Miércoles 11 de Junio de 2008 16:20
ADELANTO EXCLUSIVO

Belsunce y Dalmasso: del expediente policial a un libro sobre countries 

por Santiago Ordoñez Zemborain

Dalmasso, Belsunce, Criguera, la triste verdad

 

La carta, que llegó a mi puerta sin sello, membrete ni marcas especiales, venía dirigida a Don Santiago Ordoñez Zemborain. No tenía remitente, estaba impresa en papel A4 y constaba de dos páginas.

Hacía tanto que no recibía una “carta” en este tiempo de e-mails que la tomé con curiosidad como quien levanta un cangrejo en la arena, interesado pero cauto.

¿“Que no se pudo hallar al culpable del asesinato de Maria Marta Belsunce? ¿Y qué esperaban? ¿Una víctima propiciatoria, algún pobre tipo que cargara con la culpa?

El resultado del juicio es el que cabía esperar: Nada.

También resultará “abierta” la culpa cuando y si es que alguien va a juicio por la muerte de Nora Dalmasso.

Ese también fue el destino de la causa abierta tras el delicadamente salvaje asesinato de Elena Criguera. La víctima fue enterrada rápidamente. La investigación judicial permanece abierta formalmente pero a los fines prácticos, tras las primeras semanas de frenéticas especulaciones y la aparición de revelaciones sensacionales, se dio carpetazo al asunto. Nadie siguió ocupándose del tema”

Pero ¿dígame don Santiago? ¿Es que son todos ciegos? ¿O imbéciles? ¿O fingen torpeza para dar material a los medios? Ignoran lo obvio. Todos: la policía, la justicia, los medios, los lectores ¿Nadie es capaz de ver la verdad delante de sus ojos? Les resultaría absolutamente claro si miraran donde deben
hacerlo, y repasaran lo básico de cada uno de los tres asuntos.

El primer punto que salta a los ojos es la falta de motivo. En los tres casos. Especulaciones sí. Pero ¿motivos? Nadie los conoce.

En cada uno de ellos con mayor o menor ardor siguen pistas equivocadas. El sexo, el dinero, las conexiones con el poder, los adulterios, los dudosos personajes del entorno, arribistas o parientes que dejan torpes huellas de todo tipo para que la policía se lo pase haciendo pruebas de ADN.

Analizan pitutos, semen, balas, pegamentos, fibras. Mucha televisión, mucho CSI, poca cabeza.

Llega un momento en que lo que hacés se vuelve tan perfecto que te elevás, estás por encima de aquellos que, embobados miran desde abajo. Me volví un ser tan complejo que perdí contacto con el resto del mundo.

Puesto en ese punto comprendí que tampoco es gratificante un triunfo tan absoluto. Si nadie se da por enterado de la obra realizada, la frustración empieza a ganarlo a uno. Es como si Miguel Ángel tras pintar la Capilla Sixtina se hubiera enterado de que la sala se clausuraba para siempre. O a
Beethoven le hubieran comunicado que la Sinfonía Pastoral iba a quedar inédita, resonando sólo en su cerebro.

Por privilegiados que seamos, los artistas deseamos en algún punto el reconocimiento de nuestro público. Un espectador bobo, que no interprete los guiños del autor, no alimenta al mismo ni le da ganas de seguir.

Y a mí me falta tan poco…

En este punto irrumpió Luisa con un café con Bay Biscuits que suelo tomar a la tardecita. Dejé la carta inconclusa sobre la mesa.

Yo escribo desde hace unos dos años un blog “Country”, donde relato historias que me ha tocado presenciar, o de las que me he enterado por amigos que viven en Countries. Todo resulta en general divertido porque la fauna que los habita es en ciertos aspectos especial: más ricos que la media, más
ociosos, más dados a los excesos. El blog, que publica el diario digital  es seguido —me dicen— por un grupo generoso de lectores interesados en el tema. Les place como a mí, indagar de alguna manera y en la medida en que los hechos trascienden, qué sucede tras las alambradas y garitas de seguridad de los countries.

Mi Blog no había tratado los casos de Maria Marta Belsunce, Elena Criguera y Nora Dalmasso. Principalmente porque no tenía nada que aportar sobre los mismos. En los dos casos tan cubiertos por los medios, sólo quien tuviera información reservada, desconocida para todo el mundo podría haber dicho algo novedoso. Por lo que se vio en el juicio Belsunce, la principal pregunta no pudo ser respondida ni por los jueces.

En el caso de Criguera, que ni de lejos atrajo la misma atención que los otros dos, por esa misma razón: un asunto turbio y repleto literalmente de sangre, algunas revelaciones sexuales, una mujer madura asesinada en un country…en fin el mismo tipo de suceso. Pero no se habló más de él, y yo no tenía ninguna información particular al respecto. Sigo a Wittgenstein: en el Tractatus leemos: “De lo que no se puede hablar, se tiene que callar”.

Lo que no imaginaba es que la otra gran expresión del filósofo, también tendría un lugar en la historia: “Hay… lo inexpresable, lo que se muestra a sí mismo y con eso basta. Aquel que no habla o lo hace apenas”.

Para poner en tema a más de un desprevenido, resumiré los hechos relativos al caso menos conocido. Los otros dos los doy por sabidos (...).

 

Bueno, muy bien —me dije— ahora vuelvo a la carta:

 

“En otras palabras, Don Santiago —proseguía el documento— siento la frustración del artista no reconocido. Ahí está la obra, allí su belleza, su estética minimalista, su perfección que haría la delicia de los grandes maestros,los del Grand Guignol, sí pero también aquellos que apreciaban en tiempos idos la perfección de una matriz racional, cartesiana, comprensible, predecible. Pero no, nadie parece percibirla. La tienen delante de sus narices y no se dan cuenta.


“En los años cuarenta cuando escribía Borges, cuando acompañado de su inolvidable hermana Norah la pintora, que así se escribe correctamente el nombre, cuando nació Isidro Parodi aquella tarde fausta, esta impericia hubiera resultado impensable. El gran humorista, el lector de misterios británicos hubiera dado con las claves en forma inmediata.

 

De manera que intentaré ayudar a comprender, para que se reconozca la medida de mi genio. Y en ello va como incentivo adicional la vida de la próxima y última `Señora de Country’ que pienso tomar. Después de ella me llamaré a descanso. Tiene Ud. la posibilidad de salvarla, si acierta a mirar donde debe hacerlo.


Para que esté Ud. seguro de que hablo en serio le doy tres datos menores que obran en poder de la policía, esos detalles que se guardan de la prensa para descartar falsas confesiones:
datos que sólo conoce el asesino y la policía:


Caso Belsunce: trozo grande de paño azul y amarillo en
el borde de la bañera.

Caso Criguera: peineta de carey tomando los dos dedos
centrales de la mano derecha del cadáver.

Caso Dalmasso: paquete de cigarrillos antiguos marca Lucky Strike entre las ropas del cadáver. Nadie fumaba en dicha casa.


Procederemos así: le iré dando claves y le sugiero que las analice. Cuando tenga una respuesta publíquela en su blog para que, de ser correcta sigamos con el juego.

Si acierta, la próxima Señora tendrá chances de salvarse. Si falla, procedo.

Me despido saludándolo atentamente Rudi Scharlach”

Claves para esta semana:
1) Motivo de los tres crímenes.
2) Nombre de las víctimas.
3) Apellido de las víctimas.

 

Doblé la carta y me puse a pensar.

 

El autor sugería una hipótesis alocada: que los tres crímenes tenían aspectos en común, que no eran episodios separados, aislados sino todo lo contrario: algo los hacía parte de un solo entramado.
Por otra parte insinuaba que él tenía alguna participación en los mismos. Prácticamente se los atribuía, sospecha que se confirmaba cuando hablaba de una “próxima Señora” que pensaba “tomar”. Era el autor material o intelectual de los asesinatos, o sabía mucho sobre ellos que no se había revelado
a la opinión pública. Deseché la segunda hipótesis por imposible: que alguien supiera tanto sobre los tres casos, datos que no se hubieran filtrado sin haber estado allí, ser el homicida era imposible. Llegué a la conclusión de que el autor de la carta era el responsable de las muertes. Ofrecía el incentivo siniestro de la vida de aquella futura “cuarta señora” si descubría las claves de los asesinatos anteriores.


Me sorprendió darme cuenta con qué facilidad yo mismo aceptaba la improbable teoría de que los tres asesinatos estaban relacionados. Era absurdo. Seguramente algún afiebrado se había puesto a imaginar cosas. Tan lejanos en el tiempo, el espacio, las circunstancias. Aun las causalidades, aunque poco se sabía de ese aspecto: los motivos de los tres crímenes permanecían en la oscuridad (...).

 

Gentileza Editorial Ediciones B

Viernes 22 de Febrero de 2008 00:00
BLOG COUNTRIES

Sueño y Bogotá - Ultima parte

por Santiago Ordoñez Zemborain

Retoma la palabra el Comisario General tras haber descrito su sueño.

 

“Termino de despertar, me doy una ducha y me visto con cierta premura, trato de estar elegante dentro de lo posible. Llamo un remise que me busca en unos 15 minutos. Hoy en día en el Gran Buenos Aires y especialmente en la zona de Countries el sistema funciona a la perfección. Pensar que en mi juventud para llegar a la Capital desde Pilar tomaba dos o tres horas. Ahora todo funciona con radio llamadas y en un rato estás en Buenos Aires. Me deja en el restaurante de Palermo Soho – o es Hollywood o Tribeca, no sé son novedades que me superan y no me interesan-. Entro al local por una puerta lateral. Y me siento en un rincón alejado. Al entrar, inmediatamente los distingo pero ellos no a mí. Así debía ser. Sólo tienen ojos el uno para el otro, manitos y brillo en ambas sonrisas, amor joven.

