Alejo Santander
Alejo Santander
Igual que el personaje de Tom Hanks, Matías Temperley pasó por todo: una guerra, una campaña política, se quedó sin nada y levantó su propia empresa.
Una mañana en Massachusetts alguien toca el timbre en una casa que no espera visitas, y cuando se abre la puerta está él: un tipo común, pelo corto al ras, poco más de 1,70 mts, que lo primero que hace después del "Good morning" obligado, es extender un panfleto para las próximas elecciones. En la imagen un soldado posa frente a la bandera estadounidense:

-¿Me parezco?- se apura a preguntar apenas el que abrió la puerta hace contacto con el folleto.

Los ojos pálidos del dueño de casa hacen un ping pong entre la imagen y la persona que tiene enfrente, y la correa de la mochila que lleva puesta, con el escudo del ejército bordado -que no es casual- hace el resto. Aparece la clásica sonrisa norteamericana, y la puerta se termina de abrir.

"Cada vez que entraba en una casa me llevaba un voto, te lo aseguro"
, dice Matías, porque "al norteamericano no le importa de donde venís, le importa lo que vos realmente hiciste por su país",y por eso "son capaces hasta de votarte".

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EL PRECIO DEL SUEÑO AMERICANO

En plena crisis del 2001, con un país en llamas y 20 años, Matías, que en ese momento trabajaba 12 horas por día en una heladería de Recoleta, se vio tentado por dos amigos a irse a estudiar a los Estados Unidos. Su papá, Ernesto Temperley, había pasado un año viviendo allá en 1969, pero no quiso quedarse y se volvió. Estados Unidos peleaba la guerra de Vietnam.

A sus cuatro hijos, María, Carolina, Federico y Matías, Ernesto les insistió siempre con una sola cosa por sobre cualquier otra: "Estudien". Fue por eso que la idea del viaje a Estados Unidos, a pesar de que él también sufría los vaivenes económicos de la Argentina del 2001, le pareció una buena opción para el menor de los Temperley.

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Federico, Ernesto y Matías Temperley<br>
Federico, Ernesto y Matías Temperley
"Esperé a cumplir 21 y me fui, porque antes de eso ya me habían dicho que no podías comprar alcohol, no podías hacer nada allá", se acuerda Matías en diálogo con minutouno.com, que aprovechó ese año para ahorrar todo lo que pudo. Lo iba a necesitar para pagar la universidad de la que le habían hablado sus amigos, McKendree University, en Lebanon, Illinois, un campus con edificios rodeados de alfombras de césped, cancha de baseball, aulas blancas; y carísimo.
"Sin haber levantado un arma en su vida, fue a la guerra"
"Supuestamente me daban una beca, después dijeron que tenía que pagar la mitad y al final era sólo un cuarto de beca lo que me daban. De todo me enteré cuando ya estaba ahí", repasa en voz alta y toma aire antes de admitir un comienzo complicado: "Se pusieron duras las cosas, yo tenía que pagarles un fangote de guita y no la tenía".

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Abandonó Lebanon con una deuda de U$S10 mil dólares con McKendree que años más tarde, a la vuelta de su primera misión en Irak, pagó. "No puedo deberle nada a nadie, siempre tengo que saldar mis cuentas", dice y habla en serio. Con 21 años, sin haber levantado un arma en su vida, Matías se sintió en deuda y fue a la guerra por un país que no era el suyo.

"Yo en nada de tiempo me sentía en deuda con Estados Unidos y me necesitaban, la guerra de Irak recién empezaba. Es también el hecho de ser parte, vos estás ahí y no sos parte. Esa era una forma de ser realmente parte, era una forma de decir: 'Yo no vengo acá a usarte el país'", explica, sobre el precio que le puso a su sueño americano.

WE WANT YOU

Se mudó a Belleville, una ciudad cerca de Saint Louis al otro lado del río Misissipi. Ahí vivía con dos argentinos en un departamento de un solo cuarto en el que tiraban colchones y dormían en el piso. Trabajaba en una casa de hamburguesas, Stake & Shakes, donde primero lavó platos, después preparó menús, y justo cuando estaban por ascenderlo a managger, decidió cambiar las papas grandes y la gaseosa mediana, por tanques y misiles al otro lado del mundo.

