Federico Mana
Federico Mana

La visita del presidente del país norteamericano reavivó el amor que parte de la sociedad argentina profesa por lo estadounidense, hecho que nos invita a pensar sobre los consumos culturales y el concepto de "identidad nacional".

A muchos indignó en estos días el fervor estadounidense que inundó nuestro país y las múltiples banderas que adornaron algunos iconos nacionales a fin de homenajear a Barak Obama. Sin dudas tal indignación fue fruto por un lado de la vinculación que tuvo el país del norte con la última dictadura cívico-militar, y también por el señalamiento de que con estos gestos no se hace más que legitimar el consumo de lo extranjero por sobre lo nacional.

No obstante ello, estas voces disonantes no concuerdan con otra gran porción de la sociedad que consideró la visita del mandatario como un gesto totalmente positivo hacia nuestro país e, incluso, hasta como un honor su recibimiento. Claramente los Estados Unidos como país, como fenómeno cultural y como ente político genera gran conmoción en la sociedad, conmoción propiciada por la enorme cantidad de producción simbólica que genera tal país y que es esparcida por todo el planeta, favoreciendo su expansión mundial y su colonización cultural.

Es decir ¿quién no consume algo producido por Estados Unidos? Sean marcas, series, películas, música, deportes, redes sociales o cualquier otro tipo de creación cultural/económica, lo cierto es que hace años nos hemos acostumbrado a incorporar su ideología, su visión del mundo. Así se nos han vuelto tan familiares como nuestros próceres nombres como George Washington o Abraham Lincoln, reconocemos más ciudades que cualquier otro país extranjero, dominamos paisajes como el Gran Cañón, la Estatua de la Libertad, las costas de Miami, las luces de Las Vegas. Hasta podríamos afirmar que la televisión nos ha enseñado más sobre E.E.U.U. que la escuela sobre la Argentina. Sin ir mas lejos, el idioma inglés se ha convertido hace mucho tiempo en la segunda lengua del país, con la obligatoriedad de su enseñanza durante todo el período escolar.

La pregunta que se abre entonces es si todo este consumo de la producción simbólica norteamericana ha mellado la identidad nacional, si nos ha "aculturado" o nos ha transformado. Claro que para responder esto habría que definir en primera instancia qué significa "identidad nacional", qué es "lo nuestro" y si aquello que mencionamos con tal nombre no es el producto de la asimilación de rasgos de otras culturas extranjeras de los que luego hemos olvidado su origen. Sin embargo, podemos entender que el punto crítico de la asimilación de lo estadounidense quizás no radique tanto en que se difumine un concepto tan multívoco como "identidad nacional" si no más bien en la asimilación de la cosmovisión ideológica que se pretende esparcir, aún cuando porte la ingenua máscara de la comedia liviana o el entretenimiento deportivo.

Tal vez que haya una parte de la población que conozca más las enmiendas de la constitución norteamericana que los artículos de la nacional sea menos terrible que la adquisición acrítica de la ideología neoliberal mercantilista que presenta la gran mayoría del cúmulo de producción cultural del norte (sí, tan fuerte ha sido su impronta que hasta hemos reducido a la referencia a este país los significados de palabras como "norte", "norteamérica" o "americano").

Ahora bien, es innegable que mucha de esta producción mencionada porta un atractivo prácticamente inigualable, sea por la inversión en su creación o por la experiencia de hacerlo desde tiempos lejanos. Series como Game of Thrones, House of Cards, Breaking Bad, sólo por mencionar algunas ¿han sido tan exitosas en nuestro país por ser creadas en Estados Unidos o porque son realmente buenas? Si apuntamos a los fenómenos sólo por su origen corremos el riesgo de enfrentarnos a nuestras propias fronteras para resultar siendo tan irreflexivos como aquellos a quienes se los juzga por consumir "basura yankee".

Así pues la cuestión es cómo abordar este fenómeno de lo estadounidense, que está enraizado en lo más profundo de nuestra sociedad y posiblemente para siempre. Como bien señala el filósofo Slavoj Žižek, el gran problema es la ideología, es el contenido de valores, símbolos y significados que están enmascarados y que vamos incorporando sin ningún tipo de barrera crítica. Denostar lo estadounidense sólo por ser estadounidense no tiene ningún sentido, más cuando no hay persona en este país que no utilice algo nacido allá (pensemos si no el origen del sistema operativo que favorece la lectura de esta columna).

Por todo esto la clave tal vez radique en poner en el foco más que en el color de la bandera que se iza, en las ideas escondidas, ideas que proponen al ser humano como ser económico, al dinero como deidad, que instauran estereotipos de belleza inalcanzable, a lo carente de sentido como verdad absoluta, al derroche de recursos como medio para la subsistencia. La sociedad argentina es una sociedad norteamericanizada y el mayor riesgo de esto no es haber perdido el "ser nacional" si no en todo caso, que aplaudimos de pie la colonización, la imposición de ideas ajenas que nos buscan subsumir.