 

Yo había sentido el calor y la intensidad de aquellos ojos clavados en los míos diciéndome su amor. Ella era tan joven. Tenía calor suficiente para ambos en aquellos tiempos de mi primera madurez. Su amor alumbró unos pocos años de mi vida hasta que aquello se terminó. Como todos los milagros, duró apenas un instante.

 

Yo ahora y en tanto soy sólo un hombre de edad mediana, un viejo se podría también decir. Un tipo gris y apenas perceptible que se sienta al fondo del local y pide un plato anodino.

 

No tarda mucho.

 

En suceder, digo.

 

Entran tres asaltantes claramente fuera de sí. La droga los ha tornado animales urbanos. Tienen movimientos que lucen descontrolados. Los ojos parecen pestañear diez veces por segundo, las pupilas pequeñas y afiladas. Los diálogos y órdenes son inconexos.

Pero el sentido general de su irrupción está claro. Vienen a robarnos.

 

Todos mirando el suelo. No nos miren a la cara – gritan constantemente.

 

Entreguen todo y rápido. Y nadie alce la mirada, miren al suelo.

 

El patrón les entrega el dinero de la caja. Recorren el pequeño restaurant, dos de ellos exigiéndonos el dinero, los relojes, anillos. Todo. Uno cubre la puerta. Los tres tienen en sus manos pistolas de calibre grueso. 9 milímetros, calibre policial. Pistolas Sig Sauer M32 de fabricación austriaca. Eso seguro. Bien aceitadas y probadas. Ninguna se va a encasquillar o trabar. Todo debe funcionar bien según el plan. Y así sucede. Entrego mis pertenencias rápidamente, sin mirar al asaltante. Todos los parroquianos obedecemos y colaboramos. Ya terminan.

 

“Que se vayan. Que esto termine. Que no haya sangre” es lo que leo en todos los ojos. “Démosle lo que quieren y volvamos a nuestra vida”.

Ya finalizan, en efecto. Los tres se reúnen cerca de la puerta. Se mueven ahora con la tranquilidad del delincuente avezado, reforzada por la impunidad que rige en el país hace años. Argentina y Buenos Aires ya no son lo que eran, todo tan parecido ahora a Bogotá. Si alguien observara con detalle, podría constatar que aquellos tres no están tan  drogados. O lo estaban pero ahora ya no. O fingían.

 

Tampoco fueron particularmente  cuidadosos para hacerse con  las pertenencias de los clientes. No revisaban ni inquirían, sólo hicieron la ronda embolsando lo que cada uno les entregaba.

 

Sí, amenazan y consiguen intimidar con su locura. Pero hay cierta precisión en los movimientos que no concuerda con el proceder de gente descontrolada. Ahora lucen bien profesionales, pero para esto se requeriría alguien que se tomara el trabajo, y dispusiera de la calma para observar con detenimiento.

 

Los tres se mueven en comunión. Como si fueran parte de un cuerpo de baile bien aceitado. Un equipo, habituado a manejar la violencia, a dispensarla según sea necesario.

 

¿Pero qué hacen ahora?

 

¡Ya han terminado. Deberían irse!

 

Uno de ellos cubre con su arma todo el salón. Los otros dos se dirigen a una mesa. Una bien específica. La de la pareja joven. Ella y él miran hacia abajo, inmóviles y aterrados.

 

-¡Ustedes! Ustedes dos. ¿No te dijimos que no nos miren la cara? ¡Nadie tiene que mirarnos!-.

 

La acusación es absurda, aquella pareja tiene los ojos fijos en el suelo. Obedientes ahora.

 

No hay palabras ni tiempos perdidos. Esto no es una película. No hay mensajes.

 

Todos vemos como los dos pistoleros adelantan sus armas y disparan. Dos tiros a cada uno. Y uno de gracia en la cabeza como indican los manuales.

 

Ahora los tres se mueven más rápido y ganan la puerta. Cuando retomamos la conciencia ya no están. La conciencia es una manera de decir porque hay gritos y pandemonio. Un asalto que terminó mal, una equivocación, fruto de los nervios de los delincuentes. Dos muertes inútiles e injustificadas.

 

Creyeron que los estaban mirando.

 

Pero lo esencial de la noche ya ha sucedido. No habrá más hechos trascendentes hoy.

 

La realidad fue distinta que mi sueño pesimista. En ella, todo anduvo como debía.

 

No hubo retrasos. Nadie se fue apresuradamente o antes de tiempo a mirar ningún partido. Nada fracasó o se vino abajo.

 

Nadie se demoró, mi gente nunca llega tarde. No hay angustia, ni necesidad de extravagancias que retengan a los protagonistas en su lugar cuando ya se quieren ir. Nada de billetes de Cien Pesos Sol u otras incongruencias. No tuve necesidad de retener a nadie.  Todos han estado perfectos, jugando su papel con precisión, cada uno en su lugar en el momento preciso. El joven galán, ya no arrogante como estos últimos meses, ya no burlón ante mi desespero,  yace con la cabeza destrozada en un charco de sangre. Ella no. Su belleza permanece inalterada. Aún en la muerte sus ojos parecen tener cosas que decir. Ya no dirán nada, claro. No desde luego a mí, a quien hacía tiempo que no miraba o lo hacía con velada lástima. Pero sino a mi tampoco a ningún otro.  Paso al lado de ellos junto con el resto de los clientes aterrados todavía. Desalojamos el restaurante bajo la mirada atenta de la policía que acaba de llegar. Me contengo y me privo de cerrar sus ojos claros. Sería un gesto demasiado personal de mi parte. “

 

Firma: Manuel Quinteros Galván, Comisario General.

Comentarios (4)
Cuqui Quiroga (anónimo) - 22-02-2008 17:51
Electrizante. Hay que leerlo todo junto, parte 1 después parte 2. Fuertísimo. Inteligente.
Cuqui

12
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Viernes 15 de Febrero de 2008 00:00
COUNTRIES

Sueño y Bogotá - Parte 1

por Santiago Ordoñez Zemborain

El mes pasado falleció el Comisario General de la Policía, Manuel “Mono” Quinteros Galván.
Ex Comisario General en realidad, porque estaba retirado hacía años, un hombre ya grande a quien conocía vagamente de los torneos de equitación intercountry.

Su carrera se había desarrollado durante los años de plomo, era un duro de los 70’s. Los que lo conocían hablaban de sus años de servicio en forma vaga y con medias frases, creo que nadie sabía mucho sobre él ni quería averiguar, por lo menos en el Country.

Alguna desgracia personal, una tristeza profunda lo carcomía de forma evidente en sus últimos años, tampoco se sabía mucho de eso. Me dijeron que era un asunto de amores perdidos o ya no correspondidos. De una felicidad encontrada a última hora cuando no se la espera, y después perdida cuando ya es tarde para soñar con otras futuras, la edad no da entonces para eso.

Vivía solo en el Country Club Delicias del Talar desde hacía muchos años. Al parecer no tenía familia cercana, o alguien en quien confiar. Digo esto porque Quinteros Galván dejó explícitamente indicado antes de su muerte: la caja de tamaño mediano llena de documentos que obraba en poder de la Escribanía Matienzo, debía ir a parar a manos de su amigo y vecino Julito Corvalán Sendic. Qué había en ella, no me enteré ni es de mi incumbencia. Pero Julio, con quien tengo lazos de amistad y algún lejano parentesco me alcanzó el siguiente documento, manuscrito por el Comisario General Quinteros.
Dijo Julio que darlo a conocer ayudará sin duda a comprender lo sucedido aquella noche del año pasado. La muerte tan violenta y casual de aquellos dos, tan queridos jóvenes del ambiente del country, una pareja fresca y hermosa. Hasta que divulgué el documento, todo se había atribuído al azar, la mala suerte, la ira, las drogas, la violencia sin sentido que cae sobre cualquiera en cualquier momento, al menor error, en cualquier lugar.   

Me autorizó la publicación con la única condición de cambiar los nombres propios. Country incluído.
Se trata de notas del Comisario General dirigidas al parecer a sí mismo. No sé si pretendió contarnos algo, quizás clarificar su mente, dejar testimonio, o aplacar su conciencia. Aunque esto último por lo poco que sé de él y lo que me contaron de su carrera, no creo.

Santiago Ordoñez Zemborain
Verano de 2008



Trancripción del documento sellado en sobre lacrado, perteneciente al fallecido Comisario Manuel Quinteros Galván y dejado a la custodia de su amigo Julio Corvalán Sendic.

En el sobre se lee: “Documento privado para ser abierto después de mi muerte”.  El documento está escrito a mano por el propio Quinteros Galván y finaliza con su firma.

“Me desperté inmerso todavía en la historia soñada. Y aunque no se me ocultaba el simbolismo de la misma a la luz de lo que iba a suceder en un rato, quise pensar que no era un augurio o profecía de los dioses sino sólo la expresión de mis temores de que todo fracasara. Y ellos vivieran. La escena había sido tan vívida que podría ver, y relatarlo todo en detalle no sólo en ese momento posterior al sueño sino sin duda mucho tiempo después de ser necesario. Claro que no iba a referirlo de todas maneras nunca, salvo en esta memoria que será leída – quizás – pero cuando ya no importe y haya pasado mucho tiempo.” 

