Lunes 12 de Mayo de 2008 00:00
MUNDO CHICHE

Talones y corpiños impresentables. Las mujeres son roñosas de los pies a la cabeza

“Mirá mis talones…”, me dicen con altivez algunas de las mujeres por la calle, Ante el desafío, obviamente los miro y lo que veo es… ¡que están sucios! Ellas están convencidas de que están limpios, pero la verdad es uqe si no están ásperos, callosos o tiznados por las badanas mal curtidas de los calzados, están percudidos por la tierra que levantan los zapatos sin talón o las sandalias, herencia grecorromana de mujeres y hombres que no conocieron talones limpios en su vida.

 

Me dirán, obviamente, que no todas tienen pies impresentables. Es cierto, las generalizaciones son odiosas e injustas… pero en este caso valen para muchísimas minas a quienes les resulta imposible devolver la pulcritud a ciertos sectores de su anatomía por variadísimas razones. Desde el punto de vista visual, acceder a las zonas de los cuestionados talones no es fácil. Según el estado de quien lo intente, requiere desde esfuerzos de flexibilidad hasta algunos ejercicios de elongación. Esta “insuficiencia física” que complica la inspección ocular de las zonas afectadas es uno de los motivos que justifican la mugre. Otro pretexto “físico” (para contraponerlo de alguna manera a los pretextos voluntarios) que semi justifica parte de la suciedad, radica en el hecho de que, por irrigación sanguínea y uso intensivo de las zonas plantales, la piel del área se reseca, se endurece y se quiebra, provocando el desagradable “efecto de percudido” (lo que viene a significar que agua y jabón no bastan para lograr la necesaria pulcritud).

 

Sería incompleto este decálogo de enemigos del pie limpio si no incluyera la costumbre relativamente moderna del “no uso” habitual de medias, así como la entronización de la zapatilla, que se ha convertido en un must de la moda para toda hora y evento. Es innegable que este uniforme de escasa feminidad es el comienzo seguro de un talón con destino de “siempre sucio”.

 

¿Es entonces una utopía soñar con un talón cien por ciento limpio? No necesariamente. Lo único que requiere es una cruzada higiénica por parte de la mujer en cuestión: en la práctica  esto se resume en un tratamiento que comienza con cremas nutritivas y humectantes en la zona y culmina, sí, con el lavado tradicional. Tampoco es una epopeya.

 

 

 

Lunes 5 de Mayo de 2008 00:00
MUNDO CHICHE

El “modelo” de las modelos ya fue

Existe un acuerdo tácito acerca de la “belleza objetiva”, una suerte de retrato robot de cómo debe ser una “mujer linda”, que sería una Valeria Mazza, que no está mal, pero que no cambia la historia.

 

La pregunta que todos se formulan es: ¿Qué es lo que hace que una persona sea linda o fea a los ojos de otra? Más allá de algunas elucubraciones o mediciones más o menos confiables, lo cierto es que nadie lo sabe, se trata de un misterio insondable.

 

Lo que no es misterioso, lo que está a la vista de todos, es el cambio de paradigma estético que se está imponiendo entre las mujeres. Por suerte para ellas, después de años de opresión y hambre están empezando a liberarse, a protagonizar un avance importantísimo: hoy vas por la calle y en cada cuadra te encontrás pendejas gordas con tipos muy pintones a los que evidentemente les importa dos carazos el mambo de la delgadez.

 

Las minas están más allá del bien y del mal, del estilo Para Ti, de las modelos que conducen programas de televisión. Obviamente siempre pueden copiar algún elemento o estilo que les interese, pero no miran Fashion TV como si leyeran la Biblia ni mucho menos. Van por la calle con sus jeans de talle bajo aunque tengan rollos, se ponen una minifalda aunque tengan macetones, usan musculosa aunque los brazos parezcan jamoncitos. ¡Y está perfecto! Si lo hacen con gracia, actitud y cierto cuidado.

