testimonio, o aplacar su conciencia. Aunque esto último por lo poco que sé de él y lo que me contaron de su carrera, no creo.

Santiago Ordoñez Zemborain
Verano de 2008



Trancripción del documento sellado en sobre lacrado, perteneciente al fallecido Comisario Manuel Quinteros Galván y dejado a la custodia de su amigo Julio Corvalán Sendic.

En el sobre se lee: “Documento privado para ser abierto después de mi muerte”.  El documento está escrito a mano por el propio Quinteros Galván y finaliza con su firma.

“Me desperté inmerso todavía en la historia soñada. Y aunque no se me ocultaba el simbolismo de la misma a la luz de lo que iba a suceder en un rato, quise pensar que no era un augurio o profecía de los dioses sino sólo la expresión de mis temores de que todo fracasara. Y ellos vivieran. La escena había sido tan vívida que podría ver, y relatarlo todo en detalle no sólo en ese momento posterior al sueño sino sin duda mucho tiempo después de ser necesario. Claro que no iba a referirlo de todas maneras nunca, salvo en esta memoria que será leída – quizás – pero cuando ya no importe y haya pasado mucho tiempo.” 

El sueño:

“Un restaurante de esos más o menos, más bien menos. Tipo cantina. Todas las mesas ocupadas, y un diálogo sobrevolándolas, cubriendo y acallando cualquier otro tema: el inminente partido de fútbol con Ríver que se desarrollaría en un rato en el estadio Mundialista de Bogotá. La acción, me di cuenta transcurre en la capital colombiana. ¿Por qué Bogotá, que es una ciudad que visité sólo fugazmente? No tengo ninguna idea que lo explique, pero así son los sueños ¿no? La mejor hipótesis: en mi mente es una ciudad violenta, donde la vida vale poco. Y también una en que las pasiones están a flor de piel un país casi tropical.  Está en juego alguna de esas copas futboleras interclubes. Es la final entre el equipo argentino y el Millonarios de Cali. Todo el mundo parece tener su opinión, e interés en expresarla. La plática es abundante, y se derrama de una mesa a otra, todos interesados aparentemente por el mismo tema. Muchos, se adivina, terminarán la cena temprana y se encaminarán al Estadio cercano a disfrutar del partido. El resultado es incierto, nunca los colombianos hemos ganado. Todavía. Pero esta vez el equipo es fuerte y contamos con un crack que puede dar vuelta el partido. Además esta noche jugamos de locales.
 
Foco en una de las ventanas. En una mesa una pareja joven, elegante, bien vestida y satisfecha se apura con el postre para manejar bien los tiempos. Joven es una manera de decir. Él tiene unos 40 o 42 años se lo ve firme y ganador en la vida por lo menos ahora. Luce un traje elegante, está perfectamente encorbatado, peinado y perfumado. Ella es encantadora. Acaba de trasponer la treintena. Aquí puedo ser más preciso, los acaba de cumplir la semana pasada. No tanto alta como perfectamente proporcionada. Morena y bien de su tierra, Cali. Dicen que de las tierras calientes vienen las mujeres más bonitas de Colombia, las caleñas. Y ella lo es. Sonríe con dientes perfectamente blancos. Le sonríe a él y le toma la mano. Ella es la que toma la de él. Ambos se ven confiados. Son amantes ya establecidos eso se ve. Lo suficiente como para participar del debate generalizado sobre el inminente partido. Pero frescos aún sus amores como para que deban estar sus pieles en contacto siempre, de preferencia. Y sus ojos no perderse muchos instantes sin verse el uno al otro.
Y al lado de su mesa. O cerca. Un viejo. Bien viejo. También una forma de decir. Pero claramente mayor, el hombre de unos 60 años.  Por lo menos me resulta claro en el sueño que se siente viejo. Mira fugazmente a la pareja. Pero también al resto de los comensales. De a ratos echa un vistazo a su reloj pulsera y hacia la puerta. Habla poco aunque participa ocasionalmente en el diálogo con las mesas vecinas.

Se integra gradualmente en la conversadera generalizada, dá sus opiniones aunque éstas suenan extravagantes y fuera del consenso general. Alguien las denuncia como tales, con guasa y apenas respeto por la edad del otro: exageraciones, absolutamente desatinadas, alejadas claramente de los hechos tal como posiblemente se darán. El viejo insiste y logra incluso en algún momento la atención de varias mesas circundantes.

La pareja se está por levantar. Ya pagaron. Ya se van a ir. El viejo alza la voz todavía como para imponerse, controlar la escena se diría si no fuera absurdo. Lanza un desafío a los que lo rodean y no dan crédito a sus pronósticos, élla y él incluídos aunque ya casi fuera de la escena o preparándose para dejarla, el joven galán ayudando a la dama a colocarse un leve abrigo sobre los hombros.

- Pongo acá Cien Pesos Sol y los dejo en la mesa. Si alguien se anima, entonces que acepte mi apuesta. Quedan en el restaurante hasta que termine el partido.
La suma es enorme, no sé porqué ni cómo referenciarla. En los sueños pasa eso. Pero sé que es así, una cifra que no guarda relación con el tema que se debate ni la situación. Una suma que llamaría la atención en cualquier circunstancia, pero en ese lugar y circunstancia, mucho más. Una enormidad.
- Cien Pesos Sol- dice el viejo y saca de su billetera un billete enorme que deposita sobre la mesa.

Hay un silencio. Nadie sabe bien que hacer. Un poco de lástima hacia el hombre ya anciano fuera de lugar en una actitud tal vez senil.
La pareja ya está por irse. El hombre joven mira al viejo por última vez y se da vuelta para salir.
Un postrer intento desesperado por mantener la situación:
- Y estoy tan seguro de lo que digo que si alguien toma mi apuesta…
El viejo emite otra oferta aún más descabellada. Esta vez se dirige casi directamente a la pareja. A sus espaldas. Ellos que apenas si se han sumado al coro de las otras voces expresando la opinión mayoritaria pero que, como todos ya han olvidado el tema y sólo piensan en el partido inminente.

El hombre joven abre la puerta del restaurante, deja salir a su bella compañera y ambos desaparecen de la escena y del sueño. El viejo constata lo irrefutable: ellos dos se van, se termina la cena y ellos se van al partido. Ya no puede retenerlos en el restaurante, con charla, exageraciones, con apuestas ni con nada. No puede hacer nada para que se queden. Y si se van, todo fracasa. Pero ellos se van, y todo se viene abajo.
El sueño dura todavía un último segundo. Con el corazón, el mío, estrujado por la angustia. No termino de entender cómo ni porqué comparto la desesperación del viejo al ver que no ha podido retener a la pareja más allá de aquel último instante. Se han ido. Continuarán viviendo su amor. Continuarán viviendo. 

Y el sueño mismo concluye.”

 

CONTINÚA EL PRÓXIMO VIERNES

Viernes 1 de Febrero de 2008 00:00
COUNTRIES

Super Pancho - Última Parte

por Santiago Ordoñez Zemborain
Aquella relación perfecta que les había devorado el seso, seguía estando pero ya sin alma. Y la diferencia era todo lo que importaba.


Durante la semana, la escena se repitió con variantes derivadas del distinto carácter de Julia y Annabela aunque las conclusiones – cada una quiso probarlo en carne propia y ver con sus propios ojos – fueron idénticas.


Rubén,  conservaba su dignidad intacta, su auto respeto nunca disminuido y eso había sido gran parte de su atractivo. Durante todos aquellos largos 18 meses ellas se habían estado acostando y probando las delicias de la relación con un hombre entero, algo inalcanzable con ningún profesional, sólo con un amante quizás pero nunca compartido entre tres. Ahora, ese hombre entero les revelaba con su actitud que era dueño de hacer lo que le viniera en gana y que consideraba que lo nunca dicho, no había sido establecido. Que aquello que ellas consideraban tácito no lo era y que él se atenía a lo literal. Prestaba un servicio en el que ponía a disposición de sus amantes ocasionales su privilegiado cuerpo, y -mientras  duró, ahora venían a enterarse, pero sólo mientras duró mantenía él – su persona, sus emociones, su pasión amatoria había sido de ellas, por turnos sí, pero exclusiva de cada una cuando estaba con la que tocara en suerte. Ahora no, ahora poco a poco quedaba claro que el tipo estaba locamente perdido por Norma. Era con ella con quien paseaba y se mostraba en las áreas públicas del Country, a quien presentaba en las comidas y la que lo acompañaba en las tardes de fútbol. La que bailaba con él en las fiestas y con la que se sentaba a charlar y tomar algo en el porche de la casa, a ver pasar a los joggers, las parejas con bebés, los amigos que pasaban y saludaban a la pareja. Las tres desposeídas – parcialmente – hervían. Casi literalmente hervían y figuradamente desposeídas. Porque Rubén consideraba que seguía cumpliendo su parte del trato. Recibía a cada una de sus -¿amigas, clientes, amantes por horas?- y ante la visible indiferencia y hasta aquiescencia de Norma las llevaba al dormitorio de visitas y atendía con consciencia sus necesidades en la medida de lo posible. Y lo hacía con maestría como antes y siempre. Pero ya no había entre ellos – Rubén y la que tocara en suerte aquel día – la química que todo lo cambia. Ni aún proponiéndoselo ellas – él no hacía esfuerzos en ese sentido – podían figurarse como antes que eran aunque por un rato amantes o cómplices de su compañero de cama de aquel momento. Hay una clara distinción y todos la sentimos cuando existe o no la pared que solemos voltear voluntariamente para que el otro penetre y nos abrace. Cuando dejamos que caigan todas las defensas y con el gesto, la sonrisa, el beso y la palabra- esta última a veces y no necesaria- hacemos ver que estamos allí, vulnerables y entregados habiendo renunciado a las medidas de seguridad que hasta natural y evolutivamente estamos obligados a mantener en vigencia. Dadas de baja estamos en peligro pero lo corremos con ventaja porque la cercanía de los cuerpos y las almas exigen que sean volteadas. Y cuando lo son, todo es tanto mejor. El amor le dicen algunos. La confianza, intimidad, amistad quizás mejor para no divagar.
Y eso, definitivamente, no estaba. Y lo que hacía terrible esa ausencia para las tres damnificadas, es que antes había estado. Allí, cada una de ellas lo había experimentado. Y si bien sabían que era compartido, había estado disponible para cada una en los momentos compartidos con el hombre, que no habían sido sexo sino sexo y charla, risa, confidencia, lágrimas a veces, confianza y desarme.
Ahora en cambio existía la sospecha – certidumbre en realidad para quien quisiera verla – de que aquellos momentos en que “Es Pi” se soltaba y reía, lloraba o admitía la entrada de alguien en su intimidad estaban reservados sólo a aquella intrusa, la chirusa como empezaron a llamarla las tres. Norma.


Veían el comportamiento de su galán como una defraudación a un contrato implícito. No se daban cuenta de lo absurdo de pretender pactar sentimientos, y era de alguna manera lógico porque había sido así durante un largo tiempo hasta que fueron cooptados por una hembra más potente que lo que ellas aún juntas pudieran representar. Disfrutaban,- ¿pero de que servía? – de aquella excepcionalidad física del hombre que nunca dejaba de rendir. La “satisfacción” estaba allí y como algunas de ellas tenían otros encuentros con miembros viriles podían tener muy fresca la comparación. Nada equivalía a aquella excepcionalidad de Rubén. Comprendían al mismo tiempo que el Super Pancho, ahora solo y sin emoción, carne únicamente era un pálido sucedáneo, inútil a todo efecto salvo el más inmediato y escaso del clímax alcanzado ahora con dificultad y esfuerzo.


Para más indignación no podían evitar imaginarse la dedicación amorosa que a ellas se les había retirado de manera tan abrupta volcada ahora en aquella intrusa que les había robado su bienestar.
Antonella y Elisa lo tomaron mejor. Trataron, empleando la razón, de sacar el mayor provecho posible de una situación que si bien se había deteriorado, podía todavía ofrecer frutos que –pensaron- podían ser valiosos. Pero la ilusión duró poco. Nada era como antes y la diferencia en el sentimiento, tan obviamente puesto fuera del lecho que compartían por turnos con Rubén, hacía soso y sin gusto cada uno de los encuentros.


Julia creyó enloquecer. La chatura de su matrimonio se le vino encima. Ya no podía mirarse y pensar que, protagonista de una aventura intensa, no era sólo una cuarentona rica como tantas que poblaban el Country. Ahora era una de ellas, apenas servida desganadamente –para su gusto- por un galán a sueldo.


Norma por su parte reinaba en aquella casa y aquel hombre de manera indudable. Comprendería que el servicio que prestaba a las tres era la manera de ganarse el pan que tenía su hombre, y parecía no objetarlo. Era toda cortesía con ellas cuando llegaban. Pero cortesía distante y que no entregaba nada. Y cuando se cruzaban en áreas comunes del Country, también los saludos eran helados, sólo ellas comprendían absolutamente lo que sucedía. La tolerancia de la joven a aquella situación la haría aún más perversa, evidenciaba una absoluta confianza y seguridad en su hombre a quien no objetaba y más bien ayudaba a ejercer su trabajo. Pero la no intervención ni oposición era un reflejo fiel de que Norma sabía donde estaba parada y aquellas mujeres más viejas, más feas y necesitadas no podían ser competencia para aquella poderosa hembra que a sus 22 años tendía su velo apropiador sobre el que habían considerado su propiedad hasta hacía poco.


Actuaron de la manera previsible: tras reclamos que Rubén recibió con mirada mineral como no comprendiendo, se dieron por vencidas. Era muy difícil expresar qué era lo que le reclamaban y él no hacía nada para facilitarlo: ¿amor, pasión, rendimiento viril? Todo se mezclaba y no era fácil definir qué era lo que ahora se hacía mal o incompleto no como antes. Por fin decidieron rendir su orgullo y aclararle que la condición para seguir con las relaciones  -tenían todavía cada una de ellas algún grado de auto estima en su desesperada necesidad de que el hombre les restituyera su interés en ellas, de manera que planteaban la continuidad o no de “la relación”, como si a él le importara de ellas algo más que el dinero- era la separación de Norma. Debía irse, o no continuaría “lo nuestro”, cada una dijo algo parecido dejando que el entrecomillado se explicara por sí solo.


Rubén no fue ofensivo, ni prepotente sino más humildemente aborigen que nunca, en su aclaración de que Norma se quedaba, que él las quería a ellas como siempre –aunque era evidente que el verbo significaba algo muy distinto de lo que ellas esperaban-, pero aclaró que Norma no se iba.
Antes de que todo terminara como era evidente que iba a culminar, las doñas ensayaron aún una estrategia.


Estaban desesperadas. No se habían dado cuenta –cada una de ellas- de lo que representaba aquel hombre en sus vidas. Se habían contentado con la primera lectura: éxtasis sexual, éxito, diversión, novedad. Ahora se daban cuenta que excepcionalmente cada una había desarrollado con él –o había creído hacerlo– una verdadera pasión que llenaba sus vidas. Extraño solamente porque eran tres y él uno solo y porque ninguna ignoraba la existencia de las otras. Pero suficientes habían sido para cada una de ellas aquellos ratos vividos, y las memorias de los mismos que se llevaban consigo para vivir con ellos hasta el próximo encuentro.


Fueron y rogaron. Lo hicieron cuando Rubén estaba trabajando en la capital, con los remises. Norma las recibió separadas, a cada una de ellas y llegó a haber una presentación en conjunto al final. Cuando cada una de ellas se juntó con la joven, empezó desde arriba, exigiendo, y todas acabaron igual, implorando, agachándose, ropa, joyas y empaque de señoronas del Country ante aquella joven humilde sólo en formas exteriores, soberbia en la firmeza de sus carnes, la de su mirada y la apostura con que estaba parada en el suelo. Llegó una de ellas –aún con nombres ficticios no quiero declarar cual– a arrodillarse


- Mirá, por favor, te lo pido de rodillas. El significa para mí mucho más de lo que te imaginás…
E implorar que las dejara, que ellas lo necesitaban más. La otra las despachó con  cortesía y firmeza, apenas aclarando que las que sobraban, apestaban y daban lástima eran ellas, cómo pretender que Norma, la hembra real fuera a ceder a sus voluntades afirmadas sólo en ropa cara, maquillajes y tonterías que se compran con dinero.


Hubo una patética visita conjunta, que fue la última. Las tres procuraron darse valor y acudieron tras haber fracasado individualmente. Norma las recibió en el living, una tarde. Sólo hacia el final quedó explicitado: Rubén andaba por allí, dejaba hacer. O hacía su parte no haciendo nada. 


Ya sin límites, se desbordó la desesperación de aquellas mujeres que obraban en aquel momento como si fueran una sola, le ofrecieron dinero para que se fuera. Una suma muy importante. Tanto que a ella –le explicaron– le permitiría comprarse una casa en Villa Ballester para vivir cómodamente con sus padres  o independizarse, lo que quisiera concedieron generosas, los labios vacilantes, alguna papada apenas insinuada, pronta a ser corregida por el bisturí bienhechor. Las tres tan distintas pero unidas por la necesidad vital que ahora percibían. Las tres que lo tenían todo: dinero, poder, elegancia, ropa, autos, sirvientes y lo que quisieran al momento.


Las tres a la espera del veredicto.


Pero todo estaba perdido para ellas. Norma ni se dignó contestarles o lo hizo con el gesto comedido, cordial, burlón con que les señaló la puerta.


El gesto lo decía todo: el desprecio que sentía por ellas, la falta de toda lástima, el dominio que ejercía sobre su hombre, la afirmación de sus propios proyectos en los que Rubén tendría un papel que jugar. Era ella la que mandaba y tenía a todos  en su mano, controlando la situación. El equilibrio se había roto hacía tiempo y las tres se estaban recién enterando. Habían sido desplazadas y, como si por un ventarrón eran barridas de la escena. Era otra quien mandaba ahora.


Las acompañó hasta la puerta.


Rubén, que se había acercado y participó de la despedida, ni abrió la boca. Era ella, la abeja reina la que controlaba ahora la vida del hombre y ellas estaban de más.


Resultaba obvia la aquiescencia del “EsPi” a las decisiones de aquella joven que imponía su voluntad y su proyecto. Ni él, zángano como se vería de aquella reina, ni las viejas solo poderosas en apariencia, podrían nada contra la voluntad de ella.


Ahora ella y él se revelaban como lo que habían sido siempre, los que mandaban, no obedecían. Los que hacían y completaban su proyecto venciendo cualquier obstáculo. El imperativo que llevaban en la sangre iba a cumplirse, y las riquezas, el falso poder, las posesiones que ostentaban los que los acompañaban en la escena, de nada servían: eran ellos los que avanzaban, imparables, soberbios sobre la Tierra. Nada quedaba de aquel pintoresco personaje,  “EsPi”. Ni de su prima, aquella “sierva” que Gonzalito Unzué Bagliotto pretendió conquistar.


No eran la presa, la víctima, el objeto. Ahora estaba claro lo que eran, sujetos, predadores, nunca víctimas.


Dueños del mundo.

Pasaron unos pocos meses y Rubén vendió la casa del Country. Se despidió cortésmente pero sin dar demasiados detalles sobre sus planes futuros. Explicó que se proponía formar una familia y quería hacerlo ya no en el Country donde le costaba mucho mantener la casa, sino en Villa Ballester de donde provenían él y su mujer.


Su partida fue lamentada como siempre que un socio muy querido se va del Country. Le hicimos un asado de despedida, y quedamos como siempre sucede en que seguiríamos viéndonos lo que no sucedió.


No supimos más de él.

Varios años después, un trámite municipal me llevó a San Martín y cuando salía, me crucé con la familia. Un halo especial como una luz espectral iluminaba a Norma, más bella y asentada, más poderosa que nunca. La madurez de los 30 la beneficiaba. Caminaba con Rubén a quien vi con algunas canas pero vital y tenso como siempre del brazo de su mujer. Entre ellos, avanzaban dos chicos preciosos, varón y nena. Cada uno de ellos parecía haber heredado la potencia indefinible de sus padres. La chica lo mostraba en sus ojos claros y mirada ya, tan pequeña, dominante, intensa y concentada.


El chiquilín, no tendría más de 4 o 5 años, caminaba con la flexibilidad de un animal de presa, como lo había hecho Rubén cuando lo había visto por primera vez.


Me pregunté si todos los atributos serían heredables, y cómo sería el del chiquilín.
Pero eso de curioso y medio asqueroso que soy.

FIN
Viernes 25 de Enero de 2008 00:01
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Super Pancho - Parte 9

por Santiago Ordoñez Zemborain

Mientras tanto la “relación especial” de los cuatro seguía viento en popa. Cada una de ellas veía satisfecha por lo visto sus necesidades no sólo físico-espirituales, sino las derivadas de sentirse por fin alguien en el panorama vital y cultural de la época: vivían una aventura poco usual, puramente satisfactoria y que les proporcionaba la sensación de no tener nada que envidiarle a las divas, artistas, modelos y personajes que poblaban sus lecturas de revistas del corazón, grandes hermanos y programas de chimentos vespertinos. Hoy en día se vive en forma vicaria, mucha gente por lo menos: a través de lo que les sucede a unos personajes cuya vida elegimos seguir, vamos de sorpresa en sorpresa, de excitación en decepción, de alegría en desazón. Y si cada una de aquellos prototipos, las modelos tenía un promedio de dos novios o amantes por año, que bueno poder sentir con ellas aquella montaña rusa de emociones. En ese entorno febril, aquellas tres entonces tenían el “bonus” declarado: no sólo vivían en carne propia –y que carne, digámoslo porque es un aspecto que no debe dejarse en el olvido ni soslayarlo cada vez que se haga mención a él, un segmento que no dejaba de cumplir, y cuyo uso frecuente no hacía sino perfeccionar el aspecto técnico que, sumado a las antedichas condiciones naturales rendía sin competencia a cualquiera que se atreviera o tuviera la suerte de ponerse a su disposición–los avatares bisemanales, no sólo se encariñaban en distinto grado con el poseedor del adminículo –Rubén jamás dejó de ser atractivo en lo personal, nunca perdió la dignidad y una medida de auto respeto que algún desavisado podría considerar en jaque ante el ritmo que había impreso a su vida y la  profesión que de alguna manera parecía haber elegido, y siguió siendo aquel hombre seguro, confiado y sereno, ágil y al mismo tiempo tierno que habíamos conocido cuando Romina lo trajo al Country– sino que podían considerarse personajes cuya vida era comparable en subas y bajas a las de aquellas heroínas de hoy, las modelos y divas de la televisión. Estaban, cada una de ellas viviendo una gran aventura, divertida y llena de emociones.
El asunto progresó y se estabilizó en el tiempo. Generó ramificaciones inesperadas: cuando alguna de las tres salía de viaje, se consideró –-los cuatro en sesión especial no era común que se reunieran– que era razonable que cediera sus derechos a alguna amiga. Siempre –se acordó– que Rubén la aprobara previamente, sino le podía resultar imposible llevar a cabo sus menesteres. Estas “suplencias” fueron, durante el año y medio que duró el arreglo si no muy usuales, varias. Julia se fue a Europa con su marido. Invitó a tomar el té a su amiga ya tanteada e interesada. Rubén, de incógnito para la candidata, observaba desde una mesa aledaña. Aprobó y lo hizo con un gesto, tras lo cual se retiró. Julia entonces perfeccionó y confirmó la cesión de derechos. Hubo dos o tres situaciones similares, con un rechazo que posteriormente contó con el aval de las otras dos, que comprensivas apoyaron la tesitura de Rubén: no le hubiera sido posible con la candidata rechazada, “uno no es una máquina tampoco, y si no hay cierta química…”.
Hubo una petición especial de Anabella para alegrar a una amiga caída tras un divorcio particularmente penoso y convencida de que no habría hombre capaz de interesarse en ella. Salió confiada en sus encantos a re-comenzar las actuaciones. También alguna invitada para algún evento especial, e incluso una legisladora amiga de Elisa que cedió gentilmente su turno para que su amiga fuera aliviada de las pesadas cargas de la función pública. A lo largo de todos estos avatares Rubén siguió siendo como digo, el mismo de siempre sin perder nada de su antigua personalidad. El hecho de haberse convertido en una especie de juguete sexual –así podría haberlo visto un observador externo aunque ninguna de las socias del particular club lo pensara de esa manera- no influía en su forma de verse a sí mismo ni de comportarse con los demás, por lo menos eso podíamos afirmar nosotros porque la mirada interior ya se sabe, siempre queda para cada uno.
La comunidad del Country estaba apenas enterada de lo que sucedía en términos generales y nadie, prácticamente, de los detalles. Yo los supe por una serie de casualidades, la menor de las cuales era la de compartir una especie de amistad con Rubén que fue creciendo a partir de responsabilidades mutuas en el desarrollo del campeonato de fútbol. Él era la estrella sin la cual el equipo no funcionaba y yo quien estaba a cargo desde el punto de vista del manejo del fútbol del Country. De manera que poco a poco se fue franqueando en parte, y el resto pude unir yo mismo los puntos con observaciones parciales que, una vez enmarcadas en la situación general adquirían sentido y se comprendían. Por el resto, nadie seguía ni la vida de las tres afortunadas féminas, ni las finanzas de Rubén con tanto detalle como para anoticiarse de las idas y vueltas, ni revolcones de cada uno de ellos. Otro que pudo haber maliciado algo era el marido de Julia, su mujer tan cambiada para mejor, pero si lo hizo no se enteró nadie. E indudablemente amigas pero externas a nuestra comunidad, las invitadas desde luego, otras muy probablemente.
Hubo situaciones que pudieron haber afectado aquel equilibrio tan inestable. Porque inestable lo era: bien mirado era obvio que no podía seguir así, tan práctico, utilísima para siempre. Elisa era la más consuetudinaria, usuaria prolija de los servicios del Super Pancho. Si hubiera sido por ella, las cosas podrían haber seguido idénticas in eternum. Mujer práctica e inteligente, ya las hormonas relativamente aquietadas y los sentimientos encausados se hacía servir su ración y dos veces por semana lo consideraba sumamente adecuado. Con Julia era otro el cantar. No tanto por lo más joven que lo era apenas. Pero se había tomado el asunto gradualmente más en serio. Su matrimonio era un fracaso estrepitoso no tanto por lo dramático o exterior sino por el hondo vacío y desinterés que le propinaba su marido, sumergido en sus negocios, finanzas y, casi seguramente amantes temporarias.  De manera que la bella cuarentona iba sumándole ingredientes a la relación con Rubén, algunos de los cuales eran reales –regalos para el cumpleaños y fiestas que el galán recibía con grandeza y actitud de prócer-, cartitas y melindres. Y otros, fruto puramente de su imaginación, en la que florecían fantasías que le reservaban un lugar exclusivo en la cama y los pensamientos de aquel a quien cada vez más consideraba una especie de novio o amante.
Por su parte Anabella era mucho más prosaica, como correspondía a su edad, y a los no pocos novios que circulaban por su vida y lecho. Pero también había un lugar especial en su corazoncito reservado para Rubén. En primer lugar, innegada, no ocultable, reconocida directa o implícitamente, la completitud. El éxtasis que le producían aquellos interminables centímetros ingresando (y egresando claro) a y de su cuerpo joven no podía ser empardado por ninguno de los pálidos yuppies por los que se dejaba seducir en las tardes capitalinas. Pero no era sólo eso. Ella apreciaba las dotes espirituales que sabía reconocer en el galán campestre: simple pero íntegro, recio pero tierno, previsible y a la vez sorprendente en su creatividad, inesperada precisamente en aquella personalidad aparentemente tan predecible.
Milagrosa o sabiamente no traspasaban la sutil barrera del bien común. Ninguna se planteaba acciones que le procuraran ventajas en el corazón de Rubén. Las tres tenían todo tipo de cortesías y arrumacos hacia él pero respetaban la base del arreglo tripartito, intuyendo que ese triángulo era el que definía la relación y que mejor dejar las cosas tal como venían funcionando que intentar cambios que pudieran arruinar lo que tanto significaba para cada una de ellas.
La completitud y vale la pena ahondar –en fin– en ese concepto tan vital en aquellas relaciones iba mucho más allá de lo que nosotros los varones podemos imaginar. Son hormonas que usualmente duermen o no aparecen sino muy esporádicamente las que son llamadas a escenas cuando se produce la visita a zonas nunca exploradas y más si es una visita sabía y bien educada. Y las hormonas, cuando empiezan a recorrer un cuerpo femenino de esa manera, parece que generan éxtasis y conocimiento profundo, místico a veces. Allí es cuando el puro placer físico torna en espiritual. Es sabiduría que asciende desde las partes bajas e inunda el cerebro, tras haber pasado por el corazón.  Es el tipo de experiencias a las que nadie puede ni quiere renunciar una vez degustadas. 
Asi que las tres tenían más, bastante más,  puesto en aquella relación de lo que hubieran admitido en público y aún se decían a sí mismas. 
Todo tiene que terminar pero mientras estamos puestos a ello no queremos enfrentar esa certidumbre o hacemos creer que esta vez será la excepción, cuando la pregunta no es si sucederá sino cuándo. Hay situaciones básicamente estables, y otras que están esperando cualquier accidente para desarmarse, deshacerse y dispersar a sus componentes. Algún factor cambiará algún día ineludiblemente y como esas construcciones que constan de miles de piezas de dominó, cuando la primera se mueve, todas terminan por hacerlo.

Y fue de manera imprevista para ellas, aunque una de las más esperables si se piensa, a mí no me sorprendió tanto. Un domingo a la tarde, ya anochecía Rubén entró el Country-había jugado espléndidamente esa tarde- con el coche cargado de bártulos y en el asiento del acompañante, Norma.
El escándalo, la ira, los gritos y desafueros de Elisa surgieron recién el martes siguiente, día de visita. No podía creer que nuestro galán se hubiera amancebado con la joven sin decir ni una palabra. La tenía viviendo con él y no había habido advertencia alguna para la matrona que se consideraba burlada cuando entró a la casa. Allí los vio bien juntitos, en el sillón del jardín, la noche estaba tibia. Abrazados tomaban mate. Cuando Elisa apareció en escena, Rubén no se apuró en despegarse más bien lo hizo al rato. La presentó
- Esta es Norma, mi prima no sé si la conocés.
Se dieron un beso de cortesía. Rubén murmuró algo al oído de la joven y tomando del codo a Elisa la guió hacia adentro. Aquello fue un desastre. La mujer inquiría, cuchicheando y preguntando lo que era de obvia respuesta. El joven daba alguna explicación poco precisa como suelen darla ahora, y se apresuraba a desvestir a su compañera y hacerlo él mismo. Por fin pudieron consumar pero no fue nada satisfactorio para la dama madura. Esto era, si alguna vez lo había vivido, como ir a hacerse atender por un escort varón: poco tiempo, la mente en otra cosa, caricias fingidas y el viejo mete y saca. No era lo de siempre, todo cambiado y para peor.

 

CONTINÚA EL PRÓXIMO VIERNES

Viernes 18 de Enero de 2008 00:00
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Super Pancho - Parte 8

por Salud y Ciencias

Fue una fiesta cómoda y bien llevada, que euforizó y marcó a sus participantes, pero trajo también beneficios a innumerables personajes cercanos. El marido de Julia disfrutó de la paz de tener a su mujer tranquila y –el no lo sabía pero era mejor así– bien…cumplida. Los amigos y compañeros de las otras dos amantes de Rubén, aquellos que las querían bien, notaron que estaban pasando un momento excepcional de sus vidas y se congratularon de ello.

 

Los muchachos del Country, en particular los de fútbol estábamos de parabienes. Algunos –yo entre ellos- conocíamos los detalles. Pero más allá de lo divertido de la situación, y el cuchicheo pertinente, nuestra principal preocupación estaba saldada. Rubén era el de antes: cumplía y llevó a nuestro equipo a la cima, salimos campeones aquella primavera. A veces le fallaba el físico cuando la exigencia era mucha, pero todos sabíamos comprender que en su rama de trabajo actual, no podíamos pedirle muestras excesivas que contribuyeran a su agotamiento físico teniendo en cuenta que había otras que esperaban ansiosas el mismo lunes para caerle encima.

 

Y el mismo Rubén, hizo llegar, como lo había hecho antes, cuando estaba casado con Romina, su generosidad sobre su familia que tanto lo necesitaba. Sus ingresos mensuales, seguía con los remises pero de lejos la parte importante provenía de sus actividades especializadas, eran abundantes. Y con ellos ayudaba a su madre que estaba imposibilitada. Y –generoso con los suyos– incluía entre sus protegidos a aquellos tíos y su prima Norma, que habían concurrido como únicos familiares suyos al lejano casamiento con la mujer de Armenia.

