Cuando los hijos crecen y se van del hogar comienza una nueva etapa para el matrimonio. Para muchas parejas, la partida de los hijos señala la época más feliz del matrimonio desde que naciera el primer hijo; diversos estudios indican que en esta época la sexualidad vuelve a tomar impulso.
Para las parejas que son básicamente compatibles, el compañerismo y la valoración de la relación en sí que posiblemente se habían deteriorado cuando siempre había un hijo en medio, pueden mejorar. Los cónyuges tienen más tiempo para conversar e intimar. Al no tener que responder más que por sí mismos, pueden salir juntos cada vez que lo deseen sin preocuparse por las comidas de los hijos; una conversación intima o una velada agradable conducen al sexo y pueden hacerlo en cualquier momento sin preocuparse por que los escuchen.

Para algunas parejas que durante muchos años utilizaron a los hijos para ocultar la distancia que los separaba, se acaba la simulación. Al no poder ya concentrar todas sus conversaciones, sus interacciones y sus intereses en los hijos, los padres tienen que hacer frente al hecho de que ya no hay nada entre ellos como hombre y mujer. En lugar de la sensación de renovación que sobreviene a otras parejas en esta etapa del matrimonio, lo que muchas veces se produce es el divorcio. Para los cónyuges que siempre supieron que no eran felices pero prefirieron seguir juntos sólo por los hijos, llega el momento de decidir: o se separan al marcharse el último hijo -algo que hacen muchas parejas- o realizan ciertos ajustes para que el matrimonio continúe.

Muchos eligen no cambiar, que las cosas sigan como están, y ello por varios motivos: algunos individuos carecen de confianza en sí mismos y no creen poder lograrlo solos; otros temen cualquier clase de cambio: la inercia es más cómoda que la acción y valoran lo conocido por encima de lo desconocido; a muchos los aterra la soledad.

Las parejas que siguen juntas, sea cual fuere su estado emocional, tienen que enfrentar la realidad de envejecer juntos. Dado que el envejecimiento es un proceso progresivo, durante esta etapa de la vida hay un mayor deterioro de la fuerza y el aspecto físicos, y tanto el hombre como la mujer tienen que aceptarlo. A esta altura, algunas parejas deciden que forman parte de la generación mayor y si piensan que el sexo no es apropiado para la vejez, renuncian a él.

Nuevamente, si ha habido mucha incompatibilidad, conflictos por el sexo, mucha inhibición o falta de gratificación sexual, la edad se convertirá en una excusa para poner fin de una vez por todas a esa cuestión. Al igual que en los comienzos de la edad madura, en esta edad también es común el hecho de tener aventuras extramatrimoniales para negar el proceso de envejecimiento o para probar que uno sigue siendo deseable. Hay muchas personas que afirman que el hecho de tener una aventura a esta edad las ha ayudado a conservar intacto un matrimonio incompatible o sin vida.

Otros recurren a estas aventuras para seguir adelante con un cónyuge que ya no se interesa por el sexo o con quien la actividad sexual es demasiado poco frecuente para sus necesidades. Los cambios sexuales fisiológicos, que pueden haberse iniciado alrededor de los cuarenta años continúan o se intensifican al pasar los cincuenta. Los hombres pueden descubrir que tardan más tiempo en lograr una erección y que necesitan que su pareja los estimule en forma más prolongada y directa.

Si bien el síndrome del nido vacío es mucho menos común entre las mujeres de lo que una vez se creyó hay mujeres que se deprimen cuando los hijos se van de la casa. Y ello se debe a que descubren que el leit motiv de sus vidas llegó a su fin.

La ida de un hijo modifica notoriamente la dinámica y la rutina de la casa. En especial, la rutina de quienes quedan en ella y, en especial, el ánimo de los padres, sobre todo cuando no queda otro hijo para desplazar hacia él la atención ahora sobrante.

Cada pareja es un mundo, viviendo situaciones distintas, en momentos diferentes. En algunos casos, hay coincidencias y la pareja puede seguir adelante, a veces mejor que antes; en otros después de que los hijos se van aparece la ruptura que durante años estuvo tapada por la actividad de ser padres. Pero no olvidemos que también es un interesante momento para el reencuentro de la pareja.

Lic. Diana M. Resnicoff
Psicóloga clínica. Sexóloga clínica.
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