 

Está claro que hoy, si una mina se ve fea y no tiene levante, más que ir al gimnasio, al nutricionista o al cirujano plástico, tendría que consultar a un psicólogo.

Lunes 28 de Abril de 2008 00:00

De la boca al cerebro

Enumeración de las secuelas psicoemocionales correspondientes a cada estilo de vida culinario

 

1. Vegetarianos (vale tanto para la distendida versión “ovo/láctea” como para los fundamentalistas de la lechuga).

 

Paradójicamente, quienes optan por la “dieta verde”, terminan con sus rostros mimetizados con los de los seres a quienes les perdonan las vida (o sea, las vacas). Difícil es saber qué ocurre detrás de esa “cara bovina”, ya que la expresión “de nada” se mantiene ante todo tipo de situaciones o noticias. Los vegetarianos son seres misteriosos.

 

Entre sus filas se cuentan tanto asesinos seriales como dignos discípulos de la Madre Teresa de Calcuta.

 

2. Adictos a las comidas calórico-elaboradas.

 

Sus “platos insignia” son el locro, las pastas a la “Príncipe de Nápoles”, la paella en invierno y el salpicón de ave, la ciambotta o los tomates rellenos de la casa cuando el calor aprieta. Acostumbrados a la superposición ilimitada de ingredientes y condimentos, estos comensales suelen verse a sí mismos como “gente que sabe comer”. En realidad, los que militan en sus engordadas filas tienden a ser desconfiados e hipócritas. Habituados a desmenuzar lo que comen por precaución suelen ser analíticos hasta el hartazgo.

 

3. Especialistas en “sabores exóticos”.

 

Por más democrático o “progre” que sea, quien opta por el mundo del jengibre, la cúrcuma o el cilantro no puede evitar convertirse en un snob. No hay fanático de hojas de curry, niguiri de langostino o arroz basmati que no sea, por lo menos, pedante. Menos conocida (pero no por ello menos extendida) es su tendencia a despreciar a quienes no disfrutan de lo que este grupete considera el manantial de la vida. Quien los trate sin unirse a sus filas, no tendrá más remedio que soportar sus infundados aires de condimentada grandeza.

 

4. Aberdeen Humanos.

 

Auténtica y autóctona raza nacional es la que conforma este enorme grupo de hombres y mujeres cuya mayor aspiración en la vida es un buen bife de chorizo “a punto”. Tan monotemáticos y tradicionales como su monodieta (reducida a milanesas, bifes, albóndigas o hamburguesas según la ocasión) son, sin embargo, “campechanos” de “puertas abiertas”, seres aburridos hasta la muerte pero con “corazón de oro”.

 

5. Delivery lovers.

 

Son portadores privilegiados de un paladar capaz de soportar infinitas dosis de sal, mostaza o ketchup. Estos “juntadotes compulsivos” de imanes y volantes con ofertas/inauguración de rotiserías y bares “con entrega a domicilio”, son tan poco refinados como relajados. Amantes por extensión de los snacks y las golosinas, llevan una vida insalubre y fuera de onda. Sin embargo, resistir la demagógica tendencia “cormilloteana” los hace no sólo somáticos rebeldes sino seres dignos de respeto.

Lunes 21 de Abril de 2008 00:00
MUNDO CHICHE

Cien por ciento actitud: imperfectas y exitosas

Mucho más importante que los kilos, la gimnasia, la dieta o la ropa, lo fundamental es que las minas tengan la actitud correcta, o sea, que sean simpáticas. Nada espanta más a un hombre que una caracúlica, por más buena que esté, por más lomo que tenga.

 

En cambio, rollos, granitos y arrugas son, salvo casos extremos de espanto, un mambo femenino, porque los tipos son medio ciegos a esas realidades que tanto trauman a las mujeres. Un ejemplo contundente es el tema del vello: los hombres, si están enganchados, pueden salir con la mujer barbuda del circo sin darse cuenta.