 

Norma, en particular de entre ellos, había terminado el colegio secundario y su primo la ayudó a completar estudios de traductorado de inglés y francés que culminó aquel año. Tenía para ese momento 21 años y yo la vi una tarde en el pueblo de Casares, pegado al Country. Estaba tomando algo con Rubén a quien veía – nos había contado él mismo – una vez al mes para recibir el dinero que el primo hacía llegar a la familia e interiorizarse de las novedades, pocas veces podía desplazarse hasta Villa Ballester sus ocupaciones de todo tipo lo retenían en el Country. Los vi y sí, era la actitud que llama de alguna manera la atención del hombre experimentado categoría a la que creo pertenecer. Porque uno tiene una “imagen”, de un primo mayor con su prima, de un tío con la sobrina, un padrino con la ahijada. Estereotipada, cinematográfica, estilizada, cliché o como queramos llamarla, pero casi siempre coincidente con la realidad. Sino en su totalidad, actuando como una idea platónica que guía y centra y enmarca y orienta lo que estamos viendo y nos dice si hay correspondencia con aquella que mora en nuestro cerebro o en el cielo de las ideas permanente del griego inmortal. Y de inmediato nos anuncia si hay o no coincidencia. Que de haberla nos impele a pasar a otros temas y dejar lo que acabamos de ver por obvio, remanido, coincidente y esperable, no digno de nuestra atención ni de pensamiento adicional alguno ni de musitar o pergeñar consideración alguna. Pero cuando hay diferencias entre el cliché y lo que vemos, aún mínimas o que no podamos precisar o explicar en un eventual relato que hiciéramos a otro, esos ínfimos mayores – o menores – énfasis, apoyos que no deberían estar, afirmaciones que hacen los ojos – no los nuestros sino los de aquellos a quienes estamos enfocando – y que el otro participante recibe y no rechaza, ni muestra indiferencia sino que contesta con otras afirmaciones que confirman lo atestado por el primero. Y ángulos que no se corresponden con nuestra – quizás pacata o decimonónica pero en todo caso precisa- visión de lo que debería ser una relación mantenida a distancia prudente en un lugar público entre primo y prima, o entre tío y protegida o aquellas relaciones que bien comprendemos en que uno da y el otro recibe, generalmente aptas para describir como no simétricas o no de igualdad, en que hay un factor de generosidad de una parte pero asimismo de retribución o agradecimiento por la otra, no dado – quizás – todavía en diríamos manera efectiva, pero pronta ya, preparada para ser entregada y así saldar las cuentas que siempre deben ser saldadas aún cuando la generosidad haya sido la que inicialmente desbalanceó lo que estaba parejo y debe ser vuelto al equilibrio.

 

Y no era una situación de equilibrio ni de estabilidad o paz o indiferencia ni siquiera de activa curiosidad y sonrojo juvenil, excitados los participantes por emociones quizás infantiles o neutras o de las que dominan los intelectos. No, no era esto lo que pude ver aquella tarde en Casares cuando en forma casual y desde una mesa oculta por la oscuridad del salón me tocó presenciar el encuentro de Rubén que estaba harto comprometido para aquellas épocas con sus tareas y hasta diríamos obligaciones amatorias no ya con una sino con tres feroces amantes, del mismo digo, con su prima quizás lejana en la genealogía pero cercana, oh tan cercana en sus afectos como se desprendía de la mano trémula que acariciaba la de Norma que dejaba hacer pero alentaba y no era la caricia del tío comprensivo y que alienta a seguir con empeño la carrera o afrontar las dificultades con entereza sino la de quien ya no puede. No es más dueño absoluto de sus acciones, que ha venido reprimiendo vaya a saber desde cuando, quizás – y especulo ahora y me deslizo a hipotetizar sin base ni fundamento –incluso aún casado con la prehistórica para este relato, Romina. Y ella, Norma digo seguro que cumpliendo de manera poco clara por el momento pero indiscutiblemente de alguna manera un designio que tendría desde muy joven porque yo recordaba como había estado mirando a Rubén en la fiesta de casamiento y lo que había tomado por intensa observación de los novios y su felicidad aquella noche lejana, ahora lo reevaluaba y creía ver un designio paciente que no había dudado en dejar pasar el tiempo que hiciera falta, pero había permanecido allí latente, tejiendo la red que sabía era necesario tener preparada y efectiva para cuando se presentara la oportunidad. Norma no era – lo veía ahora- muy distinta de su primo, ambos hacían lo que tenían que hacer o lo que se habían propuesto asi pasaran muchos años. Ella más aún.

 

De todas formas las miradas de ambos, los ritmos de las caricias manuales por ahora pero previsiblemente y en especial conociendo la estirpe y costumbres del “EsPi”, prontas a convertirse en más osadas aún. Los ojos que querían decir y lo hacían todo o casi. Y ya Norma a su mayoría de edad no aquella niña de 15 que yo recordaba del casamiento sino una espléndida mujer joven, cuerpo alto y duro como nos gusta a los hombres, a todos y supongo a aquel Super más todavía. Ella tenía todo para enamorar a cualquiera, y cuando la vi pararse comprendí que el pobre Rubén no podría resistirse si la idea hubiera surgido en el cerebro, de cualquiera de ellos dos daba igual.  La joven era alta, piernas larguísimas apenas cubiertas por falda ínfima. Y todas las bondades en el pecho, para ser descubiertas por el primero que llegara, quizás ya holladas pero qué importa si son tan frescas que es como si no. Porque la mirada era abierta, franca y la sonrisa carnosa. El rostro, el gesto de la prima joven eran una invitación a conocerla en más de una manera. Inocente y cruel, divertida, ignorante de lo que vendría, pero sabedora de que sería bueno. Desconocedora de los detalles, pero absoluta dueña del final, que conociera o no, hubiera ya transitado con algún otro o fuera nueva, llevaba impreso en algún recóndito gen que aquella familia tendría disponible y que la hacía única. Si Rubén era el Super Pancho, el más hombre entre los hombres, -pensé en ese momento – su prima Norma era una de esas hembras que uno podía sólo mirar desde lejos y desear porque difícilmente estarían reservadas para el común de los mortales. Trasmitía ella la idea de un poder femenino esencial. Era, o sería pronto cabeza de una familia que sería ejemplar. No podría esa mujer dar a luz hijos meramente estéticos o sanos, o amorosos como suelen serlo los recién nacidos. Ella, y el afortunado que resultara su proveedor encabezarían una familia admirable, dotados de cualidades especiales. Eso es lo que me pareció, envidié a quien pudiera ser consorte de semejante abeja reina, tal era el imperio, el magnetismo que desplegaba Norma con su sola presencia y sin pretender nada que no surgiera de su persona en forma natural.

 

Seguían  en su diálogo casi mudo, cuando me levanté y pagué. Salí discretamente pensando en lo que vendría, cómo seguiría la historia y preocupado por la temporada de fútbol del año que seguía.

Viernes 11 de Enero de 2008 00:00
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Super Pancho - Parte 7

Es suficiente –se sabe- apenas un fósforo que encienda aquellos matorrales ásperos y solitarios necesitados de regadío que hace tanto se les niega. Y si además la explicación obra como un vendaval que arrasa cualquier pudor o vergüenza, se lleva por delante las medias tintas y al explicar lo físico que es todo cuando se está en presencia del prodigio. Quedan fuera todos los prejuicios, valores largamente mantenidos o quebrados apenas y en forma vergonzante, citas imbéciles para apenas conocer más de lo mismo sexo trémulo, vacilante y crepuscular. Todo reevaluado ante el Sol potente y arrasador que describía Elisa.

 

Todas quisieron más temprano que tarde conocer.

 

Esto lo supe yo después, porque todo al final termina sabiéndose en el Country. O casi todo. Pero en su momento fue un secreto infantilmente jurado.

 

Fueron pasando por la cama de Rubén y cada una volvía con un relato –eran cuatro las que estaban en el secreto- a cual más audaz, novedoso y feliz. Todas confirmaron ante su audiencia la felicidad del conocimiento nuevo. La completitud se convirtió en la palabra de orden entre ellas. Cada una reafirmaba el entusiasmo ante el descubrimiento, ninguna jamás decepcionada.

 

Y si bien se hacía mención de las acrobacias y la creatividad de Rubén, aquellas generadas por el puro talento e imaginación eran las menos celebradas. Las que inspiraban respeto, silencio y ojos grandes, las que obligaban a seguir el relato casi sin respirar eran las más elementales, vulgares, animales que no podrían haberse disfrutado de no haber mediado la constitución sobrenatural del amante que las congregaba. Porque imaginar podía imaginar cualquiera. Y el KamaSutra lo venden en librerías de la calle Corrientes. Pero hay situaciones que sólo podían generarse – Dios y “EsPi” mediante- con la concurrencia de los dos amantes, y el “tercero” entre ambos.

 

La situación tendió a equilibrarse, normalizarse si puede usarse esa palabra tras los primeros meses. De las cuatro felices participantes una, Magdalena se vio forzada a retirarse: su marido vendió la casa y se fueron a un departamento en la Capital por problemas económicos. Sus protestas alegando lo conveniente de la vida natural y el aire puro para los chicos, no lograron torcer la situación. Las chicas le organizaron una despedida con Rubén –que se prestó como siempre para la situación-. Alejaron al marido con un pretexto hábilmente urdido y Magdalena tuvo todo un día al potro para ella sólo. Salió cansada, ojerosa y feliz al atardecer de aquella maratón, con lágrimas en los ojos por lo que iba en camino de perder para siempre, y volvió al cuidado de su marido y de algún eventual amante que pudiera conseguirse.

 

Prosiguieron Julia, una pelirroja exuberante y de buen carácter. Mediaba los cuarenta, casada hacía unos quince, su marido no le prestaba la menor atención, toda puesta en brillantes negocios que se desenvolvían en tres continentes. Quizás aliviado por la repentina calma y felicidad de su mujer, no se ocupaba en lo más mínimo de su felicidad – que celebraba- como antes no lo había hecho con sus necesidades insatisfechas.

 

La tercera era la más bonita y joven de las tres. Antonella era delgada, con buen cuerpo y atraía siempre la mirada de los hombres. Tenía apenas treinta recién cumplidos y no se le conocían relaciones en el Country. Hasta había habido voces que murmuraban, ante la falta de novios a la vista. Pero era que los que habían pasado por aquella hembra poderosa no habían dado la talla. Instintivamente la joven había rechazado uno tras otro tras la primera – solo ocasionalmente había concedido una segunda- oportunidad. Sabía, algo en ella le adelantaba que había algo mejor, no un poco sino cualitativamente distinto.

 

Cuando la vida, y Elisa la pusieron frente al “EsPi”, el Super Pancho se convirtió en la obsesión de su vida. Sin compromisos, ni marido ni familia. Vivía con sus padres en el country, con todo el tiempo del mundo al volver del trabajo en el Ministerio de Economía todas las medias tardes. Era la principal y más asidua “usuaria” y la que –uno podía advertir- más salvaje y descontrolada se volvía cuando se quitaba la ropa y se devoraban con Rubén.

 

¿Y éste? ¿Cómo había tomado el nuevo arreglo? ¿Cómo? ¿Cómo podría haberlo tomado sino en forma excelente? Todo le sonreía en la vida a Rubén de nuevo. Disfrutaba en su nuevo papel. Mantenía la discreción necesaria. Pero se beneficiaba a tres féminas cada una de las cuales deseable por demás. Elisa era divertida y un prodigio de creatividad.

 

Las sesiones con ella rezumaban ingenio y buen humor, y a la hora de la acción el cuerpo generoso y maduro de la amazona le exigía todo y hasta el último minuto. Julia era la más dulce e introvertida. Rubén disfrutaba y la hacía participar de fantasías y juegos en que la “inocente” era sorprendida por el bruto que se ocupaba –apenas- de seducirla para pasar a usarla según más le conviniera. Si con Elisa las claves eran eficientes y compensadas, a Julia la fue llevando a un masoquismo liviano que ambos disfrutaban enormemente. Ella se sometía tras aparente lucha, y él la transformaba en juguete de sus “más bajos instintos”. Los de ambos quedaban saciados al final de cada sesión.

 

Y Antonella…bueno allí sí que las cosas tomaban un color salvaje sin fisuras. La más joven de las tres, compartía el rango etáreo con su amante ocasional. Ambos estaban en plena forma física y ella se mantuvo fiel desde el primer día al amor físico, duro, puro y sin apenas diálogo. Se amaban ferozmente, y terminaban jadeantes, agotados y expuestos los dos, desnudos y palpitantes, abiertos y vulnerables ambas fieras de temer sólo sosegadas y calmas tras el feroz intercambio. Allí sí permitía Antonella el diálogo, cuando los tantos habían sido aclarados y no quedaba – por un rato – nada serio que intercambiar sino palabras. Después volvían por un segundo turno que siempre resultaba adormecedor y hasta tierno. Era la única que se quedaba a veces a dormir, por falta de ganas de emprender el camino en el frío de la madrugada bonaerense.

 

Todas contribuían de maneras reservadas pero efectivas y generosas a las arcas de Rubén. El tema era más o menos discreto hacia el galán, pero totalmente abierto entre ellas que le habían asignado una suerte de “retribución” que le permitía afrontar con comodidad todos sus compromisos y aún ahorrar algún dinero, cosa que ejercitaba regular y eficazmente en el banco de la zona que vio crecer sus saldos con prolijo acrecentamiento. Cada una le hacía llegar su aporte de manera que no enturbiara la relación y mantuviera lo más alejado posible, oculto por no decirlo ni mostrarlo o explicitarlo el vínculo que los unía. Elisa le dejaba como descuidada un sobre todos los principios de mes, en la mesa donde tomaban algo al atardecer siempre, antes de comenzar las acciones. Julia le había pedido el número de la cuenta bancaria y le hacía discretos depósitos mensuales, todos en efectivo. Antonella, fiel a su naturaleza salvaje y festiva se escondía en diversas partes del cuerpo el dinero en billetes grandes y jugaban a que él lo encontrara. Además ella, la más liberada de compromisos y tabúes lo llevaba una vez cada tanto de compras al Patio Bullrich y lo enjaezaba para que luciera elegante, a la moda y aún más deseable.

Viernes 4 de Enero de 2008 00:00
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Super Pancho - Parte 6

por Santiago Ordoñez Zemborain

Las dificultades económicas, que resultaban evidentes para todos nosotros, eran un capítulo aparte. Buscaba salidas para su nueva e inesperada situación. Y estaba decidido a quedarse en el Country lo que nos tranquilizó.

 

No sé a quien se le ocurrió, ni cómo empezó el asunto. Pero la verdad es que fueron las mujeres las que dieron la nota esta vez. Mujeres… ¿qué mujeres? Las viejas. Las viejitas. Las de 40 que –lugar común pero real- ahora son unas diosas, pero sus 40 y pico los tienen, también las de 50, que se metieron de cabeza. Y alguna de treinta y largos. Divorciadas sin pareja, solteras, viudas…

 

Todas ellas atractivas a su manera, llenas de vida y hormonas reactivadas por actividades físicas y gimnasio, conciencia de su propia vida por vivir, todavía. Lectoras incansables de sus Coelhos, Bucays, Ravenas, Oyos, Tantras y tantos otros cuyos mensajes vienen a decir a sus lectoras –porque son todas mujeres, eso sí, estos tipos viven 90% de las mujeres-  que el tiempo no pasa, que si lo hace es para bien, que leyéndolos y siguiendo sus instrucciones cada año añade y no resta en lo absoluto.

 

De manera que una plétora de jóvenes entre 30 y pico y hasta 60 estaban listas para lo que se avecinaba. De allí, de ese pool inacabable de mujeres solas o descuidadas surgieron las cuatro que en seguida fueron tres.

 

La casa que habitaba Rubén se prestaba. Alejada y todo, envuelta por árboles originales de aquel Country centenario.

 

Cómo empezó todo repito no puedo saberlo pero no importa tanto como describir como siguió, cómo estaba la situación a los 6 meses de aquel divorcio y cómo estaba Rubén.

 

Volvió a ser el de antes. Andaba seguro y contento. Jugaba como los dioses, motivado, sereno, sonriente, un tigre en el medio campo. Los problemas anímicos estaban resueltos. Y los económicos al parecer, también. No hubo más noticias de atrasos en el pago de expensas, cambió uno de los remises por un modelo cero kilómetro, volvió a salir y almorzar con los amigos como antes.

 

Recibía al atardecer. La primera fue Elisa, que era la de más armas tomar. Una mujer atractiva apenas pasados los cincuenta años, divorciada desde siempre. Rubia natural, piernas largas y rostro agraciado, algo caballuno pero agradable a la vista. Boca grande y ojos marrones, vivaces y atentos. Todo un prodigio de cuidados en la dieta, gimnasio y buenos genes la mantenían deseable y con salud para seguir en la lid, dando el presente cada vez que pudiera.

 

Se le conocían algunas aventuras “afuera” e incluso algún socio hacía ya tiempo, había pasado por su cama.

 

Con seguridad, no le gustaría llamar a las cosas por su nombre, de manera que nos referiremos al ‘romance’ que se desarrolló de manera fulminante. Así que seguramente a instancias de alguno de los dos, casi seguro la mujer salieron a comer. Algo sencillo, pero aún así habrá pagado ella porque lo que es, o digamos bien, era Rubén en esos meses posteriores al divorcio, apenas podía comprar para comer solo en la casa, cocinarse unos fideos.

 

Es seguro que ella estaba perfectamente interiorizada de la situación del divorciado, anímica, económica y anatómica. La primera porque todo se sabe en el Country, los comentarios son generalizados y toda condición por nueva que sea es vox populi en pocas semanas. La segunda por información quizás más restringida pero de ninguna manera inaccesible, y la tercera obedeciendo a la más antigua y persistente leyenda que definía a Rubén como un fenómeno. No en vano los amigos seguíamos llamándolo con su apelativo referido a aquella mitológica herramienta.

 

Todos los días y semanas, meses y años hablando de “EsPi” en los círculos del Country, durante los que duró su noviazgo y matrimonio, se confirmaba ahora  que fueron de curiosidad, inquietud, ansiedad y deseo desnudo porque no decirlo para muchas de aquellas mujeres que lo sabían inaccesible. Pero ya no ahora, no sólo solo, sino necesitado. No sólo de amor, cuidados y mimos sino de algún apoyo en metálico. Todo lo que le faltaba a Rubén lo tenía ella – pronto ellas –. Se acompasarían y complementarían los cuerpos, y las almas se aquietarían al ritmo de aquella comunión.

 

Y también habrá Elisa confirmado lo que suponía, por lo que habrán hablado durante aquella comida en que se conocieron en forma más personal que la indirecta y llena de medias intenciones y miradas llenas de interrogantes e información de deseo liso y llano que habían tenido – ellas, claro – durante los años que precedieron la puesta en disposición del ahora vulnerable y futuro semental. Elisa se lo llevó de todas maneras de vuelta  al Country y se internaron en el caserón de Rubén.

 

De allí salió en la alta madrugada, Elisa. Transfigurada. Nunca había…no digamos imaginado que una cosa así pudiera transportarla de la manera que “EsPi” lo había hecho. No imaginado porque si hubiera podido hacerlo, imaginado digo, ya es como si casi lo hubiera tenido. Y de haber podido fabular con aquello aún sin poder tenerlo, se habría vuelto loca de ansiedad por saberlo de otra cuando él era de Romina y no quería serlo de otra.  Decidió que lo que la había mantenido cuerda hasta ese entonces era el hecho de que no había cabido en su mente que pudiera gozar, disfrutar del sexo de esa manera. La ignorancia la había salvado. Todos esos años, cuando el tema del “miembro excepcional” se había tratado más o menos en broma, ella había participado de la chacota y la jarana. Pero verlo, experimentarlo, en carne propia nunca mejor dicho, era otra cosa. Quedó enviciada de mala manera. Ahora, que se había hecho la luz y había comprendido la verdad, no podría prescindir de Rubén de ninguna manera en ningún futuro observable.

 

Pero no era tonta y a su edad, sabía que el egoísmo era mal consejero. Necesitaba socios en la tarea que iba a emprender.

 

Y comprendió rápidamente que lo que le interesaba –un romance muy pero muy informal con Rubén, a la par que un gran amor, éste sí para siempre con su atributo– no podría bancarlo sola. Por varias razones, no la menor que Rubén estaba mal, muy mal económicamente y hasta estaba considerando vender la casa e irse del Country. Romina le exigía la deuda resultante de la división de bienes, tenía que mantener la casa y la flota de remises no generaba suficiente ingreso.

 

Después de aquella noche de… ¿amor? Sí, porqué no decirlo. Ambos se amaron a su manera en esa velada inaugural. Rubén disfrutó de la señora, después de todo hacía tiempo que no practicaba.

 

Y después de aquella noche ella consideró que era impensable dejar alejarse aquella noble bestia de su vecindad.

 

Las cosas se dieron en forma bastante natural. Elisa tenía un grupo grande de “amigas”. Entrecomillo porque ya se sabe lo que pienso de las amistades de Country, ñoñas cuando menos, peligrosas y traicioneras en sus peores versiones.

 

De todas formas no tardó en compartir con alguna de ellas su nueva felicidad, detalles y todo. Azoradas la escuchaban – y repetían después- relatar las proezas amatorias del entonces bien llamado “EsPi”, que Elisa nombraba y confirmaba en su condición de Super Pancho, y también refería como “mi hombre “EsPi”…Cial”. Que Rubén no tenía límites, que era creativo y tierno, que te sentías cuidada y tratada como una reina en la cena y una puta en la cama, que te llenaba, figurada pero más que nada literalmente.

 

Esa, la Vollständkigkeit (Elisa tenía ascendencia alemana y le salía el vikingo en medio de la agitación del relato), la “completitud” era la vivencia que relataba más detallada y emocionalmente.

 

Miren chicas –decía y le faltaba el aire- yo puedo y trato de contarles como es esa sensación, pero es tan imposible traspasar la experiencia como explicarle el color blanco a un ciego. Si, podés hablarle de un cisne, describirle la curva gentil de su cuello elegante, todo blanco, o las nubes que se destacan en el azul del cielo y reafirman su blancura. Pero no le estás transmitiendo nada, no se puede. Es una experiencia iniciática, - volvía a buscarle la vuelta -, antes y después de eso hay un parteaguas en la vida. Comprendés, no sé si me entendés que nosotras estamos vacías, o digamos semivacías, nos falta un cachito,  hasta que nos completa un varón como éste. Mirá de sólo pensar que la gran mayoría pasa por esta vida con apenas humildes sucedáneos, cositas normales o aún aquellos que – en nuestra ignorancia – consideramos razonables, o bien usados, o ambos.

 

Pasan –proseguía como un vendedor describiendo las maravillas de un producto del que lamentablemente no podía mostrar prueba inmediata o hacer experimentar en ese preciso momento,  debía valerse de metáforas y descripciones para transmitir la maravilla y el prodigio de usarlo- por esta vida creyendo que gozan y conocen, aquella un poco más,  esta otra algo menos – concedía – y no saben que al lado de ellas, oculta bajo las ropas más comunes, el rostro más inesperado, el marido, el novio, el amante o el affaire de  otra que sonríe interiormente, sabiendo que ella sí ha sido y será – Dios mediante muchas veces más- completada aquella misma noche, y nada se le ha negado de lo que pueda experimentar mujer en esta tierral. Oculta bajo las ropas decía ese maravilloso trozo, un ser vivo viene una a creer cuando lo vé desenvolverse en forma perezosa al principio, tenso de inmediato respondiendo a nuestros cuidados y tan descomunalmente bello, que no podemos sino considerar que Dios tiene que haber querido otorgarnos a nosotras a mí a la que está disfrutando o se apresta a hacerlo, algo especial que a otras les niega y hasta el conocimiento de su existencia quizás misericordiosamente porque saber que existe pero no es para nosotras en particular sería peor. Y si una es menos religiosa y más darwiniana, evolución, selección natural  y todo eso más espeluznante aún, sentís que sos la elegida y aún si ya no se trata de engendrar chicos, estás frente a un ejemplar de lo que será – Dios mediante, o selección genética indudable- la nueva generación cuando todos tengan algo así, y todas puedan tenerlo, en su momento dentro de ellas.

 

Y así seguía. Claro que todo esta charla incendiaba a sus oyentes como una chispa y vientos fuertes en los bosques secos y deseosos de California.

Viernes 28 de Diciembre de 2007 00:00
COUNTRIES

Super Pancho - Parte 5

por Santiago Ordoñez Zemborain

Por otra parte, el servicial remisero de toda la semana, se convertía en jovial compañero countrista a partir de la mañana del sábado. Son cosas que suceden en todos los countries. Socios que venidos a menos, emprenden pequeñas empresas de jardinería, o fumigación: el jueves cortan el pasto, o atienden otras necesidades de sus clientes y el sábado juegan al golf con sus vecinos. Todo el mundo acordó de una manera implícita que el trato hacia EsPi iba por dos carriles: durante la semana era profesional, en los weekends, era un amigote más. Ambos perfiles se mezclaban a veces por supuesto. Los domingos a última hora se hacían arreglos apresurados para el día siguiente, o a veces durante un viaje, en la Panamericana se comentaba con Rubén alguna peripecia del partido del fin de semana.

Porque desde que se instalaron, antes aún, en cuanto se casaron y Rubén fue socio oficialmente del Country, lo metimos en el equipo de Veteranos Juniors, el más competitivo de la Liga Intercountries. Y nos proporcionó glorias a las que antes sólo aspirábamos de lejos. Con “EsPi” logramos dos campeonatos seguidos, y después de un año en que no jugó por una lesión (ni figuramos esa temporada), otro subcampeonato. Figura imprescindible del equipo, después almorzaba con el grupo más tradicional del Country (los sábados solíamos comer en el House, hombres solos). Ya la visión aquella sobrenatural de sus atributos, su atributo en realidad, era cosa sabida de manera que ni chistes se cruzaban. El asunto había sido tan comentado, que hasta las mujeres sabían del super aparato de “EsPi”. Más de una suspiraría por conocerlo.

Pero nada de eso estaba disponible para otra que Romina. La pareja funcionaba perfectamente. El sexo sería el principal de los aglutinantes que los re-uniría después de alguna pelea que inevitablemente tendrían. Pero eso es natural, en gente joven que rondaba apenas los 30.

Así que en aquella situación tan estable y aparentemente encaminada, fue una enorme sorpresa enterarnos que los Matos (nadie los conocía así, Romina había seguido usando su apellido Armenasián de soltera, y Rubén era “EsPi” para todo el mundo), enterarnos digo, que se divorciaban.

Nunca se conocieron los detalles. Sí que la decisión fue totalmente de ella. Como los padres ya no estaban en el

Country, esa posible fuente de información no estaba allí. Y ella no dio explicaciones. En esa circunstancia – como en tantas otras – se vio que los “grandes amigos del country”, grandes amigas en este caso, no son más que muñecos que se inflan para ser nuestros compañeros o adversarios deportivos, ambientar nuestra vida social, compartir asados y poca cosa más. Difícilmente haya un nivel de intimidad real, verdadera con ellos. No por una cuestión de calidad de gente. Pero son relaciones muy casuales, teñidas por la conveniencia, la apariencia y la superficialidad.  Si llamamos “amigos” a aquellos que lo son en los countries, relaciones adquiridas en edades tardías en muchos casos, y sujetas a la concurrencia periódica y al desarrollo de actividades conjuntas, amigos para la jarana, la fiesta y el asado. Solamente. Si lo hacemos  deberíamos reservar algún otro término para las amistades reales, profundas, las entrañables y desde siempre, aquellas con las que sabemos que contamos en caso de tragedia y debacle, o éxito y felicidad. En todo caso no son las primeras las que sobreviven ante la primera vivencia seria que nos toque afrontar.

El caso es que Romina no compartió con sus “grandes amigas” ninguna confidencia. Resultó que era ella la que se iba en forma definitiva del Country de manera que tampoco tenía incentivos particulares para mantener unas relaciones que todos sabían que morirían tan pronto traspusiera las vallas del lugar. Hubo, claro, especulaciones, información cortada que hablaba de un español que había conocido en un congreso profesional realizado en Sevilla. Otros esbozaban razones absurdas pero alimentadas por la falta de información seria: Nadie – decía esta línea de razonamiento- en su sano juicio abandona un marido como Rubén. Un tipo simpático, agradable, siempre ultra cariñoso y cuidadoso con su mujer. Y también aquello… algunas ponían los ojos en blanco, festivamente o no tanto. Decían entonces que quizás aquellos viejos rumores sobre las preferencias últimas y  non sanctas de Romina, se recordaban algunas escapadas y lances de la primera juventud, en algún campamento de aquellos años lozanos. Era quizás la única explicación. Sólo un vegetariano puede desdeñar el mejor de los bifes de chorizo, servido en exclusividad decían. Y sonreían ante el juego de palabras.  La habían visto - pero eso no indica nada- muy cariñosa con una de las asistentes de su escribanía cenando una noche de media semana. Relaciones laborales, o elecciones de la mediana edad cuando se rinde uno a lo que quizás siempre supo que deseaba y no se permitía. No lo sabemos, ni puedo especular porque efectivamente Romina desapareció de nuestro radar, quizás para siempre. Cuando se fue, no supimos más de ella. Más de veinte años en el Country y desapareció en un soplo. 

Rubén andaba inconsolable. Quería sinceramente a su esposa y los casi cinco años de convivencia no habían disminuido su amor. Hoja al viento si se quiere, su destino cambiado radicalmente por aquella suplencia remisera que había hecho hacía tanto. Su destino, hasta conocer a Romina habría sido ser remisero, conocer alguna chica del barrio (su familia era de Villa Ballester), casarse y llevar una vida más o menos gris. El poderoso huracán que envolvió a la pareja, lo depositó años después en el Country, con amigos de otra clase social, pero amigos de weekend al fin, con un trabajo relativamente estable, que apenas le dejaba para mantenerse, y sólo. Porque en lo económico se hizo evidente pronto que los dos remises y la combi estaban un poco viejos y el mantenimiento devoraba parte importante de los ingresos, y que en cierta manera habían sido los jugosos, constantes y no contabilizados ingresos de la escribana Romina los que habían mantenido un ritmo de vida digno en el Country. Por lo menos el que exigía la etiqueta del “Santa María del Sol”. Dividieron bienes, que se habían incrementado sustancialmente durante los años de matrimonio, y sorpresivamente Rubén insistió en quedarse en el Country. Se encontraba bien allí, le gustaban los fines de semana deportivos. Era el Capitán del Equipo de Fútbol del Santa María del Sol. Era alguien.

Romina no objetó, harta de tantos años de vivir en las afueras. Retiró sus cosas, se despidió de todo el mundo prometiendo – como se acostumbra en estos casos – “no perderse, volver a los asados, venir invitada al country etc”- promesas que todos sabíamos eran de cumplimiento incierto.

La decisión, por la aritmética financiera de la pareja, dejó a Rubén con la casa y nada más. Incluso quedó debiéndole un saldo a su ahora ex esposa que había retenido para sí las cuentas bancarias (locales y del exterior) y el auto familiar.

Se generó para “EsPi” una situación no tan única – se ha visto de todo en el Country- pero sí exigente. Estaba solo, tenía que mantener la casa  que le había quedado, y que generaba los gastos usuales expensas, impuestos municipales, provinciales, jardinero, piletero, en fin una seguidilla de estipendios que hasta ese momento había pagado de una “caja” no muy detallada donde él y Romina ingresaban fondos. Ahora, separadas la aguas, resultaba que había sido ella la principal aportante.  No había importado, claro durante los años felices. Y con toda seguridad no había sido causa de discordia ni mucho menos divorcio entre ellos. La separación había sido muy civilizada. Simplemente ella no quería más convivir con él, tenía otros proyectos, desconocidos como dejé sentado.

En cambio de Rubén sabíamos todo. ¿Qué cómo se yo esto? Porque “EsPi” era para esa altura no sólo un amigo del Country, y muy querido, sino el pilar del equipo de Fútbol, el capitán, y el que nos llevaba a la gloria casi todas las estaciones.

Estábamos primeros lejos en la tabla de posiciones cuando se produjo el divorcio. Pero el rendimiento declinante de Rubén se llevó hacia abajo a todo el equipo. Fallando él, no íbamos a ningún lado. Me comisionaron para indagar. Estuve con él, en su casa, ahora lucía enorme y vacía. Estuvo desanimado, casi deprimido le costaba adaptarse al cambio.

Pero tardó poco en volver a lucir esa seguridad tranquila, independiente de los avatares del mundo exterior. Era una y principal característica que lo hacía especialmente atractivo para sus amigos y - como se supo siempre y se confirmó enseguida-  para las mujeres todas.

Tenía en él reservas suficientes para poder armarse y proseguir. Siempre resultó evidente que sabría dominar y conducir su destino como siempre lo había hecho hasta el traspié matrimonial que acababa de sufrir. Esta seguridad, la convicción íntima, evidente, implícita y no verbalizada de que era el conductor indiscutible de su vida más allá de cualquier avatar, era la que lo hizo siempre tan seductor. Cuando ganaba todos mirábamos asombrados y gozosos la facilidad con que lo hacía en todo. Ahora que la vida le había asestado un golpe presumiblemente definitivo, que a muchos hubiera sacado fuera del ring, mirábamos cómo este muchacho de orígenes humildes, con todas las razones para ser derrotado al quedarse solo en un coto de las clases altas, abandonado por su mujer, sin tener claro como proseguir, encaraba su nuevo escenario con la misma sonrisa de siempre, la seguridad en que algo habría de hacer para seguir adelante, sólido y más seguro que nunca.

Claro que nadie y mucho menos él sabía cómo iba a suceder el milagro, los remises eran  fuente insuficiente de fondos para la vida que venía llevando y pretendía proseguir. 

CONTINÚA EL PRÓXIMO VIERNES

Viernes 21 de Diciembre de 2007 00:00
COUNTRIES

Super Pancho - Parte 4

por Santiago Ordoñez Zemborain

El noviazgo fue corto y violento

Se los veía siempre juntos, pero muchas veces desaparecían y se sabía que requerían furiosamente una intimidad que los llenaba de alegría, con la cual se cargaban y volvían a las actividades sociales.
Hubo un incidente, algo entre gracioso e indiscreto. Unos jovencitos apenas adolescentes, apercibidos de la leyenda del Super Pancho, se apostaron debajo de la ventana donde una noche en que los padres no estaban, se habían recluído Romina y Rubén. Parece ser que los gritos y gemidos solicitando auxilio de la chica desconcertaron y asustaron a dos de los improvisados voyeurs (écouters más bien). El volumen de las súplicas de Romina, lo agudo de sus gemidos animales no tenían otra explicación que el peligro inminente, en las mentes jóvenes y faltas de experiencias de los niños-jóvenes.