El sueño:

“Un restaurante de esos más o menos, más bien menos. Tipo cantina. Todas las mesas ocupadas, y un diálogo sobrevolándolas, cubriendo y acallando cualquier otro tema: el inminente partido de fútbol con Ríver que se desarrollaría en un rato en el estadio Mundialista de Bogotá. La acción, me di cuenta transcurre en la capital colombiana. ¿Por qué Bogotá, que es una ciudad que visité sólo fugazmente? No tengo ninguna idea que lo explique, pero así son los sueños ¿no? La mejor hipótesis: en mi mente es una ciudad violenta, donde la vida vale poco. Y también una en que las pasiones están a flor de piel un país casi tropical.  Está en juego alguna de esas copas futboleras interclubes. Es la final entre el equipo argentino y el Millonarios de Cali. Todo el mundo parece tener su opinión, e interés en expresarla. La plática es abundante, y se derrama de una mesa a otra, todos interesados aparentemente por el mismo tema. Muchos, se adivina, terminarán la cena temprana y se encaminarán al Estadio cercano a disfrutar del partido. El resultado es incierto, nunca los colombianos hemos ganado. Todavía. Pero esta vez el equipo es fuerte y contamos con un crack que puede dar vuelta el partido. Además esta noche jugamos de locales.
 
Foco en una de las ventanas. En una mesa una pareja joven, elegante, bien vestida y satisfecha se apura con el postre para manejar bien los tiempos. Joven es una manera de decir. Él tiene unos 40 o 42 años se lo ve firme y ganador en la vida por lo menos ahora. Luce un traje elegante, está perfectamente encorbatado, peinado y perfumado. Ella es encantadora. Acaba de trasponer la treintena. Aquí puedo ser más preciso, los acaba de cumplir la semana pasada. No tanto alta como perfectamente proporcionada. Morena y bien de su tierra, Cali. Dicen que de las tierras calientes vienen las mujeres más bonitas de Colombia, las caleñas. Y ella lo es. Sonríe con dientes perfectamente blancos. Le sonríe a él y le toma la mano. Ella es la que toma la de él. Ambos se ven confiados. Son amantes ya establecidos eso se ve. Lo suficiente como para participar del debate generalizado sobre el inminente partido. Pero frescos aún sus amores como para que deban estar sus pieles en contacto siempre, de preferencia. Y sus ojos no perderse muchos instantes sin verse el uno al otro.
Y al lado de su mesa. O cerca. Un viejo. Bien viejo. También una forma de decir. Pero claramente mayor, el hombre de unos 60 años.  Por lo menos me resulta claro en el sueño que se siente viejo. Mira fugazmente a la pareja. Pero también al resto de los comensales. De a ratos echa un vistazo a su reloj pulsera y hacia la puerta. Habla poco aunque participa ocasionalmente en el diálogo con las mesas vecinas.

Se integra gradualmente en la conversadera generalizada, dá sus opiniones aunque éstas suenan extravagantes y fuera del consenso general. Alguien las denuncia como tales, con guasa y apenas respeto por la edad del otro: exageraciones, absolutamente desatinadas, alejadas claramente de los hechos tal como posiblemente se darán. El viejo insiste y logra incluso en algún momento la atención de varias mesas circundantes.

La pareja se está por levantar. Ya pagaron. Ya se van a ir. El viejo alza la voz todavía como para imponerse, controlar la escena se diría si no fuera absurdo. Lanza un desafío a los que lo rodean y no dan crédito a sus pronósticos, élla y él incluídos aunque ya casi fuera de la escena o preparándose para dejarla, el joven galán ayudando a la dama a colocarse un leve abrigo sobre los hombros.

- Pongo acá Cien Pesos Sol y los dejo en la mesa. Si alguien se anima, entonces que acepte mi apuesta. Quedan en el restaurante hasta que termine el partido.
La suma es enorme, no sé porqué ni cómo referenciarla. En los sueños pasa eso. Pero sé que es así, una cifra que no guarda relación con el tema que se debate ni la situación. Una suma que llamaría la atención en cualquier circunstancia, pero en ese lugar y circunstancia, mucho más. Una enormidad.
- Cien Pesos Sol- dice el viejo y saca de su billetera un billete enorme que deposita sobre la mesa.

Hay un silencio. Nadie sabe bien que hacer. Un poco de lástima hacia el hombre ya anciano fuera de lugar en una actitud tal vez senil.
La pareja ya está por irse. El hombre joven mira al viejo por última vez y se da vuelta para salir.
Un postrer intento desesperado por mantener la situación:
- Y estoy tan seguro de lo que digo que si alguien toma mi apuesta…
El viejo emite otra oferta aún más descabellada. Esta vez se dirige casi directamente a la pareja. A sus espaldas. Ellos que apenas si se han sumado al coro de las otras voces expresando la opinión mayoritaria pero que, como todos ya han olvidado el tema y sólo piensan en el partido inminente.

El hombre joven abre la puerta del restaurante, deja salir a su bella compañera y ambos desaparecen de la escena y del sueño. El viejo constata lo irrefutable: ellos dos se van, se termina la cena y ellos se van al partido. Ya no puede retenerlos en el restaurante, con charla, exageraciones, con apuestas ni con nada. No puede hacer nada para que se queden. Y si se van, todo fracasa. Pero ellos se van, y todo se viene abajo.
El sueño dura todavía un último segundo. Con el corazón, el mío, estrujado por la angustia. No termino de entender cómo ni porqué comparto la desesperación del viejo al ver que no ha podido retener a la pareja más allá de aquel último instante. Se han ido. Continuarán viviendo su amor. Continuarán viviendo. 

Y el sueño mismo concluye.”

 

CONTINÚA EL PRÓXIMO VIERNES

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Viernes 1 de Febrero de 2008 00:00
COUNTRIES

Super Pancho - Última Parte

por Santiago Ordoñez Zemborain
Aquella relación perfecta que les había devorado el seso, seguía estando pero ya sin alma. Y la diferencia era todo lo que importaba.


Durante la semana, la escena se repitió con variantes derivadas del distinto carácter de Julia y Annabela aunque las conclusiones – cada una quiso probarlo en carne propia y ver con sus propios ojos – fueron idénticas.


Rubén,  conservaba su dignidad intacta, su auto respeto nunca disminuido y eso había sido gran parte de su atractivo. Durante todos aquellos largos 18 meses ellas se habían estado acostando y probando las delicias de la relación con un hombre entero, algo inalcanzable con ningún profesional, sólo con un amante quizás pero nunca compartido entre tres. Ahora, ese hombre entero les revelaba con su actitud que era dueño de hacer lo que le viniera en gana y que consideraba que lo nunca dicho, no había sido establecido. Que aquello que ellas consideraban tácito no lo era y que él se atenía a lo literal. Prestaba un servicio en el que ponía a disposición de sus amantes ocasionales su privilegiado cuerpo, y -mientras  duró, ahora venían a enterarse, pero sólo mientras duró mantenía él – su persona, sus emociones, su pasión amatoria había sido de ellas, por turnos sí, pero exclusiva de cada una cuando estaba con la que tocara en suerte. Ahora no, ahora poco a poco quedaba claro que el tipo estaba locamente perdido por Norma. Era con ella con quien paseaba y se mostraba en las áreas públicas del Country, a quien presentaba en las comidas y la que lo acompañaba en las tardes de fútbol. La que bailaba con él en las fiestas y con la que se sentaba a charlar y tomar algo en el porche de la casa, a ver pasar a los joggers, las parejas con bebés, los amigos que pasaban y saludaban a la pareja. Las tres desposeídas – parcialmente – hervían. Casi literalmente hervían y figuradamente desposeídas. Porque Rubén consideraba que seguía cumpliendo su parte del trato. Recibía a cada una de sus -¿amigas, clientes, amantes por horas?- y ante la visible indiferencia y hasta aquiescencia de Norma las llevaba al dormitorio de visitas y atendía con consciencia sus necesidades en la medida de lo posible. Y lo hacía con maestría como antes y siempre. Pero ya no había entre ellos – Rubén y la que tocara en suerte aquel día – la química que todo lo cambia. Ni aún proponiéndoselo ellas – él no hacía esfuerzos en ese sentido – podían figurarse como antes que eran aunque por un rato amantes o cómplices de su compañero de cama de aquel momento. Hay una clara distinción y todos la sentimos cuando existe o no la pared que solemos voltear voluntariamente para que el otro penetre y nos abrace. Cuando dejamos que caigan todas las defensas y con el gesto, la sonrisa, el beso y la palabra- esta última a veces y no necesaria- hacemos ver que estamos allí, vulnerables y entregados habiendo renunciado a las medidas de seguridad que hasta natural y evolutivamente estamos obligados a mantener en vigencia. Dadas de baja estamos en peligro pero lo corremos con ventaja porque la cercanía de los cuerpos y las almas exigen que sean volteadas. Y cuando lo son, todo es tanto mejor. El amor le dicen algunos. La confianza, intimidad, amistad quizás mejor para no divagar.
Y eso, definitivamente, no estaba. Y lo que hacía terrible esa ausencia para las tres damnificadas, es que antes había estado. Allí, cada una de ellas lo había experimentado. Y si bien sabían que era compartido, había estado disponible para cada una en los momentos compartidos con el hombre, que no habían sido sexo sino sexo y charla, risa, confidencia, lágrimas a veces, confianza y desarme.
Ahora en cambio existía la sospecha – certidumbre en realidad para quien quisiera verla – de que aquellos momentos en que “Es Pi” se soltaba y reía, lloraba o admitía la entrada de alguien en su intimidad estaban reservados sólo a aquella intrusa, la chirusa como empezaron a llamarla las tres. Norma.