 

Esto no es verso demagógico, sino lo que marca la realidad.

 

Si pudiéramos revisar los álbumes de fotos de los casamientos para hacer un relevamiento estético, corroboraríamos que las que más se casan son las imperfectas, las que tienen el culo grande o los dientes no tan perfectos o pocas lolas. Esto no quiere decir que sean sucias o desagradables, sino que, simplemente, no serían de la revista Caras.

 

¿Por qué consiguen pareja estas ANTI-modelos? Porque son más normales.

 

Para ser linda tenés que ser narcisista, y las minas narcisistas no consiguen “punto” porque están tan pendientes de sí mismas que no les queda tiempo para el otro; lo único que les preocupa y de lo único que se ocupan es de su vida. Lo que pasa alrededor les importa un carajo, aunque trabajen, aunque tengan hijos. Son monstruos que establecen como prioritarios temas como la “marcación” de los músculos, el color del pelo o la gordura, aunque estén flacas. Este desfasaje narcisístico es una enfermedad que afecta más a las minas que a los tipos y que en los famosos alcanza grados delirantes. ¿Por qué Susana Giménez engancha tipos impresentables? ¿Por qué están solas las estrellas “top”, las “divas”? Porque son presuntuosas, insoportables. Tienen un destino de soledad imposible de revertir.

Lunes 14 de Abril de 2008 00:00
MUNDO CHICHE

¿Cómo ser lindo si sos feo?

Es cierto que algunos tienen menos suerte que otros, o bien porque nacieron menos agraciados o bien porque no tienen guita para “producirse” o, en el peor de los casos, porque sufren de una demoledora combinación de ambos factores.

 

Sin embargo, todos estos “desagraciados” pueden hacerse de un arma que vence a la genética más desafortunada y a la peor de las pobrezas: la capacidad de elogiar al otro. Nada puede embellecer más a alguien ante un interlocutor que sus oídos halagados: consiga que quien lo tiene enfrente, quien tiene que decidir sobre su apariencia, su historia o su futuro, se sienta divina. El que busca novia, el que va a elegir entre una gorda o una flaca como recepcionista, el que tiene la autoridad de otorgarte o negarte un crédito, posee un poder que tenés que conquistar para lograr tu objetivo. ¿Cómo hacerlo si no sos Kate Moss o Brad Pitt? Muy fácil: tenés que evaluar en cinco minutos a la persona que tenés enfrente para encontrar la manera elegante de complacerlo, el punto por el cual el tipo se sienta un rey. Ésta es la llave que puede dar vuelta la mirada que el otro tiene sobre vos.

 

Tu desafío es hacer una evaluación vertiginosa y destacarle algo: “¡Te hacía más gordo por teléfono!”, “No me imaginaba que alguien en tu puesto pudiera ser tan joven”, y frases al estilo. Cualquiera de estas oraciones bien dichas suma más de cien mil puntos frente al otro, muchos más que el maquillaje o la ropa.

 

Alabar a una mujer es fácil. Un “Estás monísima", o un “¿No estás demasiado flaca?”, o bien un “El pelo así te queda brutal, lo tenés que usar siempre así”, son clásicos que nunca fallan.

 

Sin embargo, si hay que halagar a un hombre, la cuestión presenta sus dificultades, a menos que se consulte la siguiente Guía infalible para elogiar hombres:

 

Primero: Atributos físicos

 

A los tipos les gusta que les halaguen la altura; cualquiera comentario en ese sentido los hace sentir “más machos”.

 

Otro dato clave es que, en general, tienen un trauma con las manos: se las ven feas, ajadas o manchadas. En este contexto, un “¿Con qué te cuidás las manos?” resulta infalible.