 

Afortunadamente uno de ellos, experto en películas triple X hizo las adecuadas asociaciones e impidió – explicación mediante – que fueran a solicitar el auxilio de la guardia para salvar a la dama en peligro.
Pero el episodio se conoció y se murmuró en voz baja durante meses. La sonrisa con que Romina acudía a las salidas y reuniones sociales del Country, tenía su razón de ser, envidiable por cierto. Rubén por su parte, felino,  musculoso y cada vez más seguro de sí mismo, no dejaba entrever si sabía o no lo que se comentaba a sus espaldas. En todo caso, dejaba que hablaran y especularan los hombres. Y fantasearan febrilmente las mujeres que ya sabían que habitaba el área un prodigio de porte y conducción que morían por conocer. Fruto prohibido, inaccesible por todos lados, y propiedad de la joven y agraciada Romina.

Y al noviazgo corto  que se midió en meses, le sucedió un casamiento por todo lo alto. Los Armenasián no repararon en gastos: su hija se casaba. Hubo más de 600 invitados teniendo en cuenta que además de los amigos y relaciones capitalinos de la familia, estuvieron todas las familias conocidas del Country. La fiesta se hizo en los jardines al lado del golf, espléndidamente iluminados y decorados para la ocasión.

Por el lado de Rubén la concurrencia familiar fue bien escasa. Vino la madre, una señora cincuentona, humilde pero bien vestida. Era fácil percibir  en ella el origen de los rasgos del hijo, la expresión firme, decidida hablaba de genes fuertes transmitidos desde siempre. El padre, nunca había estado presente en la vida de ambos, había abandonado a la madre cuando el chico tenía apenas meses.

Vinieron además, unos tíos por parte también de la madre. Un matrimonio relativamente joven, que mostraba también claramente su origen indefinidamente clase media bien baja en lo económico, no tan claro en otros aspectos, las expresiones eran amables serenas y ajenas. Los acompañaba su hija Norma, una jovencita de unos 15 o 16 años de mirada intensa. Era claramente el mejor exponente de la familia  Matos, si se exceptuaba al Super Pancho que brillaba con luz propia. La prima Norma era alta para su edad, con piernas torneadas y elegantes. Su piel blanca, apenas con un toque de  bronce. La cara traslucía algo de la impasible serenidad de su primo. Había una pizca indígena, evidenciada en los pómulos altos. Ojos enormes verde esmeralda, y una nariz graciosa. La boca era carnosa y agresivamente sensual.

El resto del cuerpo ya desarrollado mostraba a una mujer que se las traería, pronto.
Con esa escasa concurrencia por parte del novio, la fiesta se desarrolló con enorme alegría por parte de los presentes.

La novia estaba espléndida. Toda de blanco pero con un vestido moderno y sugestivo, su presencia arrancó exclamaciones admirativas de las mujeres y agónicas de los hombres que la veíamos allí, deseable y hermosa para su hombre.

Rubén, como siempre lucía dueño de la escena, en su smoking de casamiento. Alguno dijo que el tipo ni siquiera parecía haber considerado la serie de acontecimientos que lo había llevado tan leve y graciosamente a casarse con mujer tan bella, y ascender socialmente de un tirón lo que a otros les lleva generaciones. Parecía ni haberse planteado la cuestión. Estaba allí y quizás siempre pensó que estaría algún día, o no le importaba, no le daba valor especial a esas partes suburbanas de la vida. Yo creo que lo único que le importaba era Romina y le hubiera resultado igual todo si se hubiera desarrollado en su Villa Ballester nativo. Claramente no era un hombre que estuviera allí por el dinero.

 

Todo su ser estuvo esa noche dedicado a la que se acababa de convertir en su esposa. No hubo nunca un novio que atendiera y homenajeara tanto a su mujer como él. La intensidad de sus ojos, su presencia toda eran un tributo a Romina. Le estaba diciendo que era la mujer de su vida y que estaba feliz de dedicarse a ella por toda la eternidad. Lucky, lucky Romina. Que suertuda.

Hubo un incidente ínfimo, protagonizado por Gonzalo, el chico de los Unzué Bagliotto, una familia tradicional del Country (y del país también). Un canchero de Country que se llevaba el mundo por delante y tenía a todas las chicas a sus pies. Las del “Santa María del Sol” y también las de los extensos alrededores. Gran ganador, alto y corpulento rugbier, pintón y acostumbrado al éxito, se fue a chamuyarse a la prima Norma. Lo habrá excitado la posibilidad de transarse a una “parda” - aunque la jovencita era blanca por donde la viera- conquistar a una extraña que obviamente “no pertenecía” al círculo dorado.. O lo exótico de los orígenes presentidos. Bromeó con sus amigos. Se preguntó en voz alta si habría algo super femenino en ella equivalente a la super masculinidad de su primo y familiar. Ya lo descubriría.

Todavía sonreía cuando se le acercó y comenzó a hablarle a la joven que estaba sentada mirando como la gente bailaba y se divertía. Contemplaba la escena en particular a los novios con aquella mirada intensa y fija. Cuando Gonzalito Unzué Bagliotto se le puso enfrente y adoptando su tradicional pose ganadora comenzó a hablar, sus amigos desde lejos anticipaban el éxito de costumbre – vicario para ellos pero no menos delicioso -. El joven habló unos segundos. Después se vio que ella le respondía, muy brevemente. No pareció alterarse el ritmo corporal de la joven, solo habló.  Algo se envaró en el cuerpo del conquistador. Se tornó rígida la espalda y aún sin ver su rostro los testigos comprendieron que algo andaba mal. Pésimo. Y lo confirmaron cuando unos instantes después Gonzalo se dio vuelta y deshizo el camino andado. Pero no se dirigió hacia donde estaban sus amigos sino que los evitó y caminó hacia la parte oscura del jardín.

Me recordó esas escenas en que un perrazo poderoso, tenso, ágil y seguro de su fuerza se dispone y ataca con toda decisión y salvajismo. Pero algo hace o dice quien iba a ser su víctima, y el seguro vencedor retorna por donde vino, emitiendo llantos y gemidos ínfimos, derrotado y lloroso. Pidiendo que lo dejen sólo con su rabia y su vergüenza. Difícil siquiera adivinar qué habrá oído el atacante para que su ánimo triunfal cayera tanto y tan rápido.

Esa noche no se lo vio sino muy de a ratos y no quiso comentar lo que le había dicho su frustrada conquista. Ni lo hizo jamás en el tiempo que siguió. Algo helado o definitivo le habría trasmitido Norma, que lo hizo desistir y le arruinó la noche.

Aquellos que se interesaron en ella, y dirigieron alguna mirada casual, vieron toda la noche lo mismo: la bella jovencita miraba las escenas que se desarrollaban ante sí, con una semi sonrisa franca y abierta, que parecía pero no era abierta y receptiva, una superficie espejada que no dejaba traslucir lo que pasaba en su interior.

La Argentina, ese país contradictorio y generoso daba una vez más pruebas de su infinita apertura: en cuestión de meses, algo menos de un año, Rubén el remisero se había convertido en el marido de Romina Armenasián. Y todos lo festejábamos. La comunidad del Country, acusada a veces de ser gente cerrada, elitista, clasista, encerrada en sus riquezas y privilegios daba prueba una vez más de apertura y generosidad. Una hija de armenios ricos se casaba con un criollo de humilde condición. Todo eso en los jardines de gala de nuestro Country “Santa María del Sol Country Club” al que han acusado a veces de sectario. Ahí tienen. Todos celebrábamos junto al nuevo matrimonio. 

Siguieron cuatro años buenos para el matrimonio. Decidieron vivir en el country y construyeron una casa moderna y confortable en la zona más alejada, la última que se urbanizó, la más arbolada y agreste. Para esa época los Armenasián padres vendieron su casa ya cansados del ir y venir de fin de semana.

Romina se fue haciendo cargo de la Escribanía familiar y Rubén que resultó ser muy emprendedor consiguió – crédito del suegro mediante- armar una modesta flotilla de dos remises que básicamente atendían las necesidades del Country. Adicionó una combi que llevaba y traía a los countristas residentes permanentes que así evitaban manejar su propio auto todos los días. Le iba bien. Su relación con la gente del country era, por lo menos, fuera de lo habitual. Conocía prácticamente a todo el mundo, vida y miserias a través de los servicios que prestaban él y sus empleados. Inevitablemente la gente hablaba en los largos viajes, solicitaba remises en función de necesidades normales, pero también a horas destempladas, para irse de una casa tras una discusión conyugal, entregar al cuidado del remisero una jovencita tras pasar la noche con ella. Peleas, amoríos, travestis a horas desusadas, chicas de todo tipo que hacían visitas profesionales, o amateurs que habían sido levantadas en los boliches, deslumbradas con autos nuevos y la perspectiva de una noche en un country de lujo, todo o mucho de lo que pasaba era de conocimiento de Rubén.

 

 

Viernes 14 de Diciembre de 2007 00:00
COUNTRY

Super Pancho - Parte 3

por Santiago Ordoñez Zemborain
De manera que ella, ya madura y algo vivida, dejó que la cosa siguiera sin pretender ponerle una etiqueta a la relación. A veces pensaba que estaba viviendo una aventura divertidísima llena de excitación y sensualidad. No quería adelantarse. Pero creo que en su fuero íntimo sabría que no iba a poder prescindir de aquel amante salvaje, gentil, y de las piezas que lo componían. La pieza.

Se divertían ambos con sus diferencias. Aspectos que a ella le hubieran significado la descalificación inmediata en otra oportunidad, ahora eran oportunidades de educar a su… a Rubén. El tenía todos los elementos de un diamante en bruto: valores morales y decencia intactos (“de donde viene,  y cómo pudo mantener este nivel de inocencia ante el mundo, y en esta Argentina corrupta” se preguntaba Romina). Una inteligencia no trabajada por la educación ni los libros, pero presente y evidente ante el menor acicate que la moviera. Además de la gracia que había encantado a Romina en primer lugar, su picardía y la velocidad con que sus músculos se desplazaban al andar, la firmeza con que la tomaba al caminar por la calle, la mirada protectora que la hacía sentirse como nunca pensó que podría serlo en brazos de un hombre. Los pálidos sucedáneos, candidatos y noviecitos que la habían rondado jamás habían dado la talla. Con él sabía que tenía un lugar en la tierra, y por fin encontraba su casillero.

La rapidez mental del joven y su integridad moral y hasta intelectual constituyeron la base sobre la que ella pudo construir. No había ninguna pretensión en él de saber lo que no sabía ni ser quien no era. De manera que sobre esa “tabula rasa”, esa pizarra casi vacía de conocimientos librescos y culturales, ella construyó. Y fue una tarea fácil y agradable para ambos: ella guiaba y él seguía. Leía cuando esperaba clientes en la remisería o en el aeropuerto. Iban juntos a algunos espectáculos cuya complicación y sofisticación Romina fue graduando sabiamente para mantenerlo interesado. Pygmalión nuevamente resurgido, se impuso hacer de él un hombre nuevo en parte porque la tarea era excitante y el alumno dotado de manera espléndida (esta palabra que tiene tantas acepciones describía a Rubén por lo menos en dos de ellas). Era muy inteligente y absorbía la información a velocidades asombrosas. 

A medida que la relación progresó, dos cosas se hicieron evidentes para ambos. En primer lugar no era, definitivamente, una aventura divertida de cama y risas. Era eso, sí. Pero mucho más estaba cocinándose entre ellos. Por otra parte, iba a ser difícil mantener el secreto. Especialmente porque la relación avanzaba y los devoraba a ambos. Exigía más y más tiempo juntos. Ninguno de los dos pensaba en otra cosa que en el momento del día en que por fin pudieran acariciarse, tocarse, decirse lo que se querían. De manera que Romina se hizo un plan cuidadoso para introducir gradualmente a Rubén en su círculo social.

Nada fue como lo había planeado, así suele suceder. Bastó que presentara a su nuevo “boy-friend” como dijo intentando alivianar la situación, para que se desatara el infierno. La noticia se extendió enseguida. Además, ella no podía prescindir de la presencia de Rubén y después de tres fines de semana angustiosos, lo llevó al Country. Allí, terminaron de conocerlo los que aún no lo habían hecho en Buenos Aires.

La madre de Romina y una abuela que todavía opinaba estaban horrorizadas. Jamás  se habían imaginado algo así para la perla deliciosamente cultivada que era su orgullo y única hija (o nieta). El padre, Don Esteban lo tomó con más filosofía. Hombre que había vivido y conocido tantas vidas ajenas,  sabía que nada era impensable y aún de tantos casos de parejas “perfectas” que terminaban en desastre. Dejó hacer y en pocas semanas llegó a simpatizar con Rubén. La personalidad del que iba en camino de convertirse en su yerno lo atraía por esa animalidad inminente que transmitía. Y contemplaba azorado la rápida transformación que – Romina mediante- se operaba en su personalidad. De muchacho de barrio iba convirtiéndose con las semanas en un ser si bien no refinado, por lo menos atento, conocedor y fino evaluador de  las costumbres de los ricachones que pululaban por el Country. Supo rápidamente que no lo haría quedar mal, y que, si ése era el elegido por su hija, no habría mayor caso en oponerse. La juventud de ambos, la potencia de él y la voluntad de su hija, constituían una fuerza arrolladora a la cual mejor plegarse que oponerse vanamente.

Romina tenía un buen grupo de amigos de toda la vida en el Country, iba allí desde que era un bebé. Todos acabamos recibiendo bien a Rubén, tras un comienzo algo forzado. Al principio creímos que era una especie de broma, o un capricho de nuestra amiga. Pero pronto, las mujeres primero, se dieron cuenta que había valores inestimables en la adquisición que traía consigo. El tipo se impuso a fuerza de pura habilidad y simpatía. En poco tiempo tenía ganadas a todas las mujeres que hasta veían con cierta envidia a Romina. Los muchachos, tambien caímos ante la seducción del recién llegado. Para eso, bastó verlo en la cancha de fútbol, primero en un par de amistosos y después ya casi deseando poder incorporarlo al equipo del Country que tanto necesitaba un jugador como él. En la cancha rendía y generaba goles. Y después… nunca desentonaba. Había aprendido rápidamente todos los códigos y los había incorporado. Súmesele su habilidad natural y simpatía para el discurso liviano, se hizo uno de nosotros rápidamente.

Fue en el vestuario, en las duchas más precisamente tras aquel primer partido de prueba en que nos deslumbró con su rapidez, habilidad y genialidad para el toque. Allí fue, digo y al principio cada uno miró y sacó sus propias conclusiones. El tema era delicado. Y no teníamos confianza con Rubén. Pero después, en grupos más pequeños no se pudo evitar hablar del asunto. Empezaron las bromas primero con timidez, después con cierto desparpajo.

- Ah… ahora entiendo que Romina esté muerta por Rubén – chanceó el Gordo Racanti-. Con ese pedazo hasta  creo que yo me le acerco y me pongo mimoso- y ponía cara de payaso enamorado.

Efectivamente Rubén estaba… decir “bien dotado” es lo que llaman un “understatement”, una afirmación escasa. Nunca había visto un órgano semejante. Me averguenza entrar en detalles. Baste decir que si uno dejaba caer una mirada casual, inmediatamente debía volver sus ojos, para confirmar que la primera impresión había sido correcta. No bastaba verlo una vez para creer en su existencia real. Ambas dimensiones  representadas generosamente. El crecimiento parecía haberse detenido justo antes de caer en lo excesivo. Pero justo antes. Nunca había imaginado que pudiera existir un aparato como aquel. Me vino a la mente aquella vieja discusión sobre si el tamaño importa.

Recordemos que a los que dicen que el tamaño es todo, se oponen quienes – por algo será – sostienen que no importa ni largo ni grosor, todo está en la habilidad con que se use el instrumento. Difícil decir quien tiene la verdad. Digamos difícil hasta que uno veía el de Rubén y comprendía que no había nada que hacer para competir con aquella boa ancha y larga que lucía con todo desparpajo. No le extrañaba sorprender las miradas subrepticias que arrojábamos en cuanto lo teníamos delante, en aquellas duchas largas y relajantes tras los encuentros de fútbol. Y no se apuraba, dejándose envolver por el agua caliente y cerrando los ojos para evitar el jabón. Sabría que los demás los manteníamos abiertos observando tamaña maravilla, evaluando los efectos devastadores que podría causar en cualquier mirada femenina y, porque no decirlo más de una masculina, aunque me apresuro a declarar que no es mi caso ni mi interés. Lo mío es sólo académico.

No cabía duda para nosotros que cualquier mujer que viera aquello, querría probarlo. De manera que se convirtió en un secreto a voces, que contribuyó, curiosamente, a integrar a Rubén al Country.

No sé a quien se le ocurrió bautizarlo “Super Pancho”. De ahí, a Super, a que las mujeres o aquellos que no habían tenido la oportunidad de apreciar aquella maravilla preguntaran… en pocas semanas todos sabían de aquello. Super Pancho, Super, también lo llamábamos EsPi por las iniciales SP en inglés, cuando ya la novedad había pasado y había que pedirle una pelota en las canchas de tenis, o un pase en la de fútbol.

- Ché, EsPi, pasáme una Dunlop 3.
O bien
- Super y Romina salen esta noche con los Otranto. Se corren hasta Pilar a cenar y el cine.
- El Super Pancho dijo que el domingo no puede jugar, tiene un compromiso en Capital.

Tanto Super, y Super Pancho o el más discreto EsPi acabaron por hacerse conocidos y su significado también.

Al parecer, y estos ya son trascendidos menos seguros, nadie lo pudo afirmar con certeza, el maldito también tenía la habilidad requerida para manejar el prodigioso instrumento, y ésta en alto grado. De manera que no había con que darle. Si era por tamaño ni hablar, pero el know- how también estaba allí.

- Suerte que tiene Romina. Que le aproveche- decía más de una. Algunas con buena predisposición, contentas de ver a su amiga con aquel hombre envidiable, seguro, protector y prototipo del macho deseado. Otras, con mala leche.

CONTINÚA EL PRÓXIMO VIERNES
Viernes 7 de Diciembre de 2007 00:00
COUNTRIES

Super Pancho - Parte 2

por Santiago Ordoñez Zemborain

Así apareció Rubén Matos en la vida de Romina, una mañana soleada de noviembre. Alto, delgado sin exageración  y elegante a su modo un tanto chulesco, se movía con gracia felina y desplazaba con evidente facilidad su cuerpo que se adivinaba musculoso y tenso bajo la camisa de – inesperado detalle – fino algodón peruano. Su cara era atractivamente tosca, con planos tallados en la piedra, obvios antecesores indígenas, bien mezclados con otras sangres le otorgaban ojos verdes y despiertos, pómulos bien marcados, labios gruesos. Por sobre toda descripción física de Rubén Matos que se intentara, se imponía la mirada. Cualquiera fuera la situación, era la de un hombre seguro. Seguro se notaba no sólo cuando correspondía estarlo y cualquiera lo estaría sino, uno presentía, cuando las cosas fueran difíciles y más de uno dudaría o pediría ayuda aún con los ojos. Era la mirada de quien, más allá de conocer todas las soluciones posibles, se sabía capaz de generar otras nuevas y audaces en el momento y rápidamente si la situación lo requería. Un animal poderoso y sereno que paseaba sus ojos por la sabana,  entornados, implacables, absorbiendo el panorama. Sabiendo que nadie o nada o muy difícilmente podrían afectarlo, herirlo o ponerlo en situación complicada. Dejando hacer a los otros hasta que llegara el momento de actuar, cuando lo haría y no fallaría. Una seguridad física que se percibía en forma inmediata.

Alguien a quien mejor tener del lado de uno. Los hombres lo respetaban instintivamente y las mujeres se hacían preguntas. Nadie permanecía indiferente ante su presencia poderosa.

Todos los que lo conocimos asociábamos inmediatamente su presencia con la de Carlos Monzón el recordado campeón mundial de box peso mediano de los 70s. Una sonrisa inescrutable por lo permanente hacía más agradable aún su presencia. Era claramente un ejemplar varonil y Romina – así lo dijo después a alguna amiga íntima – cayó por él no bien verlo. Cuando ella salió del edificio, Rubén se bajó del auto y le abrió la puerta para que pasara. Ese gesto, poco habitual en estos días, y el cuidadoso silencio no exento de algún cruce de miradas a través del espejo fueron parte de la magia inicial. Cuando llegaron a la escribanía, Rubén detuvo el auto en la angosta calle Libertad y dio la vuelta para abrirle la puerta a su pasajera. Un colectivero, impedido de pasar acercó el inmenso vehículo hasta casi tocar el auto del remisero. Ya Romina había bajado y la puerta permanecía abierta. El colectivero hizo rugir el motor y tocó un par de bocinazos furiosos.
Rubén, sin cerrar la puerta se dio vuelta sin apuro y se encaminó hacia la puerta del monstruo que rugía, amenazante y rabioso. Cuando llegó, el chofer hizo ademán de sacar el enorme palo tipo bate de béisbol que todos los colectiveros llevan para pacificar incidentes. Rubén lo dejó hacer. El hombre blandió el arma, mostrándola y dándole tiempo al otro a huir, explicarse, hablar o disculparse. Pero nuestro Rubén no hizo nada de eso y se quedó mirándolo. Mantuvo la situación largos segundos. No sólo eso, hizo ademán de entrar en el colectivo. Tomó el pasamanos y comenzaba a subir cuando el colectivero atinó a cerrar la puerta. Sin apuro el remisero se dio vuelta. El punto había quedado marcado, bien claro. Cerró la puerta de su pasajera y se despidió de ella. Romina que había presenciado la escena como si se tratara de un duelo del viejo oeste, estaba en un sueño. Corrientes eléctricas y agradables se producían por todo su cuerpo y en sus partes bajas. Rubores ya olvidados desde la adolescencia la atravesaban y se depositaban en sus mejillas. Líquidos, secreciones ocultas  y hormonas se desataron y corrieron salvajes por su cuerpo. Todo en ella clamaba por acercarse a  aquel hombre, tocarlo, comprobar su realidad. Se despidió con dificultad y entró al edificio.

Los días que siguieron fueron de conocimiento mutuo. No pasaron de la rutina del viaje matinal (ella volvía por su cuenta dado lo irregular de su jornada, trabajo, gimnasio, cursos, terapia, docencia).

Romina hablaba más que él. Inquiría, trataba de penetrar en el mundo de aquel desconocido que había ganado su corazón de manera tan vibrante el primer día. Rubén se reveló como todo lo que ella esperaba. O suficiente. Inteligente, divertido, ingenioso,  rápido en la respuesta. Y nada ajeno a lo que se estaba desarrollando entre ellos, por más que nada se dijera por el momento. Fue un proceso de seducción mutuo que duró, en esa etapa, una semana.
 
La voz rasgada y dura, aunque con requiebros que mostraban dulzura cuando su dueño lo deseaba así. El gesto imperioso para con los otros, pero posesivo e incluyente para con ella, la mente simple pero rápida y definitiva. Todo tan diferente de los yuppies light que rodeaban la vida de Romina. Tipos que zumbaban alrededor de ella queriendo penetrar –literal, y figuradamente- su intimidad. Que trataban de impresionarla con gestos, manías y discursos previsibles, todos iguales, débiles remedos de algún actor bisexual que estuviera de moda.

Exactamente una semana porque cuando llegó el sábado y Romina, en el country tuvo un pésimo desempeño en los courts de tenis, sabía a qué atribuirlo. Estaba ansiosa, su pensamiento centrado en el hecho incontrovertible: ni ese día ni el siguiente vería a Rubén. No sabía como superar esa necesidad anhelante, ni si sería capaz. En una palabra: ardía por él. En sólo cinco días, y manteniéndose rigurosamente la distancia que media entre conductor y pasajero había ascendido a ese estado en que deseamos palpar, tocar, conocer al otro, saber que gusto tiene y sentimos que no podemos esperar mucho más. Si Rubén la había llevado hasta allí, si había escalado sola o, como es frecuente habían sido los dos en aquellos viajes iniciales llenos de sobreentendidos, suspiros y frases dejadas por la mitad, no lo sabía ni lo sabremos y poco importa. Pasó el domingo como pudo pero ni se presentó a los partidos que tenía pactados alegando dolores inexplicados.
 
De manera que cuando llegó el lunes y Rubén le abrió la puerta para que entrara hizo lo necesario para que su mano rozara ávidamente la de él. Hablaron en forma entrecortada durante el viaje que transcurrió en un santiamén.

Aquello no podía durar mucho más en ese estado. Combinaron para la tarde. Ella trabajó como pudo durante esa mañana previa al resto de su vida.

A las cuatro se internaron en un hotel anónimo en la Panamericana y no salieron hasta la medianoche.

Éxito total. Rotundo y ardiente más allá de cualquier expectativa que ellla pudiera haber tenido en los breves días en que se había incubado la relación.  Rubén había sido feroz y  tierno, cada una de las facetas, en el momento justo. Romina nunca había conocido – ni pensó que llegara a conocer y en eso no se equivocó – un hombre así en la cama. Todas las diferencias de clase y educación – que las había – quedaron arrasadas ante el fuego de la pasión que devoró a ambos. Es una imagen conocida pero refleja lo sucedido: un voraz incendio de esos que se tragan todo lo que encuentran a su paso. Terminaron exhaustos. Aunque para decir la verdad fue ella la que pidió tregua ante los séptimos avances de él que proseguía imperturbable, haciendo gala de un vigor envidiable. Con todo el espíritu - y la carne de varón que no olvidemos, debe estar en capacidad de  seguir a la voluntad y no siempre puede, no tantas veces en todo caso, puestas en la acción que pretendía proseguir.

De manera que fue Romina la primera de esta historia que tuvo ocasión de ver -y no sólo ver en su caso- aquello que haría famoso a Rubén en el Country. Nunca comentó con nadie la especial característica de su amante y posterior marido. No correspondía ni quería avivar desprevenidas o encender llamas en quienes eran todo menos distraídas. La imponente virilidad de Rubén no fue poco lo que influyó en el éxito de aquella tarde inicial.

Romina nunca lució como en ése y los días y semanas que siguieron. Estaba exultante, segura como nunca de su femineidad, con los colores arrebolados en la cara y los ojos verdes denunciando la plenitud de una fémina bien atendida.

Se vieron con frecuencia, todos los días si podían, sin contar los viajes de las mañanas. Esta obligación “laboral” servía de inesperado preludio que contribuía a la excitación mutua. El cambio de roles que se operaba durante el mismo, la obligación de respetar ciertas normas, la exaltación que sentían, inevitablemente suspendida cuando ella debía apearse y comenzar su rutina laboral. Todo ese juego previo que imponía el mostrar, sentir, rozar, sugerir, mantener el secreto y controlar las ganas. Todo contribuía a que las salvajes sesiones que seguían fueran inevitablemente satisfactorias, un premio de los que da la vida y mejor tomarlo cuanto antes.
 
Pasaron dos meses y la pasión no cedía. Salían a veces al cine, a tomar algo o a comer a la noche. Romina era muy reservada con los padres y sus pocos amigos. Había tenido más de un romance “serio” que había culminado en fracaso. De manera que hablaba poco no queriendo adelantarse. Además, estaba el asunto no menor de los antecedentes de Rubén. En su círculo, gente de invariable dinero, posición y cultura el remisero indudablemente no cabía. Rubén era todo lo delicioso, amable, inteligente y sensual que ella esperaba de un hombre. Pero no nos engañemos, no era un ejemplar para lucir en el Country, en las cenas de su grupo social, ni – horror de horrores- en la casa de sus padres.

 

CONTINÚA EL PRÓXIMO VIERNES

Viernes 30 de Noviembre de 2007 00:00
COUNTRIES

Super Pancho - Parte 1

por Santiago Ordoñez Zemborain

Me cuentan, me traen historias a un ritmo creciente. Sin buscarla, una red de contactos y referencias me abastece sin pausa de historias de todo tipo. Gente a la que no conozco pero me es referida, llega hasta mí con su testimonio. Tengo dos criterios de selección. En primer lugar debo recibir la historia cara a cara. No es tan fácil mentir o aún exagerar o esquivar aspectos que el relator quiera dejar en la penumbra o ignore e invente. Se trata de saber escuchar, y ver lo que el otro relata y también lo que silencia.

 

Callar es casi siempre la mejor estrategia, y preguntar en todo momento con la mirada.

Así se puede ver, hacerse una idea sobre la realidad de lo que nos dicen, e inquirir para completar los aspectos poco claros. Por lo menos hasta donde quien relata puede llegar a saber, o querer decir.

 

El otro filtro impuesto es que la historia toque, describa y explique (esto último ya es mucho pedir a veces) las conductas y sentimientos de seres humanos reales, cercanos, posibles.  Gente parecida a nosotros, o a quienes nos rodean. Los que habitan estas historias constituyen una muestra sesgada. Los countristas, ya sabemos, son el sector privilegiado de nuestra sociedad. Más ricos, más poderosos, más satisfechos, más aburridos, más dados a lo inusual y hasta lo perverso. Pero seres humanos sujetos a las mismas pasiones que experimentamos todos, quizás con más medios o audacia para lograr satisfacerlas. En ese sentido, la historia que paso a relatar me interesó mucho porque el juego de circunstancias que permitió que ocurriera sólo se puede concebir en un Country y en el medio social que lo puebla.

 

La historia de Rubén Matos involucra muchos  aspectos de la vida en los countries, las miserias y grandezas de la gente que los puebla, la tragedia humana, los costos que se pagan para evitar la soledad, para ocultar el desconsuelo,  la tristeza que envuelve –a veces–  a los que parecen por encima de todo agobio, bien arriba en la pirámide social, brillantes y vistosos.

 

Lo sucedido enseguida captó mi interés. Ocurrió en un country que conozco así como a algunos de los personajes. Enseguida la ví como una batalla entablada lenta pero metódica y ferozmente entre el dinero, el poder y lo establecido por un lado y por el otro el amor, la pasión y otro tipo de poder, más elemental, una fuerza de la naturaleza. No tuve claro cuál de los dos prevalecería casi hasta el final del relato en que todo se vio claro.


 

Fue un drama cuando se casaron y una comedia cuando se divorciaron pocos años después. Ella venía de una familia muy conocida, dinero ya establecido y origen armenio. Los Armenasián tenían la más prestigiosa escribanía de su colectividad. Ella misma era ya una escribana exitosa y tenía todo como para elegir qué rumbo tomar: 25 años que lucían espléndidamente jóvenes, trabajo e ingresos generosos en la propia escribanía familiar, muy importante y activa.

Dueña de un cuerpo espigado y rostro agraciado, lucía todo lo que hoy se espera de una joven de esa edad, gimnasio mediante y cuidados. Pero su figura era bonita aún si hubiera prescindido de aquellos esfuerzos extras. Un pelo rubio abundante enmarcaba una cara sumamente atractiva, marcada por una boca generosa y ojos marrones sesgados con un ligero toque oriental. La sonrisa dejaba ver dientes blancos perfectos. Era una mujer sumamente atractiva y de carácter chispeante. No le faltaban amigos y pretendientes.

 

Por lo demás, Romina era culta refinada y divertida. Entendida del mundo,  había viajado desde chica y se movía en todos los entornos con la fluidez del conocedor. El futuro era suyo y la única pregunta era a quien elegiría para proseguir su vida. En el ambiente en que se movía casarse era lo esperado hacia la edad que ella tenía. Y eligió.

“EsPi”, como lo conocemos ahora nunca fue su nombre, claro. El mote proviene de la manía desagradable que tienen las clases medias y medio altas venidas a más: americanizan todo lo que se les ponga a la mano. Y más en los countries donde nadie censura los horrores verbales y más bien se institucionalizan. No sos nadie si insistís en llamarte Ricardo: Richard, o aún Richie va mejor. Así, Matías es Mathew (“Maziu”), Roberto es Robert o quizás Bob, Carlos por supuesto es Charlie, Andrés es Andrew (Andru), Mabel es Mabby, y Julia es Julie (“Shuli”), la 4 por 4 es el “Wagon”, no vas a Los Angeles sino a ELEI,  y te reunís a tomar algo en el “House” (Jaus). En fin todo así para mostrar lo inmensamente internacional, yuppie y cool que uno es.

 

Y también las iniciales que identifican nombre y apellido. Igualito a los “americanos”. Juan

Carlos es JC(“SheiCi”), Horacio Rodriguez es HR (“EichAr”), Mario Bouzas es “EmBi”.

Asique “EsPi” es SP que va por Super Pancho. Tendría que ser “EsePé”, pero le decimos “EsPi” de puro cancheros que somos.

 

El nombre verdadero nada que ver es Rubén Matos, pero casi nadie tenía idea, en todo caso llegaban hasta Rubén.

 

El “Santa María del Sol Country Club” es una potencia en el fútbol intercountry, tenemos copas ganadas desde los años 70s en que se fundó el Club. No sé, es una tradición, hay un semillero importante y tenemos generaciones de recambio que se van formando. La clave es que la mayoría de nosotros, los socios varones jugamos fútbol de manera que siempre hay equipos de calidad para representarnos.

 

Fue en los vestuarios donde nació la leyenda.  Allí nos duchamos, vestimos y desvestimos todos los sábados y domingos para los diversos compromisos futboleros.

 

No bien Rubén se casó con Romina Armenasián, se integró a nuestro equipo de primera. Era un jugador excepcional en el medio del campo. Pocas veces convertía el gol, pero muchos de los tantos eran generados por su incansable tarea en el lugar donde se inician las jugadas. Inteligente, pícaro para moverse, pero al mismo tiempo noble y generoso: armaba la jugada, lenta y minuciosamente como un ajedrecista pensando en jugadas por delante. Y en el momento justo cedía la pelota para que el que estuviera mejor ubicado convirtiera. Rápidamente conquistó nuestra admiración y cariño. 