Veían el comportamiento de su galán como una defraudación a un contrato implícito. No se daban cuenta de lo absurdo de pretender pactar sentimientos, y era de alguna manera lógico porque había sido así durante un largo tiempo hasta que fueron cooptados por una hembra más potente que lo que ellas aún juntas pudieran representar. Disfrutaban,- ¿pero de que servía? – de aquella excepcionalidad física del hombre que nunca dejaba de rendir. La “satisfacción” estaba allí y como algunas de ellas tenían otros encuentros con miembros viriles podían tener muy fresca la comparación. Nada equivalía a aquella excepcionalidad de Rubén. Comprendían al mismo tiempo que el Super Pancho, ahora solo y sin emoción, carne únicamente era un pálido sucedáneo, inútil a todo efecto salvo el más inmediato y escaso del clímax alcanzado ahora con dificultad y esfuerzo.


Para más indignación no podían evitar imaginarse la dedicación amorosa que a ellas se les había retirado de manera tan abrupta volcada ahora en aquella intrusa que les había robado su bienestar.
Antonella y Elisa lo tomaron mejor. Trataron, empleando la razón, de sacar el mayor provecho posible de una situación que si bien se había deteriorado, podía todavía ofrecer frutos que –pensaron- podían ser valiosos. Pero la ilusión duró poco. Nada era como antes y la diferencia en el sentimiento, tan obviamente puesto fuera del lecho que compartían por turnos con Rubén, hacía soso y sin gusto cada uno de los encuentros.


Julia creyó enloquecer. La chatura de su matrimonio se le vino encima. Ya no podía mirarse y pensar que, protagonista de una aventura intensa, no era sólo una cuarentona rica como tantas que poblaban el Country. Ahora era una de ellas, apenas servida desganadamente –para su gusto- por un galán a sueldo.


Norma por su parte reinaba en aquella casa y aquel hombre de manera indudable. Comprendería que el servicio que prestaba a las tres era la manera de ganarse el pan que tenía su hombre, y parecía no objetarlo. Era toda cortesía con ellas cuando llegaban. Pero cortesía distante y que no entregaba nada. Y cuando se cruzaban en áreas comunes del Country, también los saludos eran helados, sólo ellas comprendían absolutamente lo que sucedía. La tolerancia de la joven a aquella situación la haría aún más perversa, evidenciaba una absoluta confianza y seguridad en su hombre a quien no objetaba y más bien ayudaba a ejercer su trabajo. Pero la no intervención ni oposición era un reflejo fiel de que Norma sabía donde estaba parada y aquellas mujeres más viejas, más feas y necesitadas no podían ser competencia para aquella poderosa hembra que a sus 22 años tendía su velo apropiador sobre el que habían considerado su propiedad hasta hacía poco.


Actuaron de la manera previsible: tras reclamos que Rubén recibió con mirada mineral como no comprendiendo, se dieron por vencidas. Era muy difícil expresar qué era lo que le reclamaban y él no hacía nada para facilitarlo: ¿amor, pasión, rendimiento viril? Todo se mezclaba y no era fácil definir qué era lo que ahora se hacía mal o incompleto no como antes. Por fin decidieron rendir su orgullo y aclararle que la condición para seguir con las relaciones  -tenían todavía cada una de ellas algún grado de auto estima en su desesperada necesidad de que el hombre les restituyera su interés en ellas, de manera que planteaban la continuidad o no de “la relación”, como si a él le importara de ellas algo más que el dinero- era la separación de Norma. Debía irse, o no continuaría “lo nuestro”, cada una dijo algo parecido dejando que el entrecomillado se explicara por sí solo.


Rubén no fue ofensivo, ni prepotente sino más humildemente aborigen que nunca, en su aclaración de que Norma se quedaba, que él las quería a ellas como siempre –aunque era evidente que el verbo significaba algo muy distinto de lo que ellas esperaban-, pero aclaró que Norma no se iba.
Antes de que todo terminara como era evidente que iba a culminar, las doñas ensayaron aún una estrategia.


Estaban desesperadas. No se habían dado cuenta –cada una de ellas- de lo que representaba aquel hombre en sus vidas. Se habían contentado con la primera lectura: éxtasis sexual, éxito, diversión, novedad. Ahora se daban cuenta que excepcionalmente cada una había desarrollado con él –o había creído hacerlo– una verdadera pasión que llenaba sus vidas. Extraño solamente porque eran tres y él uno solo y porque ninguna ignoraba la existencia de las otras. Pero suficientes habían sido para cada una de ellas aquellos ratos vividos, y las memorias de los mismos que se llevaban consigo para vivir con ellos hasta el próximo encuentro.


Fueron y rogaron. Lo hicieron cuando Rubén estaba trabajando en la capital, con los remises. Norma las recibió separadas, a cada una de ellas y llegó a haber una presentación en conjunto al final. Cuando cada una de ellas se juntó con la joven, empezó desde arriba, exigiendo, y todas acabaron igual, implorando, agachándose, ropa, joyas y empaque de señoronas del Country ante aquella joven humilde sólo en formas exteriores, soberbia en la firmeza de sus carnes, la de su mirada y la apostura con que estaba parada en el suelo. Llegó una de ellas –aún con nombres ficticios no quiero declarar cual– a arrodillarse


- Mirá, por favor, te lo pido de rodillas. El significa para mí mucho más de lo que te imaginás…
E implorar que las dejara, que ellas lo necesitaban más. La otra las despachó con  cortesía y firmeza, apenas aclarando que las que sobraban, apestaban y daban lástima eran ellas, cómo pretender que Norma, la hembra real fuera a ceder a sus voluntades afirmadas sólo en ropa cara, maquillajes y tonterías que se compran con dinero.


Hubo una patética visita conjunta, que fue la última. Las tres procuraron darse valor y acudieron tras haber fracasado individualmente. Norma las recibió en el living, una tarde. Sólo hacia el final quedó explicitado: Rubén andaba por allí, dejaba hacer. O hacía su parte no haciendo nada. 


Ya sin límites, se desbordó la desesperación de aquellas mujeres que obraban en aquel momento como si fueran una sola, le ofrecieron dinero para que se fuera. Una suma muy importante. Tanto que a ella –le explicaron– le permitiría comprarse una casa en Villa Ballester para vivir cómodamente con sus padres  o independizarse, lo que quisiera concedieron generosas, los labios vacilantes, alguna papada apenas insinuada, pronta a ser corregida por el bisturí bienhechor. Las tres tan distintas pero unidas por la necesidad vital que ahora percibían. Las tres que lo tenían todo: dinero, poder, elegancia, ropa, autos, sirvientes y lo que quisieran al momento.


Las tres a la espera del veredicto.


Pero todo estaba perdido para ellas. Norma ni se dignó contestarles o lo hizo con el gesto comedido, cordial, burlón con que les señaló la puerta.


El gesto lo decía todo: el desprecio que sentía por ellas, la falta de toda lástima, el dominio que ejercía sobre su hombre, la afirmación de sus propios proyectos en los que Rubén tendría un papel que jugar. Era ella la que mandaba y tenía a todos  en su mano, controlando la situación. El equilibrio se había roto hacía tiempo y las tres se estaban recién enterando. Habían sido desplazadas y, como si por un ventarrón eran barridas de la escena. Era otra quien mandaba ahora.


Las acompañó hasta la puerta.


Rubén, que se había acercado y participó de la despedida, ni abrió la boca. Era ella, la abeja reina la que controlaba ahora la vida del hombre y ellas estaban de más.


Resultaba obvia la aquiescencia del “EsPi” a las decisiones de aquella joven que imponía su voluntad y su proyecto. Ni él, zángano como se vería de aquella reina, ni las viejas solo poderosas en apariencia, podrían nada contra la voluntad de ella.


Ahora ella y él se revelaban como lo que habían sido siempre, los que mandaban, no obedecían. Los que hacían y completaban su proyecto venciendo cualquier obstáculo. El imperativo que llevaban en la sangre iba a cumplirse, y las riquezas, el falso poder, las posesiones que ostentaban los que los acompañaban en la escena, de nada servían: eran ellos los que avanzaban, imparables, soberbios sobre la Tierra. Nada quedaba de aquel pintoresco personaje,  “EsPi”. Ni de su prima, aquella “sierva” que Gonzalito Unzué Bagliotto pretendió conquistar.


No eran la presa, la víctima, el objeto. Ahora estaba claro lo que eran, sujetos, predadores, nunca víctimas.


Dueños del mundo.

Pasaron unos pocos meses y Rubén vendió la casa del Country. Se despidió cortésmente pero sin dar demasiados detalles sobre sus planes futuros. Explicó que se proponía formar una familia y quería hacerlo ya no en el Country donde le costaba mucho mantener la casa, sino en Villa Ballester de donde provenían él y su mujer.


Su partida fue lamentada como siempre que un socio muy querido se va del Country. Le hicimos un asado de despedida, y quedamos como siempre sucede en que seguiríamos viéndonos lo que no sucedió.


No supimos más de él.

Varios años después, un trámite municipal me llevó a San Martín y cuando salía, me crucé con la familia. Un halo especial como una luz espectral iluminaba a Norma, más bella y asentada, más poderosa que nunca. La madurez de los 30 la beneficiaba. Caminaba con Rubén a quien vi con algunas canas pero vital y tenso como siempre del brazo de su mujer. Entre ellos, avanzaban dos chicos preciosos, varón y nena. Cada uno de ellos parecía haber heredado la potencia indefinible de sus padres. La chica lo mostraba en sus ojos claros y mirada ya, tan pequeña, dominante, intensa y concentada.