Bush anuncia la guerra
"Es difícil tratar de pensar algo que hice tan rápido. Me costó tiempo entender lo que hice, y por qué lo hice", comparte sobre la decisión de enlistarse, decisión que no consultó con nadie, y de la que no avisó hasta que ya estaba tomada por él, y firmada y sellada por el ejército de los Estados Unidos.

"Las cartas que me mandaban mis amigos yo las empezaba a leer y ya veía las primeras líneas, tratando de convencerme, y ahí nomás las tiraba", hace el gesto con la mano en el aire de abollar un papel y dejarlo caer. Pero también dice que hubo una que leyó completa, una que no pudo ignorar, que empezaba con: "Mi cuerpo completo duele...", y que era de su mamá, Susana.

"Yo no trataba de ser el ejemplo de nadie, porque no lo soy. No soy un ángel, ni nada, lo hice y ya, guste o no guste, suene lindo o no, y no le tengo que dar explicaciones a nadie", se defiende ahora en una plaza de San Isidro, frente a la casa familiar de los Temperley, y no cuesta imaginarse que 12 años atrás, en el teléfono de esa misma casa, sus palabras debieron sonar parecidas.

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"Muchas cosas me pasaban en ese momento, quizás con la cabeza de hoy creo que no lo haría; pero en ese momento fue diferente", recuerda.

En 2004 su papá Ernesto, su mamá Susana, y una de sus hermanas viajaron a Estados Unidos para convencerlo de que no lo hiciera."Lo voy a hacer con el puñal de ustedes acá o sin el puñal", les dijo y ellos se volvieron a la Argentina con las manos vacías, tratando de encontrarle lógica a una decisión que nunca -ni siquiera hoy- entendieron. Pero Matías no era el único que se preparaba para una pelea, mientras él se iba a Irak, a Federico, su hermano mayor, le diagnosticaban cáncer.

UN ARGENTINO EN IRAK

Construida en 1918 Fort Knox es una base militar ubicada en el estado de Kentucky. Son 44 mil hectáreas que cubren los estados de Bullit, Hardin y Meade, y donde actualmente funciona la United States Army Armor School. En 2004 para Matías era el lugar donde tenía que hacer el Basic Training, el lugar donde iban a hacerlo soldado, a prepararlo para la guerra, si es que eso es posible.

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Base militar de Fort Knox<br>
Base militar de Fort Knox
"Yo nunca había disparado un arma antes, ahora que me lo decís así me da miedo", se ríe Matías con la pregunta, después de dos misiones a Irak, una como soldado entre 2004 y 2005 y otra como Teniente de 2009 a 2010. "Ellos decían que era mejor si nunca habías tocado un arma porque no tenías malos vicios", se apura a agregar y comparte una frase que por lo precisa suena a que ya la dijo antes: "Claro que tenía miedo, pero no quería que ese miedo me tuviera de rehén".

"Llegamos a Fort Knox y ahí nomás empezaron a gritarnos, nos bajaron del colectivo pagándole al ómnibus y nos pusieron a hacer flexiones en ese mismo momento, a correr de acá para alla, yo no entendía nada, no sabía lo que estaba pasando", relata.

Matías - soldado 2
"Estábamos todos enfermos porque hace frío y calor al mismo tiempo en esa zona de Kentucky, muchos cambios de clima, y ponele estábamos en una clase y no nos dejaban tocarnos la cara para limpiarnos los mocos, era una orden. Si lo hacíamos venían las flexiones, y te insultaban, te hablaban de tu mamá, de lo que fuera intentando sacarte", detalla sobre el entrenamiento, según dice una suerte de "acto" de los que tenían el deber de prepararlos, personajes pensados para llevarlos al límite.