 

Segundo: “Hipnosis corbateril”

 

Lo que es un “hit” de acá a la China es quedarse unos segundos mirando la corbata del “quia” como si estuvieras hipnotizada y decirle: “No me voy de acá hasta que me digas de dónde es esa corbata”...aunque sea una cagada, aunque la mires y te den arcadas.

 

Tercero: “Tocadita” de traje

 

Otra muy buena es la de tocar el saco y sentenciar: “Con este traje, yo vivo seis meses”...aunque se note a la legua que es del boliche más trucho del Once.

 

Protagonizando cualquiera de estos sketchs, tu interlocutor se sentirá un Dios y vos habrás avanzado unos cuantos casilleros hacia tu objetivo.
Lunes 7 de Abril de 2008 00:00
MUNDO CHICHE

Las de grasa y las de manteca

Antonio Carrizo, hombre de varias bibliotecas consumidas, será más reconocido y recordado en el futuro por su declarada adoración por las medialunas de grasa que por sus brillantes aportes intelectuales. ¿Por qué? Porque su declaración de amor no se quedó en la mera descripción de una arrolladora pasión gastronómica, sino que se transformó en una osada teoría que divide de manera maniquea a los humanos según se ubiquen como hinchas de “las de grasa” o de “las de manteca”.

 

La dramática hipótesis de Carrizo sentencia que aquellos que prefieren las “dulces”, “de manteca”, “de confitería” o cualquier otro nombre que se le ponga a esa masa de sabor indefinido y escasa personalidad, queda sin remedio del lado del mal, de la perversidad y de cualquier otro pecado en el que pueda incurrir una persona que viva en este mundo. Pieza fundamental de esta obra maestra del razonamiento es el axioma que postula que, puesto a elegir con total libertad, nadie con cierto sentido común o, básicamente, con un criterio de vida más o menos lógico, puede descartar una crocante medialuna de grasa para engullir un dulzón masacote infecto (tremendo error de elección sólo puede corresponder a una mentalidad desvariada, a un ser sin sentimientos de los que se dicen “humanos”).

 

¿Son estas conjeturas una frivolidad?... De ninguna manera.

 

¿Es razonable determinar de manera impune que el apasionamiento por una comida y no por otra define una personalidad? Definitivamente, sí.

 

Quien considere lo contrario debería abandonar al instante la lectura del presente post por no ser merecedor de su contenido. Para él o ella, piedad y pena: acaban de perder la oportunidad de comprender los más recónditos secretos del alma humana.

 

Por suerte, artistas de todas las expresiones (seres cuya sensibilidad muchas veces es mayor a la de la media les permite captar lo que ojos menos atentos no ven) han reconocido a través de sus obras el valor que la comida tiene para la existencia, y le han rendido justo homenaje.

 

1. Pappo compuso una oda a los sándwiches de miga. Una genialidad aclamada por los millones de argentinos que, con un himno acorde a las circunstancias, encontraron la manera de celebrar este hit cien por ciento nacional (desafío a cualquiera a conseguir un triple de jamón y queso o de pavita y apio en la ciudad más glamorosa del mundo).

 

2. No conforme con dirigir algunas de las más grandes películas del cine europeo, Federico Fellini se preocupó por difundir la mejor manera de saborear una buena pasta. Para el italiano, el único modo de aprovechar sin desperdicios un plato de vermicellis era masticando con la boca abierta. Un verdadero desafío a los buenos modales y a los paladares más refinados.

 

3. exigente y exótico para cada acción que encaraba en su, el pintor Salvador Dalí optó durante años por alimentarse exclusivamente a base de percebes, singulares crustáceos con forma de dedo que deglutía mañana, tarde y noche durante las larguísimas estadías en las playas españolas de Cadaqués. No cabe duda de que cada bocado de percebe que llevaba a su boca era una herramienta fundamental de las que utilizaba para construir su mundo de fantasías; es casi una obviedad agregar que sus cuadros y esculturas no hubiera sido lo mismo de haberse alimentado Dalí sobre la base de pizza o papas fritas.