El chiquilín, no tendría más de 4 o 5 años, caminaba con la flexibilidad de un animal de presa, como lo había hecho Rubén cuando lo había visto por primera vez.


Me pregunté si todos los atributos serían heredables, y cómo sería el del chiquilín.
Pero eso de curioso y medio asqueroso que soy.

FIN
Comentarios (5)
Cata Zabala Pringles (anónimo) - 01-02-2008 14:02
El final me dejó sin palabras. No es que no me gustó, pero me dejó muda.

ari (anónimo) - 01-02-2008 13:53
Esta historia, la verdad me mantuvo en vilo porque estuvo desglosada en sucesivos viernes, me termino completamente de desilusionar, no me parecio nada de otro mundo e incluso dejo, para mí, un cabo suelto, ¿Que fue lo tan impactante que le dijo Norma a Unzué en la noche del casamiento... la verdad esta historia una vieja de barrio que barre la vereda le pone mas drama e inventa mejores cosas.

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Viernes 25 de Enero de 2008 00:01
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Super Pancho - Parte 9

por Santiago Ordoñez Zemborain

Mientras tanto la “relación especial” de los cuatro seguía viento en popa. Cada una de ellas veía satisfecha por lo visto sus necesidades no sólo físico-espirituales, sino las derivadas de sentirse por fin alguien en el panorama vital y cultural de la época: vivían una aventura poco usual, puramente satisfactoria y que les proporcionaba la sensación de no tener nada que envidiarle a las divas, artistas, modelos y personajes que poblaban sus lecturas de revistas del corazón, grandes hermanos y programas de chimentos vespertinos. Hoy en día se vive en forma vicaria, mucha gente por lo menos: a través de lo que les sucede a unos personajes cuya vida elegimos seguir, vamos de sorpresa en sorpresa, de excitación en decepción, de alegría en desazón. Y si cada una de aquellos prototipos, las modelos tenía un promedio de dos novios o amantes por año, que bueno poder sentir con ellas aquella montaña rusa de emociones. En ese entorno febril, aquellas tres entonces tenían el “bonus” declarado: no sólo vivían en carne propia –y que carne, digámoslo porque es un aspecto que no debe dejarse en el olvido ni soslayarlo cada vez que se haga mención a él, un segmento que no dejaba de cumplir, y cuyo uso frecuente no hacía sino perfeccionar el aspecto técnico que, sumado a las antedichas condiciones naturales rendía sin competencia a cualquiera que se atreviera o tuviera la suerte de ponerse a su disposición–los avatares bisemanales, no sólo se encariñaban en distinto grado con el poseedor del adminículo –Rubén jamás dejó de ser atractivo en lo personal, nunca perdió la dignidad y una medida de auto respeto que algún desavisado podría considerar en jaque ante el ritmo que había impreso a su vida y la  profesión que de alguna manera parecía haber elegido, y siguió siendo aquel hombre seguro, confiado y sereno, ágil y al mismo tiempo tierno que habíamos conocido cuando Romina lo trajo al Country– sino que podían considerarse personajes cuya vida era comparable en subas y bajas a las de aquellas heroínas de hoy, las modelos y divas de la televisión. Estaban, cada una de ellas viviendo una gran aventura, divertida y llena de emociones.
El asunto progresó y se estabilizó en el tiempo. Generó ramificaciones inesperadas: cuando alguna de las tres salía de viaje, se consideró –-los cuatro en sesión especial no era común que se reunieran– que era razonable que cediera sus derechos a alguna amiga. Siempre –se acordó– que Rubén la aprobara previamente, sino le podía resultar imposible llevar a cabo sus menesteres. Estas “suplencias” fueron, durante el año y medio que duró el arreglo si no muy usuales, varias. Julia se fue a Europa con su marido. Invitó a tomar el té a su amiga ya tanteada e interesada. Rubén, de incógnito para la candidata, observaba desde una mesa aledaña. Aprobó y lo hizo con un gesto, tras lo cual se retiró. Julia entonces perfeccionó y confirmó la cesión de derechos. Hubo dos o tres situaciones similares, con un rechazo que posteriormente contó con el aval de las otras dos, que comprensivas apoyaron la tesitura de Rubén: no le hubiera sido posible con la candidata rechazada, “uno no es una máquina tampoco, y si no hay cierta química…”.
Hubo una petición especial de Anabella para alegrar a una amiga caída tras un divorcio particularmente penoso y convencida de que no habría hombre capaz de interesarse en ella. Salió confiada en sus encantos a re-comenzar las actuaciones. También alguna invitada para algún evento especial, e incluso una legisladora amiga de Elisa que cedió gentilmente su turno para que su amiga fuera aliviada de las pesadas cargas de la función pública. A lo largo de todos estos avatares Rubén siguió siendo como digo, el mismo de siempre sin perder nada de su antigua personalidad. El hecho de haberse convertido en una especie de juguete sexual –así podría haberlo visto un observador externo aunque ninguna de las socias del particular club lo pensara de esa manera- no influía en su forma de verse a sí mismo ni de comportarse con los demás, por lo menos eso podíamos afirmar nosotros porque la mirada interior ya se sabe, siempre queda para cada uno.
La comunidad del Country estaba apenas enterada de lo que sucedía en términos generales y nadie, prácticamente, de los detalles. Yo los supe por una serie de casualidades, la menor de las cuales era la de compartir una especie de amistad con Rubén que fue creciendo a partir de responsabilidades mutuas en el desarrollo del campeonato de fútbol. Él era la estrella sin la cual el equipo no funcionaba y yo quien estaba a cargo desde el punto de vista del manejo del fútbol del Country. De manera que poco a poco se fue franqueando en parte, y el resto pude unir yo mismo los puntos con observaciones parciales que, una vez enmarcadas en la situación general adquirían sentido y se comprendían. Por el resto, nadie seguía ni la vida de las tres afortunadas féminas, ni las finanzas de Rubén con tanto detalle como para anoticiarse de las idas y vueltas, ni revolcones de cada uno de ellos. Otro que pudo haber maliciado algo era el marido de Julia, su mujer tan cambiada para mejor, pero si lo hizo no se enteró nadie. E indudablemente amigas pero externas a nuestra comunidad, las invitadas desde luego, otras muy probablemente.
Hubo situaciones que pudieron haber afectado aquel equilibrio tan inestable. Porque inestable lo era: bien mirado era obvio que no podía seguir así, tan práctico, utilísima para siempre. Elisa era la más consuetudinaria, usuaria prolija de los servicios del Super Pancho. Si hubiera sido por ella, las cosas podrían haber seguido idénticas in eternum. Mujer práctica e inteligente, ya las hormonas relativamente aquietadas y los sentimientos encausados se hacía servir su ración y dos veces por semana lo consideraba sumamente adecuado. Con Julia era otro el cantar. No tanto por lo más joven que lo era apenas. Pero se había tomado el asunto gradualmente más en serio. Su matrimonio era un fracaso estrepitoso no tanto por lo dramático o exterior sino por el hondo vacío y desinterés que le propinaba su marido, sumergido en sus negocios, finanzas y, casi seguramente amantes temporarias.  De manera que la bella cuarentona iba sumándole ingredientes a la relación con Rubén, algunos de los cuales eran reales –regalos para el cumpleaños y fiestas que el galán recibía con grandeza y actitud de prócer-, cartitas y melindres. Y otros, fruto puramente de su imaginación, en la que florecían fantasías que le reservaban un lugar exclusivo en la cama y los pensamientos de aquel a quien cada vez más consideraba una especie de novio o amante.
Por su parte Anabella era mucho más prosaica, como correspondía a su edad, y a los no pocos novios que circulaban por su vida y lecho. Pero también había un lugar especial en su corazoncito reservado para Rubén. En primer lugar, innegada, no ocultable, reconocida directa o implícitamente, la completitud. El éxtasis que le producían aquellos interminables centímetros ingresando (y egresando claro) a y de su cuerpo joven no podía ser empardado por ninguno de los pálidos yuppies por los que se dejaba seducir en las tardes capitalinas. Pero no era sólo eso. Ella apreciaba las dotes espirituales que sabía reconocer en el galán campestre: simple pero íntegro, recio pero tierno, previsible y a la vez sorprendente en su creatividad, inesperada precisamente en aquella personalidad aparentemente tan predecible.
Milagrosa o sabiamente no traspasaban la sutil barrera del bien común. Ninguna se planteaba acciones que le procuraran ventajas en el corazón de Rubén. Las tres tenían todo tipo de cortesías y arrumacos hacia él pero respetaban la base del arreglo tripartito, intuyendo que ese triángulo era el que definía la relación y que mejor dejar las cosas tal como venían funcionando que intentar cambios que pudieran arruinar lo que tanto significaba para cada una de ellas.
La completitud y vale la pena ahondar –en fin– en ese concepto tan vital en aquellas relaciones iba mucho más allá de lo que nosotros los varones podemos imaginar. Son hormonas que usualmente duermen o no aparecen sino muy esporádicamente las que son llamadas a escenas cuando se produce la visita a zonas nunca exploradas y más si es una visita sabía y bien educada. Y las hormonas, cuando empiezan a recorrer un cuerpo femenino de esa manera, parece que generan éxtasis y conocimiento profundo, místico a veces. Allí es cuando el puro placer físico torna en espiritual. Es sabiduría que asciende desde las partes bajas e inunda el cerebro, tras haber pasado por el corazón.  Es el tipo de experiencias a las que nadie puede ni quiere renunciar una vez degustadas. 
Asi que las tres tenían más, bastante más,  puesto en aquella relación de lo que hubieran admitido en público y aún se decían a sí mismas. 
Todo tiene que terminar pero mientras estamos puestos a ello no queremos enfrentar esa certidumbre o hacemos creer que esta vez será la excepción, cuando la pregunta no es si sucederá sino cuándo. Hay situaciones básicamente estables, y otras que están esperando cualquier accidente para desarmarse, deshacerse y dispersar a sus componentes. Algún factor cambiará algún día ineludiblemente y como esas construcciones que constan de miles de piezas de dominó, cuando la primera se mueve, todas terminan por hacerlo.