 

Era obvio que no pertenecía a nuestra clase social. El “Santa María del Sol Country Club” es –nos gusta hacerlo notar– un club sin exclusiones ni criterios cerrados para el ingreso. Esto se refiere –claro está– a que no discriminamos etnias, profesiones u orígenes socio económicos. Por supuesto las expensas –que son altísimas– y los gastos “de representación”, son necesarios para desempeñarse en nuestro pequeño mundo social.  Y ese dinero que forzosamente hay que desembolsar en forma periódica establece una distinción, no cualquiera puede mantenerse en nuestro círculo. Hay que dar alguna fiesta por año, tener ropa para asistir a las que casi todos los fines de semana dan los otros.

También participar de las actividades benéficas en pro de la comunidad que nos rodea, menos favorecida, ir de viaje generalmente a Europa en abril u octubre, a Punta del Este en el verano. En fin, mantenerse a flote en la comunidad del Country requiere un alto nivel de ingresos.

 

Los Armenasián estaban plenamente integrados a todo el movimiento social y deportivo del Club hacía ya muchos años. Socios antiguos, los padres de Romina mantenían la tradición de ir todos los fines de semana. Cuando anunció su casamiento y presentó a Rubén se quisieron morir. Jamás hubieran pensado que su hija preciosa, la única,  criada con todos los cuidados, destacada profesional con master en Barcelona, viajada y protegida, capullo de invernadero iba a elegir semejante personaje para compartir sus días.

 

Rubén Matos era remisero. Había conocido a la que sería su esposa de manera harto casual. Ella se desplazaba todas las mañanas hasta la escribanía en taxi desde el departamento donde vivía con sus padres, en el barrio de Nuñez. Cuando empezaron los robos y secuestros express muchos de ellos perpetrados con la complicidad de taxistas que “entregaban” a sus pasajeros, los padres decidieron contratar un servicio de remise que buscara todos los días a Romina. Originalmente, Don Santiago, un cincuentón veterano fue el encargado de la tarea. Cuando ya era parte del paisaje familiar, chofer casi de toda la familia, tuvo un problema familiar y debió ausentarse por  tiempo indeterminado rumbo a Catamarca.

 

El dueño de la remisería comunicó lo sucedido y avisó que un nuevo chofer reemplazaría a Don Santiago. Lo recomendó y aseguró que en sus manos estarían todos bien cuidados.

 

 

Viernes 19 de Octubre de 2007 00:00
COUNTRIES

Diosa - Última parte

por Santiago Ordoñez Zemborain

Una anciana desastrada, casi completamente canosa con mechones de pelo que lucían restos de tintura. Los ojos, dos cristales secos pequeños y  hundidos en bolsas negras dentro de las escuálidas mejillas. De los antebrazos colgaban carnes fláccidas como pantallas agitadas al viento, visibles cuando quiso apartar con gesto huraño y ácido a un reportero que se le acercó. Le faltaban algunos dientes, y los que quedaban estaban amarillos, opacos. La boca pequeña y sumida, se perdía entre los pliegues de la cara arrugada. La mandíbula inferior muy retraída. Las encías invisibles.
Cubría la cabeza con una pañoleta desteñida que sólo añadía a la imagen de edad, senectud y decaimiento.

La pollera, la misma coqueta minifalda con la que había sido secuestrada dejaba ver las piernas todavía largas, pero celulíticas y varicosas. Por encima algún rollo de carne que sobresalía del abdomen, aquella pancita adorada poco antes.

Los pies la sostenían a duras penas, ya no trabajados y cuidados sino algo deformados y con sabañones que se habían ensañado con ellos en la humedad del sótano-celda durante aquellos meses.
Cuando habló y pidió que la dejaran pasar para ir a su casa, la voz sonó rasposa, quebrada, vieja. Era su voz.

La noticia de su regreso dio vuelta al país. Y cuando Paula llegó a casa, el Negro recibió a una anciana de pelo blanco y carnes fláccidas. No a su Paula, claro. Hizo un noble esfuerzo y la abrazó. Pero no la retuvo mucho tiempo. La miró con detenimiento y no la reconoció. Estaba preparado para verla decaída, siempre sucede tras un secuestro y más uno tan largo. Lo habían prevenido.

Pero esta no era su mujer.

No la habían torturado, ni golpeado ni tratado particularmente mal, pero nadie se había ocupado de ella. Cientos de manos serviles y trabajadoras que debían haber laborado constantemente sobre la diosa, habían dejado de hacerlo durante cuatro meses.  Había bajado 12 kilos, y se notaba en todas partes, el envoltorio grande sin nada que lo rellenara. Mucho pellejo sin contenido. Habían pasado meses sin vitaminas, tónicos, tratamientos, gimnasia, cirugías, odontólogos, dermatólogos, personal trainers, blanqueadores de dientes o lámparas bronceadoras. Nada quedaba de aquella gloriosa turgencia que brotaba desde los labios hasta los muslos, ahora bien claro su origen químico y artificial. Las tetas caídas, la cola sin forma, los labios vacíos, los ojos sin brillo. ¿Todo esto podía ser fruto de aquel secuestro prolongado? Y aún si lo fuera cabía la pena y la comprensión o el Negro debía dejarse llevar por el rechazo que le provocaba la extraña que tenía enfrente?

 

En los días que siguieron, previos al final ya previsible Paula intentó arreglar-se, se tiñó el cabello apresuradamente, se pintó los labios, trató de sonreir, ahora con ventanas entre los dientes otrora perfectos, hizo lo que pudo. Pero era tarde para todo y no hubo tiempo para nada.
Poco tiempo después terminaron las especulaciones de expertos y enterados: el sufrimiento del secuestro prolongado puede demacrar a cualquiera, pero aquello era inconcebible. Nada podía justificar el  que se hubieran llevado a una joven llena de vida, una estatua viviente, una mujer firme y abundante y devolvieran aquella ruina. No había sido maltratada más allá de la situación en sí. Comenzaron las habladurías. Una de las amigas de Salustio habló para una revista. No fue importante lo que dijo porque la lasciva rubia que había conocido a “Paula” en aquellas veladas orgiásticas en la clínica, había hecho el amor a la belleza más codiciada, no había sabido nunca la verdad clave, la edad. Pero se publicitó lo que había cobrado por la entrevista. Y una de las enfermeras asistentes al “parto” se vio tentada. Contó lo que había visto.


Las dudas crecieron.  Todo se desencadenó.

Lo que le pasó a Salustio, no es de interés para esta historia y no lo conocemos en detalle.
Aún conociendo el nivel de desgracia, tristeza y tragedia que acarreó la conducta de Paula durante toda su vida, cabe preguntarse: ¿acaso hubiera podido hacer otra cosa? Antes, a los 24, 25 años cuando empezó a notar que no envejecía, que ya era un ser fantasmal cuya esencia difería de lo que veían los otros, a intuir en forma creciente que lo que ella era en sí y lo que era para los otros eran dos cosas fundamentalmente distintas. ¿Dañaba acaso a alguien? ¿O los hacía felices con su lozanía repetida e infinita? ¿Y después? Al casarse, y otorgar un hijo y la felicidad bien que breve y malhadada a su marido e hijo. ¿Acaso cabía alguna otra acción? ¿Acaso otra vida mejor podría haberse vivido con las cartas que le repartió el destino?

Al final la vida le había cobrado de pronto, al contado  y con intereses lo que toda mujer paga ineludiblemente en cuotas declinando gradualmente.

Son especulaciones. Reflexiones vacuas sobre lo que pudo haber sido.

Nuestra historia tiene un final triste. Los tres viven separados, nada los une ni siquiera una geografía común o un cielo protector. Horacio el Negro Mansilla Dorticós vive solo en el Country. Nada queda de aquel feliz esposo y breve padre de familia, ni siquiera del  anterior solterón divertido o envidiable sino un hombre solo, seco y desolado.

El bebé fue dado en adopción. Quizás hubiera sido elegante o literario o novelesco establecer que ella pretendiera criarlo luego de lo sucedido. Pero no fue así. Nadie lo quiso y ahora vive una vida que recién comienza, en lugar y circunstancias que no conozco.

Y Paula. Nuevamente declaro que se me pide la verdad y esta no es ni literaria, ni linda ni ocurrente. Vive en Tacuarembó, una ciudad hundida en un pozo de calor en el centro norte de Uruguay. Amancebada con un tambero de la zona, se ha dejado estar y nunca volvió de su avanzada madurez, casi ancianidad adquirida en forma demasiado temprana y súbita. Trabaja en las tareas de la casa y cuando termina mira mucho la televisión. No piensa en casi nada.

La caída había sido rápida.

Cuando llegó aquella tarde a su casa, Paula y Horacio cruzaron una mirada. La de él helada e inquisidora,  la de ella implorante. Esos días casi no hablaron. Podemos referir que después el Negro Horacio Mansilla Dorticós quiso estar seguro y no sabía a quien creerle: a la enfermera del parto o a la anciana que tenía al lado en quien no reconocía ya a su Paula. Hizo realizar un examen de ADN al bebé, que mostró que no era hijo suyo. Aún más interesante: tampoco lo era de ella.
Surgieron, incontenibles las preguntas.


Y bien se sabe: cuando aparecen las preguntas es porque ya se intuyen las respuestas. 

FIN

Viernes 12 de Octubre de 2007 00:00
COUNTRIES

Diosa - Parte 8

- Aquí viene la segunda parte. Tenemos de todo en la Clínica- sonrió satisfecho-. Te aseguramos tu hijo por fertilización asistida. O sino, como es tu caso, por filiación asistida- otra sonrisa ante su propio chiste-.
- ¿Qué querés decir?
- Ya te dije, lo hemos hecho. Entrás al quirófano con tu pancita, y salís con un hermoso bebé que importamos de Misiones, rubio de ojos azules si querés….aunque en tu caso viéndolos a ustedes…yo diría un varoncito morocho, pero de ojos claros. ¿Que te parece? Y de ahí… todo en bajadita. Nació el chico, y todos satisfechos. El tratamiento “se complicará” dentro de unos meses, y habrá que aplicar alguna droga especial traída de Alemania. Con el plus de honorarios bastará para arreglar los detalles con la gente de Misiones. Yo ni los conozco ni los trato. El bebé es revisado y está perfecto. Entra al quirófano exactamente cuando se supone que vos estás pariendo.
Paula quedó asombrada, estupefacta por la perfección del esquema. Todo parecía cuadrar a la perfección. Y Salustio le garantizó que ya había sucedido.
Y ella le creyó.
Y con razón porque en eso no le había mentido.
Su dominio sobre ella se hizo total. Ya no le bastaba ni le interesaba a él sólo poseerla  o verla apasionada y propia. La recibía con amigas ante quienes la lucía como un trofeo. Le hacía hacer cosas con ellas, que eso sí no habían pertenecido al repertorio de Paula nunca. La vestía en ocasiones con disfraces extravagantes, la sometía a caprichos, la humillaba, le hacía jugar todos y cualquier juego. Le mostraba que era suya y lo sería por los próximos meses si ella sabía lo que era bueno para sí. Y Paula se sometía. Salustio le garantizó – pero ella no sabía si creerle, pero ella no podía hacer otra cosa- la discreción de los y las acompañantes que cada semana nuevos irrumpían en la escena y se apropiaban de su cuerpo como les viniera en gana, sus deseos imperando sobre ella, los caprichos de ellos siempre órdenes para ella en esos días.
Se sucedieron las semanas hasta que por fin tras dos meses, Paula por fin quedó embarazada.
Cuando el hecho fue debidamente constatado y la firmeza del embrión no dejó lugar a dudas, corrió el champán.
El Negro estaba fuera de sí. Organizó una  fiesta apoteótica en el Country a la que asistió una enormidad de gente. Los personajes centrales Paula, el Dr. Salustio y el propio dueño de casa. Los invitados se desplazaban por los enormes jardines, mientras los mozos servían todo tipo de exquisiteces. Paula estaba espléndida. Vestido negro largo con un tajo que le llegaba hasta la cadera, sandalias de taco muy alto, aros y collar de diamantes, regalos de último momento de su marido al enterarse de la noticia. El peinado, el maquillaje todo perfectamente coordinado para resaltar la belleza de sus pómulos, la elegancia de sus ancas, el espléndido busto que hacía las delicias de todos los hombres de la fiesta y pronto las haría del bebé que ya alimentaba dentro suyo.
Salustio aprovechó un momento en que se encontraron a solas en una habitación de arriba y la forzó a un rápido. Ella no tenía la menor intención, y se lo dijo así. Pero una mirada de él, y el comienzo de una frase bastaron:
- Ché Paula, estás muy bien esta noche. Que te pasa? ¿Te olvidás lo que estamos celebrando? – y la mano se dirigió a la ubicación de la futura pancita, hoy chata como una tabla como siempre había sido la super modelo- fue bajando la mano hasta acariciarla y pareció pensarlo de nuevo- sabés qué, tenés razón, lo dejamos y listo. Hizo ademán de salir por la puerta.
Ella supo lo que debía hacer, se arrodilló delante de él. Cerró la puerta con llave y empezó a servirlo.

Tal como había predicho Salustio, todo iba bien.
Y siguió así con ella luciendo su pancita preciosa, nuevamente fotografiada y mimada por la prensa esta vez el marido no supo o no quiso resistirse.
Todas las revistas y cuanto programa de TV la pescara, mostraba a la diosa ahora embarazada. Las mujeres trataban de imitarla: querían llevar el embarazo con tan pocas trazas de hinchazón y deformación como ella. Ahora era no sólo la Diosa de los hombres, sino la de las mujeres que la colocaban en un altar.
Cuando llegó el momento, Paula tuvo a su hijo en la Clínica Salustio. No fue necesario cesárea, el Doctor la evitaba siempre que podía no cómo tantos colegas mercantilistas que lo hacían para cobrar más. El bebé nació en forma natural, lo trajo al mundo Salustio asistido sólo por un anestesista y dos enfermeras de confianza.
Un varoncito grande de 4 kilos 200, morochito, sano y vigoroso.
Tras los primeros días, la familia trasladó al vástago al Country y comenzaron a vivir su nueva vida.
Paula estaba feliz. Ella y Salustio habían dado la cuenta por saldada, y la pesadilla de aquellos “servicios” que se había visto obligada a efectuarle al sátiro y sus amigos había terminado. Su marido estaba obviamente sacudido. Era otro: el mismo de siempre pero con una dimensión nueva de ternura para ambos su mujer que le había dado ese hijo tan deseado, y el bebé mismo objeto de juegos y baboseos interminables. Pero era ella la que recogía los principales beneficios, él la adoraba ya no sólo como su compañera de vida sino como la madre que criaría a su hijo.
Todo iba bien, soñado.
Claro que eso es lo que dijo aquel tipo que se cayó desde un piso 30 cuando iba por el piso 10: “por ahora vamos bien”.
Y pudo haber salido bien. No era necesario el desastre. Después de todo lo peor, lo más increíble había sucedido: Paula había logrado sortear por veintitrés años su decaimiento físico, había concebido un hijo, lo había parido. Ahora se aprestaba a empalmar su vida con la de una madre normal. Vivir felices y comer perdices.
Pero el desastre vino igual. No por no ser necesario dejó de acontecer.
Cuando el bebé tenía tres meses, Paula decidió recomenzar en forma urgente sus actividades de mantenimiento físico. Re armó su agenda y empezó a concurrir a los gimnasios, salones de belleza, y centros de salud de siempre. Dejaba por cortos períodos al bebé al cuidado de una niñera en el Country. 
El lunes de la segunda semana en que se reincorporó a esas actividades, salió manejando del Country con su camioneta cuatro por cuatro. Iba muy concentrada oyendo un programa de auto ayuda y mentalismo tántrico que había comprado en CDs para oir en el camino.  En el tramo de camino local que conecta la entrada del  Country Rinconada de Balbastro y la Panamericana, se detuvo ante una patrulla de la policía de la provincia que estaba en medio del camino. Se le aproximaron dos hombre vestidos de policía que le requirieron documentos. Cuando bajó la cabeza para hurgar en la cartera, le dieron un golpe que vino no supo de donde y la extrajeron desmayada de su camioneta. La trasladaron al supuesto móvil policial al que le arrancaron unas grandes calcomanías con las que lo habían disfrazado y partieron. Dejaron la camioneta de la joven a un costado del camino.
Los secuestradores se tomaron su tiempo. Hicieron sudar la gota gorda al marido. Recién el sexto día se comunicaron con él y le hicieron saber sus demandas. El Negro Mansilla para ese momento estaba rodeado de “expertos” que en el Country sobraban. El consenso era que debía darse a conocer el hecho a la policía, pero al mismo tiempo solicitarle que no interfiriera en las negociaciones.
Y así se hizo. Había antecedentes exitosos que avalaban ese proceder.
El negociador contratado por el marido era una figura clave en este proceso. Un hombre joven y muy capaz, abogado, ex fiscal con experiencia considerable en estos asuntos.
Mansilla Dorticós era un hombre muy adinerado, pero la suma solicitada era descabellada. Había que traer a los secuestradores a la realidad. Las comunicaciones eran fluidas, pero de pronto se sucedía una semana sin llamados. El proceso era de ablande mutuo. Cada parte necesitaba probar su fuerza y medir la del otro. El negociador no se cansaba de repetirle al marido: “ella es muy valiosa para Usted, pero es tanto o más valiosa para ellos. Sin ella, no tienen nada”.
Y la negociación continuó porque de ambos lados había gente inteligente y decidida, y ambos sabían que la vida de Paula era lo que garantizaba que todos salieran satisfechos de aquella horrenda transacción.
Vino el verano y todo pareció detenerse. De pronto pasaron tres semanas de silencio por parte de los secuestradores, en que pareció que todo se había perdido. Reaparecieron esporádicamente en febrero y suministraron las pruebas de vida solicitadas: le permitían al marido hablar brevemente con su mujer a través de celulares descartables. Conversaciones entrecortadas y brevísimas, pero que probaban el punto: Paula estaba viva.
Cuando llegó Marzo, y el secuestro llevaba ya cuatro meses completos, todo empezó a acelerarse. La paciencia de todos estaba en el límite, el bebé berreaba interminablemente ante la ausencia de la madre, el marido la extrañaba, los medios no cejaban en sus guardias rotativas siempre camionetas a la puerta del country a la espera del desenlace. Y los secuestradores quizás también evaluaron que el momento había llegado.
Cerraron. Definieron la cifra. El pago se hizo sin trampas para los secuestradores. Y estos cumplieron, devolvieron a Paula. Viva. Sana y salva.
La dejaron en un descampado de la zona oeste, con 100 pesos en el bolsillo para que pudiera irse a su casa.
Estaba aturdida por la luz y el ruido, hacía 4 meses que la tenían en un sótano, atada y sin contacto con el mundo, alimentada pobremente, apenas mantenida viva y con salud para ejercer su papel de mercadería de cambio.
Logró subirse a un taxi que quiso hacerla bajar ante el mal olor que despedía. Le alcanzó el billete de 100 y eso lo convenció. Enfiló hacia el Country en la otra punta de la ciudad.
Cuando llegó, el auto debió abrirse paso entre la guardia permanente de canales de televisión, movileros, radios, prensa gráfica y curiosos que desde hacía meses cubría el evento. Ahora exacerbada la presencia por el rumor creciente de que Paula había sido liberada.
El taxi se fue abriendo paso lentamente, hasta que la densidad periodística lo hizo detener. Un movilero acercó una cámara, esos días se filmaba todo por las dudas. Otro se acercó.
Uno exclamó:
- ¡Es ella! Es Paula Aragón. Ahí está. ¡Dentro del auto!
Eso bastó para que un enjambre de micrófonos, cámaras, ojos, periodistas y gente  se agolpara. Alguien bajó la ventanilla. Otro introdujo la mano y abrió la puerta. La hicieron descender. Bajó vacilante. Los que la rodeaban empujaron hacia delante, hacia ella, la alcanzaron. Pero después empezaron a retirarse, a tomar distancia formando un círculo alrededor, quedó sola en el centro, objeto de las miradas de todos y de las de las cámaras que retransmitían a todo el país. El silencio, la conmoción eran enormes. Nadie hablaba. Sólo imágenes que penetraban los cristalinos, pasaban al iris, recorrían el nervio óptico y se alojaban en los cerebros de millones de espectadores, los que estaban allí y los que miraban la televisión. 

Paula había vuelto.

CONTINÚA EL PRÓXIMO VIERNES
Viernes 5 de Octubre de 2007 00:00
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Diosa - Parte 7

-Haremos así -dijo él- porque es tarde y tenés que irte a casa, Paula. El miércoles vengan como está arreglado. No quiero que te preocupes para nada. Yo te arreglaré todo el asunto.

 

-Pero… ¿Cómo vas a hacer? ¿No me dijiste que es imposible concebir? ¿Que no puedo tener hijos ahora? Cómo…

 

-Shh, shh. No quiero que te preocupes. Dejálo en mis manos que yo me ocupo. Vos mantenéte tranquila. Y linda. Así como estás ahora -empezó a acariciarle el cuerpo desnudo, no podía contenerse ante el sentimiento que le generaba su nueva conquista. Pero lo hizo. Con un gesto casi cómico una mano retiró a la otra que acariciaba y la retiró-. Te quiero siempre así, sensual, apasionada y hermosa. Ahora andá a tu casa y dejá todo en mis manos que son las mejores para resolver este asunto.

 

Se despidieron y salieron separados del edificio.

 

Ella llegó pasadas las 10 de la noche al Country en un remis. Horacio, el Negro querido no le hizo muchas preguntas, estaba escuchando sus CDs de Bach preferidos, y releía poemas de Quevedo, “el mejor escritor en lengua española”, decía siempre, “hasta la llegada de Borges”, aclaraba.

 

Bien se puede decir que durante esa noche, y hasta los días que siguieron previos a la cita médica Paula decidió su destino. Dos caminos se le ofrecían: el de la verdad cuyas consecuencias sabía, o creía saber; y el del engaño que por otra parte era el que venía transitando exitosamente hacía veintidós años. Ya estaba cerca. El nacimiento de su hijo coronaría tantos esfuerzos, consolidaría el matrimonio, podría dejarse envejecer lenta y controladamente nadie sabía tanto del asunto como ella, y era difícil evaluar como iría evolucionando. Se prometió hacerlo con precisión de manera de conservarse atractiva para su marido dejando lentamente que la edad se fuera apoderando de ella. Pensó que cuando muriera, quizás a los 80 y tantos, habría evolucionado y parecería una atractiva cincuentona. Sonrió. Se había decidido. Confiaría en el Dr. Marcelo Salustio, el único que podía sacarla de este apuro, el primero asunto grave y de serias consecuencias en su vida.

 

Inició una nueva etapa del camino.

 

Pero esta vez con no buena fortuna, la suerte por fin se iba agotando.

 

Todo comenzó, sin embargo, bien, muy bien si se quiere.

 

El miércoles la atmósfera en la entrevista, era eléctrica. Tanto Paula como su marido querían saber qué escondía la abultada carpeta con los resultados de los análisis efectuados. Cada uno quería saber cosas algo distintas, pero los unía esa curiosidad. Y Salustio brillaba su poder en el apogeo, dueño de vidas, haciendas y esperanzas de herederos por venir.

 

Bueno, estoy muy contento de decirles que los exámenes han dado resultados muy positivos –empezó diciendo-. Tanto Ud. Horacio, como Paula –aquí hizo una especie de reverencia a ambos con la cabeza- están en perfectas condiciones de concebir un hijo. No ha sucedido hasta ahora por un ligero desbalance en el ph del cuello del útero de Paula. Cuando llegan allí los espermatozoides, el plasma que acuna los óvulos resulta excesivamente ácido y ninguno sobrevive. Es un problema común y muy sencillo de evitar si se hacen las cosas bien y con cuidado. Durante el período en que lo estén intentando, Paula debe venir al consultorio dos veces por semana para que la enfermera le haga una aplicación de suero ligeramente alcalino en la matriz, un procedimiento muy rápido e indoloro. Esto neutraliza la acidez de manera de permitir un medio normal para que se fecunde el óvulo y se genere el embrión.

 

Sonrió feliz a la pareja y abrió las manos, palmas hacia el techo. Ellos tenían una sonrisa beatífica en los labios, todos los problemas resueltos por el genio de la fecundación. La ciencia al servicio del hombre. Tecnología de punta.

 

Salustio en la cima de su poder terrenal, otorgaba la vida.

 

El médico felicitó a la pareja que le agradecía efusivamente, y les pronosticó un embarazo seguro en el plazo de uno o dos meses. Ella debía acudir regularmente a hacerse las aplicaciones. Y el marido debía cumplirle a su mujer. Aquí una sonrisa de complicidad machista totalmente fuera de lugar se le escapó al sátiro. Pero el Negro Mansilla no estaba para chistes o sobreentendidos. Iba a ser papá. Gracias a este Doctor maravilloso y a su mujer que le daría el heredero que ahora ansiaba desesperadamente tras dudar si podría tenerlo algún día.

 

Paula, que no terminaba de entender lo que planeaba Salustio se despidió también en medio de agradecimientos. Afuera, hizo las citas con la secretaria para las aplicaciones de martes y viernes. Resultó que todos los turnos eran a partir de las 18 los martes y 19.30  los viernes, la clínica estaba sumamente ocupada y no había otros turnos disponibles. Se les explicó que después de la aplicación debía quedarse en reposo tres horas para que el procedimiento fuera exitoso y el líquido se infiltrara en forma uniforme dentro de los tejidos.

 

Se estableció una rutina. Bueno no exactamente una rutina uniforme. Paula Alarcón la refulgente futura madre concurría martes y viernes a la noche a la clínica para las “aplicaciones”. Su marido había re-ordenado sus actividades de manera de pasar a los viernes una cena que solía tener con asociados y amigos de negocios. Usualmente era los jueves pero acordaron “hacerle el aguante” para que mientras durara el proceso de fertilización tuviera los viernes a la noche ocupados mientras ella se trataba. Los martes tenía desde siempre una mesa de póker así que no había cambios.

 

Cuando ella llegaba, Salustio la esperaba ansioso. Generalmente tenía botellas de champán en la heladera. Y la sorprendía con delicadezas: sushi, canapés de salmón o caviar, siempre algo exquisito y liviano. Y rápido. Porque después de un breve interludio pasaba a la acción y no tenía límites su pasión por ella. Salustio mismo se olvidaba de aquel conocimiento puramente teórico sobre la edad biológica de la bella. Nada importaba sino el imperio de los sentidos. Tenía entre los brazos a la mujer más deseada y lo otro no importaba. Ella, ya pasada la emoción de aquel primer encuentro, operaba, simplemente hacía lo que sabía hacer y muy bien. El estaba convencido de que la pasión de ella era auténtica. Y eso le bastaba.

 

Después de dos sesiones de estas, se animó a preguntarle:

 

-Decíme mi amor. ¿Cómo sigue esto? ¿Cómo voy a embarazarme?

 

-Bueno, no podés decir que no estoy tratando –bromeó él un poco fuera de lugar- no salís de aquí sin tus dos aplicaciones por sesión –insistió-.

 

-Si, y me muero por ellas. De los hombres que conocí, nadie fue nunca tan satisfactorio para mí ¿Sabés? Yo creía que era todo más o menos, igual, algunos mejores, otros no tanto. Pero vos, mi amor, sos todo lo que una mujer…-y así seguía, halagándolo, engañándolo para traerlo a su redil.

 

Pero era él el que engañaba más. El que controlaba de verdad la situación. Le explicaba como haría, pero de manera confusa o deliberadamente poco clara. Y ella insistía pero hasta donde sentía que podía hacerlo sin forzar la situación.

 

Pasadas las primeras dos semanas un viernes día de “fiesta” como decía Salustio, la recibió con un amigo. Un hombre joven y muy elegante, encantador en la charla y la cena que degustaron. Pero Paula no entendía nada. Hasta que Salustio empezó a acariciarla descaradamente y a desvestirla delante del otro. Ella se resistió, y el forzó un poco, apenas los brazos como para susurrarle al oído:

 

-Querida, hacéme los gustos. Yo te estoy arreglando la vida, ¿Sabés? No me hagás quedar mal con mi amigo. El sueño de su vida es irse a la cama con Paula Alarcón. Y hoy lo va a hacer realidad.

 

Y recomenzó a manosearla, dejando cada vez pero lenta y deliberadamente más de su cuerpo desnudo a la vista del otro. Esa noche ella conoció –digamos reservadamente y entre narrador y lector que re-conoció porque hacía mucho de eso- variantes nuevas, los dos hombres la hicieron suya juntos, separada y alternadamente. Cuando se retiraron, agotados, ellos lucían felices y triunfantes. La acariciaron y colmaron de elogios, pero se miraban entre ellos. Era ella la que estaba fuera del círculo. El juguete de aquella noche.

 

Y las que siguieron fueron una sucesión de demostraciones de que era el plácido, el perverso Salustio quien tenía la sartén por el mango. Por fin le había aclarado cómo sería el proceso del embarazo y parto:

 

-Es sencillo, ya lo he tenido que hacer dos veces, casos especiales, mujeres jóvenes que quieren asegurarse un heredero, cazar al marido casado, en fin, vos entendés. Tu panza irá creciendo. Yo me ocuparé de ello. Poco. Te diré qué y cuanto comer, te inyectaré localmente. Como se usa ahora, poquito. Tendrás una “pancita” preciosa. Cuando llegue el verano andarás con bikini. Una chica como vos se cuida, hace dieta, va al gimnasio. Nada de esas panzas enormes, absurdas, deformantes de antes. Subirás quizás 6 o 7 kilitos para el momento del parto y te mantendrás cuidada y controlada.

 

-Pero….está bien -dijo ella- ¿pero el parto en si mismo?

Viernes 28 de Septiembre de 2007 00:00
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Diosa - Parte 6

por Santiago Ordoñez Zemborain

Al salir del consultorio, la secretaria de Salustio les tomó todos los datos personales y les  dio una hora para dos semanas después con tiempo para realizarse los estudios que se hacían en la misma clínica dado lo específico de los mismos.

 

Hicieron las extracciones de sangre al día siguiente en ayunas y él pasó su rato con Onán generando el semen destinado al estudio.

 

Ocho días después, sonó el teléfono de la casa de los Mansilla Dorticós y una voz educada pidió hablar con la Señora. Paula atendió desde la reserva de su enorme baño donde estaba tiñendo y colorando el cabello en su rutina semanal. Estaba semidesnuda trabajando en ello. La voz le sonó desconocida.

 

-         Señora de Mansilla? El Doctor Salustio, Marcelo cómo le va mi querida señora?

-         Bien, doctor – estaba sorprendida por el llamado y su voz lo demostraba- como le va a ud?

-         Bien tambien, señora. Vea, estamos citados para el próximo miércoles para conversar sobre los análisis y la política a seguir.

-         Si, claro…

-         Creo que sería interesante que Ud. y yo nos reuniéramos antes de ese día.

-         Reunirnos? Porqué? Hay algo malo?Pasa algo?

-         Bueno…no pasa nada malo. Todo es muy normal. Pero aún así créame que tenemos que vernos  Ud. y yo antes de esa reunión con su marido. Quiero que procedamos sobre seguro y para bien de toda la familia –acotó en forma meliflua el médico.

-         Bueno, si le parece, claro que sí. Cuando sería?

-         Si está bien para Ud., la espero mañana en el consultorio. Le asignaré el último turno así hablamos con tranquilidad. Véngase a eso de las 6 de la tarde.

-         Bueno Doctor, mañana estaré allí.

 

Colgaron.

 

Le costó esperar hasta el día siguiente. Había suspendido todo juicio sobre lo que arrojarían los análisis. Había aprendido hacía mucho a no pre-ocuparse sino ocuparse de los problemas. Cuando llegaran, los atendería. No sabía ni tenía idea de qué cabía esperar de los exámenes ni mucho menos de la causa de esta inesperada reunión promovida por el Doctor.

 

Cenaron en casa ella y su marido sólos.Paula inventó una cita con una vieja amiga para la tarde del día siguiente.

 

A las 6 se hizo presente en el consultorio que ya estaba vacío. Se retiró una pareja y el Dr. Salustio la hizo pasar.

 

Se sentó dubitativa donde había estado la semana anterior con su marido. El médico lo hizo enfrente.

La miró, un rato largo examinando su rostro con detalle, curiosidad y detenimiento. Ella empezó a sentirse incómoda por el silencio y el escrutinio.

 

El hombre alargó el brazo y le tomó la mano. Ella hizo ademán instintivo de retirarla, pero él la retuvo. Ni alzó la mirada. Sus ojos clavados en la mano que retenía, toda su actitud declaraba que actuaba profesionalmente. Tomó la otra mano de la joven y las apareó, comparando. Después se paró, rodeó el escritorio y acercó una butaca al lado de ella. Recién allí se permitió explicar. Apenas.

 

-         Permítame examinar unos detalles, Señora de Mansilla Dorticós.

 

Y escrutó el cuello de la joven con un poderoso aparato mezcla de linterna y lupa que le permitiría ver los tejidos con profundidad y exactitud. Pasó a las orejas. Examinó con detenimiento los lóbulos y el recorrido de los pabellones. Por último acercó el instrumento al nacimiento de la nariz, la bella nariz de Paula y miró a traves de la lupa. Ella pudo sentir el aliento cercano del médico, contenido, corto.

Al parecer lo que había visto le bastaba porque dejó el instrumento sobre el escritorio. Pero se quedó sentado al lado de ella. Esta vez, la miraba pero con una sonrisa extraña. Estaba como pensando la manera de expresarse. Sabía lo que iba a decir, pero no cómo lo haría. 