 

4. Elvis Presley sólo comía hamburguesas con queso y panceta que se hacía traer en su avión privado desde un McDonal’s de una ruta marginal. Consciente de su dependencia de las drogas y el alcohol, Elvis congelaba los sándwiches para engullirlos ante los primeros síntomas del síndrome de abstinencia. Gracias a ellas, el cantante consiguió sobrellevar varios de sus peores bajones y componer lo éxitos que son hit hasta hoy.

 

5. Atentos a la incidencia de la comida sobre sus vidas, los más encumbrados intelectuales también se ocuparon personalmente del tema gastronómico: mientras que William Shakespeare alimentó cada una de las geniales líneas de sus obras con porotos que él mismo preparaba con cebolla y grasa de gallina, Honoré de Balzac optaba por comer sólo una vez al día un cordero entero a las brasas porque, según decía, era la única manera de evitar los pedos con exceso de mal olor y Jean Paul Sastre omitía la carne para evitar “judaizarse”, ya que consideraba que el alimento era típico del pueblo judío.

 

Tal como lo ilustran los cultísimos ejemplos precedentes, lo que uno come lo modifica en muchos más aspectos que los derivados de la cantidad de calorías contenidos en los alimentos. Comer no es, ni mucho menos, una función exclusivamente vital, un acto que sólo tiene que ver con la supervivencia fisiológica.

 

El sabor, la textura, el aroma y los colores de una fruta, un plato de sushi o un guido de lentejas van dejando huellas en quien los consume. Está pues, en cada uno de nosotros elegir con cuidado lo que comeremos y observar con atención a quienes nos rodean a la hora de sentarse a la mesa.

Lunes 31 de Marzo de 2008 00:00
MUNDO CHICHE

“Los techos bajos destruyen la pareja”

por Chiche Gelblung

Pocas afirmaciones públicas hechas por mí han generado tanta controversia como ésta. La reacción, desmedida e incluso violenta en ocasiones, es curiosa o, por lo menos, apresurada, ya que bastaría con que cada uno de los detractores de lo que he dicho (sobre la base de pruebas que a continuación detallaré) se tomaran el trabajo de revelar las realidades que lo circundan para comprobar su irrefutable corroboración.

 

Negar la relación entre la altura de l techo y la suerte de un matrimonio es ser, por lo menos, necio, si no negador o directamente mentiroso. Es también una actitud muy “argentina” ésta de rechazar una idea o un concepto innovador cuando no se tiene voluntad de, por lo menos, tomarse el trabajo de examinar la teoría antes de descalificarla sin, ni siquiera, aportar un dato a lo que se tilda de capricho u ocurrencia desvariada. Para todos los ignorantes que critican sin investigar y, por supuesto, para los curiosos que ávidos de novedades buscan ilustrase, desarrollo a continuación la explicación científico-universitaria de por qué los techos bajos destruyen a la pareja mejor constituida.

 

Como primera medida, presentaré al ideólogo primario de la idea: se trata de Mario Botta, uno de los arquitectos más prestigiosos y famosos del mundo (algunos ya lo comparan con Le Corbusier y hay quienes dicen que lo ha superado en audacia y aporte para el futuro de la arquitectura).

 

Presentadas sus credenciales profesionales, continuaré mi exposición relatando que Botta, interesado en el “resultado vivo” de sus creaciones, organizó un seminario con un equipo de etólogos (estudiosos del comportamiento humano) e, intercambiando sus teorías y relevamientos, llegó a la conclusión de que la altura de los techos de las modernas construcciones masivas tenía relación directa con la suerte de las parejas que habitaban esas viviendas.