Y fue de manera imprevista para ellas, aunque una de las más esperables si se piensa, a mí no me sorprendió tanto. Un domingo a la tarde, ya anochecía Rubén entró el Country-había jugado espléndidamente esa tarde- con el coche cargado de bártulos y en el asiento del acompañante, Norma.
El escándalo, la ira, los gritos y desafueros de Elisa surgieron recién el martes siguiente, día de visita. No podía creer que nuestro galán se hubiera amancebado con la joven sin decir ni una palabra. La tenía viviendo con él y no había habido advertencia alguna para la matrona que se consideraba burlada cuando entró a la casa. Allí los vio bien juntitos, en el sillón del jardín, la noche estaba tibia. Abrazados tomaban mate. Cuando Elisa apareció en escena, Rubén no se apuró en despegarse más bien lo hizo al rato. La presentó
- Esta es Norma, mi prima no sé si la conocés.
Se dieron un beso de cortesía. Rubén murmuró algo al oído de la joven y tomando del codo a Elisa la guió hacia adentro. Aquello fue un desastre. La mujer inquiría, cuchicheando y preguntando lo que era de obvia respuesta. El joven daba alguna explicación poco precisa como suelen darla ahora, y se apresuraba a desvestir a su compañera y hacerlo él mismo. Por fin pudieron consumar pero no fue nada satisfactorio para la dama madura. Esto era, si alguna vez lo había vivido, como ir a hacerse atender por un escort varón: poco tiempo, la mente en otra cosa, caricias fingidas y el viejo mete y saca. No era lo de siempre, todo cambiado y para peor.

 

CONTINÚA EL PRÓXIMO VIERNES

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Viernes 18 de Enero de 2008 00:00
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Super Pancho - Parte 8

por Salud y Ciencias

Fue una fiesta cómoda y bien llevada, que euforizó y marcó a sus participantes, pero trajo también beneficios a innumerables personajes cercanos. El marido de Julia disfrutó de la paz de tener a su mujer tranquila y –el no lo sabía pero era mejor así– bien…cumplida. Los amigos y compañeros de las otras dos amantes de Rubén, aquellos que las querían bien, notaron que estaban pasando un momento excepcional de sus vidas y se congratularon de ello.

 

Los muchachos del Country, en particular los de fútbol estábamos de parabienes. Algunos –yo entre ellos- conocíamos los detalles. Pero más allá de lo divertido de la situación, y el cuchicheo pertinente, nuestra principal preocupación estaba saldada. Rubén era el de antes: cumplía y llevó a nuestro equipo a la cima, salimos campeones aquella primavera. A veces le fallaba el físico cuando la exigencia era mucha, pero todos sabíamos comprender que en su rama de trabajo actual, no podíamos pedirle muestras excesivas que contribuyeran a su agotamiento físico teniendo en cuenta que había otras que esperaban ansiosas el mismo lunes para caerle encima.

 

Y el mismo Rubén, hizo llegar, como lo había hecho antes, cuando estaba casado con Romina, su generosidad sobre su familia que tanto lo necesitaba. Sus ingresos mensuales, seguía con los remises pero de lejos la parte importante provenía de sus actividades especializadas, eran abundantes. Y con ellos ayudaba a su madre que estaba imposibilitada. Y –generoso con los suyos– incluía entre sus protegidos a aquellos tíos y su prima Norma, que habían concurrido como únicos familiares suyos al lejano casamiento con la mujer de Armenia.

 

Norma, en particular de entre ellos, había terminado el colegio secundario y su primo la ayudó a completar estudios de traductorado de inglés y francés que culminó aquel año. Tenía para ese momento 21 años y yo la vi una tarde en el pueblo de Casares, pegado al Country. Estaba tomando algo con Rubén a quien veía – nos había contado él mismo – una vez al mes para recibir el dinero que el primo hacía llegar a la familia e interiorizarse de las novedades, pocas veces podía desplazarse hasta Villa Ballester sus ocupaciones de todo tipo lo retenían en el Country. Los vi y sí, era la actitud que llama de alguna manera la atención del hombre experimentado categoría a la que creo pertenecer. Porque uno tiene una “imagen”, de un primo mayor con su prima, de un tío con la sobrina, un padrino con la ahijada. Estereotipada, cinematográfica, estilizada, cliché o como queramos llamarla, pero casi siempre coincidente con la realidad. Sino en su totalidad, actuando como una idea platónica que guía y centra y enmarca y orienta lo que estamos viendo y nos dice si hay correspondencia con aquella que mora en nuestro cerebro o en el cielo de las ideas permanente del griego inmortal. Y de inmediato nos anuncia si hay o no coincidencia. Que de haberla nos impele a pasar a otros temas y dejar lo que acabamos de ver por obvio, remanido, coincidente y esperable, no digno de nuestra atención ni de pensamiento adicional alguno ni de musitar o pergeñar consideración alguna. Pero cuando hay diferencias entre el cliché y lo que vemos, aún mínimas o que no podamos precisar o explicar en un eventual relato que hiciéramos a otro, esos ínfimos mayores – o menores – énfasis, apoyos que no deberían estar, afirmaciones que hacen los ojos – no los nuestros sino los de aquellos a quienes estamos enfocando – y que el otro participante recibe y no rechaza, ni muestra indiferencia sino que contesta con otras afirmaciones que confirman lo atestado por el primero. Y ángulos que no se corresponden con nuestra – quizás pacata o decimonónica pero en todo caso precisa- visión de lo que debería ser una relación mantenida a distancia prudente en un lugar público entre primo y prima, o entre tío y protegida o aquellas relaciones que bien comprendemos en que uno da y el otro recibe, generalmente aptas para describir como no simétricas o no de igualdad, en que hay un factor de generosidad de una parte pero asimismo de retribución o agradecimiento por la otra, no dado – quizás – todavía en diríamos manera efectiva, pero pronta ya, preparada para ser entregada y así saldar las cuentas que siempre deben ser saldadas aún cuando la generosidad haya sido la que inicialmente desbalanceó lo que estaba parejo y debe ser vuelto al equilibrio.

 

Y no era una situación de equilibrio ni de estabilidad o paz o indiferencia ni siquiera de activa curiosidad y sonrojo juvenil, excitados los participantes por emociones quizás infantiles o neutras o de las que dominan los intelectos. No, no era esto lo que pude ver aquella tarde en Casares cuando en forma casual y desde una mesa oculta por la oscuridad del salón me tocó presenciar el encuentro de Rubén que estaba harto comprometido para aquellas épocas con sus tareas y hasta diríamos obligaciones amatorias no ya con una sino con tres feroces amantes, del mismo digo, con su prima quizás lejana en la genealogía pero cercana, oh tan cercana en sus afectos como se desprendía de la mano trémula que acariciaba la de Norma que dejaba hacer pero alentaba y no era la caricia del tío comprensivo y que alienta a seguir con empeño la carrera o afrontar las dificultades con entereza sino la de quien ya no puede. No es más dueño absoluto de sus acciones, que ha venido reprimiendo vaya a saber desde cuando, quizás – y especulo ahora y me deslizo a hipotetizar sin base ni fundamento –incluso aún casado con la prehistórica para este relato, Romina. Y ella, Norma digo seguro que cumpliendo de manera poco clara por el momento pero indiscutiblemente de alguna manera un designio que tendría desde muy joven porque yo recordaba como había estado mirando a Rubén en la fiesta de casamiento y lo que había tomado por intensa observación de los novios y su felicidad aquella noche lejana, ahora lo reevaluaba y creía ver un designio paciente que no había dudado en dejar pasar el tiempo que hiciera falta, pero había permanecido allí latente, tejiendo la red que sabía era necesario tener preparada y efectiva para cuando se presentara la oportunidad. Norma no era – lo veía ahora- muy distinta de su primo, ambos hacían lo que tenían que hacer o lo que se habían propuesto asi pasaran muchos años. Ella más aún.

 

De todas formas las miradas de ambos, los ritmos de las caricias manuales por ahora pero previsiblemente y en especial conociendo la estirpe y costumbres del “EsPi”, prontas a convertirse en más osadas aún. Los ojos que querían decir y lo hacían todo o casi. Y ya Norma a su mayoría de edad no aquella niña de 15 que yo recordaba del casamiento sino una espléndida mujer joven, cuerpo alto y duro como nos gusta a los hombres, a todos y supongo a aquel Super más todavía. Ella tenía todo para enamorar a cualquiera, y cuando la vi pararse comprendí que el pobre Rubén no podría resistirse si la idea hubiera surgido en el cerebro, de cualquiera de ellos dos daba igual.  La joven era alta, piernas larguísimas apenas cubiertas por falda ínfima. Y todas las bondades en el pecho, para ser descubiertas por el primero que llegara, quizás ya holladas pero qué importa si son tan frescas que es como si no. Porque la mirada era abierta, franca y la sonrisa carnosa. El rostro, el gesto de la prima joven eran una invitación a conocerla en más de una manera. Inocente y cruel, divertida, ignorante de lo que vendría, pero sabedora de que sería bueno. Desconocedora de los detalles, pero absoluta dueña del final, que conociera o no, hubiera ya transitado con algún otro o fuera nueva, llevaba impreso en algún recóndito gen que aquella familia tendría disponible y que la hacía única. Si Rubén era el Super Pancho, el más hombre entre los hombres, -pensé en ese momento – su prima Norma era una de esas hembras que uno podía sólo mirar desde lejos y desear porque difícilmente estarían reservadas para el común de los mortales. Trasmitía ella la idea de un poder femenino esencial. Era, o sería pronto cabeza de una familia que sería ejemplar. No podría esa mujer dar a luz hijos meramente estéticos o sanos, o amorosos como suelen serlo los recién nacidos. Ella, y el afortunado que resultara su proveedor encabezarían una familia admirable, dotados de cualidades especiales. Eso es lo que me pareció, envidié a quien pudiera ser consorte de semejante abeja reina, tal era el imperio, el magnetismo que desplegaba Norma con su sola presencia y sin pretender nada que no surgiera de su persona en forma natural.