"A vos te tratan de mentalizar. No es un lavado de cerebro, es un juego. Al final te das cuenta que es un juego y es lo que te termina a vos haciendo separar tus emociones de lo que tenés que hacer. El miedo está igual, pero vos haces lo que tenés que hacer", dice.

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Durante el viaje en avión de línea hasta a Kuwait, y luego en la aeronave del Air Force hasta Sadr City, un suburbio de Bagdad, asegura que no sabía si iba a encontrarse con "la Segunda Guerra Mundial o si no iba a pasar nada". Todo el entrenamiento y la teoría de los últimos meses, se estaban por volver reales, pero no sabía cuánto.

Desde el primer día en la ciudad su cabeza "se activó", cuenta: "Se escuchaban tiros, explosiones y había un tipo que iba por los techos tirándonos granadas. Había que meterse a las casas a ver dónde estaba y no me reconocí en ese momento. Uno le pegaba a las puertas para abrirlas y sin que nadie me diga nada yo iba primero y entraba a las casas, estaba confiado y eso era en parte porque sabía que en el entrenamiento cuando yo tiraba un tiro, acertaba". Tenés miedo, pero hacés lo que tenés que hacer.

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Para Matías, que durante sus días en Irak fue "Temp" para todo su pelotón, "el soldado en todo el mundo está entrenado para hacer lo que un ser humano no está preparado", y con la frase se separa del resto de la raza. De él mismo, del que dos años atrás vendía helados en Recoleta, del que un año antes freía pollo en un barrio negro de Illinois, del que hace unos meses limpiaba en una casa de hamburguesas de Belleville.

Ahora en Irak pide que le dejen manejar la amteralladora del hummvee gunner, el vehículo de traslado de las fuerzas estadounidenses, el puesto más peligroso en una guerra de insurgencia, el que está más expuesto, en el techo de la unidad. Lo hace porque no confía en ninguno de sus compañeros más que en él.

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Habla y parece que contara una película, como si las cosas las hubiera visto, pero de alguna forma hubiera logrado no sentirlas, y algo de eso se filtra en sus historias: "Una vez estábamos buscando un palestino que hacía coches bomba, y yo estaba en el humvee esperando y veo pasar un cohete por arriba de nuestras cabezas. Todos lo vimos pero nadie hizo nada, yo tampoco. Lo miré y me di cuenta que no me alarmaba, lo pienso ahora y es una locura, nos podría haber matado a todos. El cerebro se acostumbra".

"Al Qaeda metía coches bomba a diestra y siniestra. Un íntimo amigo, dejó pasar un coche bomba una vez", se anima a compartir y recrea la escena: "le tiró adelante, al piso a modo de advertencia, y el auto seguía, empezó a tirarle al chasis y seguía. El teniente preguntó qué pasaba y él le dijo debía ser que estaba apurado, pero el coche se metió en el medio de los dos hummvees y explotó. Él sobrevivió, pero murió un compañero".

Otro día, otro auto tampoco paró, pero esa vez no esperaron a que explote, lo arrasaron con proyectiles. Cuando detuvo la marcha desmontaron y se acercaron pero no había bomba, sólo una botella de whisky enorme en el asiento del acompañante, junto al cadáver del conductor. El cerebro se acostumbra.

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En 2005 Matías terminó su primera misión y regresó a los Estados Unidos, cuatro años después le tocó volver, esta vez como Teniente. A días de partir el cáncer le ganó la pulseada a Federico.

"Yo estaba por irme a Irak, a mí el Army ya me había dado 10 días para visitarlo y no pude ir al funeral, yo era jefe de un pelotón, mis soldados dependían de mí, nadie me lo entiende pero yo tampoco lo iba a poder resucitar", dice Matías, que durante un año no pudo dejar de soñar a su hermano, con el que entre muchas otras cosas, le quedó pendiente un viaje a México que planeaban hacer juntos.

En ese momento decidió no decirle a su familia que volvía a Irak. Consiguió un celular con característica de Estados Unidos y durante un año habló desde Bagdad, diciendo que estaba en Boston. A la vuelta llamó a Buenos Aires y contó donde había pasado realmente el último año. Su mamá primero se enojó, y después le dio las gracias.