 

-         Yo diría, querida, que tenés unos 50 pirulos. Año más, año menos- disparó.

-         …………..

-         Felicitaciones por todo. La verdad estás re-buena como les dije el otro día a vos y tu marido. Salvo el pequeño detalle, exquisita. Un manjar de los dioses- había pasado sin detenerse a vosearla y tratarla con una confianza excesiva.

Ella permanecía callada.

Hacía 22 años que Paula estaba “detenida” en los 25 años. Véanla en toda su belleza e imperio. Ella misma pensaba como tal. Cumplía toda su extensa rutina de cuidados interminables. Y rezaba porque la genética siguiera funcionando. Pero ¿cincuenta años? De qué hablaba este hombre?

 

-         Que pasó, te comieron la lengua los ratones – cachondeó el médico, salido ya un poco de su rol. – Mirá de lo que me vengo a enterar. Paula Alarcón, la mejor hembra del país, bueno contando a Uruguay como uno de los nuestros no? Es una veterana!!!! Cincuentona y muy bien puesta. Pero cincuenta al fin. Mirá vieja,     - se excusó la palabra no era oportuna - perdón es figurado – y sonrió- mirá querida Paula: tus análisis son claros. No puede haber error, pero quise hacer un chequeo visual antes de hablar con vos.- Había abandonado toda pretensión de respeto y el “señora” yacía olvidado. Ahora imperaba sobre ella, la tuteaba y explicaba. – La T3 y T4 son propias de una mujer pre o inmediatamente post menopáusica. La protrombina y el prorateo de cortisol tambien son claros: ninguna hembra sana de tu edad “declarada” podría tener esos números. Y por último, la ausencia de óvulencos bastón, fosfato alúmico y hasta el alto índice de potasa alcalina en sangre hace imposible pensar en procrear. No hay, ni habrá más óvulos para hacerlo. Quizás dejaron de estar hace 3 o 4 años. Lo lamento pero tanto el examen químico, el biológico y el físico que acabo de ejecutar confirman y apuntan a esa realidad.

-         47

-         Que decís?

-         47. Acabo de cumplirlos- Paula era un vértigo de sensaciones, pero la principal era la constatación de que la habían descubierto. Un secreto celosamente guardado por más de veinte años, que había engañado a tanta gente, pero también les había hecho gozar de su presencia estaba siendo expuesto. Su vida estaba en manos de aquel médico.  Porque no le cabía duda: fuera la que fuera su apariencia y belleza, quién la querría si supieran? Quien le perdonaría el engaño? Estaba segura que ni su público ni su marido serían capaces de absorber la verdad. A lo sumo sería un espectáculo de atracción circense, un juego de la biología que mostraba su poder hasta que llegara el momento del derrumbe final. Y su marido, advertido de la verdad?, sabedor de que no era el poseedor, el dueño de aquella joven por la que suspiraban los argentinos, ni era posible el sueño del hijo con aquella esposa que haría? Paula no tenía dudas: sería deshauciada. Todos los burlados en esa comedia que venía desempeñando desde hacía tanto tiempo se tomarían venganza por haber sido engañados por una mujer bien madura, una vieja que los había ratoneado y excitado escondiéndose tras la fachada de una hembra excitante y perfecta.

 

Quedó quieta. No había nada que hacer o decir. Estaba en manos de Salustio. Este se movió. Se acercó a ella y le pasó una mano por atrás de la cabeza. Ella creyó que sobrevendría otro paso de aquel examen ya excesivo, pero él atrajo lentamente su rostro hacia el de él y muy  languidamente la besó en la boca. Lo hizo así para dejar en claro que nada había de arrebato y todo de consentimiento que no tomaba nada que no le perteneciera aunque fuera desde hacía pocos minutos, pero ya suyo completamente o así lo presentía y lo estaba comprobando.

 

Ella lo dejó hacer. Nunca había sido promiscua, pero tampoco una mojigata ni mucho menos. El gesto del médico la había tomado por sorpresa absolutamente concentrada en el poso, la sima de su desgracia y viendo cómo el juego de carambolas del destino la destrozaba contra las rocas cuando justo acababa de llegar a puerto o creía estar haciéndolo. Pero de la sorpresa reaccionó rápida y apasionadamente. Devolvió el beso con ardor no del todo fingido. La excitación que sintió por la presencia de un peligro abismal, y por presentir también que quizás no todo estaba perdido, que podía ser que no, que todavía….la impulsó hacia delante.Devolvió con caricias cada vez más verdaderas las de él. Les costó desasirse ambos embretados en un deseo tan sorpresivo, súbito e inesperado que costaba comprender.

 

El médico se paró, se arregló unos instantes la corbata y tomó aire serenándose. Asomó a la puerta y despidió a la secretaria que estaba ya lista para partir y lo hizo rauda, sus obligaciones familiares por delante seguro, o vaya a saber uno.

 

Salustio volvió y retomó donde había dejado. No había que hablar. Ni una sola palabra cruzaron porque la relación estaba declarada. El poder, el control la posesión de aquel secreto los unía y atraía como un electrón a su núcleo. No lo sabían ni podrían haberlo expresado pero esa verdad hirviente, capaz de quemar cualquier envoltorio en que pudiera pretender envolvérsela los derretía y volvía una sola masa de lava que corría, donde se fundían las individualidades.

 

Hicieron el amor frenéticamente en un amplio sofá que había visto ya innumerables escarceos amorosos del Dr. Salustio. Quedaron saciados pero al rato ambos se buscaron nuevamente.

Cuando cobraron consciencia de la hora, eran las 9 de la noche y estaban agotados, feliz él por el final si no inesperado, no tan rápida ni satisfactoriamente: se había acostado con Paula Alarcón!! la mujer quizás más linda del país. Y ella lo había buscado, seguido. Ella lo había amado. Paula por su parte, lucía conmovida. No transitaba los mismos carriles que él. Volvía a ser la de siempre. La que calculaba, sonreía, seducía y recalculaba tras analizar los efectos de la acción. Veía que su situaciòn había cambiado radicalmente. Dos veces en las últimas horas. Pero no necesariamente para peor como había temido sólo un rato antes. Debía proceder con cuidado. El hombre estaba obviamente encantado con la situación que se había generado, y ella podía sacar un provecho considerable de ello, podía salvar el barco no ya necesariamente escorado y haciendo agua sino dirigiéndose lenta, peligrosa y taimadamente entre las rocas que lo amenazaban, pero con una posiblidad todavía si lo hacía bien.

 

CONTINÚA EL PRÓXIMO VIERNES 

Viernes 21 de Septiembre de 2007 00:00
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Diosa - Parte 5

por Santiago Ordoñez Zemborain

Todo este paraíso de esperanzas cumplidas para el Negro Mansilla tenía su reverso en la tensión que iba experimentando Paula. Aunque formaba parte de su experiencia vital el combate cuerpo a cuerpo contra el paso del tiempo, ahora sentía que la presión se había vuelto más cercana, más personal. Quien la tenía enfrente, la escrutaba y disfrutaba de su persona era alguien real ya no los millones de ávidos mirones de antes. Ya no había una pantalla protegiéndola.

La relación marchaba en forma excelente. Hubo algunos incidentes que traían relación con el nudo oculto de aquel matrimonio. Perdieron un avión a Nueva York que salía a las 4 de la tarde:la tintura del pelo, vital en su apariencia tardó mucho en secarse y Paula no había querido salir del baño sin su cabello perfecto. Alguna vez la relación íntima se vio dificultada por sequedades que ella no había atinado a ocultar con el gel que siempre tenía a mano. Él se había adelantado o apurado y no le había dado tiempo. Quizás el marido sólo notó alguna dificultad de penetración, ella soportó el dolor y todo anduvo bien. O el temor permanente de que durmiendo pudieran aflojarse los tejidos de la cara, denunciando las dos décadas ocultas.

Extremó los cuidados añadiendo rutinas y tratamientos nuevos o perfeccionando los que venía siguiendo hacía años: empezó a ir cada seis meses a las sesiones de blanqueamiento de dientes, pulido y revitalización de encías, se hizo un tratamiento que hidrató sus cuerdas vocales enlazándole la voz (bastante molesto porque debía someterse a anestesia o soportar severas arcadas mientras actuaban dentro de su garganta), mantuvo las visitas de la depiladora, pero exigió un acabado más al ras que implicaba dolor al arrancar la nueva cera arenada, más perfecta pero mucho más dolorosa al momento de separarla de la piel. Le aterraba la aparición de algún vello que la afeara o peor aún fuera blanquecino o grisáceo. Se hacía las manos y los pies dos veces por semana y mantenía la perfección de los esmaltes.

Incursionó con éxito en la inyección de un colirio que le prestaba brillo juvenil a los ojos. Debía aplicárselo una vez por semana.

Los complejos vitamínicos y los tónicos capilares, las inyecciones de fitoestrógenos para mantener la tersura y tensión de la piel, los reconstituyentes dermatológicos, revitalizantes de tejidos de todo tipo decoraban su toilet. Andaba siempre en busca de aquella nueva pastilla que trabajara junto con ella remando, remando contra el tiempo.

En cuanto a los temas mayores, cada 6 meses iba a San Pablo a lo de su cirujano: afirmación de tetas, cola para arriba, botox, relleno de labios y mejillas con colágenos de última generación, algún toque de estiramiento. Esto no se lo ocultaba al Negro Mansilla que incluso algunas veces la acompañó, divertido con la coquetería de quien a su parecer no necesitaba afirmar nada, prietas y tensas las carnes por sí solas, pero queriendo darle gusto y cediendo a la vanidad incomprensible de quien no necesitaba ningún aditamento externo que afirmara su belleza perfecta, según él podía apreciar.

Paula experimentaba un cansancio, un fastidio difícil de disimular ante el estúpido parloteo de sus compañeras de country, agrupadas naturalmente por grupos etáreos: todas estaban empezando a tener hijos, o acababan de tenerlos y el cuidado y atenciones de los pequeñuelos eran el tema preponderante de interés. Paula debía fingir atención y entusiasmo ante una perspectiva que sabía imposible para su horizonte vital.

Sin embargo todo seguía bien porque ella estaba muy entrenada y simplemente siguió haciendo lo que venía haciendo desde hacía tanto tiempo.

Hasta que él lo insinuó primero, insistió después, explicitó por último: quería tener un hijo con ella. Sellar así su matrimonio, cumplir ese capítulo de su vida.

La declaración,la demanda entusiasta que le planteaba no le dejaron lugar a otra actitud que acompañarlo en su arrebato. Primero fue sorprendida, sabía que aquello estaba dentro de las posibilidades y había creído tomar recaudos para ello. No se lo imaginaba tan pronto. Pero, pensó, si hay que hacerlo que sea cuanto antes. Tenía ideas vagas al respecto: fertilización asistida, in vitro, cosas que había oído y nunca prestado atención, su cuerpo siempre prioritario.

Cómo hace una mujer de 46 años a punto de cumplir 47 años, entrando en la menopausia para tener un bebé?

El sexo siempre había sido bueno entre ellos. El nunca había decaído en su entusiasmo por ella que bien lo merecía. Y ella gozaba de esos amores tranquilos que le brindaba el cuerpo maduro de su amante esposo. Pero ahora todo eso se tornó en frenesí, primero cuando se propusieron procrear y luego de unos meses cuando no pudieron. Entonces acudieron a aumentar la frecuencia, probar ritos y ritmos, consejos y experiencias ajenas. Nada funcionaba.

El Dr. Marcelo Salustio tenía (y sigue teniendo) la consulta en una calle coqueta de Barrio Norte. Calle corta y con nombre de prócer de escarapela. Su prestigio en el campo de la fertilización asistida lo ha convertido en hombre de consulta de parejas frustradas en su paternidad no solo de Argentina sino provenientes de todo Latinoamérica. Concurren a la pequeña clínica que se encarga de hacer todo lo posible y necesario para que sean capaces de procrear aquellos a quienes las cosas no les vienen fáciles.

Un médico prestigioso, divorciado y codiciado apenas pasados los 40 años, es famoso en el ambiente del golf de Pilar por sus proezas amatorias, campo en el que su voracidad se da mano con la disposición de innumerables mujeres de toda condición que caen rendidas por sus preciosismos galantes, su seguridad profesional y aún el profundo agradecimiento por haberlas hecho mamás, cuando ya pasada aquella etapa concurren a hacerse controles post-facto, sólo para caer en las deliciosas redes amatorias del médico y Don Juan. Porque lo es, a la manera antigua, de aquellos que conservan para su archivo personal las “marcas” logradas, tanto en calidad como en cantidad, ¡imperturbable ante las nuevas reflexiones que desde aquellas vertidas por Don Gregorio Marañón en los años 20s vienen insistiendo en que tamaña obsesión con el sexo opuesto sólo encubre una afición para con los del propio. El Dr. Salustio no da bola a tamaños infundios y se preocupa sólo de añadir trofeos femeninos a su ingente, enorme cartera que acumula para quizás entibiar su vejez cuando y si ella llega.

Pero como además es el número uno en su especialidad, allí recalaron el Negro Mansilla Dorticós y su mujer en busca de consejo y asesoramiento: querían tener su bebé. Paula no había dudado cuando tras alguna averiguación con médicos amigos él le propuso consultar a la eminencia. Ella era una mujer inteligente y también audaz. Siempre había sido sana de manera que no había visitado muchos médicos en su vida, y la verdad no tenía muy en claro si podía o no tenerlo, y en todo caso si se trataba de un problema de óvulos, embriones, concepción o fertilización.

El médico los atendió con su habitual profesionalismo. Hizo sólo una mención referida a la fama de la bella Paula Alarcón, que se apresuró a declarar como “muy merecida” y felicitó al marido por la misma. El Negro estaba conmovido. Aunque los halagos por la perfección de su mujer no habían cesado desde que la hizo suya, éste provenía de un profesional respetado, y un hombre que si cabe se podía conceptuar como un experto en el tema. Veía todos los días mujeres jóvenes y maduras, deseosas de aparearse y procrear. Había atendido a muchas de las más bellas modelos y mujeres del país. Y obviamente estaba fascinado con la prestancia de su esposa. Mejor, que reventara y deseara, se dijo. Todo un homenaje que el Negro Mansilla se permitió auto realizarse.

Salustio, realizó una revisión de rutina pero en profundidad. Nunca dejaba de conmoverse ante la visión de una mujer bella y desnuda aunque estuviera apenas encubierta esa situación de dominio suyo, vulnerabilidad de ella por un delgado camisolín y el marido al otro lado de la puerta. Sus manos revisaron, sus ojos palparon. Sintió la tan conocida excitación del cazador. Que – sonrisa interior amarga y resignada – debería apaciguarse como mejor pudiera con alguna novia que tuviera a mano esa noche, porque Paula Alarcón estaba fuera de su alcance por hoy y al parecer por siempre.

Pasaron al consultorio nuevamente.

Les aseguró que el primer paso era realizar una serie de análisis biológicos y químicos sofisticados que permitirían conocer a fondo el panorama hormonal y glandular de ella. Lo de él era más sencillo – sonrió – le harían un análisis de sangre y debería pasar un rato “con las chicas de Playboy” – sonrió nuevamente esta vez ya un poco fuera de lugar – para obtener por vía manual una muestra de semen que sería analizado. A partir de los resultados de ambos, tendrían el panorama completo y determinarían un rumbo de acción.

Se retiraron con la larguísima orden de análisis a realizarse, que excedía en mucho los completos de sangre que se hubiera hecho ella en su vida.

 

CONTINÚA EL PRÓXIMO VIERNES.

Viernes 14 de Septiembre de 2007 00:00
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Diosa - Parte 4

Los anillos que le habían servido fielmente tantos años de pronto no le entraban, los dedos algo engrosados.

 

Y la falta de plasticidad en las costumbres: ahora iba al baño en horarios fijos, inflexibles: siempre después del almuerzo y la cena. No podía disponer de su tiempo si no pasaba antes por allí.

 

Los cambios sorpresivos bruscos e incontrolables de estado de ánimo también la preocupaban. Ya no podía contar con ese humor ágil, la sonrisa a flor de labios, la alegría por default. Debía ganársela, forcejear con la amargura o el rictus angulado que a veces se le escapaba y la sacaba de su rol establecido. Había leído, le contaban compañeras “mayores” del gimnasio que eran síntomas que acompañaban la menopausia, el retiro de la regla que había experimentado el año pasado, algo temprano a los 46 años, pero dentro de los patrones normales.

 

Las mujeres maduras se entretenían en ilustrar a “la pendeja” mientras acotaban: “Vos sí que no tenés problemas. Disfrutalo Paula, que no dura. Cuando te quieras dar cuenta cumpliste 40 y las cosas cambian. Todas para peor”. Y reían con sus voces cluecas, sabedoras, conocedoras ya por experiencia de todas y cada una de las miserias de la edad.

 

Paula, toda pilas y energía, reía y echaba el pelo atrás con gesto que seducía ya no a los hombres sino a muchas de sus compañeras de gimnasio y salón de belleza. Más de una albergaba deseos no confesados, o se acariciaba cuando sola pensando en la joven diosa.

 

Y las canas. Se teñía el pelo en forma exclusivamente personal, ése el peor de los testigos no podía quedar librado a la discreción de nadie. Pero ahora requería una sesión de tintura completa mensual a la que se le había añadido el cuidado de las raíces y “la raya” cada dos semanas. Su pelo crecía todavía con vitalidad y no cuidar esos detalles, la sola visión de una Paula con canas era impensable.

 

Y cada detalle debía ser atendido. Una mañana notó al peinarse frente al espejo que otra vez la piel de los antebrazos le colgaba. No era grotesco ni mucho menos. Pero como dicen, el diablo está en los detalles. Resignada programó una visita a su cirujano de San Pablo, discípulo y mejorador de las técnicas del mítico Pitanguy. Lo visitaba cada 6 meses, y él le aplicaba botox, reparaba pequeñas arrugas, estiraba cuando era necesario. En esta ocasión debería quedarse con su libra de carne, tomada de muslos y antebrazos que luego Paula tonificaría en interminables sesiones de gimnasia localizada.

 

En ese punto fue cuando se cruzaron los destinos.

 

Inmediatamente después de aquellas entrevistas con las dos grandes divas, cuando Paula estaba llegando a su cenit tan solo dos años después de haber emergido de la nada. Fue en ese momento en que la interceptó el Negro Mansilla Dorticós.

 

La cortejó en forma incansable, metódica, sin admitir ni la idea de una derrota, como había hecho todo en su vida. Le hizo llegar ramos de rosas rojas todos los días durante semanas, logró hablar con ella que se mantenía apartada, dedicada a su tarea profesional y fiel a su novio de aquel momento.

 

Pero todo aquello no era nada para el vendaval que él representaba y que lo antecedía siempre: una tormenta de energía que abría todas las puertas, torcía todas las voluntades, desde hacía décadas era la suya la que mandaba.

 

Y así fue también esta vez. Ella acabó rendida ante el impacto de su adoración sin límites. No es que le fuera extraño recibir ese tipo de homenajes de parte de los hombres, pero nunca de un hombre como aquel. Que no sólo era apetecible como tal, alto, moreno, delgado, con una mirada que taladraba los ojos de su interlocutor y un dominio de la escena solo comparable al que ella ejercía en su propia profesión. Un hombre de poder y seducción. Nadie había podido hacer nada para detenerlo cuando el Negro se proponía un objetivo.  Paula tampoco pudo. Y enseguida tampoco quiso resistírsele.

 

Empezaron a salir juntos y fue una vez más una fiesta para los medios. Ambos eran célebres: él en un círculo muy restringido pero de élite. Ella era adorada por el público que no sólo apreciaba su belleza y gracia sino que la había aceptado como reina del escenario de la sensualidad y la elegancia. Pasible de ser destronada, por cierto como todas, pero reina por ahora.

 

Así que la televisión y las revistas del corazón los persiguieron en sus escapadas: Brasil, las playas del Caribe y las más exóticas: Seychelles y Bora Bora. También en el invierno europeo se hicieron un festín con las fotos de aquella bella pareja: él un titán prototipo del varón protector y proveedor; ella la joven que tenía todo lo que una mujer puede dar en aquellos mejores años: belleza, buen humor, energía, vitalidad. Eran perfectos cada uno y en conjunto.

 

A los pocos meses, la pareja anunció su casamiento. La ceremonia se hizo en una estancia de la Provincia de Buenos Aires donde acudieron 2.000 invitados de privilegio. Muchos llegaron en helicóptero y las carpas lujosas los acogieron a todos.

 

La fiesta duró toda la noche, los novios estaban radiantes y bailaron hasta el amanecer. Ella estaba más linda que nunca. Cuando arrojó el ramo y se metió en la limusina con su marido, regaló a todos con una sonrisa de enorme alegría. Semejante felicidad la excedía y fue un regalo para todos.

 

Para el casamiento civil había exhibido un documento brasileño que acreditaba su nombre completo, Paula Merck Alarcón, oriunda de la ciudad de Rivera, nacida hacía 26 años. Cortesía de un antiguo amante, jefe de la policía local de aquella población hacía ya años, lustros. Estaba gestionando la ciudadanía argentina.

 

La luna de miel fue larga y la pasaron recluidos en una reserva tropical en las islas francesas de Polinesia. Cuando volvieron, lo hicieron en forma discreta y se instalaron en la enorme y lujosa casona del Negro en el Country Rinconada de Balbastro.

 

Comenzó una vida nueva, que es la que recorren las señoras jóvenes de Country y que ya hemos descrito. Paula la disfrutó a pleno. Participaba de todo y era aceptada como miembro pleno de esa comunidad pituca, exitista y mimada.

 

Pasaron los meses y estos se convirtieron en un año. De acuerdo a los deseos de su marido, ella fue desapareciendo gradualmente de los medios. A él no le gustaba que su mujer fuera un producto más de un mercado que conocía tan bien. Y ella consideraba que había llegado por fin, y podía darse una pausa. Ahora era el momento de descansar. Quería a su marido y él la idolatraba. El Negro Mansilla estaba embobado con la belleza y la juventud de su mujer. Había tenido decenas de jóvenes a su disposición y había hecho uso de ellas a discreción: su carrera como magnate de los medios masivos lo había puesto en ese ansiado “sofá del director” definido tan bien en Hollywood: el lugar donde las estrellas en ciernes pagan su tributo de rodillas ante el director, para luego pasar a desempeñar algún papel que las pueda catapultar a la fama. Todo eso y más había tenido Mansilla Dorticós. Infinitas bellezas, hoy actrices y estrellas reconocidas se habían puesto en posición y habían cumplido con sus deseos, los que fueran. Y otras tantas no conocidas, o que no llegaron pero igual pasaron por allí, por sus departamentos de soltero, sus yachts, sus viajes orgiásticos a Punta del Este anclando en la Isla Gorritti y haciendo del día una noche continua de alcohol, droga y sexo ilimitado.

 

Pero ahora había dado fin a ese largo, largo inicio de su vida. Estaba casado y amaba a su mujercita.

 

Su fetiche, el centro de aquel amor era por supuesto, el amor a sí mismo. Porque bien analizado, lo que más enorgullecía al flamante marido era tener una esposa no bella, no sólo bella, sino joven.

 

Se decía a sí mismo, y no le faltaba razón que todas aquellas pasadas e infinitas conquistas habían sido trueques en donde ambas partes daban y recibían. Ahora quería pensar y tenía todo el derecho de hacerlo, que había conquistado el corazón, el alma y la persona de una mujer deseada por todo un país, una joven que había decidido pasar su vida con él, amarlo, respetarlo y ser su esposa. No se le ocultaba, claro, que su posición en la vida había sido un factor clave. “Si fuera un boliviano, capataz de obra dudo que Paula se hubiera fijado en mí” bromeaba a veces. Pero dadas las cosas como eran, estaba orgulloso de su conquista. Después de todo, el último árbitro siempre es la biología. Y un hombre grande, maduro aprecia por encima de cualquier cosa la atención que le preste una mujer joven. El Negro siempre había tenido preferencia por la lozanía, la frescura de las recién salidas de la adolescencia. Incluso había atravesado algún problema legal hacía mucho tiempo tema acallado con una generosa compensación a la menor. Ahora, los 26 de Paula eran los años que consideraba adecuados para la mujer que compartiría su vida. Y que le daría con suerte, un hijo. El heredero deseado.

Viernes 7 de Septiembre de 2007 00:00

Diosa - Parte 3

por Santiago Ordoñez Zemborain

Sólo que no había mucho que averiguar. El producto era ella, y estaba a la vista de todos.
Paula estuvo arrebatadoramente bella, elegante y salvaje en  ambas entrevistas. Causó estragos entre la concurrencia tanto masculina como femenina. En esas dos ocasiones volvió a lucir ese atractivo feroz. Era evidente que lo tenía adentro como una bestia salvaje que dejaba salir cuando tenía voluntad de hacerlo. Y bastaba que ella se decidiera a mostrar esa energía exuberante, juvenil y madura al mismo tiempo para que enloquecieran los  presentes, nadie resistía ese volcán elegante.
Lo manejaba a su antojo,  y había decidido dejarlo salir durante esas dos ocasiones puntuales. Parecía decir: aquí estoy como cuando me conocieron, sensual y deseable como puedo estarlo cuando quiera.
Dejó trascender algunos datos escasos de su vida previa a aquel pasaje por la Tele que la había lanzado a su nueva vida. Era uruguaya, del departamento de Rivera lindante con Brasil. Había ganado algún concurso de belleza y actuado brevemente en su país de origen cuando se decidió a cruzar el charco y probar suerte – era una manera de decir, nunca tuvo dudas una vez que se lanzó y así lo hizo saber con una mirada  a la cámara entre pícara y feroz de hembra que sabe de su poder-. Su madre era una brasileña, dueña de una fazenda del lado brasileño, su padre ya fallecido un ingeniero agrícola de origen alemán que había vivido en la zona y había formado su familia allí. No abundó en detalles y los otros no ahondaron.
Cuando le preguntaron detalles de su vida actual, en particular la romántica, fue abierta pero al final no reveló más de lo que ya se sabía.
Cuando pasaron por sus gustos, dio toda una reseña y se explayó, gastronómicos, las vacaciones, las ciudades preferidas, la vida social, las fiestas, los viajes, todo. Allí sí se extendió con una comodidad mayor que cuando le habían pedido detalles biográficos.
Cuando Susana le preguntó la edad entre sonrisas cómplices y suspiros de envidia por su juventud, comentó que cumplía 25 en pocas semanas.   

Y allí, empiezan los problemas.

No para Paula, ni para su carrera que siguió viento en popa tras aquellas dos entrevistas consagratorias en que se llevó al televidente por delante con sus curvas y su personalidad chispeante.
No para sus relaciones profesionales que la vieron salir airosa de aquellas audiencias clasificatorias para entrar en las ligas mayores. Ni para sus contadísimas amigas que eran todas nuevas desde aquel surgir de la oscuridad. Ni para sus amantes porque no los tenía, era fiel fidelísima al “Negro” Mansilla Dorticós.
Los problemas ni siquiera se puede decir que empezaron allí, habían ido gestándose desde aquellas primeras imágenes angelicales en que como una diosa niña, un querubín de labios carnosos y mejillas arreboladas había sido vista durmiendo semidesnuda en la TV, o toqueteándose febrilmente, casi una adolescente presa de sus hormonas en noches inquietas pero no solitarias ante las cámaras mudas, testigos permanentes.

Porque Paula tenía 46 años. Iba para 47.

La naturaleza la había dotado desde muy temprano con un atributo por el que cualquier mujer pagaría cualquier cosa: parecía joven, increíblemente más joven que lo que su edad biológica indicaría. Algún gen preponderante bien colocado en su ADN, herencia quizás paterna de aquel vikingo del norte, su nombre completo Paula Merck Alarcon, hija de alemán y brasileña o su madre alguna impensable combinación colonial.
En todo caso la naturaleza había operado un prodigio con ella desde un cierto momento en que pareció dejar de envejecer. Quizás a los 24 o 25 hizo pico su belleza, su cuerpo maduro y voluptuoso se quedó allí, su rostro dejó de evolucionar y quedó conservado, inmóvil,  establecido y permanente en una belleza joven, sabia, conocedora de su potencia. Y que no decaía.


Claro que a la naturaleza hay que ayudarla. Y Paula jamás había dejado de hacerlo. De manera denodada, admirable, esforzada hasta lo bizarro. Había comprendido lo que Dios le había dado, el privilegio que le había sido conferido y tomado las medidas necesarias para conservar semejante patrimonio.

Se dedicaba hacía ya más de cuatro lustros a una disciplina corporal y de tratamientos de belleza que excedían con mucho incluso aquellos a que se someten las mujeres más coquetas, más dadas a luchar contra el tiempo.

Hoy día se sabe, toda cuarentona, más aún cincuentona tiene el potencial de convertirse en una Diosa.

Las edades han desaparecido, o casi. Allí están los ejemplos de dos o tres vedettes, de una cantautora, de más de una política de enorme relevancia que bien ingresadas en sus sesenta no serían rechazadas por ningún varón bien plantado. Cualquiera las tomaría  en cuanto se presentara la menor oportunidad.

Los elementos están allí a disposición de quien quiera usarlos y tenga la voluntad: dietas bajas en calorías y que no exigen al cuerpo dispendio de energía para digerir la comida, complejos vitamínicos verdaderos cócteles que revitalizan la piel, entonan y fortifican el cabello, dan brillo a los ojos, generan fluidos corporales que facilitan todo. Cuidados médicos detallados para quien pueda pagarlos que advierten de peligros,  evitan malos hábitos, precaven de errores, asisten y  recomiendan cómo actuar en cada instancia desde todos los ángulos para hacer lento el reloj del tiempo, detener o retrasar hasta lo increíble la biología del envejecimiento corporal.

Y además los gimnasios, las rutinas, las sesiones interminables, durísimas de ejercicios diseñados para tonificar cada músculo, cada tendón, cada pliegue de la piel. Rutinas de una exigencia atroz que otorgan una sola recompensa ante tanto esfuerzo: el goce narciso de una belleza, una juventud intemporal.

Y claro también el quirófano: lipoaspiraciones, botox, estiramientos, implantes en las mamas, los labios, los pómulos. Sacar, quitar, extraer, eliminar todo lo que sobra y denuncia años. Poner, implantar, fundar, adherir  todo lo que abulta y resplandece  mostrando la turgencia, la audacia de la juventud.

Y la mente también. El entramado de controles mentales y emocionales que generan los estímulos adecuados de las glándulas que a su vez producen dopaminas y serotoninas, ferinas y logotropinas si se las excita adecuadamente. La generación de antioxidantes y rejuvenecedores pituitarios en forma abundante y continua.  Y la represión indiscriminada del cortisol y los radicales libres, los inhibidores y los glucol aldehidos tan dañinos.

Todo llevado hasta los límites de la propia seguridad vital. Y las técnicas orientales u occidentales y mixtas fusionadas que permiten tamizar los malos efectos de todo aquello que nos afecta, enferma, hace daño y lastima. Así, entrenarse para filtrar todo aquello que de negativo nos rodea y dejar pasar, en forma natural la luz, la energía del sol y el cuerpo astral para que nos nutra y purifique todo el día, todos los días.

Paula Alarcón venía siendo íntima de estos procedimientos desde hacía ya veinte años. Había tenido el buen criterio de no dejar su suerte librada a aquel genoma maravilloso que la hacía permanecer joven exteriormente. Había hecho su tarea y ayudado a la naturaleza.

Desde el principio había sido totalmente inflexible y rígida, controlada y eficiente en la gestión y el mantenimiento de su apariencia: todos los regímenes de alimentación, todos los consejos médicos que podía captar y le parecieran lógicos.

Había decidido que el milagro que la naturaleza le había prodigado debía ser apoyado con todo lo que ella pudiera hacer para complementarlo.

Horas y disciplina en los gimnasios incluso hacía años, cuando no era todo tan fácil ni popular ni en la esquina de casa como ahora.

Había vivido para ser joven siempre, y esperar su momento. Solo que en eso la suerte había sido algo esquiva: su momento había llegado en aquel largamente recordado Gran Hermano. Habían desfilado  casi 30 años desde sus comienzos artísticos en un pueblo perdido en la frontera uruguayo-brasileño. Casi veinte transcurridos en algunas ciudades del interior de ambos países como Curitiba, Rivera, Pauí. Incontables oportunidades perdidas por mala suerte, o porque los escenarios no eran los adecuados para ella que era una belleza de primer orden, mucha cosa para aquellos  tablados modestos y sin embargo esquiva la fortuna y sin aparecer quien la pusiera adonde podía y debía haber estado desde mucho antes. Había llegado casi en el último momento, cuando ya empezaba a notar que cada vez eran necesarios más cuidados, con mayor frecuencia. El don que había recibido se iba agotando, la naturaleza iba tomando su curso  y la ilusión requería crecientes esfuerzos por parte de ella.

De manera que cuando llegó de manera tan espectacular y rápida a la cima ya era una mujer madura, endurecida por dentro y conocedora de todas las miserias de la vida. No había pasado desapercibida para tantos hombres como los que  había cruzado en aquellos arrabales de sus años mozos. Pero no por ello amargada ni mala ni perdida la inocencia cuando quería vestirla, ni sin ideales o cínica. El advenimiento de aquella fama y reconocimiento la había hecho feliz. Era por lo que había luchado toda su vida. Lamentaba que le hubiera llegado tarde, pero celebraba que estuviera allí, por fin.