 

Las razones de la compleja relación techo-amor esgrimidas por el italiano fueron interesantes, varias y absolutamente lógicas:

 

  1. Pérdida del respeto antropológico

Al “encuchar” a las personas en espacios reducidos, inevitablemente se producirá un malestar que derivará en una competencia por lo más escaso, o sea, el espacio. En este caso, la contienda será entre las dos personas que se disputan los pocos metros de la vivienda (léase hombres versus mujeres).

 

  1. Efecto “cielo en picada”

Nada hay más aterrador y desestabilizador para un humano que las sensaciones de que el suelo puede abrirse a su paso o de que, por el contrario, el cielo puede desmoronarse sobre su cabeza, pánico que se hace realidad en el caso del techo bajo (según complejos estudios se llegó a la taxativa conclusión de que el hombre necesita, como mínimo, el doble de su altura sobre su cabeza para no sentirse aprisionado). Efecto inmediato de “ensanguchamiento humano” entre “panes de cemento” es la tendencia instintiva a huir del hogar.

 

  1. enrarecimiento ambiental

Poco aire equivale a asfixia. Una persona con dificultades para respirar o con pulmones cargados de oxígeno de mala calidad no tiene ninguna posibilidad de relacionarse de manera amorosa con otra. Embotados y malhumorados, lso miembros de la pareja tenderán a mantener relaciones sexuales cada vez más espaciadas en el tiempo con la consecuente propensión al malhumor y a la desconexión entre ellos.

 

Enfrascada en un ambiente hostil, resulta naif pretender que una relación amorosa perdure en el tiempo. Un cuarto matrimonial (en el que suelen ubicarse despertadores, pastillas para dormir, agendas y, según los casos, un baby call o una radio) presenta, de entrada, símbolos que remiten a la esclavitud del tiempo, las obligaciones familiares y el trabajo, elementos que engendran rencor y malestar (que se multiplican en el caso del hombre quien, tal como se relata en la Teoría del no-lugar, no cuenta ni con medio metro cuadrado de la casa para acomodar sus cosas).

 

La reducción de los espacios vitales donde llevar una saludable vida en común es uno de los mayores atentados contra la convivencia. Tomar conciencia de esta realidad y aceptarla como tal es un buen comienzo para evitar seguras frustraciones sentimentales.

Lunes 24 de Marzo de 2008 00:00
MUNDO CHICHE

Otra que la deuda externa...

Muchos hombres suelen decir que intercambiarían gustosos el lugar con sus mujeres, que les encantaría quedarse en la casa y pasar más tiempo con sus hijos.

 

¿Dirían lo mismo después de una semana de “amos de casa”?

 

Seguramente no, a que a nadie le gusta trabajar por menos dinero del que merece. Y éste es, justamente, el caso de todas las madres y esposas que, mientras observan cómo sus familiares salen al mundo exterior con cada de “pobrecitos trabajadores”, permanecen atrapadas entre medias y calzoncillos sucios, inodoros por limpiar, lechugas por lavar y camas sin hacer.

 

¿Cuánto vale ese trabajo sin límites de tareas ni horarios? Obviando el valor incalculable de llevar nueve meses en la panza y luego criar a un hijo, se estima que a un bajísimo valor de 6 pesos la hora por tareas domésticas, el ama de casa debería cobrar, en promedio, unos 2.000 pesos mensuales.

 

“Ja!”, escupirían con sarcasmo (y con razón) cualquiera de estas agotadas mujeres que, con suerte, reciben algún elogio por lo que escuchar críticas por alguna prenda mal lavada o planchada o por algún otro “error”).

 

Es hora de reconocerlo: los argentinos tenemos una deuda millonaria con todas ellas.

 

Tengamos en cuenta que, calculando que en nuestro país existen unos nueve millones de amas de casa, si les pagaran los 2.000 pesos mensuales que corresponden, el total de honorarios a nivel nacional sería de 18.000 millones de pesos mensuales o 200.000 millones de pesos anuales, cifras que dispararía el PBI a límites insospechados.

