Federico Mana
Federico Mana

Con la llegada del año 2016 se renuevan las expectativas, los planes a futuro y las metas a cumplir. Sin embargo, entre tanta proyección y buenos deseos para lo que vendrá emerge una positividad un tanto excesiva que nos puede conducir a la angustia y la depresión.

Así como el cierre de un año nos lleva inevitablemente a hacer un balance sobre lo acontecido durante los últimos 365 días, el inicio de un nuevo ciclo calendario nos incentiva por lo general a proyectar cuáles son las actividades que desearíamos realizar al mismo tiempo que planear las metas que nos gustaría poder alcanzar; aquí se incluyen cuestiones de índole laboral, afectiva, de salud y también académicas. Es decir, en función de lo que se ha hecho o no, se establecen ciertos parámetros a cumplir durante el año que comienza a fin de poder sentirnos más o menos realizados el próximo 31 de diciembre.

En este sentido, los buenos augurios y saludos que se dispersan por doquier durante estos días giran en torno al alcance de tales metas y el cumplimiento de "nuestros sueños". Sin lugar a dudas se puede notar más exacerbado que en otros meses un pensamiento positivo acerca de que con voluntad, esfuerzo y ese término indefinido y volátil como lo es la "buena onda", todo se podrá lograr.

Ahora bien, ¿quién podrá oponerse a tal situación? ¿No se corre el riesgo de verse movido por el resentimiento y la amargura si se posa una mirada crítica sobre esta circunstancia? El hecho de ser positivo se ha instalado férreamente en nuestra sociedad como algo bueno, querido y esperado para el comportamiento de todos los sujetos que la componen, tanto así que incluso las palabras de consuelo ante alguna desavenencia suelen estar embebidas por un llamamiento a la pronta recuperación y al salir adelante, llegando al punto de prácticamente negar el derecho de las personas a sentirse mal en determinadas ocasiones.

Por consiguiente podríamos afirmar que vivimos en un época donde la "positividad" se ha vuelto un exceso, se ha convertido en la única actitud posible ante la vida y esto se manifiesta tanto en la obligación de estar siempre "bien arriba", como en la necesidad que se nos impone de estar en perpetua actividad, proyectando sin parar con el pensamiento fijo en que todo sí se puede. El filósofo coreano radicado en Alemania, Byung-Chul Han denomina a este fenómeno como "sociedad del rendimiento", lo que nos lleva según él a convertirnos luego en una sociedad del cansancio.

El mundo nos colma de expectativas y presiones de lo que debemos ser, de todo lo que debemos consumir, situación que nos convierte en seres sumamente autoexigentes que persiguen la perfección en cada detalle y que no aceptan los errores, los fracasos o la detención de las actividades más que para experimentar un tiempo programado de vacaciones. Si antes sólo existía el patrón que nos explotaba, explica Han, ahora nosotros mismos somos quienes nos auto-explotamos, circunstancia aún peor porque implica experimentar una sensación de falsa libertad.

De tal manera, la depresión, la angustia y al ansiedad se vuelven pandemias sociales porque la constante actividad o la búsqueda de metas más altas nos termina llevando al sinsentido, al vacío de significado y a la desvalorización de quienes somos y de lo que hemos logrado, comparándonos siempre con los demás y con nuestras propias expectativas a futuro. Podemos observar entonces una conexión directa entre la positividad exagerada del "todo está bien seguí siempre para adelante" y la ambición desmedida que nos arrastra al vacío existencial y la pérdida del sentido de la vida.

Por ello quizás de lo que se trate no sea de eliminar nuestras metas, si no de resignificarlas, de entenderlas como estímulos más no como pasos necesarios a dar para ser "alguien". Al fin de cuentas el desafío pareciera ser similar en toda ocasión: encontrar el equilibrio justo entre el desarrollo personal y el cuidado de sí mismo. Tal vez esta sea la única forma de darle verdadero valor al saludo de "feliz año" ya que se muestra como el camino con mayor probabilidad para conducirnos fehacientemente hacia la felicidad tan anhelada.