Y ahora, la consagración de su carrera la encontraba en un punto en que – se decía a si misma, siempre voluntariosa y optimista – debía extremar las precauciones y los trabajos tanto físicos como mentales para conseguir el objetivo y seguir retrasando…retrasando  lo que habría de venir alguna vez, sabía que era inevitable. El regalo había sido grande, enorme, y había podido disfrutarlo por dos décadas, pero al final la cuenta de los años llegaría. Estaba llegando. Lo notaba: su voz cada tanto enronquecía, las manos – esas soplonas, traidoras siempre, delatoras de la mujer madura- parecían invulnerables ante los tratamientos de cirugía que hacían lo que podían pero no con las manos, no tan perfectamente como con el resto de su cuerpo. Y la sequedad, en la boca, en los ojos que requerían constantes lágrimas oculares. Y la de abajo también.

 

EL PRÓXIMO CAPÍTULO EL VIERNES QUE VIENE.

Viernes 31 de Agosto de 2007 00:00

Diosa - Parte 2

por Santiago Ordoñez Zemborain

La chica era hermosa. Descomunalmente bella.  Un hembrón infernal. Yo que la conocí, quisiera transmitir lo que uno sentía al verla y pienso en una mezcla digamos de esas morochas abundantes y generosas, no totalmente latinas sino bellezas universales, el rostro perfecto, seriamente sensual. Un cuerpo impresionante: más de un metro setenta. Todo bien y regiamente dispuesto, copioso y firme. Un lomo interminable, caderas anchas y poderosas. Sostenido todo en dos piernas larguísimas, torneadas y prietas de carne donde no sobra un pliegue. Pero sin duda y por eso vuelvo lo más notable era su cara, perfecta de madonna renacentista, y en ella una  mirada inquietante. Nadie pudo nunca permanecer ajeno a su presencia, estuviera  uno cerca o lejos de ella. Y si la diosa clavaba su mirada en un hombre…este se convertía en una mariposa a la que clavan en un álbum de coleccionista: allí te quedabas. Quietecito. Mientras ella lo dispusiera.

 

Su atractivo, el magnetismo que despedía era automático, nunca conocí una mujer que causara tal devastación masiva entre los hombres que estuvieran alrededor. En una reunión, una cena, una fiesta, vestida para jugar al tennis, en bikini, o vestida de largo. En cualquier situación, lugar o circunstancia, todos sabíamos que ella era el centro de nuestros pensamientos. Los hombres se rendían a sus pies sin siquiera pretender otra cosa. Las mujeres sabían,  simplemente sabían que ella era de otra galaxia. Ni pensar en competir o siquiera acercársele. Suspiraban por lo que no habían podido ser ni serían nunca.

 

Ella aceptaba como la Diosa que era el tributo que todo el mundo le rendía a diario. Irrumpió en la vida de los argentinos como una exhalación. Un cometa que se instaló en todas las pantallas, las revistas del corazón, las vallas publicitarias. El país estaba embobado con ella.

 

Había aparecido en Buenos Aires para la época de la crisis, año 2002 aproximadamente. Inmediatamente se hizo conocer. Participó de un programa tipo Gran Hermano de aquella época, donde se la vio balancear a la perfección la sensualidad de todo su accionar, el abierto desparpajo con que lucía sus encantos –y toda ella era encantadora y sublime- con algunos límites que la diferenciaban de la desesperada chabacanería de sus competidoras.

 

Fueron 85 días en que todo el mundo la vio comer, hablar, cocinar,  dormir, flirtear, besarse, acariciar y hasta compartir alguna escena amorosa y cuidadosamente audaz primero con uno y después con otro de los jóvenes de la “Casa”. Al final lo hizo con la última de las adolescentes que quedaban. Pareció que la devoraba cuando la atrajo hacia sí aparentemente desentendida de las cámaras. Una mantis poderos, madura, irresistible. Aquellas escenas de amor últimas desencadenaron la locura colectiva y el desenfreno admirativo. Su sensualidad se instaló en la ciudad como un halo húmedo, ligero y contagioso pero imposible de resistir.

 

Nunca olvidaba la cámara. Eso hablaba de un profesionalismo que pudo haber dado una clave a quienes miraban el programa. Jamás olvidó donde estaba,  ni dejó de actuar para el público. Nada de efecto acostumbramiento a la cámara o la convivencia forzada con los otros palurdos, ni de relajar la autodisciplina. Se había propuesto seducir a un país y lo logró con un férreo control de sus emociones durante casi tres meses. Su cuerpo fenomenal ayudó, claro está. La torpeza infantil de sus competidores y “compañeros de la Casa”, colaboró en su fácil triunfo, por supuesto. Pero la clave estuvo en su mente siempre enfocada al objetivo, al que se había fijado y al de la cámara. Nunca un acto casual o una oportunidad perdida, nada dejado al azar. Hasta cuando dormía y se acaloraba, la manera en que la sábana caía casualmente, dejando ver aquellos muslos interminables, los pies siempre perfectamente cuidados parecía que algún director interior la estuviera previniendo, preparando para que la escena fuera reveladora de la incandescencia, la fuerza sexual y al mismo tiempo tierna que llameaba en su interior. Y si la cámara subía hacia su rostro dormido, encontraba un mechón de pelo oscuro que le cruzaba la mejilla de manera audaz, una sonrisa que aunaba delicadeza, juventud, inocencia. Quizás soñaba -¿y con qué sería?-. Indefensa y vital, aún en esos momentos recogía de los televidente un afán que los dejaba sin aire… sin olvidar que en aquel trayecto desde la sábana caída hasta el rostro sugerente, había que pasar por el torso donde muchas veces el bretel de la breve ropita que lucía se había corrido y una curva generosa dejaba ver el pezón oscuro, pequeño, turgente. Quizás, a veces, con un movimiento involuntario, dormida, dejaba lugar sólo un instante para aquella visión alucinante. Suave, casual, firmemente abría la ventana para cerrarla y subir el suave tejido, inconsciente en su sueño, dejando al espectador con una visión rápida, escasa, mortificante de aquellos tesoros.

 

Ya mucho antes de que ganara el Concurso, tenía todo tipo de propuestas profesionales. Las acogió con sorprendente madurez. No se abalanzó como harían otras antes que ella, y después. Fue prolijamente escasa, siguió siendo un bien deseado porque era trabajoso conseguirla, había que buscar para poder verla en la televisión y las revistas aún depués de que saltara a la fama.

 

Se fue labrando un prestigio, una imagen pública en que se aunaban desparpajo juvenil, la atracción puramente sexual que despedía con naturalidad, innata elegancia que le permitió modelar para modistos de alta gama, y una personalidad muy atrayente.

 

Fue evidente desde el principio que era de otra clase. Paula Alarcón no iba a ser una más de aquel montón de modelitos, pura carne amontonada, miradas grotescamente sugerentes, falsa audacia, grito histérico y besitos grotescamente lésbicos con un ojo para el público. No iba a ser una de aquellas, elevadas, usadas y olvidadas, devoradas por el sistema en el año calendario de la TV, de abril a noviembre.

 

Hizo, eso sí la “carrera de honores” que corresponde a las que se encumbran por los carriles de la fama: tras aquella “Casa” que la dio a conocer participó en programas de chimentos aunque como se apuntó más arriba, accedía a muchas menos invitaciones de las que le formulaban. Se diría que se preservaba, controlaba su ascenso meteórico para no aparecer devorada por las llamas poco después. Manejaba sus tiempos.

 

Incursionó enseguida en la actuación: participó en varios unitarios, colaboró con alguna novela. Estas resultaron actividades en que destacó poco. Fue la cara de una tienda española de ropa femenina que se radicó en el país al año siguiente, lucía vestidos de día y de cama, su cuerpo esbelto y cada vez más sugerente descansaba sobre el capó de autos deportivos europeos, seducía desde vallas que promocionaban perfumes o champagne. Encarnó, mientras estuvo en la mirada pública una mezcla perfecta y explosiva de categoría y clase, con una sensualidad irrefrenable.

 

Paula tuvo una carrera meteórica y en dos años era una de las referentes importantes del glamour argentino. No se conocían detalles de sus amores no porque no los tuviera o los ocultara sino porque no hacía gala de ellos. Salió primero con un productor de TV, separado y mayor que ella. Después con un jovencito desconocido aunque de familia importante fuera del ambiente del “show business”. Por último empezó a salir con regularidad y se declaró de novia. Viajó de vacaciones al Caribe, o a modelar en Europa con un hombre decididamente mayor, pasados largamente los 50 años, rico y dueño de un multimedia, soltero de toda la vida. El “Negro” Mansilla Dorticós estaba orgulloso de su adquisición. Aunque jamás osaría hablar de ella en esos términos, el respeto que sentía hacia Paula lo hubiera impedido. Estaba enamorado de ella.

 

El Negro se ajustaba casi totalmente al patrón de los que “se llevan” a las beldades para su casa: enormemente pudiente y poderoso, mayor, sólido, estable, inteligente. Nunca había estado casado y ahora quería tener un heredero. No sólo –se decía a si mismo- para tener alguien a quien dejarle su imperio. También quería incorporar la dimensión de la ternura que nunca había sido una emoción presente en su vida: era un hombre que se había hecho sólo y desde muy abajo. Para lograr tal  cometido había que tener, o forjarse un corazón de piedra. Mansilla Dorticós lo había hecho. Nada se había interpuesto eficazmente entre su arranque en la vida, muy lejos de la pole position y el objetivo final de poder, riqueza, control y dominio. Todos los obstáculos habían sido barridos con energía demoledora e inteligencia al servicio de su pasión de crecer y prosperar. Así que cuando le llegó el momento de cierta paz en las alturas, sus empresas bien consolidadas, cuentas en Suiza que le garantizaban seguridad para siempre, dominio de los poderosos políticos de turno, vinieran de donde vinieran, quiso más. Y lo que quiso era una familia.

 

Entretanto Paula seguía su carrera. Su posición estaba firmemente cimentada en el panorama nacional de las modelos. No era “top top”, las había más novedosas, más osadas, más clásicas. Pero nadie podía prescindir de su presencia. Y cada día estaba más linda, su cuerpo nunca dejó de volverse más y más sensual aún cuando protagonizara escenas o publicidades que no requirieran específicamente aquel componente. Paula era sin duda una de las jóvenes más atractivas del panorama artístico y de los famosos de aquellos primeros años del siglo.

 

Su oficialización, el momento consagratorio como figura de importancia fue la invitación a los dos programas clásicos de siempre y toda la vida: el de almuerzos y aquel otro en que la Gran Diva Argentina se sienta en el sofá con su invitada y le pregunta lo que todos queremos saber y sólo ella logra –a veces- averiguar.

Viernes 24 de Agosto de 2007 00:00
COUNTRIES

Diosa - Parte 1

por Santiago Ordoñez Zemborain

- Querido, mi amor. Negro mi vida, tengo algo que decirte, vení- y lo arrastró hacia la galería que rodeaba la casa. La vista era imponente todo pasto verde inglés, a lo lejos el lago y los greens de golf del Country Rinconada de Balbastro. Uno de los top ten (más bien top three) de la zona sur, a pocos kilómetros de Capital. 

- ¿Si, Gordita?¿Qué tenés tan importante?  Decíme querida. En un ratito me voy, tengo un torneo  de golf- la abrazó cariñoso, siempre pendiente de su mujer, enamorado, las manos siempre encima de ella.

- Pero esto te va a hacer perder el torneo, no te vas a poder concentrar- le dijo pícara. Su mirada.  Tantas veces objeto de comentarios y disquisiciones públicas y privadas, la sensualidad que despertaba,  su cuerpo apenas cubierto por una delgada túnica de tela india en el calor de la mañana de verano. Irresistible. Como siempre.

- ¿No adivinás? ¿Cómo me ves? – y dio una vuelta completa modelando, seduciendo, no aflojando nunca el lazo pasional y erótico que los unía.

- Verte…divina como siempre mi vida. Estás para cualquier cosa. Yo no sé cómo hacés pero me volvés loco. Me vas a hacer quedar. Largo todo y dejo el golf - le dijo serio, con una sonrisa.

- Estoy embarazada, mi amor. Por fin. Por fin lo vamos a tener.
Él empezó a temblar y después a sollozar quedamente. Iba a ser padre por fin. Por primera vez y a esa edad ella, la diosa joven le iba a dar un hijo.



¿A dónde van cuando desaparecen las diosas divinas que cual cometas aparecen desde algún lugar del cielo, arrebatan nuestra atención, nos imponen sus cuerpos y rostros perfectos, logran que querramos saberlo todo sobre ellas? Esas que se nos muestran y ofrecen, las que pasean semidesnudas, acariciándose el pelo y mirándonos a los ojos, en cuanto medio gráfico o televisivo o publicitario nos ronde. Las que durante un tiempo constituyen “el material del que los sueños están hechos”. Las que salen de la nada y un día están con todos nosotros para no dejarnos dormir, o no sin ellas, o un sueño no tranquilo, irrumpir en nuestras fantasías, enamorarnos sin posibilidad alguna, perdernos por ellas.


¿A dónde van cuando no las vemos más? Cuando culmina la parábola que describen en el cielo y –no menos adorables que antes, llenas de dones para quien las tenga cerca- dejan de ser visibles para todos nosotros o parecen extinguirse abrasadas en su propio fuego.

¿A dónde van? Es una pregunta retórica: yo conozco la respuesta.

Algunas, una ínfima minoría, cada década quizás una no se eclipsan ya nunca más. Siguen una carrera siempre ascendente y se convierten en figuras permanentes de este medio, un país generoso que alberga divas y diosas, íconos sexuales de 70 años. Sólo en Argentina….en fin.
Otras no van a ningún lado. En algún momento, demasiado pronto se pierden en los abismos del vicio o la oscuridad, terminan en burdeles de lujo, figurando en books de platino, después oro y por último figuras lastimosamente provocativas en sitios de “escorts” en internet, indiferenciadas ya de la carne abundante que se ofrece por 30 dólares la hora, o hacen carrera en los suburbios, se van alejando más y más de las luces del centro hasta terminar quizás en Paraguay o Panamá o Ceuta y Melilla, o en casas oscuras en las rutas de Europa, distracción y descanso de camioneros belgas. Se corren, dan lugar a nuevas camadas de jóvenes ansiosas de salir, ellas también, del anonimato y brillar aunque sea

fugazmente.

Pero la mayoría, el grueso de esas diosas, las que encarnan la fantasía de cada momento, las que sintetizan nuestros deseos más complejos, esa mayoría va  a parar a un solo lugar: tras desaparecer de la imagen visible, traspasan las barreras y garitas y recalan en los Countries. Allí, dejan de ser figuras públicas y pasan a manos privadas. Ya no alimentan a esa platea insaciable y voluble que a su vez las olvida rápidamente para volcarse a la imagen nueva que viene a reemplazarla.

Se casan con -otros dicen se consiguen un– “poderoso empresario”. Un hombre de dinero, no necesariamente un millonario de fábula pero sí quien les puede proveer un estilo de vida que siempre vieron como patrimonio de otras mujeres, de las que viven en las novelas, no el  de ellas que suelen provenir de clases medias o bajas.

Terminan haciéndolo todo, viviendo la vida del country, integradas, parte indisoluble como si siempre hubieran sido de allí: partidos de tenis, o golf, hípica a veces, reuniones sociales y de mujeres para jugar a las cartas, cursillos sobre Deepak Chopra, metafísica al alcance de todos, control mental, yoga, a cargo de profesores itinerantes que recorren los countries. Y gimnasio, pilates, body building, peluquería, masajes faciales y corporales, cama solar. Manía, frenesí y acción continua en primavera y verano, melancolía opulenta en el otoño e invierno. Viajes con el marido y con parejas amigas a Brasil, el Caribe, ocasionalmente Europa.

Terminan también teniéndolo todo, casonas estilo californiano con galerías, piletas olímpicas, camionetas cuatro por cuatro,  perros de raza con pedigree oficial, hijos rubios de pelo largo o si son morochos también perfectos. Cuidados y atendidos  por sus nannies hasta que ingresan –temprano– en colegios ingleses de la zona. Mucamas y jardineros, cocineras y niñeras, personal de servicio que hace lo necesario para que ellas no se molesten. También, a veces, amantes hedónicos cuidadosamente elegidos, mantenidos a distancia para no poner en riesgo la posición ganada.
Allí es donde terminan, donde se esconden de una buena vez tras habernos deslumbrado por un breve año, o dos. No todas claro, siempre hay destinos más crueles, o benévolos, las cartas de la vida nunca se reparten uniformemente.

Pero se puede decir que la vida de Country Club es el destino esperable, el que  tienen derecho a aspirar las estrellitas, diosas que corporizan, encarnan, durante un tiempo, las visiones de los argentinos para luego convertirse en las señoras, bellas señoras de un countrista prominente.
Y hay una razón para este destino común: ellas lo quieren, y ellos las quieren a ellas. Hay en nuestro país –seguramente en otros también existe un perfil parecido– un tipo de hombre que llega a los 45, o 50 años y ya ha transitado hace mucho el primer matrimonio. O nunca lo hizo.

Tiene “la vida hecha”, hijos grandes, divorciado hace tiempo. O solterón que se ha mantenido invicto.  Se dedicó intensa e inteligentemente a sus negocios, supo medrar y hacerse rico. Hace años ya que conoce todo sobre la noche, las salidas, el desenfreno y los placeres de la soltería en la madurez: con plata, auto y country, un hombre es, hoy en día, un galán irresistible. Las mujeres han cobrado consciencia de su vulnerabilidad. Se dieron cuenta hace ya tiempo que las cosas salieron distintas de cómo les habían dicho: ¿querían liberación femenina? Pues la tuvieron y ahora no saben cómo volver atrás porque con el combo de libertad e igualdad, vino muchas veces la soledad… ¿Quién las cuidará, quién las mantendrá cuando el esposo las dejó, o se hacen menos lindas, o envejecen aún un tantico asi? Hoy pasados los 30 o 35 son unas viejitas, y mejor tener el circo armado porque sino sólo queda ir los jueves a bolichear trágicamente a ver que se puede  pescar, en general nada que exceda una noche o dos.

Así es que nuestro galán maduro es como un cazador equipado con rifle y escopeta disparando en el zoológico: puede elegir su presa, todas están disponibles, se venden por una cena esperando que esta vez, esta vez sí….

Pero todo tiene su final y el hombre llega a esa edad en que quiere formar “una segunda familia”, o “una familia” a secas, se siente solo, harto de partuzas y fiestas desenfrenadas, todos los excesos ya cometidos, probados y desgastados por el uso. Y allí se pone, a veces inconscientemente a buscar una compañera que lo haga transitar por ese tramo tan  importante de su vida amorosa. Que si bien carecerá de la gloriosa inocencia, el encanto e ingenuidad de las primeras parejas que formó,  tendrá otra cosa a cambio. El hechizo de poseer una mujercita joven y bella a quien amar y tolerarle caprichos. Ella sí sabrá desde el principio de quien es todo lo que de material los rodea. Ella actuará también en consecuencia agradeciéndole la nueva vida que el vierte generosamente sobre ella.
Es, si se quiere un trato más honesto, sin ninguna duda uno más claro: él aporta los medios para una vida de placeres continuos, rodeados ambos de lujos y comodidades. Ella tributa su belleza, su juventud que regalan los ojos y los sentidos del marido maduro. Todos contentos.
Casi todas estas historias tienen final feliz. Sino espléndidamente por lo menos razonablemente. Las parejas se consolidan, vienen los hijos, las chicas dejan de serlo y los maridos maduros envejecen. Juntos. También hay divorcios, más o menos complicados, más o menos venturosos.

Algunas, sólo unas pocas de entre todas, marcan un rumbo de dicha plena para la afortunada que asciende, se integra, y ya es parte de aquella alta sociedad de los countries, ya no más una advenediza sino ella misma quien juzga y aprueba y dictamina. Después sigue haciéndolo hasta llegar a paraísos solo soñados de prestigio, riqueza y felicidad.


Otras de esas historias en cambio, devienen tragedias por el imperio del azar y las malas circunstancias.

 

  • CONTINUA EL PRÓXIMO VIERNES.
Viernes 1 de Junio de 2007 00:00

Juego de Rol - ÚLTIMA PARTE

por Santiago Ordoñez Zemborain

“Allá por los años 30 cuando mi padre, don Torquemada de la Cruz – se permitió una sonrisa en recuerdo de su padre – concibió el concepto del Highland, éste era otro país. Era fácil saber cual era la gente bien, y quiénes los que solamente  querían meterse donde no les correspondía. La Seguridad se tomaba como algo dado, los negros no estaban alzados, sabían respetar. Ni existían los cabecita negras, las villas. Y sin embargo el Viejo entrevió lo que iba a llegar e inventó de la nada el concepto: este Country cuando no existían en el país, ni en América.  Los dos pilares en que se basa el Highland son: gente seleccionada y seguridad total adentro del perímetro. Después nos han copiado: los cientos de countries de diverso pelaje que han surgido, Punta del Este, Cariló, Pinamar, ahora Mar de las Pampas. Todos ofrecen – quieren ofrecer y hacen lo imposible – esas dos cosas, las más preciadas: exclusividad y seguridad.


Bueno, mi querido yerno – te puedo llamar así no? Pronto lo serás – al final a todos nos pasa lo mismo: descubrimos que no existen ni la  exclusividad ni la seguridad. Son espejismos. Son cosas que los socios quieren creer. Se engañan, quieren que los engañen, que les mantengan el engaño: una vez transpuesta la cerca, la puerta, la entrada quieren creer que todo es distinto. Te fijaste cuántos countries tienen a la entrada el mismo cartel: “Bienvenido. Usted ya ha llegado”. Sugieren, confirman: “Has llegado, podés dejar de preocuparte. Estás adentro. “
 
Cuando “has llegado” querés creer que las cosas horribles, las que pasan en el mundo, en Argentina, no pasan acá. Son cosas que le ocurren a otra gente, gente de nivel inferior, poco refinada, gente grosera que es económica y moralmente inferior. Adentro del Country eso sencillamente no sucede.

Todos consumen, consumimos ilusiones. Y los que las compran están encantados. Por eso es tan fácil convencerlos de que se callen cuando han sufrido algún inconveniente.-

- Discúlpeme Don Santiago: algún  “inconveniente” vendría a significar supongo una pequeña violación, un asesinato ligero, asaltos a mano armada bienintencionados.- me vi tentado de provocarlo e interrumpir su discurso.

- No te burles de mi, Alberto. Vos me seguís bien. Pasa de todo, como en el país. No podés erigir una frontera de alambre, dejar entrar a 3000 tipos con sus familias, sus miles de sirvientes, los obreros, jardineros y contratistas todos argentinos y algún paraguayo también. Y pretender que adentro de ese caldo de cultivo no pase lo mismo que afuera. Sumále que tenemos gente que se cree inalcanzable, fuera del control de la ley. 

Todos quieren lo mismo: entrar y dejar afuera los problemas. Te lo digo de otra manera: nuestra tarea, la mía, es lograr que ese sueño colectivo, esa auto-hipnosis no se quiebre. Saben, sospechan, oyen. Pero no quieren ni saber, ni oir. Y cuando les pasa a ellos o a alguien cercano se convencen de que es algo singular, que es un caso excepcional. No debemos quebrar esa ilusión. No le hace mal a nadie y proporciona una gran dosis de felicidad a nuestros socios. Son gente con grandes responsabilidades, enormes presiones. Tienen derecho a gozar de tranquilidad en su Country. Es lo mismo en todos los countries, en todos los balnearios exclusivos, en los resorts de sky.

¿Vos te creés acaso que no hay Carpetas Confidenciales XXX en Cariló, en Punta del Este, en todos y cada uno de los Countries por más “high level” que sean? No seas ingenuo. La gente viene acá y se imagina que salió de la Argentina. Otra gente parecida va a Punta del Este y cree que entró en Suiza. Si vieras lo que realmente acontece allá…Y ninguno de ellos es tonto, creen porque decidieron creer. Sólo que nosotros lo hacemos mejor. Aquí no pasa nada, y si pasa no se difunde.

Vos les querés quitar esa felicidad exigua y decir la verdad a los cuatro vientos. Una verdad. ¿A quién le hará bien esa verdad? Salvo a tu ego y tu carrera, a nadie.
Los romanos decían: lo que no está en el papel, no está en el mundo. Te ruego que te olvides de esas carpetas, y nos ayudes a realizar nuestra tarea”.

Sonaba episcopal, como un predicador, un sacerdote trabajando por la felicidad de sus feligreses. Solo que éstos eran los ricos y poderosos, no los pobres del mundo. Hipócritas, mentirosos  y guarangos, ricachones falsamente aristocráticos que con sus desplantes pretendían llevarse al mundo por delante. Vivían del engaño. Y – ahora lo descubría – penosamente se engañaban a sí mismos. Se ocultaban la verdad entre ellos para vivir una charada durante un mes por año y transportarse a una belle epoque hace mucho desaparecida en que las clases bajas eran sumisas, y los ricos ni se notificaban de la existencia de los humildes, sólo se servían de ellos. Estos socios, no eran la crème de la crème cómo gustaban de verse a si mismos, sino el pozo, la borra del café, la hez de la Tierra que se juntaba en Enero para autocongratularse. Y me pedían a mí que callara. Estaba furioso por la soltura con que este hombre poderoso me pedía que lo ayudara a ocultar la verdad. Una mentira sostenida por los complacientes “3001 mejores”.  Máxime cuando mi profesión, el periodismo  consiste en dar a conocer dicha verdad. Me indignaba su pedido: que lo ayudara a realizar su tarea, a mentir para proteger a su cofradía de opulentos parásitos.



No, yo iba a destapar ese nido de víboras. Iba a hacer supurar la cloaca maloliente y la verdad los cegaría. “Lo siento por su sueño mentiroso chicos, pero esta es la realidad”

Don Santiago se paró, caminó hasta la puerta y salió. Volvió con el engendro engominado: el  Dr. Santibañez Urdapilleta. Este traía una carpeta consigo. Un cartapacio de cuero oscuro.

Se sentaron: Don Santiago en la cabecera, yo quedaba a su izquierda y el Dr. enfrente mío a la derecha del Jefe.

- Lea por favor, Escribano- ordenó Don Santiago.

“En “la población urbana constituída” de Highland Over the Sea Sport and Social Country Club, municipio de General Madariaga, Provincia de Buenos Aires, a….- consultó su reloj, y completó con su estilográfica la fecha – 17 días del mes de Enero de 2005.

Por una parte Santiago De la Cruz Belaunde Briggs – el Viejo le había dejado su nombre, si bien le había perdonado el “Torquemada” – …sus datos personales, hábil de mi conocimiento doy fe, en su calidad de Presidente del Consejo de Dirección del Country Club de nombre coincidente con el mencionado ut supra, y por otra el Sr. Alberto Scalabritti….sus datos personales, hábil de mi conocimiento doy fe, declaran:

El Sr. Belaunde Briggs que en nombre y representación del antedicho Consejo de Dirección, otorga en donación irrevocable, sin cargo ni costas para el recipiendario:

1) Una acción del Highland Over the Sea Sport and Social Country Club  por el plazo de 99 años a partir de la fecha y
2) La escritura y total propiedad de la finca ubicada en la parcela número 10, delimitada por las calles Alelí, Alerce, Ceibo y….-  acá que ponemos Don Santiago? Es la costanera. – Ponga “el mar” como cuarta delimitación de la finca- acotó el Jefe. “…y el mar”. El terreno tiene una superficie de una hectárea, 10.000  metros cuadrados con frente sobre el mar de 60 metros. Sigue la denominación catastral. La finca construida sobre dicho terreno data de 1998 y se entrega con su equipamiento completo. Siguen datos de catastro de la finca y artículos de forma. La duración de la donación es también por 99 años al fin de los cuales la propiedad y la acción retornarán al Consejo de Dirección del Club.
3) La exención por el plazo de 99 años de la obligación de pagar expensas o gastos comunes, sean estos ordinarios o extraordinarios o de cualquier tipo.

Firman los Señores Belaunde Briggs y Alberto Scalabritti en señal de conformidad y yo como Notario, doy fe cerrando de esta manera la presente escritura.
Terminó de leer el Dr. Escribano Santibañez Urdapilleta y alzó la mirada, tendiendo el documento para que lo firmáramos.

Un subidón. ¿Sabés lo que es un subidón?

Si nunca te “colocaste” con heroína no podés saberlo. Yo la había probado una vez por conocer, hace años. Un “shot” de heroína…es lo más fuerte que hay en el mundo. Son dos, tres minutos en que ves el cielo. Estás en el cielo. Entendés todo lo que pasa, pero lo ves desde tan, tan arriba que nada te detiene. La sangre galopando. La consciencia de vos mismo.


Nadie puede convencerte, en ese momento de no hacerlo. Aunque te vaya la vida, querés seguir. Son tres minutos que valen una vida.

La cima del mundo.

Sentí una fuerza que fluía. Como si fuera viento huracanado dentro mío. Nació en el pecho, bajó por mis brazos y cuando llegó a mi mano izquierda – soy zurdo – ella supo lo que había que hacer.
Eso es lo que sentí cuando entre nubes vi que Don Santiago firmaba, y ahora el Escribano me tendía el papel a mí. Para que yo lo firmara. Para que me convirtiera en uno de los 3001. Yo, Tito Scalabritti.
Tomé la pluma y firmé con mano que no dudó ni vaciló. La voluntad firme.

Don Santiago me sonrió y me estrechó la diestra con firmeza.

- Bienvenido, Alberto. Ahora sos uno de los nuestros. Bienvenido y contamos con vos, como vos podés contar con toda la comunidad.  Acá somos todos una gran familia y la nuestra te recibe con alegría.  Estoy feliz de darte entrada en ella. – Me abrazó.

Don Santiago tenía clase, no en vano estaba donde estaba. Ni mencionó el tema que nos había traído a aquella reunión extraordinaria. Sabía que habíamos sellado un pacto y yo respetaría mi parte. Esa misma tarde las carpetas reposarían bajo los cuidados de la Policía, nuevamente a salvo.

El escribano musitó:
- Felicitaciones, DOCTOR  Scalabritti-  y también me estrechó la mano-
Me despedí en un sueño mientras Don Santiago se quedaba arreglando no sé que detalles con el cagatintas.

En la cena de recepción que nos brindó la semana siguiente la comunidad de los 3000, Victoria y yo fuimos – claro está – los que ocupamos la mesa principal junto con los Belaunde Briggs y dos familias de la Comisión Directiva. Mi futura mujer estaba radiante. Y yo debo decir que no lucía nada mal con mi conjunto de ropa, de Elegante Sport elegida por Vicky que había salido a comprarla especialmente.

Mi discurso fue comentado y muy celebrado. Abordé la temática de la RESPONSABILIDAD SOCIAL  de nuestra comunidad privilegiada, el Highland Over the Sea Sport and Social Country Club. La obligación que tenemos todos, los 3001 sin excepción de  extender nuestros logros de tranquilidad, seguridad y sana convivencia a las poblaciones vecinas y zonas aledañas. Debemos insistir para que  mejoren su manera de vida, tomando nuestro ejemplo y  adoptando prácticas de vida que las alejen de los vicios,  las malas costumbres y el delito en que infortunadamente caen con frecuencia debido a su baja condición social.


El aplauso fue atronador. Llovieron las felicitaciones.

Salía con Victoria del edificio, mareado aún por el éxito de la bienvenida, cuando apareció de un costado el policía, González Gaitán. Sonreía, ahora melifluo, servil, temeroso de malquistarse conmigo por el papel que le habían mandado hacer y en el que no había tenido éxito.

- Bueno Dr. Scalabritti – ya me tenía que acostumbrar: en pocos días no sólo me había convertido en uno de los 3000 elegidos. Me había doctorado. Honoris Causa seguramente-.  Ya sabe, cualquier cosa estamos a sus órdenes. Como decimos siempre: “Para proteger y servir” a Usted y a su familia. Siempre puede contar conmigo y nuestro Cuerpo de Guardia. Para lo que guste mandar.
Ni le contesté, seguí caminando.

“Negro de mierda.-pensé-. Te voy a tener zumbando un tiempo a vos. ¿Quién te creés que sos?

“Ahora sos mi empleado”

FIN

Viernes 18 de Mayo de 2007 00:00
COUNTRIES

Juego de de Rol - Parte 7

por Santiago Ordoñez Zemborain
Ya en casa, estuve varias horas mirando las tres carpetas. Había de todo y  bien documentado e informado. Fechas, lugares, nombres de víctimas y perpetradores. Algunos  casos no resueltos también. Hurtos, robos, peleas de todo tipo muchas con arma blanca, y  hasta algunas con armas de fuego, amenazas telefónicas anónimas y explícitas, violación de correspondencia.


Parejas que peleaban y en la refriega herían a sus hijos. No sólo emocionalmente. El caso de un jovencito de 14 años que volvía alcoholizado de un boliche y  atropelló dejando  dejó malherido, paralítico de por vida a un hombre  que trotaba al empezar el día veraniego.


Dos casos –en tres años que estaba examinando!!!- de incendio intencional: una lancha destruída por una esposa celosa, una casa parcialmente devorada por el fuego: un propietario queriendo cobrar el seguro inflado de valor.


Otros muchos casos de abuso de armas, tiros errados y al aire, heridos en peleas domésticas. Aquello era un pequeño infierno aún antes de adentrarnos en lo específicamente delictivo.
Una larga lista de casos referidos a lo sexual: introducción de prostitutas en forma irregular en el Country, fiestas ruidosas o discretas en que los travestis más cotizados de plaza aparecían  junto con los socios en medio de una bacanal que se adivinaba desbocada, sin límites. Fotos de socios – miembros algunos conocidos de la política nacional – vestidos perfectamente con ropa femenina: verdaderos drag queens, cross – dressing coqueteando con jóvenes musculosos cuyas caras me sonaban de los shows de streapers.