 

En resumen, la Argentina ostenta un déficit moral y monetario monumental con cada una de las mujeres que, por opción o las más de las veces por obligación, cargan con la poco gratificante tarea de poner en orden la casa y la vida de su familia a cambio de nada.

Lunes 17 de Marzo de 2008 00:00

Gordos versus feos: La verdadera guerra de los mundos

Mucho más importante y determinante que ser rico o pobre, judío o católico, rubio o morocho, gerente o cartonero es, para la sociedad de hoy, ser gordo o flaco. Pertenecer a uno u otro bando determina suerte o desgracia y es por eso que las más pujantes industrias de alimentos, ropa deportiva y suplementos dietarios invierten cifras millonarias en marketing para exprimir el inconmensurable mercado internacional de los que son o desean clonar sus físicos con los de las raquíticas y raquíticos Kate Moss o Mick Jagger.

 

Descartados los modelos pintados por Botero, la pasión por las costillas a la vista no conoce de límites geográficos, sexuales ni erarios.

 

Atentos a esta realidad, los padres de clase media para arriba (los otros se conforman si consiguen alimentar a los suyos todos los días) torturan a sus hijos desde l más temprana pubertad en pos de que ellos sean acreedores de un futuro sin grasas, kilos de más… ni sabor. Bajo el lema “Es por tu bien” se van incorporando generaciones de preadolescentes flacuchentos ajenos a las delicias del helado, la torta de chocolate, un choripán o una hamburguesa completa chorreante de grasa.

 

¿Es éste el camino correcto hacia la dicha de los chicos del mañana?... Parece que no.

 

Si se pudiera analizar la felicidad total acumulada de una vida y compararla entre distintos seres humanos según el índice de masa corporal, los resultados no serían tan obvios como la mayoría puede creer…Ni la delgadez hace a la felicidad ni la gordura a la desdicha. Tampoco es cierta la misma afirmación en términos inversos. Tal como indican los testimonios de médicos, pacientes y psicólogos, la relación kilos-sonrisa depende de cómo evoluciona la contextura desde el nacimiento hasta la madurez. Si bien es cierto que los gordos desde la cuna de la familia de gordos (cuyos padres no desesperan por adelgazarlos= pasan momentos difíciles durante su infancia (cargadas en el colegio, ropa más o menos ridícula, etcétera), también es verdad que durante el mismo período, por “prejuicio positivo” pueden y suelen hacer uso y abuso de su supuesta condición de “gordo bueno”, ideal para ganar maestras más comprensivas y amigos incondicionales (con el plus de que, a diferencia de sus pequeños contemporáneos, gozan de vía libre para disfrutar ad infinitum de cuanta golosina, poste o galletita se lance al mercado). Acostumbrados a sonreír para contrarrestar el impacto de una imagen inicial difícil, los gorditos y más tarde gordos, tienen asegurada una vida más o menos feliz, a menos que opten por encarar una dieta o cirugía similar a la que se hizo Diego Armando Maradona. El resultado, si bien puede llegar a ser beneficioso a nivel puramente fisiolóico, es demoledor para el ánimo. Si el método elegido por el paciente para perder peso no resulta por el contrario, la “operación anti-kilos” es todo un éxito, al margen de que el espejo devolverá una imagen más ad-hoc a los usos y costumbres de moda, nada recompondrá la relación paladar-cerebro, un romance que, diseñado para durar toda la vida, se verá interrumpido por hordas de insípida lechuga o bebidas light.

 

En resumen: quien nació para gordo a menos que sea masoquista, mejor que se asuma gordo y disfrute del banquete de la vida sin culpas.