"YO MUY PROBABLEMENTE HUBIERA SIDO ENEMIGO DEL CHE"

Susana, la mamá de Matías, es prima de Ernesto "Che" Guevara e igual que él lleva el apellido "Guevara Lynch", el mismo que el papá del guerrillero. Es el apellido original de la familia, a pesar de que en muchas biografías aparezca también como "Guevara de la Serna", producto de la unión con el de su mamá, Celia de la Serna.

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"No podría juzgar a alguien que vivió en 1950, cuando Rusia estaba en su apogeo, pero tenemos visiones diferentes. Yo en otras circunstancias hubiera peleado contra él", no tiene problemas en admitir Matías, que agrega: "pero valoro sus huevos. Si vos peleás por tu ideal y sos el primero que va al frente, yo te respeto".

"Es muy fácil juzgar porque ya pasó todo, era más fácil estar equivocado de una visión económica antes que ahora. Yo hubiera peleado contra él", repite. "Si yo trabajo más por qué tengo que ganar lo mismo que el que no hace nada, yo no hubiera estado de acuerdo con eso", instala diferencias ideológicas con su tío segundo, aunque también las tiene militares: "El tipo llegó ahí y a sus contrincantes los fusiló a todos, con eso tampoco hubiera estado de acuerdo. Al rival siempre se lo trata con honor".

MATT TEMPERLEY FOR CONGRESS

En 2010 Matías empezó a ir a las reuniones del partido republicano. Las juntadas se extendían siempre en algún bar y un día durante una de esas charlas después de hora, alguien mencionó que él lo tenía todo para candidatearse. Era cierto, o por lo menos era cierto que tenía lo más importante: una historia que vender.

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Fue así que a través de un amigo conoció a César Martínez, un peso pesado de la política estadounidense, un especialista en captar votos latinos que había sido asesor durante las campañas de George W. Bush, Mitt Romney y John McCain,

Su fuerte era armar comerciales apuntados al votante hispano y tenía la chapa de haber estado en tres presidenciales en los Estados Unidos, lo que según el propio Martínez es "como jugar el 'Superbowl' de la política mundial" y donde el voto latino se vuelve "un factor determinante en la cancha".
"Hay que hacerlos llorar", le aconsejaba su padrino político
Su score no era malo: una elección ganada, una perdida y una que terminó en empate pero ganó al final, definida en tiempo extra por los árbitros (en el 2000 fue decidida por la Corte Suprema).

"Le mostré la historia a mi conocido y él le dijo 'mirá que no tiene un mango', pero el mexicano respondió: 'Me gusta la historia'", resume Matías.

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César Martínez<br>
César Martínez
"Hay que hacerlos llorar", se acuerda que le decía Martínez mientras preparaban el spot para la campaña. Fue un video de un minuto en el que contaba la llegada desde Argentina, su papel en Irak, y para el que le habían cambiado el nombre por uno más acorde: "Matt".

No era casual que Martínez aceptara el trabajo, ni que priorizara la historia de Matías por sobre otros factores. El consultor mexicano no es politólogo, ni tiene un máster en campañas presidenciales: estudió cine.

Las películas son su pasión y por eso, cuando le preguntan por una lección que le haya dejado su trabajo, no habla de estrategias, ni dá máximas sacadas de cursos de coaching: "Las campañas son iguales en todo el mundo: los actores cambian, pero los personajes de la película son los mismos", define.

Spot Matías Temperley
"Yo le pagué a Martínez U$S 2700 sólo para que me hagan el comercial, y después le pagaba a Time Warner, la empresa de cable, U$S 50 dólares por cada 30 segundos de aire. Pagaba dos comerciales porque mi historia no podía meterse en menos de un minuto", explica Matías.

Además Martínez tenía un truco. El mexicano sabía que Time Warner tenía su señal de televisión dividida por estados. Ese descubrimiento lo había hecho capaz de, por muy poca plata, lograr poner sus comerciales sólo en los televisores que necesitaba, los de sus electores, y durante la tanda del canal de noticias más visto del país, Fox News, en prime time.