También denuncias de modestos trabajadores de la zona, padres,  gente humilde que se presentaba a preguntar por sus hijas menores. Chicas de 12, 11 años. Algunas menores aún. Se retiraban sin hacer denuncias formales tras un “arreglo” con el socio responsable. La Policía le recomendaba guardarse el dinero, y guardar silencio.


Y después venían los hechos más graves.


Pedofilia con chicos del Highland como víctimas: un profesor de tenis sorprendido in fraganti con un niño de 10 años ya después del acto. Le había prometido llevarlo a las finales de la Copa Davis. Fue echado a patadas. Un caso aún más escandaloso de un socio que abusó de un chico, amigo de sus hijos que había ido a pasar la noche. El chico guardó silencio. A sus 8 años no sabría como manejar la situación a la mañana siguiente. El sangrado delató lo acontecido: había sido con particular vigor y salvajismo.


Nunca se supo qué aconteció en la reunión que mantuvieron los padres y Don Santiago. Que promesas se hicieron, que amenazas, cómo se lavó la afrenta. Pero se echó tierra al asunto.
Violaciones sufridas por socias, o infligidas por socios a personal de servicio, visitantes, incluso otras socias. Había algunos casos hasta risueños: en la carpeta de 2000 una Señora  Colmenares Estupiñán Robles, divorciada, 48 años denunciaba haber sido violada la tarde anterior, en Febrero de aquel año. Un peón que trabajaba en una obra en construcción cercana se había “introducido”: subrepticiamente en la casa y después violentamente en los más íntimos recovecos de la denunciante.


La había sometido durante lo que ella estimaba fueron unas tres horas. “Una y otra vez, no parecía cansarse de hacérmelo”. Constaba una denuncia con pedido de aprehensión del sujeto. Tres días después la Señora Colmenares se presentaba a retirar la denuncia y dar por terminado el episodio. Una nota manuscrita del Comisario dejaba constancia que la dama convivía desde aquel año, 11 meses por año en Buenos Aires con el incansable perpetrador. Pero en general no, los reportes de jóvenes violadas por su compañeros de fiestas tras salir de los boliches, o la tristeza evidenciada en niñas aún ultrajadas por padres de cara ladina aunque famosa a veces. Todo eso era el deprimente espectáculo que todo periodista conoce tan bien: la sección policiales completa y sin que nada faltara.


En lo referente a atentados contra la propiedad, había también de todo y variado: pequeños hurtos cometidos por chicos “bien” que se introducían en casas desocupadas. Episodios como los de la Senadora, repetidos y cuidadosamente documentados por ínfimos que fueran. Robos más importantes, cometidos por la misma Guardia, miembros que después fueron desplazados pero que aprovechando su investidura ingresaban y vaciaban casas culpando después a obreros o jardineros. Eso sí se habían cuidado después de “aconsejar paternal y cariñosamente” mayores cuidados a los afligidos dueños que llegaban a sus dorados refugios para encontrarse desvalijados.


Y así llegábamos a los asaltos en que enmascarados – o no, simplemente desconocidos – entraban armados y sometían a una familia. Les obligaban a entregar sus más preciados tesoros: efectivo, joyas, computadoras, electrónica. A veces duraban toda la noche, generalmente en verano cuando las familias traían todo para lucirse en temporada. En ocasiones los delincuentes sazonaban su estancia en la casa violando a las mujeres presentes, o torturando por el mero placer de hacerlo a unas y otros. A veces se llevaban a alguna cautiva para devolverla, destruída, unos días después.
Algún secuestro express, rápidamente resuelto mediante el pago del rescate.


Había – en mis tres carpetas – dos casos de asesinato. Uno concernía a un famoso periodista que en 2003 había “fallecido de un ataque cardíaco mientras tomaba sus vacaciones en el Highland Over the Seas”. El legajo de Gonzalez Gaitán mostraba que el hombre había pasado la noche con dos hombres que ejercían la prostitución en Mar del Plata y se habían trasladado al Country. Surgió alguna pelea de maricas y lo asfixiaron. El reporte oficial habia cubierto lo acontecido.


El segundo caso concernía a la muerte de un niño de un año y medio que sufría Síndrome de Down. De la investigación surgía claramente que los padres – una pareja muy ligada al espectáculo, jóvenes, hermosos, famosos los dos – lo habían ahogado en la bañadera.


El caso se caratuló como muerte accidental por inmersión y se archivó. Pero los legajos Confidencial XXX mostraban toda la verdad.


Y siempre el mismo patrón de acción llevado a cabo por González Gaitán y su gente: se daba caza implacable a los transgresores. Si eran empleados del Country, se los echaba generalmente y si las condiciones lo permitían tras una paliza recomendándoles que se mantuvieran lejos. Si el o la delincuente era socio del Highland, se la “asustaba” haciéndole ver los riesgos que corría con semejante comportamiento, y los perjuicios que ocasionaría su accionar al Highland Country Club.

Se procuraba obtener – generalmente con éxito – el arrepentimiento del socio, y la promesa de no incurrir en semejantes desatinos en el futuro. Promesa que por lo poco que podía ver (tenía sólo tres carpetas y poco tiempo para hacer análisis), se cumplía a veces, y a veces no.


Sin embargo, la tarea  más exquisita era la que se realizaba con las víctimas. Acá brillaba el talento de Gonzalez Gaitán. Se les prometía justicia si cooperaban. La justicia venía de la mano de un seguro que el Highland tenía contratado y que reponía todos los daños causados por vándalos, ladrones o asaltantes. Y de un pedido encarecido para que el tema no trascendiera. No debían comentarlo con amigos o conocidos. Nada se ganaría, nada de lo irrecuperable volvería en el caso de vidas tronchadas, u honores mancillados. Y había mucho que perder: el Highland era un refugio de paz que debíamos valorar todos. Y – sutil, insidiosamente – su silencio sería apreciado enormemente, en tanto que si optaban por desoir el consejo la Comisión Directiva probablemente les retiraría la acción. La Acción que daba acceso a aquel paraíso. Se aducirían causales deshonrosas. Nadie era “desligado” del Highland por su propia voluntad. Si te echaban era porque algo habrías hecho.


Cuando el Comisario no bastaba, aparecía Don Santiago. Mi futuro suegro. Constaban varias intervenciones suyas ante socios victimizados demasiado alterados, indignados, desesperados en busca de justicia. Siempre tras la intervención del Don, el Jefe, el Dueño sobrevenía el arreglo, la paz, se lograba serenar los ánimos. No constaban los detalles en el legajo. ¿Amenazas? ¿Sutiles razones? Cualesquiera que fueran las herramientas, tras su intervención los socios reacios aceptaban integrarse al pacto de silencio.


Terminé de revisar nerviosamente las carpetas. Anochecía las horas habían volado. Me decidí: al día siguiente me iría a Buenos Aires saliendo de madrugada. Las carpetas iban a ser Noticia Nacional. La noticia  del año. De la década. Si los medios dedican horas y números enteros a cualquier pavada protagonizada por los ricos y famosos es porque el público se muere por saber sobre ellos. La explicación es sencilla: ellos son el modelo a seguir. Bueno,  ahora por fin iban a saber. Iba a ser estruendoso. Todo revelado, la hipocresía en que viven estos tipos, el engaño, el crimen ejercitado en el silencio y la discreción, a escondidas de los ojos de la sociedad de la cual viven, a la que parasitan. Me llenaba el pecho una alegría doble: la profesional por la nota que  - no me cabía duda – sería la más importante de mi vida. Y también porque podía exponer ante la opinión pública la verdadera ralea de quienes los dirigían, los que eran sus modelos y referentes. Toda esa mierda quedaría al descubierto.


Me colé en la casa de mis suegros. Sólo estaba Amanda que me dedicó apenas un saludo. Escondí las carpetas donde nadie podría pensar en ubicarlas: envueltas en unas bolsas negras de plástico, las colgué varios metros dentro de un aljibe abandonado que decoraba un jardín interior de la mansión. Nadie osaría revisar la casa del Jefe, y si lo hicieran el escondite me parecía bastante bueno.


Volví a mi casa. Empecé a preparar mi valija. Me llevaba todo porque no iba a volver seguramente nunca a este Country. Me puse a pensar en Victoria. No podía estar seguro, pero estaba convencido que me apoyaría. Quería a sus padres, se había criado yendo los veranos al Highland. Pero la conocía lo suficiente como para saber de su realismo, su visión pragmática de las cosas. Opinaría lo mismo que yo: que estos hipócritas, “esas ratas” como a veces se refería al socio promedio, sobrevivirían. La noticia de lo que acontecía adentro los golpearía, algunas cosas cambiarían. Pero eso no estaba mal. Los más desacreditados por las revelaciones caerían pero otros llegarían. Y al Country no le vendría mal una bocanada de aire fresco. Un huracán diría yo. Un huracán que me llevaría a mi – y a ella conmigo – a la cima del periodismo investigativo del país. Tenía años por delante llenos de prestigio, respeto y una desafiante tarea profesional. El éxito en las manos.  
Me fui a dormir un sueño intranquilo y puse el despertador a las 6 de la mañana.


Timbre, insistente. Golpes fuertes, violentos, continuos en la puerta. Voces llenas de urgencia. Pregunté. Miré por la ventana: Dos camionetas.
González Gaitán y 7 hombres venían a buscarme.
Yo seguía en cuatro patas, culo al aire y aullando bajo el látigo improvisado con ramas de eucaliptus.
El tipo que me torturaba los ojos, me tocaba con la punta de su cuchillo “me llevo un ojito ahora, el otro para más tarde”. Cada vez parecía que ahora sí, ahora me lo sacaba de la órbita. Sonreía y los otros se burlaban, lo animaban a reventarme los dos ojos “así no mira donde no debe”…


El del cuchillo, lo retiró de mi ojo y empezó a marcarme la frente. No dolía, era superficial. Pero un hilo de sangre empezó a caer y me cegó al inundar mis ojos.


Pararon. Los dos de atrás dejaron de pegarme. El otro retiró el cuchillo de la cercanía de mi cara.
Giménez Gaitán se acercó:


- Bueno pibe. Te vamos a matar a golpes. De aquí no salís vivo. Y te vas a morir gritando. Largálo y la terminamos- siseó Ge Ge, la voz apenas agitada. Se había puesto de frente, agachado con su cara al lado de la mía. Yo babeaba. Debía tener los ojos desorbitados entre el hundimiento de antes y el llanto de ahora.


- Váyase, Giménez- alcancé a decirle. – Váyase. A la mierda. Ud. y todos ellos. Por mi pueden seguir pegando. Pero de esta no se salvan.- Le sonreí, creo. Una sonrisa que debe haber sido horrible.


Dio una orden y me alzaron. Me tiraron sobre unas piedras que proporcionaban una superficie plana.

Giménez murmuró y un hombre se dirigió a la camioneta. Volvió cargando una especie de maleta que entregó al jefe.


Giménez se acercó y empezó a desenroscar. No era una maleta, era un bidón. Nafta con la que empezó a regarme. Dos de sus matones me sostenían. Me ahogaba. Me entraba nafta en la nariz, en la boca, en los ojos. Cuando terminó hizo una seña y los dos tipos se alejaron. Yo estaba muy maltrecho y ni pensar en levantarme. Era una pila de dolor, marcas de golpes, un charco de nafta.
- No estamos jodiendo, pendejo. Ahora me da lo mismo. Acá te quemo y se acaba la historia. Asi que vos decidís. Sacó un encendedor de esos antiguos tipo Ronson.


No sé de donde saqué presencia de ánimo para decirle, para animarme a jugar juegos intelectuales, para pretender enredarlo


- No sé si está tan loco para hacer eso Giménez, pero si lo hace va a terminar mal. Ud. Y todos estos – miré a los hombres que imperturbables nos rodeaban. Toda la escena alumbrada con los faros de ambos autos. – Y si yo desaparezco…les va a resultar difícil. Además las carpetas…ya organicé para que salga a la luz si me pasa algo raro- mentí.


Hizo un último intento .No sé quien estaba ganando en ese momento.
Prendió el encendedor, cuidando de mantenerse a distancia prudente.


- ¡Pendejo de mierda! – gritó- ¿vos te creés que me vas a arruinar la carrera a mí?- de inmediato recuperó la calma. - Ahora te jodiste. Tu cháchara no me convenció. Cuento hasta 3 y si no me decís, te morís. Quemado vivo. ¿Sabés como duele eso?


- Váyase al carajo – le dije. No sé de donde sacaba coraje. O más bien sí: mi cálculo me decía que debía aguantar, que no llegaría mucho más allá mi tormento. Sabía que no lo iba a hacer. Pero y si me equivocaba? Con estos tipos sanguinarios. Estaba apostando mucho. Me mantuve en silencio tras mi última declaración.


Con el encendedor en alto, miró nerviosamente al bosque oscuro que nos rodeaba. Seguí su mirada y creí ver una sombra, unos ojos que desde allí observaban la escena. Y controlaban. Una sombra alta y oscura que respiraba con tranquilidad en medio de aquella tensión. Y que iba a decidir, iba a dar las órdenes.


Algo leyó Giménez Gaitan en aquellos ojos. Algún gesto pre-acordado que se me escapó. 
Bajó el brazo, apagó el Ronson y se dio vuelta. No dijo más nada. Dos esbirros me cargaron en la caja abierta de la camioneta como si fuera una bolsa de papas.


Se encendieron los motores y las camionetas rehicieron el camino volviendo al centro. Cuando llegamos a casa me abrieron la portezuela de la caja. Bajé y partieron.


Me deslicé al jardín lindero y recuperé la bolsa con las tres carpetas. Mi tesoro. Mi pasaporte al estrellato periodístico. Me asomé y viendo que no había nadie, las oculté lo mejor que pude bajo la rueda de auxilio dentro de  mi auto que estaba estacionado en la puerta.


Entré en casa, me di una ducha tratando de quitarme el olor a nafta. Eran las 6 de la mañana y empezaba a amanecer.


Me tomé un minuto para enviar un mail a mi gran amigo Alejandro Paganin, contándole brevemente lo sucedido y mi desempeño. Le hablé de una gran noticia pero no le di detalles.
Empecé a preparar mis cosas. Me iba a Buenos Aires.


Al rato cuando salí, vi que un auto oscuro llegaba y se estacionaba tras el mío. Lo ignoré y me dirigí al baúl. Cargué la valija en silencio y me subí. Cuando arranqué, el auto empezó a cojear, andaba como sobre cascotes. Me bajé y vi que las cuatro gomas estaban desinfladas. El auto negro se puso en marcha, lentamente y se me puso a la par.


González Gaitán asomó su cabeza desprolijada por el viento y una noche agitada.


- Suba, Alberto. Vamos que lo quieren ver.


Lo miré extrañado. Actuaba como si no hubiera sucedido nada. Estaba loco, o quería ponerme loco a mí?


- Vamos, Alberto. No sea pendejo. Suba que nos esperan.-  Y abrió la puerta del acompañante. Estaba solo en el auto.


Pensé “¿qué carajos?” “El tipo ya tuvo ocasión de hacerme lo que quería, y bastante que me hizo la puta que lo parió”. “Ahora igual no tengo auto, vamos para el centro y veamos”.


Me subí a su auto tras recoger mi bolso personal. La valija y las carpetas quedaban en el auto varado en la calle. Manejó en silencio y enseguida llegamos. Entramos en la intendencia, vacía a aquella hora de la mañana, eran apenas las 7 y el pueblo dormía sus vacaciones.


Me guió suavemente hacia un salón de reuniones en el primer piso. Abrió la puerta y me dejó pasar. El salón estaba muy bien puesto, como para recibir gente importante. Había mesas, sofás, alfombras. Botellitas de agua, termos con café, medialunas, servilletas. Y sentado a la mesa principal, mi futuro suegro. Don Santiago Belaunde Briggs. Lo acompañaba un tipejo insignificante en lo personal, pero vestido con pompa incoherente para un día de Enero, en un Club de playa, a las 7 de la mañana. Medía no más de un 1.60 m.


Se paró a saludarme tendiéndome la mano en forma grandilocuente. Estaba peinado a la gomina y olía a colonia de la Franco Inglesa. Su atuendo, lo que para él sería Sport Formal era todo marca el tipo no quería correr riesgos:  pantalón de La Martina, cinturón Hermés, zapatos mocasines de Guido ahí ya ponía la torta. Manos muy cuidadas, con las uñas hechas. No sabía que en el Country había quien puliera las uñas de los maniquíes como este tipo. Tendría unos 60 años.


- Hola Alberto, cómo estás esta mañana? – se paró y me tendió la mano mi futuro. Lucía impecable y fresco. – Te presento acá al Dr. Santibañez Urdapilleta. Al Comisario Capitán Gimenez Gaitán ya lo conocés, claro – sonrió.
Yo dejaba hacer.


Don Santiago me invitó con un gesto amable a sentarme a la mesa. Despidió sin mucho trámite al Policía con un


- Gracias Giménez. Por ahora no lo vamos a necesitar. – El esbirro se cuadró, chocó los talones y se fue cerrando la puerta suavemente.


Yo estaba en silencio. No entendía nada. Quien jugaba de qué, que hacía cada uno,  quien era el fantoche que nos acompañaba, de qué iba todo esto. Las heridas de la noche anterior me dificultaban quedarme sentado en la misma posición durante un rato largo. El olor a nafta no se me quitaba de encima.


- Y a usted Doctor le rogaría que nos deje solos por un rato. Cuando termine de conversar con el señor  Scalabritti necesitaremos seguramente de sus servicios por lo que le ruego que nos dé un rato a de privacidad. En la sala de al lado hay café igual que acá, y algo para desayunar.


El Doctor – ¿doctor en qué? ¿Un médico para curarme? ¿O envenenarme?, ¿un abogado para enjuiciarme? - se paró, saludó también y se fue.


- Bueno Alberto – sonreía y su expresión era tranquila  - parece que has descubierto nuestro “dirty little secret”. – Cada tanto le gustaba intercalar como al pasar expresiones en inglés, o francés. Si lo juzgaba necesario el mismo traducía.- Nuestro sucio secretito. Es todo un logro: en 72 años de vida esto no salió del círculo íntimo. Y del jefe de policía de cada época. Las carpetas XXX no han salido nunca de la oficina, de donde tienen que estar. Cuando terminemos, espero que me devuelvas las tres que te llevaste. El Comisario es un hombre tosco. Creo que esta noche lo demostró por la manera en que te trató. Y además fue una torpeza inexcusable haber dejado que accedieras a las Carpetas, pero en fin. Ya arreglaremos eso. Ya pasó, ahora hay que lidiar con las consecuencias de semejante ineptitud.


- Vea Don Santiago. Sobre las maneras de González Gaitán, no crea que me chupo el dedo. Estoy seguro que actuó bajo sus órdenes. ¿Qué fácil si yo arrugaba no? Un susto al periodista y problema terminado… -le dije en forma abrupta y casi gritando. Estaba seguro que mi interlocutor, el que iba a ser abuelo de mis hijos había contemplado la tortura que me infligían sus esbirros desde el bosque.



Y la había detenido cuando consideró que ya no había más cartas que jugar. Si yo había resistido los golpes, los cortes, las amenazas y el conato de quemarme vivo, debía haber llegado a la conclusión de que no había manera de convencerme.


- Te propongo que miremos los dos hacia delante. De nada sirven los reproches por lo actuado. Acompañame unos minutos, quiero que oigas una historia y después decidas.
Viernes 11 de Mayo de 2007 00:03
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Juego de Rol - Parte 6

por Santiago Ordoñez Zemborain
Volví asqueado. Reafirmado en mis convicciones: era gente con la que quería mantener una saludable distancia.

No los aguanto. Esa autosuficiencia, ese desprecio por cualquiera que no sea de su “nivel” económico, social, o la alcurnia que se atribuyen ellos mismos – le comenté a Victoria cuando estábamos por acostarnos.- Con una temporada aquí he tenido suficiente.

Dale querido- me contestó sonriente-no son tan malos. Tienen sus manías como todos, pero no te olvides que yo también me crié entre ellos. Y no salí tan mal - añadió pícara mientras se desvestía lenta y provocativamente.- Hace dos años que te vas a la cama con uno de ellos- me picaneó burlona todavía.

Si, pero vos te sabés mantener a distancia. Saliste del seno de esta falsa aristocracia snob, pero te hiciste por vos misma, no te involucraste, no tomaste sus valores- argumenté ya débilmente porque Vicky estaba casi desnuda y el tema había abandonado mis pensamientos.

Vení, vamos a unir la aristocracia con el pueblo, la  bella y la bestia, me dijo terminando la conversación y besándome con pasión.

Para sorpresa de todos, incluso mía, volví al año siguiente. Todo el año había sido muy intenso.

En lo laboral y mal que me pese e involuntariamente había capitalizado mi estadía en el Highland Over the Sea. Encuentros con gente que había conocido, puertas que se abrían más fácilmente, sonrisas donde antes había gestos adustos o de reserva. El propio dueño de la Revista donde trabajaba quedó impresionado cuando se enteró al fin del verano que yo había estado allí. No se decidía a preguntarme detalles –lo hubiera puesto en un lugar incómodo de inferioridad, los que nunca habían estado “allí” se morían por conocer detalles, saber cómo era- yo no le facilité la tarea. No correspondía que le informara lo que pasaba puertas adentro del Country. El Jefe de Redacción se retiró anticipadamente por razones de salud y el puesto, con el correspondiente ascenso, suba de sueldo y prestigio recayó en mi. Ahora dirigía la Revista más prestigiosa del país.

Pero lo más importante fue que nuestra pareja se consolidaba y cada vez estábamos mejor. Empezamos a hablar de casamiento. Llevábamos casi dos años conviviendo y nos queríamos. Ambos deseábamos tener un hijo y casarnos era el siguiente paso obvio. Los padres de Victoria se pusieron…si no felices al menos recibieron la noticia con satisfacción. Amanda la mamá de Victoria se había resignado, y prefería una situación regular al “concubinato ilegal” que a veces se le escapaba.

En agosto nos comprometimos. Mis futuros suegros hicieron una bonita fiesta íntima para unas 150 personas, anticipo de lo que sería el casamiento el año próximo. Yo también llegué a apreciar a Santiago. Era un hombre de pocas palabras, pero inteligente y decidido. Al promediar la fiesta me llevó a un aparte, compartimos una copa de vino en su estudio.

Se congratuló de mi ascenso en la Revista, me contó algunas de sus actuales preocupaciones, con su hijo menor que “se hacía el hippie,  claro con mi plata” y hacía 8 meses que vagaba por la India. Me di cuenta que sus grandes  amores de toda la vida eran Victoria - que iba a entregarme en pocos meses-, y el Highland Over the Sea que florecía pero requería intensos cuidados y permanente supervisión. En un momento lo vi hasta abrumado, resultaba evidente que aquella obra familiar le resultaba fuente no sólo de placer sino de enormes responsabilidades.

El resultado de aquella conversación en que por primera vez se abrió un poco a mí fue que le tomé un mayor aprecio y empezamos a vernos quieras que no como miembros de una futura familia. Amanda en cambio era incorruptible en su decepción. Tampoco era muy importante en mi escala de preocupaciones esa señora varada en los años 50 de su lejana juventud.

Victoria estaba preciosa aquel verano y ni oyó mis protestas: yo no quería volver a aquella jaula de oro, a ver aquellas mujeres pretenciosas y sus maridos compitiendo como gallos de riña.

Dale Tito – le gustaba llamarme con aquel sobrenombre de mi infancia, tan grasa pero tan íntimo. Y lo hacía a veces para provocar en casa de sus padres- al final lo pasamos bien, la playa y la naturaleza son inigualables. Si no querés no te tratás con  nadie – arguía-.
Pero no es tan grave. Sino donde vamos a ir? En el Highland soy feliz, me encuentro con mis amigotas de la infancia, puedo ver a los viejos un poco más que en el año. Y no tenemos que pensar en nada: llegamos y nos vamos a la casita. Ya mamá me dijo que Tomasa y José estarán a nuestra disposición exclusiva. Y Patri también para atenderme a mi con la ropa, hacerme mandados, en fin. Ya sabés.

La vi tan entusiasmada, a mi “niña rica” como le decía que accedí.
“Niña rica” y se calentaba más. Cuando se lo decía en la cama empezaba a delirar y no me costaba mucho hacerla llegar.

“Decímelo, dale”
“Sacáte todo, Nena Rica. Nena de Papá, consentida. Sacáte la ropa que el Tito te va a agarrar y te rompe toda”.
“Ay…pero no sé si quiero ahora” decía con voz aniñada, caprichosa.
“Entonces la ropa te la arranco yo y te abro así….” “Mirá como el tano de Santos Lugares se la goza a la Nena Rica”.- yo acentuaba mi hablar canyengue de pibe de barrio -
“Ay….........”
Cosas así.

Cuestión que allí estábamos a principio de 2005, yo dispuesto a no mezclarme mucho con la ralea de socios que había conocido y detestado el año pasado. Bosque y playa. Que Victoria visitara a sus amigas igual había tiempo para todo.

El 16 de Enero, tenía que ir al Banco – había sucursal en el centro del pueblito  al lado de la intendencia – a retirar dinero. Victoria se había ido el día anterior a Buenos Aires a grabar un programa y volvía para disfrutar los últimos días de vacaciones.

Tomé las llaves del auto  y mis documentos….Estaba mi licencia de conducir, mi carné de la prepaga, la tarjeta de crédito…todo en la billetera. Pero no el DNI. Empecé a buscar bien y no lo encontré. Estaba seguro de haberlo traído porque ya había hecho días antes otra operación esta vez en el correo y había tenido que exhibirlo. Busqué por todas partes, en las habitaciones de nuestro chalet. En la casa principal, en los autos que estaban todos en la casa en ese momento. El DNI no aparecía.

Hice un último intento, preguntando al personal de servicio. Me irritó que ninguno supiera decirme nada tenía esperanzas de que ellos lo hubieran encontrado, pero el hecho es que el documento no estaba.

La transacción bancaria no era importante. En unos días nos volvíamos. Y el dinero era lo de menos. Pero tenía que denunciar la pérdida del DNI para gestionar otro. Protestando me subí a un auto con idea de ir hasta Pinamar a radicar la denuncia. Mi suegro que había seguido toda la secuencia me dijo:

Pero no, Alberto. Si nosotros tenemos Policía. Tenemos Destacamento Oficial. Andá a verlo a Giménez Gaitán y que te tomen la denuncia. Andá que mientras vas llegando yo lo llamo.
Bueno Santiago, le agradezco. Voy para allá – dije y me monté en el auto.
Llegué en 10 minutos al Destacamento. Me introdujeron de inmediato al despacho del Jefe, Giménez Gaitán. Estaba hablando por teléfono. Se lo veía concentrado, atento.
Bueno, si es así yo voy para allá ya mismo – decía a su interlocutor-



No, no es necesario. Es cuestión de un rato.



Si, yo voy con dos hombres y lo arreglamos allí mismo. Hasta luego. – Cortó.
Como estás Alberto – me dijo. Me trataba más distendido que cuando mi suegro estaba presente. – Ahora te hago traer los papeles para que hagas la denuncia. Yo me tengo que ir urgente hasta Cariló. Detuvieron a dos tipos que estaban rondando y tenían fotos del Country, tomadas desde el exterior. Asique voy a ver qué pasa con ellos. Tenemos esa colaboración con los Jefes de Policía de la zona. Probablemente es alguna boludez, pero no los pueden mantener detenidos toda la noche si no hay causa. Vos sabés como están ahora con los Derechos Humanos y esas huevadas- buscó mi complicidad pero no la obtuvo con su comentario despectivo- Asique me voy a las apuradas, vuelvo en una hora. Dejáme la denuncia acá en el escritorio y mañana    te la hago llegar con firma, sello y todos los chiches. Hasta luego – y partió.

Me quedé solo en el despacho. Apareció un Guardia con el formulario. Me lo alcanzó junto con una birome,y se retiró cerrando la puerta.

Rellené rápidamente el documento. Cuando iba a firmar, la birome no me respondió. Probé en un taco de papel que había al lado, pero nada. No tenía más tinta. Me incliné alargando mi cuerpo a través del escritorio para tomar otra que sobresalía de un portalápices al otro lado, el del comisario. Al hacerlo, el portalápices se cayó esparciendo lapiceras, gomas, clips por el escritorio. Di la vuelta ahora prolijamente caminando y me senté en el sillón del propietario, comencé a poner todo en su lugar. Entonces vi la foto.
Estaba engrapada a una hoja de papel blanco A4 escrita a máquina. Pero antes de leer, era imposible no detenerse en la foto.Y aún mirarla un buen rato.La fuerza de la imagen impedía abandonarla para comenzar a leer.

La Diputada. Figura relevante en su provincia. Con proyección nacional. Algún día quizás miembro de una futura fórmula presidencial. Y encima de todo estaba muy pero muy bien para sus cuarenta y largos. Me había tocado entrevistarla un par de veces. Siempre muy documentada en sus intervenciones públicas, consciente en todo momento de su importancia. No descendía al nivel de los mortales fácilmente, ni siquiera de sus colegas del Congreso. En la Tele era invitada frecuente, como referente de un polo que abogaba por la transparencia y la mejora de los métodos de la eterna política criolla. Preocupada por los humildes, pero tranquilizadora para los otros. Siempre elegante, con polleras algo cortas y botas de caña alta. Sobria,  cultivando su próxima escala política. Miembro de las 3001 desde tiempo inmemorial, una acción heredada de su padre.

Pero en esta foto no. No parecía nada de eso. Aunque siempre elegante. Se veía el interior de un negocio de ropa y accesorios para mujeres. Esos que están llenos de mercadería donde las mujeres revuelven y encuentran broches para el pelo, cosméticos, relojes, anteojos de sol,  portarretratos, artículos importados de marca y buen gusto. Estaba con una malla enteriza, un solero de marca y lucía sus joyas. No miraba la cámara, que la había tomado en el momento en que se metía en el bolsillo algo pequeño. Miraba al costado con aprensión, vigilando que nadie la sorprendiera en ese momento. La foto sin embargo, lo decía todo.

El escrito al cual estaba engrampada la foto era aún más explícito:
“Con fecha 12 de Enero de 2005 sucedió lo siguiente: y narraba los hechos sucintamente.
La dueña del local resultó ser una española a quien poco le importaba quién era el ladrón (tenía negocios de ese tipo en Marbella que explotaba en el verano europeo, y en Diciembre se venía a atender el del Highland).

Munida de la foto que escupió la impresora láser, la gallega interceptó en la caja a la ladrona en ciernes, y llamó a la Policía. Por suerte era el medio día y  no había más que otras dos compradoras que fueron rápidamente invitadas a retirarse.
La Senadora había negado pero la hispana rápida e irrespetuosamente  le manoteó  a Su Majestad en el bolsillo un par de aros de fantasía origen francés, todavía con el precio: 121 $.

Unos 40 dólares vea usted- dijo con un gesto de desprecio la ibérica .- Psss ni 30 Euros.-
Hubo que explicarle, devolverle el objeto, y retirar a la Senadora que en un obvio estado de conmoción se dejó llevar. Se le “sugirió convincentemente”  a la comerciante que no divulgara lo acontecido so pena de serle revocado su permiso para el local, como mínimo entre otras posibles sanciones. 

Ya en la comisaría se procuró calmar a la Senadora que fue atendida por este Comisario.
Se le aseguró que el asunto no trascendería y no se hicieron preguntas .La alta dignataria se retiró.

El tema se caratula  Senadora…. (aquí el nombre)  y se archiva en la Carpeta Confidencial  XXX Año 2005. Folio Enero 2005.
16 de Enero 2005.”

Evidentemente Giménez Gaitan estaba trabajando en el asunto cuando el teléfono y yo lo interrumpimos. A mi lado, una carpeta de plástico azul bautizada Carpeta Confidencial XXX año 2005 yacía abierta y vacía, lista para recibir lo que parecía ser el primer caso  Confidencial? del año. Esto me provocó una gran curiosidad. Soy periodista, soy humano. Me dirigí al archivador vertical, de donde obviamente Giménez Gaitán había sacado la Carpeta Confidencial XXX Año 2005 para estrenarla. Tenía cuatro grandes compartimentos que revisé rápidamente. Todo material burocrático, temas inmobiliarios, turnos de guardias, folletería de cuatriciclos de vigilancia, armas, uniformes. Propuestas comerciales.

Hasta que en el cuarto y último, el inferior las encontré: Carpeta Confidencial XXX Año 2004, Carpeta Confidencial XXX Año 2003, Carpeta Confidencial XXX Año 2002 y así para atrás. Por lo que vi, en ese archivador llegaban a 1981. Quizás sólo guardaban 25 años, o las anteriores estarían en alguna otra parte.

Sabía que no debía hacerlo, pero no tenía mucho tiempo para decidir. No había manera de copiar y retornar, que es el procedimiento standard con información clasificada cuando uno no quiere que el dueño de la misma sepa que perdió el control exclusivo de la información. Las carpetas eran relativamente frondosas, unas 50 o 60 hojas cada una. Tomé 3 años al azar: resultaron ser las de los años 2003,2000  y 1995. Me incorporaba para irme cuando entró el Guardia que antes me había dado el formulario. Me pilló en medio de un gesto equívoco, a medias incorporado, la mirada que sorprendió en mí seguro decía algo culposo. Se me quedó viendo como si fuera a decirme algo, pero calló.
Bueno,-dije- yo ya terminé. Le dejo acá firmado el formulario al Comisario – procedí a firmarlo aparatosamente  mientras dejaba caer como al descuido las carpetas que había alcanzado a cubrir con una toalla de playa dentro de mi bolso -  y me voy. Dígale que gracias por todo.