 

Distinto es el caso de los “engordados”, flacos naturales que, por diferentes circunstancias de la vida (desórdenes hormonales o, en la mayoría de los casos, excesos gastronómicos por ansiedades de origen diverso a una mediana edad encuentran sus cuerpos hundidos dentro de una megapelota de carne informe en la que no se reconocen. Habituados a mirar despectivamente a su alrededor desde su trono de flacos, sienten que el universo les ha jugado una mala pasada. Tras años de comer sin culpa ni engordes, de comprar ropa de cualquier tipo y color (rayas horizontales incluidas) se encuentran con comentarios de la peor calaña, tipo: “Estás más gordito, ¿no?”, “¿Estás embarazada otra vez?”…

 

Hay que decirlo: una vez que el metabolismo se da vuelta, no hay con qué sobornarlo. Quedan para el ex flaco dos cominos diferentes y duros de andar: el de la dieta y el malhumor o el de la conversión a la liga de los gordos. Desde la tribuna, los “rellenitos”, que siempre los odiaron y envidiaron, apreciarán cualquiera de los dos espectáculos con máximo placer (y un gran paquete de pochoclo en sus manos).

Lunes 10 de Marzo de 2008 00:00
MUNDO CHICHE

Alcohol y tacos

Bajo un aura de “superadas”, las neo-alcohólicas son una moderna categoría contemporánea de mujeres esquivadas. Algunas son party drinkers: sólo incorporan alcohol en sus cuerpos en fiestas, cocktails o reuniones, como quien reserva una alhaja o un tapado de visión para “ocasiones especiales”. Otras “se clavan” las copas de champagne o los vasos de daikiri para tomar valor y avanzar sobre el sexo opuesto. En todos los casos, los resultados de sus trastabilleos pueden ser devastadores.

 

Desenfadadas, atrevidas y “avanzadotas”, estas sirenas modelo siglo XXI resultan trampas mortales para hombres desprevenidos que, faltos de experiencia en el rubro “tragos con escote”, se sienten Gardel al conquistar a una pobre mina que, en el fondo, no es más que una triste borracha.

 

Es posible que un tipo n pedo sea una mierda; es seguro que cualquier historia que se encare con una dama “colocada” con alcohol terminará en desastre.

 

Una chica “entonada” siempre dice lo que no debe, ante quien no corresponde y con un tono de voz que permite que la huevada o indiscreción del caso sea receptada a cientos de metros a la redonda. También es muy común que la bebedora hiperactúa sentimientos tales como la euforia o la espontaneidad protagonizando, en realidad , un tristísimo espectáculo que avergonzará a quienes la rodeen.

 

Si lo único que pretende el hombre es una noche de sexo, lo más probable es que la consiga rápidamente. Lo que no puede dejar de calcular es el bonus track: esas lágrimas combinadas con arrepentimiento que invaden sin piedad a la mujer post-bebida, un drama griego que empañará sin dudas el mejor de los polvos.

 

Víctimas de una realidad opresiva de la cual buscan huir, las alcohólicas sobre tacos son, si bien dignas de la preocupación de la sociedad o del tratamiento de un psiquiatra, dramas en potencia para el tiempo del montón que hará más negocio si ante su teatral aparición vence el hechizo y cruza de vereda.

Lunes 3 de Marzo de 2008 00:00
MUNDO CHICHE

Comida y sexo, dupla inseparable

Indetikit sexo-gastronómico masculino

 

La respuesta a la pregunta “¿Cuál es tu plato preferido?” revela mucho más que una simple predilección gastronómica; permite sacar conclusiones que excede, por mucho, una primera y apresurada apreciación acerca de si quien responde es un futuro gordo o un bon vivant.

 

¿Por qué? Porque la comida y el sexo van de la mano, porque ambos requieren instinto, pasión y renovación constantes.

 

No es lo mismo un hombre que cocina que uno que pide un delivery.

 

No da lo mismo que un hombre utilice quince condimentos diferentes que elaborar un plato a que le ponga “un poquito de sal” cuando llega a la mesa.

 

Preguntarle a un tipo “¿Qué tal sos en la cama?” es poco frecuente (además de que puede ser tomado a mal). Sin embargo,