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"El comercial apareció en horario central en Fox News, y nadie lo podía entender. ¿Quién es? ¿Cómo hizo? Decían ", se acuerda Matías. "Apenas aparecía el spot empezaban a mandarme mensajes a la página, likes por Facebook, haciendo eso aprendí cosas que después me sirvieron hasta para los negocios", cuenta.

"Yo estaba atrás de una computadora, trabajando en calzoncillos y esa era mi campaña", se ríe, aunque para los debates sabía estar impecable, algo por lo que le da el crédito a su papá Ernesto. Hubo gente que trabajó gratis para su campaña, y está copnvencido que de cada casa de Massachusetts que visitó se llevó un voto.

"Al americano no le importa de donde sos. El americano compra tus valores. El americano ve a un tipo que vino de Argentina, peleó y estuvo ahí. No hay casi ningún congresista que lo haya hecho", dice Matías, que terminó perdiendo, pero que asegura que "con U$S10 dólares mil más" la historia era otra.

DE WALL MART A LA EMPRESA PROPIA

Después de la aventura política se quedó sin nada. No tenía plata y se negaba a inventarse un PTSD (Trastorno por stress post traumático), secuelas psicológicas de la guerra por las que el Ejército subvenciona a muchos de sus veteranos.

Matías nunca se hizo el test de PTSD, aunque reconoce que algunos de sus compañeros, especialmente los que estuvieron entre 2004 y 2005, "no quedaron bien" y que muchos decidieron quitarse la vida. En noviembre del año pasado una estadística hizo público que los suicidios de ex combatientes estadounidenses, ya superaron la cantidad de muertos en Irak y Afganistán.

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Matías estaba trabajando en Wall Mart cuando su papá le propuso empezar a hacer negocios con él en el mundo las exportaciones e importaciones. "Yo no soy comerciante", le dijo Matías a Ernesto en ese momento, que le respondió "Lo sos, pero todavía no lo sabés". Y tuvo razón.

A Matías se le ocurrió empezar a trabajar con casas de remate. Puso especial atención en los productos que más se vendían, hizo una lista detallada y le ofreció a los dueños de las subastas traerles esos productos desde China.

"El primer 'boom' fueron las cajas furtes, la gente las compraba hasta rotas", cuenta y al contrario de lo que pueda pensarse la tendencia no tiene que ver con la inseguridad, sino con el gran porcentaje de tenencia de armas de fuego en las casas de Estados Unidos y la necesidad de alejarlas de los chicos.

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Matías llegó a trabajar con la casa de remates más grande de los Estados Unidos, hasta que se dio cuenta de que por Internet podía evitar al intermediario y distribuir en mayor cantidad directo a los clientes. Después empezó a fabricarlas él, sumó otros productos, y hoy tiene su propia marca.

¿ARGENTINA O ESTADOS UNIDOS?

La semana pasada Matías se dio de baja del Ejército norteamericano después de 12 años, con el grado de Capitán. Ahora está en San Isidro, todas las mañanas sale a correr dos vueltas al Hipódromo, a pesar de una molestia en el pie por un accidente que tuvo hace poco cuando una caja fuerte le aplastó la pierna, pero lo hace porque —asegura— lo ayuda a pensar, y por estos días necesita pensar mucho.

Entre las cosas que hoy le pasan por la cabeza está la idea de volver al país, en gran medida incentivada por la nueva apertura económica. Aunque también está César González, que le insiste con volver a la política. Matías, con 34 años, está convencido de que el pueblo norteamericano lo recibiría "con los brazos abiertos" y sabe que hoy con su nueva posición económica, su campaña sería mucho mejor.

¿Argentina o Estados Unidos? Hoy la pregunta está abierta en la cabeza de Matías Temperley, que sin embargo, después de pelear en Irak, vivir en más de tres estados a lo largo de Estados Unidos y tener una empresa en Texas, este último tiempo, se acordó que le debe a su hermano unas vacaciones en México.