Federico Mana
Federico Mana
En esta época de festejos, las salutaciones y el exhorto a que se cumplan nuestros "deseos" nos abre la posibilidad de pensar al respecto de qué significa esta palabra.
¿Cuántas veces nos habremos preguntado qué elegiríamos si se nos apareciera un genio y nos diera tres deseos? El acto de desear está presente en nosotros desde que tenemos conciencia, y la esperanza de que mágicamente podamos alcanzarlos sin ningún tipo de esfuerzo acompaña a nuestra cultura desde hace cientos de años.

Ahora bien, ¿cómo entender el concepto de "deseo"? Pareciera ser en principio una pulsión, una extrema atracción para con un ente determinado, el cual queremos alcanzar, poseer; es la intención de obtener algo que nos falta y que entendemos que su consecución nos va a hacer más felices de lo que somos. De esta manera, podemos experimentar este "estado del alma" en cualquier momento y hacia cualquier cosa: deseamos objetos, cualidades, personas, experiencias, etcétera.

No obstante, por más que podamos definir más o menos satisfactoriamente este término, definir el rol que ha de cumplir en nuestras vidas es tal vez lo que nos lleve por caminos más conflictivos. ¿Es un motor de nuestra vida? ¿Cuál es el límite de esfuerzo y dedicación que debemos disponer para cumplir un deseo? ¿Todos los deseos deben cumplirse?

El acto de desear está presente en nosotros desde que tenemos conciencia

Asimismo, otro gran desafío para con este concepto es intentar delimitar la importancia que tendrá en nuestra vida a la hora de tomar decisiones. Puede ser que si el deseo es muy intenso y nos arrastra a llevar todo tipo de acciones para cumplirlo, encontremos la desdicha y la miseria, tanto por los sacrificios que hemos tenido que realizar, como por la emergencia del vacío al lograr eso tan ansiado. A su vez, no siempre queremos lo que deseamos o, anticipadamente, creemos que deseamos una cosa y cuando la tenemos nos damos cuenta de que, en realidad, no era lo que deseábamos. En el juego infantil de los "tres deseos" si uno se pone analizar las consecuencias del cumplimiento de los mismos, tal vez decidiría que es mejor que no se puedan cumplir...

Entonces ¿habrá deseos buenos o malos? Si esto es así ¿qué determina que lo sean? ¿El resultado obtenido o el camino que hay que transitar para lograrlo? Por otro lado se nos plantea otra cuestión: una vez alcanzado ese deseo: ¿qué nos queda? ¿Volver a desear como única forma de mantenernos activos?

Así pues, podríamos concebir la idea de que el deseo es pulsión de vida (Eros), motor de nuestra creatividad que se contrapone a la pulsión de muerte (Thanatos) que nos lleva hacia la destrucción: sin deseo no hay reproducción de la especie, sin deseo no hay creación de novedad.

Pero claro que también podemos ver al deseo desde otra perspectiva, como aquel elemento que nos detiene, que nos ata a esta realidad y no nos deja trascender en un camino más espiritual. Es por ello que el pensamiento budista lo ve más que como un motor de vida como el origen de todos nuestros sufrimientos ya que si sufrimos lo hacemos por la ausencia de un bien deseado, por lo que si lo eliminamos ya no habrá dolor por la falta. La pregunta que irrumpe entonces es la siguiente: ¿será posible dejar de desear? ¿Debemos cesar de incentivar a los demás a perseguir sus deseos?

Sin deseo no hay reproducción de la especie, sin deseo no hay creación de novedad

Por todo esto es que se nos abre una disyuntiva compleja de dilucidar: ¿hay que establecer límites al momento de desear o deben ser los más altos posibles? Si los limitamos a nuestras posibilidades tal vez nos sintamos "mediocres" por no atrevernos a avanzar más allá de lo previsible o esperable, mientras que si sostenemos que deben ser lo más elevado que podamos aspirar, corremos el riesgo de caer en la frustración o desear cosas desconocidas que, de obtenerlas, se vuelven más un medio para la desdicha que un vehículo para la felicidad.

¿Hay que establecer límites al momento de desear o deben ser los más altos posibles?

No obstante esto, tal vez lo más riesgoso que atraviese a este concepto no sea la altura a la cual lo depositamos, si no más bien la idea que tengamos al respecto de cómo se lo debe alcanzar: en una época tan "mágica" quizás tengamos la tentación de caer en la falsa esperanza de que se cumplirá por sí mismo, por el hecho de existir como una emanación de nuestra mente, soslayando así la imperiosa necesidad de la acción personal que conduce a su obtención, coartando de esta manera nuestra libertad y responsabilidad al momento de alcanzar lo que verdaderamente deseamos o, al menos, creemos desear.