Federico Mana
Federico Mana
Sacar un delfín para tomarse una selfie, hacer desaparecer montañas para extraer oro, matar miles de inocentes para manejar el petróleo, casos independientes uno del otro pero que mantienen una idea en común: la falta total de escrúpulos del humano a la hora de conquistar sus objetivos. ¿Acaso esto no nos vuelve una era idiota?
Pueda ser que el nivel de indignación al respecto del caso sucedido en Santa Teresita con el delfín extraído del agua haya sido un tanto exagerado. En contexto, suceden hechos mucho más aberrantes contra la naturaleza y quizás no tienen la repercusión del cetáceo muerto. De todas formas es entendible que, así ya haya estado muerto como algunos afirman, pretender utilizar a un animal para un entretenimiento banal sea considerado como un acto completamente vil.

Sin embargo, lo que quizás resulte más movilizador sea el principio ideológico que está de fondo en toda esta cuestión: el derecho que creemos poseer los seres humanos de disponer sin ningún tipo de restricciones de todo aquello que nos rodea. En algún momento de la historia (posiblemente desde que el humano es humano), a alguien se le ocurrió que ese pedazo de tierra, ese árbol, ese río o ese animal no tenía existencia por sí mismo y por lo tanto, por el sólo hecho de enunciarlo primero, ahora le pertenecía. A partir de allí la humanidad no supo desarrollarse sino a través de la apropiación de su mundo circundante.

Debates aparte, es probable que sin esta apropiación la vida tal como la conocemos hubiera sido imposible pero ¿hay alguna especie de límite para esta práctica? Conviene en este punto evocar la definición del término "estupidez", no tanto desde su concepción de diccionario, si no más bien desde el hábito que enuncia y que tiene que ver con aquel fenómeno de actuar sin conciencia del contexto, de una manera torpe tendiente a generar calamidades culpa de la total carencia de prudencia y previsión.

La humanidad no supo desarrollarse sino a través de la apropiación de su mundo circundante.

Desde aquí podemos entonces señalar cuán estúpidos somos los humanos ya que nos hemos creído por años ser más y tener más derechos que todo lo que nos rodea. Así pues no hay nada más estúpido que, por perseguir un objetivo, destruir todo aquello que se interponga en el camino. Pero, a colación de esto, es que podemos en pensar en una palabra mucho más clara y evidente: la idiotez.


Pese a que se utiliza con frecuencia, por lo general se desconocen los orígenes de este término. El mismo viene del griego idiotes y se utilizaba para designar a aquellas personas quienes, siendo libres, preferían concentrar sus intereses en las cuestiones particulares antes que en los asuntos públicos, circunstancia totalmente deleznable para los griegos quienes hacían de la política una cuestión vital.

La idiotez en mayor o en menor medida está siempre presente.


Así pues, desde esta visión, preocuparse por los intereses propios y obviar la responsabilidad social sería comportarse lisa y llanamente bajo los principios de la idiotez. Ahora bien, yendo más allá de los casos particulares ¿no podemos decir que estamos atravesando una era idiota?


La actualidad abunda de ejemplos en donde los intereses privados avasallan a los asuntos públicos, en donde la ambición humana soslaya el derecho de los otros seres vivos o depreda los recursos naturales, perjudicando no sólo a la población presente si no además a las generaciones futuras. Así entonces desde carecer de la noción del riesgo que pueda tener sacar un delfín del agua sólo para tocarlo hasta desconocer el efecto letal del calentamiento global, la idiotez en mayor o en menor medida está siempre presente.


Por todo esto, la pregunta que permanece es la siguiente ¿se puede salir de esta era de la idiotez? Quizás afirmar que todos somos idiotas sea un tanto excesivo, pero sostener que todos actuamos de alguna u otra manera, así más no sea por omisión, guiados por la idiotez tal vez no sea tan errado. Y en este sentido, si lo hacemos, no es más que porque hemos ido perdiendo paulatinamente la capacidad de pensar críticamente, nos hemos encerrado en nuestra burbuja ególatra la cual no nos permite ver más allá, por fuera de nosotros mismos. Tal vez algún día lleguemos a un punto límite, en el cual no nos quedará más opción que pasar a la era de la sensatez, ojalá que no falte mucho porque de otra forma habremos desaparecido indefectiblemente culpa del peso de nuestra propia estupidez.