 

Seguían  en su diálogo casi mudo, cuando me levanté y pagué. Salí discretamente pensando en lo que vendría, cómo seguiría la historia y preocupado por la temporada de fútbol del año que seguía.

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Viernes 11 de Enero de 2008 00:00
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Super Pancho - Parte 7

Es suficiente –se sabe- apenas un fósforo que encienda aquellos matorrales ásperos y solitarios necesitados de regadío que hace tanto se les niega. Y si además la explicación obra como un vendaval que arrasa cualquier pudor o vergüenza, se lleva por delante las medias tintas y al explicar lo físico que es todo cuando se está en presencia del prodigio. Quedan fuera todos los prejuicios, valores largamente mantenidos o quebrados apenas y en forma vergonzante, citas imbéciles para apenas conocer más de lo mismo sexo trémulo, vacilante y crepuscular. Todo reevaluado ante el Sol potente y arrasador que describía Elisa.

 

Todas quisieron más temprano que tarde conocer.

 

Esto lo supe yo después, porque todo al final termina sabiéndose en el Country. O casi todo. Pero en su momento fue un secreto infantilmente jurado.

 

Fueron pasando por la cama de Rubén y cada una volvía con un relato –eran cuatro las que estaban en el secreto- a cual más audaz, novedoso y feliz. Todas confirmaron ante su audiencia la felicidad del conocimiento nuevo. La completitud se convirtió en la palabra de orden entre ellas. Cada una reafirmaba el entusiasmo ante el descubrimiento, ninguna jamás decepcionada.

 

Y si bien se hacía mención de las acrobacias y la creatividad de Rubén, aquellas generadas por el puro talento e imaginación eran las menos celebradas. Las que inspiraban respeto, silencio y ojos grandes, las que obligaban a seguir el relato casi sin respirar eran las más elementales, vulgares, animales que no podrían haberse disfrutado de no haber mediado la constitución sobrenatural del amante que las congregaba. Porque imaginar podía imaginar cualquiera. Y el KamaSutra lo venden en librerías de la calle Corrientes. Pero hay situaciones que sólo podían generarse – Dios y “EsPi” mediante- con la concurrencia de los dos amantes, y el “tercero” entre ambos.

 

La situación tendió a equilibrarse, normalizarse si puede usarse esa palabra tras los primeros meses. De las cuatro felices participantes una, Magdalena se vio forzada a retirarse: su marido vendió la casa y se fueron a un departamento en la Capital por problemas económicos. Sus protestas alegando lo conveniente de la vida natural y el aire puro para los chicos, no lograron torcer la situación. Las chicas le organizaron una despedida con Rubén –que se prestó como siempre para la situación-. Alejaron al marido con un pretexto hábilmente urdido y Magdalena tuvo todo un día al potro para ella sólo. Salió cansada, ojerosa y feliz al atardecer de aquella maratón, con lágrimas en los ojos por lo que iba en camino de perder para siempre, y volvió al cuidado de su marido y de algún eventual amante que pudiera conseguirse.

 

Prosiguieron Julia, una pelirroja exuberante y de buen carácter. Mediaba los cuarenta, casada hacía unos quince, su marido no le prestaba la menor atención, toda puesta en brillantes negocios que se desenvolvían en tres continentes. Quizás aliviado por la repentina calma y felicidad de su mujer, no se ocupaba en lo más mínimo de su felicidad – que celebraba- como antes no lo había hecho con sus necesidades insatisfechas.

 

La tercera era la más bonita y joven de las tres. Antonella era delgada, con buen cuerpo y atraía siempre la mirada de los hombres. Tenía apenas treinta recién cumplidos y no se le conocían relaciones en el Country. Hasta había habido voces que murmuraban, ante la falta de novios a la vista. Pero era que los que habían pasado por aquella hembra poderosa no habían dado la talla. Instintivamente la joven había rechazado uno tras otro tras la primera – solo ocasionalmente había concedido una segunda- oportunidad. Sabía, algo en ella le adelantaba que había algo mejor, no un poco sino cualitativamente distinto.

 

Cuando la vida, y Elisa la pusieron frente al “EsPi”, el Super Pancho se convirtió en la obsesión de su vida. Sin compromisos, ni marido ni familia. Vivía con sus padres en el country, con todo el tiempo del mundo al volver del trabajo en el Ministerio de Economía todas las medias tardes. Era la principal y más asidua “usuaria” y la que –uno podía advertir- más salvaje y descontrolada se volvía cuando se quitaba la ropa y se devoraban con Rubén.

 

¿Y éste? ¿Cómo había tomado el nuevo arreglo? ¿Cómo? ¿Cómo podría haberlo tomado sino en forma excelente? Todo le sonreía en la vida a Rubén de nuevo. Disfrutaba en su nuevo papel. Mantenía la discreción necesaria. Pero se beneficiaba a tres féminas cada una de las cuales deseable por demás. Elisa era divertida y un prodigio de creatividad.

 

Las sesiones con ella rezumaban ingenio y buen humor, y a la hora de la acción el cuerpo generoso y maduro de la amazona le exigía todo y hasta el último minuto. Julia era la más dulce e introvertida. Rubén disfrutaba y la hacía participar de fantasías y juegos en que la “inocente” era sorprendida por el bruto que se ocupaba –apenas- de seducirla para pasar a usarla según más le conviniera. Si con Elisa las claves eran eficientes y compensadas, a Julia la fue llevando a un masoquismo liviano que ambos disfrutaban enormemente. Ella se sometía tras aparente lucha, y él la transformaba en juguete de sus “más bajos instintos”. Los de ambos quedaban saciados al final de cada sesión.

 

Y Antonella…bueno allí sí que las cosas tomaban un color salvaje sin fisuras. La más joven de las tres, compartía el rango etáreo con su amante ocasional. Ambos estaban en plena forma física y ella se mantuvo fiel desde el primer día al amor físico, duro, puro y sin apenas diálogo. Se amaban ferozmente, y terminaban jadeantes, agotados y expuestos los dos, desnudos y palpitantes, abiertos y vulnerables ambas fieras de temer sólo sosegadas y calmas tras el feroz intercambio. Allí sí permitía Antonella el diálogo, cuando los tantos habían sido aclarados y no quedaba – por un rato – nada serio que intercambiar sino palabras. Después volvían por un segundo turno que siempre resultaba adormecedor y hasta tierno. Era la única que se quedaba a veces a dormir, por falta de ganas de emprender el camino en el frío de la madrugada bonaerense.

 

Todas contribuían de maneras reservadas pero efectivas y generosas a las arcas de Rubén. El tema era más o menos discreto hacia el galán, pero totalmente abierto entre ellas que le habían asignado una suerte de “retribución” que le permitía afrontar con comodidad todos sus compromisos y aún ahorrar algún dinero, cosa que ejercitaba regular y eficazmente en el banco de la zona que vio crecer sus saldos con prolijo acrecentamiento. Cada una le hacía llegar su aporte de manera que no enturbiara la relación y mantuviera lo más alejado posible, oculto por no decirlo ni mostrarlo o explicitarlo el vínculo que los unía. Elisa le dejaba como descuidada un sobre todos los principios de mes, en la mesa donde tomaban algo al atardecer siempre, antes de comenzar las acciones. Julia le había pedido el número de la cuenta bancaria y le hacía discretos depósitos mensuales, todos en efectivo. Antonella, fiel a su naturaleza salvaje y festiva se escondía en diversas partes del cuerpo el dinero en billetes grandes y jugaban a que él lo encontrara. Además ella, la más liberada de compromisos y tabúes lo llevaba una vez cada tanto de compras al Patio Bullrich y lo enjaezaba para que luciera elegante, a la moda y aún más deseable.

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Viernes 4 de Enero de 2008 00:00
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Super Pancho - Parte 6

por Santiago Ordoñez Zemborain

Las dificultades económicas, que resultaban evidentes para todos nosotros, eran un capítulo aparte. Buscaba salidas para su nueva e inesperada situación. Y estaba decidido a quedarse en el Country lo que nos tranquilizó.

 

No sé a quien se le ocurrió, ni cómo empezó el asunto. Pero la verdad es que fueron las mujeres las que dieron la nota esta vez. Mujeres… ¿qué mujeres? Las viejas. Las viejitas. Las de 40 que –lugar común pero real- ahora son unas diosas, pero sus 40 y pico los tienen, también las de 50, que se metieron de cabeza. Y alguna de treinta y largos. Divorciadas sin pareja, solteras, viudas…

 

Todas ellas atractivas a su manera, llenas de vida y hormonas reactivadas por actividades físicas y gimnasio, conciencia de su propia vida por vivir, todavía. Lectoras incansables de sus Coelhos, Bucays, Ravenas, Oyos, Tantras y tantos otros cuyos mensajes vienen a decir a sus lectoras –porque son todas mujeres, eso sí, estos tipos viven 90% de las mujeres-  que el tiempo no pasa, que si lo hace es para bien, que leyéndolos y siguiendo sus instrucciones cada año añade y no resta en lo absoluto.

