Antonio Mamerto Gil, el más humilde de los santos populares argentinos, está siendo recordado por por más de 200.000 peregrinos, quienes se reunieron en su santuario principal ubicado a ocho kilómetros de la ciudad correntina de Mercedes, tal como lo hacen cada 8 de enero.

Más de 100.000 personas ya arribaron a la localidad correntina de Mercedes para venerar al Gauchito Gil, y se espera que unos 200.000 fieles participen este viernes de la celebración central en su honor, al cumplirse el 137º aniversario de su muerte.

Si bien las muestras de fe hacia este santo se extienden a lo largo de todo el territorio nacional y existen homenajes en diversos lugares del país, el Gauchito no es reconocido por la religión oficial.

La iglesia católica sostuvo en varias oportunidades que Gil no cumplía con los requerimientos pedidos por la Santa Sede. A esa negativa se suma que algunos sacerdotes consideran que era un ladrón y que -si bien robaba para repartir entre los pobres- esa no sería una excusa para cometer tal pecado, por lo que perdería sus atributos y virtudes para ser considerado un santo, que entre otras cosas debe acreditar una vida de fe ejemplar.

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El lugar en el que fue asesinado el gaucho Gil se convirtió en un santuario que congrega a la romería más importante que pueda darse hoy en toda América Latina.

Gil fue un gaucho perseguido por las autoridades que lo señalaban como desertor, algo de lo que no había dudas, dado que se había negado a seguir formando parte de Ejército de Bartolomé Mitre a la vuelta de la Guerra contra el Paraguay; pero también de ladrón, acusación que en cambio sí es rechazada por sus fieles, quienes aseguran que `el Gauchito` le quitaba a los que tenían de más para darle un poco a los que no tenían nada.

Así, mezcla de Robin Hood y Jesucristo, el Gauchito Gil, a su vez devoto de otro santo pagano, San La Muerte, logró cierta popularidad entre sus paisanos y pasó a la categoría de mito justo en el momento en que uno de los soldados que lo había capturado le dio muerte degollándolo mientras lo tenían colgando de un árbol, porque no sabían muy bien qué hacer con él.

Segundos antes de morir, el 8 de enero de 1878, Antonio Gil le aseguró a su verdugo que si antes de volver a su casa rezaba por él, su hijo enfermo terminal se curaría, cosa que finalmente sucedió.

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Ese milagro fue la piedra basal de una serie interminable de acciones atribuidas al gaucho, desde donde se edificó un fenómeno de religiosidad popular que durante décadas se mantuvo casi en secreto por los desposeídos que sostuvieron la llama del mito, y que en los últimos años alcanzó una masividad que llegó a las ciudades y ya no distingue clases sociales ni barreras de ningún tipo.

De todas maneras, el núcleo y la base social que sostiene al santo se encuentra en los sectores populares, capaces de exponerse a temperaturas superiores a los 45 grados como los que hubo durante la vigilia que comenzó el lunes temprano y se extendió hasta las cero horas de este miércoles, cuando al comenzar un nuevo aniversario de la muerte de Gil se desató en el lugar una tormenta brava que voló varias de las carpas montadas a la vera de la ruta provincial 123, y que dejó varados en el barro de la banquina a colectivos y camionetas que habían llevado gente hasta el lugar.