El tipo no dijo nada. Su mirada me siguió mientras yo caminaba. Me esforcé por hacerlo con tranquilidad. Sentía sus ojos clavado en mi espalda. Creo que me resguardó el respeto que tienen estos cancerberos por sus dueños, los accionistas. El no podía saber bien cual era mi situación.
Viernes 4 de Mayo de 2007 00:03
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Juegos de Rol- Parte 5

por Santiago Ordoñez Zemborain
Cumplido el trámite nos mudamos a nuestro departamento, empezamos a convivir y todo fue maravilloso. Decoramos y pusimos a nuestro gusto la nueva vivienda. Con el tiempo mis “suegros” nos visitaron y pasamos ratos agradables. Mi padre también lo hacía cada tanto. Con mamá no me hablo hace muchos años.


Victoria me contaba muy divertida que Amanda se debatía: no soportaba que su hija “conviviera” sin casarse con un hombre. Toleraba menos aún la idea de que se casara conmigo. Abrigaba esperanzas de que aquello terminara.


Cuando llegó diciembre de aquel año 2004 los Belaunde Briggs se dispusieron a partir al Highland Over the Sea Sport and Social Country Club. Santiago viajaba frecuentemente allí todo el año. De hecho era su “estancia”. Administraba todo aquel enorme complejo como una más, la principal de sus empresas, la más querida.


En el verano todos ellos iban allí durante Enero y con toda naturalidad Victoria me dijo que prepara mis vacaciones en la Revista: nos íbamos a la Costa.


Nos dieron – el gesto de asco y melodrama de Amanda fue digno de una película italiana – un ala separada . Un chalecito con dos dormitorios, un comedor, cocina. Todo completo y a unos 50 metros de la casa principal donde Santiago a veces recibía y alojaba invitados importantes. Los Belaunde Briggs  -Santiago, Amanda y Valentín el mayorcito que había regresado para las fiestas- vivían en la casa principal como siempre.


Esos 15 días fueron de descubrimiento y maravilla para mí. Lo pasé reconociendo el terreno, las delicias que se habían ido construyendo durante décadas para deleite de ojos acostumbrados a lo mejor. Los jardines, praderas, lagos, paradores, bosquecillos, cadenas montañosas artificiales. Nunca había visto nada igual. No digamos ver, ni había leído sobre algo así. No había nada comparable en el país y que yo supiera en el mundo.


Si, todo el mundo sabía del Highland Over the Sea, había comentarios y se sabía que era el lugar de los más exclusivos. Pero nadie del mundo exterior tenía cabal idea de lo que era aquello. Jamás se habían tomado fotos del complejo, siempre se había mantenido a la prensa excluida del lugar. Entre otras razones porque todos los dueños de medios importantes eran accionistas del club y resguardaban su privacidad. Ese era el sentido de “entrar al Paraíso” frase que oía a cada rato, un lugar del que se habla pero que nadie conoce, y los que lo han visitado no están dispuestos a hablar del mismo.


Pensé que si los europeos se deslumbran con Punta del Este (no hay nada como esa ciudad en Europa), y los yankis con el Sur de la Argentina, ambos quedarían boquiabiertos si conocieran aquel pedazo único del mundo. Pero bien difícil les resultaría porque todo era difícil en el proceso de acercarse al Highland. Tenían que invitarte, y después…bueno ya lo expliqué.


Cuando pasaron unos días, y me “calmé”, saciado de naturaleza y belleza, como me dijo Victoria, empecé a ver la otra parte del asunto. La no tan agradable. El factor humano. El detestable conjunto humano que poblaba el Highland se me hizo patente, inocultable en cuanto empecé a frecuentarlo.
El sábado amaneció soleado tras 4 días feos que yo había aprovechado para recorrer el inmenso club, sus áreas comunes, sus calles arboladas. Enfilamos para la playa, y nos ubicamos en la carpa de los Belaunde Briggs identificada con su número. El 1.


No bien nos ubicamos nuestros vecinos saludaron a Victoria. Y me miraron. La presentación fue un calco de las que habrían de sucederse en los próximos días. El gesto de asombro, las preguntas no formuladas pero planteadas con el gesto:


-“Scalabritti”, no. No me suena. ¿De dónde sos querido?


Siempre algo así. Un bicho raro. No es que les molestara que no fuera patricio mi apellido. Es que no les sonaba. No era un millonario súbito del que hubieran oído hablar, o el heredero de alguien, o un famoso que hubiera pasado el filtro estricto de la Comisión de Admisión. Adoraban a la Comisión. Lo que ella dijera era ley. Estaba encargada de abrir las puertas de aquel lugar a los elegidos, y dejar fuera y bien lejos a todo el resto.


-“De donde sos” - querían decir: qué hay en vos que no sepamos, si la CD te aprobó, debe haber alguna razón…llenos de inquietud se miraban y preguntaban.


Estaban en presencia de un tano….infiltrado podría decirse.


Un par de veces me di el gusto y contesté literalmente, como si no entendiera:
- Ah, los Scalabritti somos de Santos Lugares. Hay un rama de la familia que está en Gregorio de Laferrere.


Victoria, cortaba esos diálogos y me separaba juguetona. Le causaban gracia, pero no quería complicar las cosas.


En general, y ya antes de estas experiencias en el Highland Over the Sea, siempre había tenido un resentimiento, un asco por los aristócratas, los ricachones, los que se creen superiores por su estatus. Esos que tienen la creencia de que su dinero, sus orígenes, su fama o posición transitoria los pone por arriba de los demás. Se creen aristócratas y también a salvo de cualquier avatar. Creen tener fueros de por vida. Pueden hacer lo que quieran, que su dinero, sus relaciones, su posición, su poder les allanará una salida por grave que haya sido la falta.


Y este convencimiento mío se veía confirmado a cada paso. Gente intolerable, salvo entre ellos mismos que- supongo – se encontrarían a gusto. Observé cómo trataban al personal de servicio. Desligados de las reglas de conducta que de una manera u otra rigen la vida en el “exterior”, acá se sentían libres de expresarse. Y lo hacían salvajemente. Insultaban al camarero que se equivocaba. Trataban a las mucamas con un desprecio rayano en lo ofensivo. Estuve en una casa donde la dueña orgullosamente exhibió a sus 8 sirvientes: mucamas, jardinero, lavandera, cocinera, ayudante de cocina. Los hacía formar como en la vieja Inglaterra: 4 de cada lado de la puerta de la casona, la mirada baja. Y la patrona inspeccionando la vestimenta, corrigiendo aquí, tirando una oreja de una señora mayor por algún botón flojo, dándole una palmadita aprobatoria a un chofer que podría ser su padre.


Y más. Había castas aún dentro de los famosos 3000. Los parvenus, los recién llegados se desvivían por ser aceptados. Y los “viejos residentes” se lo hacían difícil. Como en esas crueles logias o asociaciones estudiantiles de Inglaterra o las Universidades Ivy League del Este de los Estados Unidos. Había que pagar el derecho de piso. A veces durante años.


Cenas de gala a las que algunos eran invitados, pero otros excluidos. Tés organizados por algún recién llegado –poderoso empresario, o político en el mundo externo, un pordiosero pidiendo respeto e inclusión aquí adentro – cortésmente declinados por los residentes más antiguos.


Exclusiones dolorosas coronadas a veces con bromas crueles entre los jóvenes que también se constituían en castas de acuerdo al menor o mayor asentamiento en el club. Pero también en base a reglas arbitrarias como las que siempre definen quien puede llegar y quien debe todavía esperar, rogar y humillarse.


Para mí era incomprensible que gente grande, exitosa, madura, inteligente se sometiera a esta prueba última. Ya habían trabajado – muchas veces heredado, es cierto – arduamente en el mundo real para “llegar” cualquiera sea el significado de esa palabra. Habían sufrido para poder “entrar” al Highland, y ahora esta última y sutil prueba que probablemente terminara en la aceptación final, pero les mostraba que eran otros los que estaban allí desde siempre, siempre arriba de ellos.


Muy orondos los 3000 se paseaban por las playas, organizaban fiestas, caminaban por los bosques, pescaban, jugaban golf, paseaban. En una de las cenas a la que asistí, una señora, enjoyada generosamente dijo:


- Mire, Scarlatti. Acá lo que más se aprecia es el contacto con la naturaleza. Pero en un ambiente de SEGURIDAD. Lo dijo así, con mayúsculas.


- Yo no podría andar así con estas joyas ni en Buenos Aires, ni siquiera en Punta o Cariló. Aquí, ya me ve. Dormimos con la puerta abierta…y sonrió con una dentadura perfecta, sobre sus pómulos rellenos de Botox.


- Scalabritti – atiné a decirle.- El apellido es Scalabritti.


- Si bueno. ¿De dónde son ustedes? ¿Es del lado de los Mastellone? ¿Los de la Serenísima?


- No, bueno. Somos… no sé a que se refiere exactamente. ¿Qué me pregunta, señora?


- Bueno déjelo. Ya me contestó. Si no sabe lo que le estoy preguntando ya me contestó. Dio un paso al frente su mirada buscando el próximo contacto, yo había desaparecido del radar, se perdió en el gentío.


Innumerables escenas vistas y vividas durante esas dos semanas de enero, acentuaron y confirmaron mi desprecio por la gente que poblaba aquel “club selecto”. Me aceptaban, y aún así con obvias manifestaciones destinadas a poner distancia, porque era un invitado de los Belaunde Briggs. ¿Era el “novio?” – lo decían con ese tono- de Victoria a quien conocían de chiquita. Pero no era un accionista. No era uno de ellos. No era de los 3001. Hoy estaba – y me toleraban -. Pero el año que viene probablemente no. Casi se podía leer, “ojalá que no”.


No era, quiero dejarlo claro, algo personal contra mí. Es que se trataban mal entre ellos. Se odiaban, se envidiaban, se temían. Cada uno quería ser distinto y superior al resto. Las mujeres se enjoyaban, salían bajo montañas de oro y piedras. Gastaban y lucían ropa de los mejores modistos. Pasaban parte del año preparando su aparición en aquellas cenas del verano. Y pensando cómo dejarían a sus “rivales” sin habla. Los hombres competían ferozmente con autos de lujo, relojes carísimos, fiestas pantagruélicas y extravagantes. Aquello que pasaba por una vacación placentera era una carrera endemoniada por la supervivencia, la supremacía en aquel gallinero de oro. Jamás comprenderé ese tipo de comportamiento.


Mi “suegro” me llevó también de recorrida a visitar las instituciones del poblado. Conocí los edificios públicos en impecable estado, algunos concejales, el intendente, el jefe de bomberos, el juez de paz. Todos amables conmigo, serviles con el Dueño de Todo.


En particular nos extendimos en un largo café con el Jefe de Policía. Antonio Giménez Gaitán. Un ex Comisario de la Policía Bonaerense. Hombre de unos 45 años, grueso todo músculo. Un cuello que no parecía adelgazarse desde su poderosa espalda: la cabeza nacía de pronto de aquellos hombros enormes. Cuando hablaba se refería alternativa e indiferenciadamente a la Policía o la Guardia de Seguridad. El cuerpo de unos 200 hombres era formalmente un destacamento de policía del Estado. Pero de haberse tratado de un pueblo común, le hubieran sido asignado 4 vigilantes. Aquí, los Guardias eran todos hombres jóvenes, entrenados, musculosos, motivados con buenos sueldos. Y bien armados. La moral que se les inculcaba era de tipo militar: pertenecían a un cuerpo de élite que cuidaba el descanso de las 3001 familias mejores de Argentina. Y esa responsabilidad recaía en sus hombros. Así se les indicaba en innumerables charlas, conferencias y cursillos.


- No en vano llevamos años sin delitos. Y fíjese que le digo sin delitos, ni graves ni livianos. Porque acá no creemos en delitos leves. Aquí no entra nadie que no querramos que entre – sonrió en forma algo siniestra para mi gusto el Comisario.


- Pero en tantos años… ¿algo habrá pasado no?- acerté a decirle.
Santiago, Belaunde Briggs miraba la escena sin participar, sus ojos recorrían la oficina distraídos.


- Si me pregunta, alguna pavada puede que sí. Pero eso queda para adentro, para nuestros archivos. Acá los que vienen, y espero recibirlo a Ud. por muchos años más -dijo y de inmediato se arrepintió: me daba el discurso destinado a los nuevos socios y yo no lo era ni lo iba a ser. ¿Qué sabía él si El Dueño estaba contento o no con mi presencia?


- Digo, los que vienen vienen por la tranquilidad. Y es mi deber, el de la Guardia y nuestra Policía – mezclaba, ya desvariaba para mi gusto se ponía en discurseador de Dia Patrio – estamos para garantizarles eso: tranquilidad, sosiego, paz de espíritu. En el Highland Over the Seas no pasa nada que no querramos que pase.


Nos levantamos. Belaunde le dio la mano a Giménez Gaitan que se cuadró involuntariamente chocando los talones. A mi me dio una mano firme y nos despedimos.
Viernes 27 de Abril de 2007 00:03
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Juego de Rol - Parte 4

por Santiago Ordoñez Zemborain
De resultas de este imponente aparato de seguridad, omnipresente e invisible, se dice que cuando entrás al Highland Over the Sea, “ya llegaste”. Estás en otro mundo. Las casas suelen permanecer abiertas, los autos siempre quedan con las llaves. Los mayores pasean a la nochecita con tranquilidad, y los adolescentes, en el verano viven su vida loca sabiendo que pueden regresar a sus casas sin temer. En verano la población sube a unas 15000 personas, mientras que en invierno son unos 1200 a 1500 habitantes. A esto se deben sumar los 150 empleados permanentes y los guardias de seguridad, unos 200 en total.  (Denominada oficialmente “La policía” porque no olvidemos que esto es un “poblado o población constituida” asi que formalmente las autoridades son oficiales aunque en la realidad todo el mundo responde a la Comisión Directiva).

En verano las costumbres son las de un pueblo de la costa: los jóvenes bolichean hasta la madrugada (los locales están alejados para no molestar con el ruido) y aparecen en la playa a la tarde, los mayores van a la playa con los chicos más pequeños.La gente hace deportes, y a la noche asados o cenan en algunos de los 6 restaurantes del complejo. Hay fiestas privadas.El apogeo es “la temporada” que empieza el 26 de Diciembre y termina el 31 de Enero.
Este – y me ha tomado un rato describirlo – es el Highland Country Club, el pedazo de  Argentina más bello, completo, lujoso y deseado. El más seguro. El súmmum al que podés llegar. El desideratum, envidiado por todos aquellos que en Argentina y aún en el mundo lo conocen pero no pueden disfrutarlo, fuente de orgullo para “los 3001” , los que “pertenecen”. Lo mejor de lo mejor.
Yo más bien lo describiría como una cárcel de lujo, ya sabés el panóptico de Foucault, donde todo se hace bajo estricta vigilancia. El ocio perfecto, la seguridad total. El Gran Hermano vigila.
Este es el “Paraíso” creado por la familia Belaunde Briggs.
Mi familia. 

2- Datos y preferencias personales.

Soy Alberto – Tito - Scalabritti . 35 años, periodista. Un divorcio a cuestas. Mi hija Paloma vive con la madre y yo la visito regularmente. Soy un tipo medianamente culto, pintón para mis años nunca me ha costado trabajo relacionarme con mujeres. En lo político me defino como progresista. Ya sé… el término está un poco deteriorado últimamente. Digamos entonces izquierdista razonable: me intereso por los problemas sociales, me duelen los pobres y hago lo que puedo por denunciar, ayudar a corregir su situación. Dentro de lo razonable  y lo que me permiten los parámetros de la revista en que trabajo. Dos veces por semana colaboro ad- honorem en una ONG que se dedica a tareas de bien público. Los jueves a la nochecita en lo posible visito a mi padre en la casita familiar donde me crié en Santos Lugares.

Entonces, ¿qué hacía yo por aquellos días de enero en ese paraíso de la alta burguesía, la aristocracia criolla? Un lugar, un ambiente al que  detestaba desde antes de conocerlo, opinión confirmada cuando pasé dos semanas allí la temporada pasada. Donde – lo sabía – me consideraban un intruso, uno de afuera, alguien que no correspondía. Apenas me toleraban. Y con toda razón porque si algo no soy  ni quiero ser es uno de esos estirados que pululan por aquí.
Es que el amor no conoce fronteras.

Hace ya dos años que Victoria y yo nos encontramos y nos enamoramos. Sólo después vinimos a enterarnos de nuestros disímiles orígenes. Y no nos importó.

Victoria, al elegir la carrera de periodismo para horror histérico de su madre y consternación de su padre, había salido de la jaula de oro en que se había criado. Además siempre había sido una rebelde.

Yo llevaba ya tres años de divorciado, y nos cruzamos en uno de esas presentaciones de libros que escriben periodistas y leen otros periodistas. Para mí fue una revelación. Redescubrí con ella el gusto, las ganas de vivir.  Tiene diez años menos que yo. Eso aporta a la pareja una alegría, una energía que nos mantiene siempre motivados. Con la lozanía de su juventud, sensual, siempre chispeante e íntima a la vez no me cuesta nada adorar a Victoria. Nos hicimos inseparables. Yo trabajo hace años en la revista, muy consolidada dentro de la opinión pública progre a la que moldeamos cuando podemos. Llevé siempre la sección de política. En una de las reducciones de personal me ofrecieron la de “Sociales” y como no soy de achicarme la tomé. Así que alterno contacto con políticos, diputados y  jueces, con miembros de la farándula y el jet set. En esta época son prácticamente los mismos escenarios. Calculo que seré el próximo Jefe de Redacción cuando Santilli se jubile en un par de años. Estoy tranquilo con mi futuro laboral.

Victoria está desarrollando una carrera promisoria. Tiene un programa en un canal de cable tipo magazine: modas, viajes, galerías de arte, cosas refinadas. Lo hace muy bien. Se le nota la gracia, la elegancia, el savoir faire. Eso no se adquiere con plata ni con  educación meramente – dice ella – sino con generaciones de depuración y lento enriquecimiento espiritual (¿?). Yo me río un poco, le acaricio el pelo y me la llevo a la cama para mostrarle lo que pueden – cuando juntos – el refinamiento enriquecido y el muchacho de la calle, criado en Santos Lugares. No sé si sus anteriores amantes habrán sido refinados, cultos o mariquitas. Puedo atestiguar que la bestia bruta que la lleva al delirio, a gritar como una poseída y a pedir más, tiene sangre tana. Encabritada. Y eso parece bastarle. Convertidos en “el animal de dos espaldas”, quedamos satisfechos, exhaustos, felices. 

Buena cama, comunión de inteligencias, 10 años de diferencia etárea que a ambos nos sirven (ella es mi “nena”, yo soy su “papi” aunque nunca nos tratamos así explícitamente). Todo hizo que desde aquel encuentro nos uniéramos con fuerza, una atracción como la del neutrón y el protón. Inseparables.

Y bien que necesitamos esa fibra, esa potencia interna en nuestra pareja. Porque llegó el momento en que Victoria y yo decidimos vivir juntos. Buscamos y alquilamos un semipiso en Belgrano. Y eso significó afrontar la situación: su familia y yo debíamos conocernos.

Papá ya había venido al centro y tomado el té con nosotros. Estaba contento al verme rehacer mi vida. Pero en lo referente a la familia de mi novia, las cosas había que calcularlas con precisión. Todo había sucedido tan rápido que en los 4 meses previos no habíamos encontrado la oportunidad de hacerlo.

Fui a la casa de los Belaunde Briggs – que de ellos se trataba – una noche de agosto. Me recibieron cortésmente en una mansión de Palermo Chico que tenía por vecinos a Susana Giménez hacia la esquina, y al Juez Bonorino Gainza Herralde a la izquierda. Yo había estado en ambas por cuestiones laborales. Una por la columna de Sociales, el otro por Política. Son chozas, pobres taperas comparadas con el esplendor de la casa que conocí aquella noche. Originalmente construida por un arquitecto francés en 1922 para la familia Alzaga Menéndez Behety, los Belaunde la compraron en el año 54. Ha sido remodelada varias veces. El interior es francés moderno de un buen gusto, un chic que deslumbra. Aúna sabiamente lo más elegante de la arquitectura con la funcionalidad extrema. El palacio se desarrolla en tres pisos y atrás tiene un jardín inglés con piscina cubierta y climatizada. Victoria me llevó de recorrida y tuve que guardarme de expresar los ohhs!!!  y ahhs!!! que surgían espontáneamente de mi garganta ante cada maravilla que nos esperaba al doblar un corredor: un jarrón exquisito, un Matisse como al descuido en un comedor secundario. Ella, que me conoce sonreía y me guiaba de la mano.

Terminamos abajo, donde sirvieron la cena. Santiago Belaunde Briggs, el padre de Victoria tiene unos 55 años, alto, elegante, bien mantenido físicamente, se lo nota un deportista, conserva todo su pelo y una sonrisa agradable en el rostro. Abogado y hombre de empresa. Me impresionó bien. Una inteligencia que aparecía rápidamente, en alguna observación irónica o humorística. Como destellos de una cualidad cuyo poseedor no quiere lucir sino más bien ocultar, mantener reservado, para usar sorpresivamente cuando sea necesario. Básicamente administra la inmensa fortuna que el Viejo le dejó, con el tino de haber sido hijo único. Lo ha venido haciendo bien, acrecentando el ya inmenso patrimonio recibido.

Amanda, la madre en cambio, resultó una arpía. Educada, cuidadosa, no pudo ni quiso ocultar que un italianito de Santos Lugares no era lo que había planeado para su hija mujer. Filosa, ácida, amargada aún antes de conocerme. Se ve que nunca hermosa, ni en su juventud, sus razones habrá tenido para casarse hace ya tantos años. La mirada de cada uno de ellos para con el otro no muestra amor. Ni siquiera el amor tierno y tibio que exhiben las parejas donde antaño hubo un fuego. Tienen un hijo más, Valentín dos años mayor que Victoria que no estaba esa noche y de quien no se habló. Después me enteré que el muchacho no satisface las expectativas paternas. Viaja por el mundo, se hace el bohemio y Don Santiago se preocupa.

Antes de sentarnos, la vieja me había sometido a un intenso interrogatorio, que ella creería disimulado. Dejé toda mi historia personal al descubierto, y dos generaciones para arriba también, barco desde Sicilia incluido con mis abuelos viajando en tercera clase. Cada cosa que oía parecía sumirla en un estupor o un rechazo creciente. A mis orígenes poco nobiliarios, tan opuestos a los patricios de ellos, se sumaba mi profesión que consideraba de chismosos. Ya se sabe: para las clases altas, ejercer el periodismo es sinónimo de metidos, correveidiles, vendidos, proxenetas. Hay que admitir que hay mucho de eso, pero ¿en qué profesión no? No ocultó su opinión negativa aunque tratando de suavizarla. Según ella, todo lo que se necesita en el país es el diario La Prensa “ ay, cuando era de los Gainza Paz, que tiempos aquellos” y – extendiendo la tolerancia-  La Nación. Todos los demás medios están “para armar barullo, para entretener a las masas incultas”. O incluso para fines aún más inconfesables como subvertir valores tradicionales de nuestra patria.

El acabóse –virtual, porque todo fue muy civilizado, como en sordina– fue enterarse que el novio de su hija era divorciado y con una hija. No aprobaba. ¿Qué era lo que no aprobaba? El divorcio. Era antidivorcista, en 2004.

De todas maneras, una vez expuestas todas las posiciones, Amanda escandalizada, Santiago cortés y bonachón –seguramente dejaba para su mujer la carga de las averiguaciones y el escandalizarse-, y yo habiendo ofrecido mi declaración jurada, pasamos a cenar. La cruda verdad conocida por los cuatro presentes es que por suerte en esta época los viejos pueden aprobar o no pero “la nena” con sus 25 añitos iba a hacer lo que quisiera.

Cenamos, tomamos café y pasamos un rato agradable aunque un poco tenso. La única que se divirtió realmente fue Victoria. Después me contó: disfrutaba perversamente viendo los esfuerzos de todos por llevar la relación a buen puerto, evitar chocar la nave o que se generara una tormenta que pusiera al descubierto las pasiones ocultas.
Viernes 20 de Abril de 2007 00:03
COUNTRIES

JUEGO DE ROL - Parte 3

por Santiago Ordoñez Zemborain

Cuando murió el Viejo en el 77, su hijo Santiago asumió la responsabilidad de manejar todos los negocios de la familia.


Los Belaunde Briggs tienen intereses en muchos frentes: la construcción, negocios con el estado, concesiones de servicios públicos, un correo privado cuasi monopólico en la Provincia, redes concesionarias de autos, explotaciones petrolíferas en Salta y Neuquén. En fin, eso es lo que yo conozco. Pero seguramente hay mucho más.


Tanto dinero y negocios están ya maduros y manejados eficientemente por gerentes profesionales. La niña de los ojos del Viejo, y ahora de Santiago fue siempre el Highland Over the Sea Sport and Social Country Club. Fue siempre su creación absoluta. Ejercieron el poder desde el principio: ellos designaron siempre a los intendentes, concejales, policías, y por supuesto a todo el personal empleado. Son dueños de una comunidad. No sujetos a elecciones ni molestos controles.


Es una tarea que llena los días de Don Santiago, y la fuente de sus mayores satisfacciones. Ya alcanzado hacía mucho tiempo el poderío económico, satisface sus ansias políticas manejando y viendo crecer la comunidad perfecta: el Country.


Y la gente….La gente durante todas estas décadas….siempre lo mismo: se hacen ricos, se hacen poderosos e influyentes. Y cuando “llegan”, lo que más desean,  el broche de oro la muestra palmaria de que efectivamente lo han logrado es ser admitido en el Highland Over the Sea.
Hay un elemento de azar  - por lo menos todo el mundo lo percibe así quizás algún orden secreto rija todo – en los criterios de selección.


Un aspirante debe presentar un dossier muy completo con su solicitud para comprar una acción. Es como conseguir digamos la visa para entrar a un país de maravillas. Ni se habla – hasta el final – de precio o dinero. Se supone que quien se presenta cuenta con el suficiente, como requisito mínimo.


Resulta muy difícil establecer un patrón que permita anticipar el veredicto de la Sociedad que se produce puntualmente 180 días después de la presentación de la documentación requerida. 6 meses en que – uno lo supone – la Sociedad rastrea hasta el fondo todos los antecedentes del candidato. Y de su familia. Todo lo que hubiera hecho en el país o en el exterior si corresponde. Lo que se sepa de su vida pública y privada. Y lo que no se sabe también, sospecho.


A veces el candidato es llamado para una “conversación” durante el período de incertidumbre. No se podría llamar “interrogatorio” o asimilarlo a un trámite policial. Después de todo, son actos voluntarios. Además siempre se trata de gente de altísimo nivel. Pero más de uno cuenta después que aquella había sido una experiencia durísima: hay que decir la verdad porque mentir es causa de rechazo. Y uno nunca sabe lo que la Sociedad conoce de tus actividades o tu pasado.


Incluso se generó una pequeña industria:  personas especializadas en “preparar el expediente” y “entrenar al candidato”, para asegurarle la mejor chance de éxito.


Cuando por fin la ordalía acaba, y se extiende el veredicto aprobatorio, el Highland organiza una fiesta – la paga el nuevo socio – en el Club House principal. Siempre participan  muchos de los socios y relaciones, gente de todos los sectores que dan la bienvenida al nuevo integrante de la cofradía.”Has llegado” le están diciendo. Y esa noche lo reciben, le dan la bienvenida al Paraíso.   


Para aquellos que son rechazados, no hay otra oportunidad. Sin embargo el trámite es muy discreto, jamás se deja saber del intento fallido y por lo tanto el fracasado siempre puede alegar ante sus amistades desinterés en pertenecer al Club si se lo preguntan, u otras razones.


De una manera u otra el Highland logró siempre por estos y otros mecanismos – hay un tribunal de disciplina que puede imponer sanciones y hasta en casos extremos expulsar a algún socio – mantener una comunidad armónica y feliz de pertenecer. La herramienta de la expulsión (“recompra de la acción del socio según Art. 74 del Reglamento Interno) fue ejercida pocas veces en los 70 y pico de años de vida del Highland.


La posibilidad de expulsión por falta grave (a juicio del Comité es decir de los Belaunde Briggs) es un arma en poder de éstos. Todo se convierte en un juego de poder. Si te echan es porque “que algo serio habrán hecho él o su familia”. Jamás se revela, ni siquiera al interesado las razones de una expulsión. La falta de dinero para pagar las expensas por los abultados gastos comunes no constituye – en principio – causa de expulsión. El Club “ayuda” a los socios con problemas. Si éstos problemas  se extienden o se tornan permanentes, el socio renuncia, vende su propiedad, paga sus deudas y se retira. Como quien vende un departamento caro en un condominio en, pongamos por caso Punta del Este, Miami o Cancún porque ya no puede mantenerlo. El caso de retiro voluntario se mantiene muy bien diferenciado en los registros y comunicaciones del Club, de aquellos  que son expulsados (“invitados a retirarse” según el bendito Art. 74).


Debo decir en  honor de los Belaunde Briggs que jamás cedieron a las presiones políticas o de baja naturaleza. No expulsaron radicales durante la década peronista, ni peronistas caídos después de la Libertadora en el 55, ni algún intelectual “zurdo” – pero de buena familia - que siempre tenían para mostrar su heterodoxia durante los regímenes militares,  ni militares desprestigiados después del advenimiento de la democracia en el 83, ni  hombres de negocios que pasaron por problemas circunstanciales. Una quiebra, fraudulenta o no, una inhibición, una estafa, un juicio por evasión impositiva no fueron jamás motivo de molestia para el socio. Tampoco usaron nunca criterios discriminatorios de tipo racial, religioso, político o ideológico.


Lo único que se exigió siempre fue el criterio fundador: pertenecer a los 3000 mejores.
Ser gente bien.


Entre sus socios se encuentran, como para dar una idea todos los que fueron alguna vez presidentes de la Nación como dijimos, empresarios petroleros, de la construcción, contratistas del estado, grandes industriales – los que quedan – presidentes de clubes de fútbol (si son presentables e influyentes), ministros y ex ministros. Periodistas importantes que moldean la opinión pública, o por lo menos lo intenta desde la derecha y algunos de la izquierda. Gente del espectáculo, pero seleccionada: alguna Diva pulposa y ya grande, con su enamorado de turno solo admitida recientemente tras activas gestiones de consocios, hombres de radio, empresarios míticos del teatro porteño algún bailarín que triunfó en el exterior, dueños de los principales diarios y canales de televisión.


Ganaderos, dueños de tierras, aristócratas, financistas y dueños de Bancos, emprendedores inmobiliarios, representantes de instituciones extranjeras, embajadores mientras se desempeñan en nuestro país (socios temporales Art. 125), Directores y CEOs de Multinacionales destacados en el país, (ídem) descendientes de los prohombres que hicieron la patria constituyen también el núcleo del cuerpo societario.


Y una multitud de hombres importantes, descollantes que sería largo enumerar. Y está prohibido además. La lista de socios es confidencial


Asimismo sería interesante dar la lista de aquellos a quienes se ha rechazado, indicándoseles cortésmente que no tienen cabida en el Highland Over the Sea. Esa lista es secreta, pero daría una imagen clara al lector. Imagen que todos los que conocemos el Club tenemos clara e instintivamente. Toda la gente del Highland es “linda”, razonablemente culta, agradable, bien vestida. No es difícil entablar conversación porque hay elementos en común en todo el cuerpo societario.


Últimamente se han aceptado algunos socios extranjeros que tras ser invitados a conocer el Country quedaron extasiados. Bill Gates, Madonna, Henry Kissinger, Bill Clinton, Enzo Ferrari, los Thatcher Margaret y Edward, William el hijo de la Reina Isabel, Sanguinetti y Lacalle ex presidentes de Uruguay, Julio Iglesias, Clint Eastwood, la futura pareja real holandesa, Dominique de Villepin ex primer ministro de Francia, y tantos otros con quien uno se cruza en la playa o los paseos cuando vienen a pasar unos días. 


Sólo el éxito garantiza la entrada y la permanencia en el Paraíso de los Belaunde Briggs.
Una vez adentro, estás en condiciones de disfrutar. Y debo decirlo, en necesidad de competir fieramente para mostrar tus autos, tus relojes, tus mujeres. Y ellas sus joyas y modelos exclusivos.



La batalla es feroz. Y no se detiene nunca. Pero parece que mantener la contienda para ver quien es más entre los más, es parte de la grata estancia de los socios. Otra que Pinamar, o Punta del Este, o los countries “exclusivos” de Buenos Aires. “Eso es para la gilada y para los medios” dicen – con razón – los socios. Principalmente las socias. Es que “allá, en los lugares públicos” entra cualquiera. Basta llegar y tener donde alojarse. Ir y comprar una casa en el Country que prefieras o en esas nuevas torres que surgen para cualquier arribista con medio palo verde. Cierto, tener dinero es necesario para que te admitan en los círculos más “selectos” de aquellos lugares. Pero acá no entra cualquiera. Tenés que tener dinero, carradas de plata eso sí. Pero además tenés que tener la acción. Acá no entra cualquiera, porque la plata cambia de manos, pero la educación, el nivel se gana con décadas. Por lo menos así dicen. Y cuando algún discutidor saca a la palestra algunos de los miembros más pintorescos, menos selectos la respuesta siempre es la misma:
- Eso es un toque de color che. O acaso a vos no te divierte cruzarte con (“ella”) o (“él”) en la calle, o en la playa?.Los tenemos aquí por eso. Y además se lo han ganado. Y fijáte que cada vez está más refinado/a, parece que aprende – dignifican desde su auto defi