 

De manera que una plétora de jóvenes entre 30 y pico y hasta 60 estaban listas para lo que se avecinaba. De allí, de ese pool inacabable de mujeres solas o descuidadas surgieron las cuatro que en seguida fueron tres.

 

La casa que habitaba Rubén se prestaba. Alejada y todo, envuelta por árboles originales de aquel Country centenario.

 

Cómo empezó todo repito no puedo saberlo pero no importa tanto como describir como siguió, cómo estaba la situación a los 6 meses de aquel divorcio y cómo estaba Rubén.

 

Volvió a ser el de antes. Andaba seguro y contento. Jugaba como los dioses, motivado, sereno, sonriente, un tigre en el medio campo. Los problemas anímicos estaban resueltos. Y los económicos al parecer, también. No hubo más noticias de atrasos en el pago de expensas, cambió uno de los remises por un modelo cero kilómetro, volvió a salir y almorzar con los amigos como antes.

 

Recibía al atardecer. La primera fue Elisa, que era la de más armas tomar. Una mujer atractiva apenas pasados los cincuenta años, divorciada desde siempre. Rubia natural, piernas largas y rostro agraciado, algo caballuno pero agradable a la vista. Boca grande y ojos marrones, vivaces y atentos. Todo un prodigio de cuidados en la dieta, gimnasio y buenos genes la mantenían deseable y con salud para seguir en la lid, dando el presente cada vez que pudiera.

 

Se le conocían algunas aventuras “afuera” e incluso algún socio hacía ya tiempo, había pasado por su cama.

 

Con seguridad, no le gustaría llamar a las cosas por su nombre, de manera que nos referiremos al ‘romance’ que se desarrolló de manera fulminante. Así que seguramente a instancias de alguno de los dos, casi seguro la mujer salieron a comer. Algo sencillo, pero aún así habrá pagado ella porque lo que es, o digamos bien, era Rubén en esos meses posteriores al divorcio, apenas podía comprar para comer solo en la casa, cocinarse unos fideos.

 

Es seguro que ella estaba perfectamente interiorizada de la situación del divorciado, anímica, económica y anatómica. La primera porque todo se sabe en el Country, los comentarios son generalizados y toda condición por nueva que sea es vox populi en pocas semanas. La segunda por información quizás más restringida pero de ninguna manera inaccesible, y la tercera obedeciendo a la más antigua y persistente leyenda que definía a Rubén como un fenómeno. No en vano los amigos seguíamos llamándolo con su apelativo referido a aquella mitológica herramienta.

 

Todos los días y semanas, meses y años hablando de “EsPi” en los círculos del Country, durante los que duró su noviazgo y matrimonio, se confirmaba ahora  que fueron de curiosidad, inquietud, ansiedad y deseo desnudo porque no decirlo para muchas de aquellas mujeres que lo sabían inaccesible. Pero ya no ahora, no sólo solo, sino necesitado. No sólo de amor, cuidados y mimos sino de algún apoyo en metálico. Todo lo que le faltaba a Rubén lo tenía ella – pronto ellas –. Se acompasarían y complementarían los cuerpos, y las almas se aquietarían al ritmo de aquella comunión.

 

Y también habrá Elisa confirmado lo que suponía, por lo que habrán hablado durante aquella comida en que se conocieron en forma más personal que la indirecta y llena de medias intenciones y miradas llenas de interrogantes e información de deseo liso y llano que habían tenido – ellas, claro – durante los años que precedieron la puesta en disposición del ahora vulnerable y futuro semental. Elisa se lo llevó de todas maneras de vuelta  al Country y se internaron en el caserón de Rubén.

 

De allí salió en la alta madrugada, Elisa. Transfigurada. Nunca había…no digamos imaginado que una cosa así pudiera transportarla de la manera que “EsPi” lo había hecho. No imaginado porque si hubiera podido hacerlo, imaginado digo, ya es como si casi lo hubiera tenido. Y de haber podido fabular con aquello aún sin poder tenerlo, se habría vuelto loca de ansiedad por saberlo de otra cuando él era de Romina y no quería serlo de otra.  Decidió que lo que la había mantenido cuerda hasta ese entonces era el hecho de que no había cabido en su mente que pudiera gozar, disfrutar del sexo de esa manera. La ignorancia la había salvado. Todos esos años, cuando el tema del “miembro excepcional” se había tratado más o menos en broma, ella había participado de la chacota y la jarana. Pero verlo, experimentarlo, en carne propia nunca mejor dicho, era otra cosa. Quedó enviciada de mala manera. Ahora, que se había hecho la luz y había comprendido la verdad, no podría prescindir de Rubén de ninguna manera en ningún futuro observable.

 

Pero no era tonta y a su edad, sabía que el egoísmo era mal consejero. Necesitaba socios en la tarea que iba a emprender.

 

Y comprendió rápidamente que lo que le interesaba –un romance muy pero muy informal con Rubén, a la par que un gran amor, éste sí para siempre con su atributo– no podría bancarlo sola. Por varias razones, no la menor que Rubén estaba mal, muy mal económicamente y hasta estaba considerando vender la casa e irse del Country. Romina le exigía la deuda resultante de la división de bienes, tenía que mantener la casa y la flota de remises no generaba suficiente ingreso.

 

Después de aquella noche de… ¿amor? Sí, porqué no decirlo. Ambos se amaron a su manera en esa velada inaugural. Rubén disfrutó de la señora, después de todo hacía tiempo que no practicaba.

 

Y después de aquella noche ella consideró que era impensable dejar alejarse aquella noble bestia de su vecindad.

 

Las cosas se dieron en forma bastante natural. Elisa tenía un grupo grande de “amigas”. Entrecomillo porque ya se sabe lo que pienso de las amistades de Country, ñoñas cuando menos, peligrosas y traicioneras en sus peores versiones.

 

De todas formas no tardó en compartir con alguna de ellas su nueva felicidad, detalles y todo. Azoradas la escuchaban – y repetían después- relatar las proezas amatorias del entonces bien llamado “EsPi”, que Elisa nombraba y confirmaba en su condición de Super Pancho, y también refería como “mi hombre “EsPi”…Cial”. Que Rubén no tenía límites, que era creativo y tierno, que te sentías cuidada y tratada como una reina en la cena y una puta en la cama, que te llenaba, figurada pero más que nada literalmente.

 

Esa, la Vollständkigkeit (Elisa tenía ascendencia alemana y le salía el vikingo en medio de la agitación del relato), la “completitud” era la vivencia que relataba más detallada y emocionalmente.

 

Miren chicas –decía y le faltaba el aire- yo puedo y trato de contarles como es esa sensación, pero es tan imposible traspasar la experiencia como explicarle el color blanco a un ciego. Si, podés hablarle de un cisne, describirle la curva gentil de su cuello elegante, todo blanco, o las nubes que se destacan en el azul del cielo y reafirman su blancura. Pero no le estás transmitiendo nada, no se puede. Es una experiencia iniciática, - volvía a buscarle la vuelta -, antes y después de eso hay un parteaguas en la vida. Comprendés, no sé si me entendés que nosotras estamos vacías, o digamos semivacías, nos falta un cachito,  hasta que nos completa un varón como éste. Mirá de sólo pensar que la gran mayoría pasa por esta vida con apenas humildes sucedáneos, cositas normales o aún aquellos que – en nuestra ignorancia – consideramos razonables, o bien usados, o ambos.

 

Pasan –proseguía como un vendedor describiendo las maravillas de un producto del que lamentablemente no podía mostrar prueba inmediata o hacer experimentar en ese preciso momento,  debía valerse de metáforas y descripciones para transmitir la maravilla y el prodigio de usarlo- por esta vida creyendo que gozan y conocen, aquella un poco más,  esta otra algo menos – concedía – y no saben que al lado de ellas, oculta bajo las ropas más comunes, el rostro más inesperado, el marido, el novio, el amante o el affaire de  otra que sonríe interiormente, sabiendo que ella sí ha sido y será – Dios mediante muchas veces más- completada aquella misma noche, y nada se le ha negado de lo que pueda experimentar mujer en esta tierral. Oculta bajo las ropas decía ese maravilloso trozo, un ser vivo viene una a creer cuando lo vé desenvolverse en forma perezosa al principio, tenso de inmediato respondiendo a nuestros cuidados y tan descomunalmente bello, que no podemos sino considerar que Dios tiene que haber querido otorgarnos a nosotras a mí a la que está disfrutando o se apresta a hacerlo, algo especial que a otras les niega y hasta el conocimiento de su existencia quizás misericordiosamente porque saber que existe pero no es para nosotras en particular sería peor. Y si una es menos religiosa y más darwiniana, evolución, selección natural  y todo eso más espeluznante aún, sentís que sos la elegida y aún si ya no se trata de engendrar chicos, estás frente a un ejemplar de lo que será – Dios mediante, o selección genética indudable- la nueva generación cuando todos tengan algo así, y todas puedan tenerlo, en su momento dentro de ellas.

 

Y así seguía. Claro que todo esta charla incendiaba a sus oyentes como una chispa y vientos fuertes en los bosques secos y deseosos de California.

Comentarios (5)
ro! (anónimo) - 04-01-2008 11:21
esta histoia m ta matando...como sigue como sigue...........

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