Federico Mana
Federico Mana

El caso de la denominada "loca del tinder" nos brinda la oportunidad de reflexionar al respecto del los nuevos rituales amatorios que algunas aplicaciones posibilitan y las formas contemporáneas de establecer vínculos ¿Debemos desterrar o legitimar estas prácticas? ¿Puede encontrarse el amor por Tinder?

"Todos estamos sedientos de amor", con esta frase Erich Fromm pretende dar muestra del espíritu de su obra "El arte de amar" al mismo tiempo que sostener una sentencia que puede aplicarse a la sociedad entera a la hora de analizar sus deseos más profundos.

Ahora bien, pese a que la definición de "amor" puede volverse un tanto esquiva o, al menos, bastante escindidas sus interpretaciones, tal vez estemos en condiciones de afirmar que el postulado del pensador alemán tenga mucho de cierto; encontrar una pareja para compartir momentos, experiencias, formar un vínculo estable o aunque sea atravesar un momento de placer estético, pareciera ser una de las búsquedas más difundidas en la humanidad y que requiere de un gran gasto energético.

Sin embargo, por más que este deseo esté tan disperso y sea tan profundo, lo real es que en su desarrollo no son pocos los problemas que se pueden experimentar: desencuentros, engaños, tristezas, incompatibilidades, falta de reciprocidad y un sinfín más de fenómenos angustiantes y desoladores que creemos desaparecerán como por arte de magia al encontrar el "verdadero amor".

Tal vez no haya que ser tan extremista, pero todos quienes hayan atravesado alguna experiencia amorosa pueden dar cuenta de que esa idealización del amor que niega cualquier tipo de dificultad más que ensalzarlo, lo perjudica y deshumaniza.

De todas maneras, pese a todos nuestros desengaños, seguimos buscando un otro que nos complemente, que nos acompañe, que nos de aunque sea un momento de satisfacción pero, claro, si es evitando los riesgos del salirse de sí mismo y relacionarse con los demás, mucho mejor.

Es así pues que aplicaciones como Tinder han logrado un éxito rotundo: bajo la promesa de lo rápido y fácil, brindan la posibilidad casi ilimitada de elegir y conocer (o intentar conocer) a una gran lista de personas sin otro esfuerzo más que mover el dedo índice a la izquierda o a la derecha. Aunque ¿cómo funciona esta aplicación?

Para quienes no estén familiarizados con ella, aquí una breve explicación: al descargarla uno sube fotos personales que conformarán el perfil propio, luego determina el rango de personas que está buscando; a partir de allí comenzará a desfilar una lista de quienes se encuentren dentro de ese rango: si la persona nos agrada arrastramos su foto a la derecha, si no, a la izquierda. Luego, si tenemos la suerte que la persona a quien le dimos like nos lo haya dado a nosotros también, la aplicación nos da la posibilidad de chatear con la misma y allí comenzar la historia...

¿No es esto la panacea del conquistador? Con un par de imágenes ya se puede salir al encuentro virtual de una gran cantidad de sujetos que de otra manera se nos vuelven inalcanzables. Es veloz, confiable y, principalmente, nos da una especie de poder en donde nosotros somos los que elegimos a quiénes le daremos la oportunidad de conocernos y a quiénes no, quiénes son dignos de merecer nuestra atención y quiénes morirán en el ostracismo del unlike configurándose en rostros anónimos que se perderán en el limbo de los rechazados.

Pero ¿es tan perfecta la lógica del Tinder? ¿Es un paso superior dentro de la dialéctica de la conquista? Sin lugar a duda, debajo de tanta parafernalia existe un cúmulo ideológico que conlleva a problemas filosóficos.

En primer lugar está el rol que juegan las personas que allí se encuentran; ¿no se reducen a su mera imagen? Si hay una afirmación antropológica en Tinder es la siguiente: "soy lo que muestro", es decir, valgo en función de la valoración estética de mi imagen.

Pensemos en el acto de elegir nuestras futuras parejas ¿desde dónde la valoramos? ¿Ponderamos algo más que su belleza? En definitiva, la condición humana se reduce a lo meramente superficial, a lo mostrable, a lo accidental más que a lo esencial. ¿Es esto una ideología que creó Tinder o que ya estaba en la sociedad y la aplicación aprovecha? ¿Qué es primero, el huevo o la gallina?

Asimismo, también encontramos problemáticas una vez que hemos elegido a ciertas personas y ellas nos han elegido a nosotros; puede suceder que nuestra lista de compatibilidades o "posibles parejas" se extienda en un buen número y por tanto ¿con quién quedarnos? ¿Con una o con todas?

En esta circunstancia se ve un rasgo característico de época y que tanto atenta contra nuestros deseos de formar vínculos estables: como elegir a alguien implica renunciar a las demás posibilidades, no nos atrevemos a dar el "gran salto" quedándonos en el medio, eligiendo un poco a varias opciones pero, en realidad, no tomando ninguna opción; evitamos el compromiso para no perder la probabilidad de encontrar algo mejor o, por lo menos, diferente.

Así pues, esta lógica del Tinder (que por supuesto se encuentra enraizada allende la aplicación) es absolutamente dañina con la constitución de los vínculos ya que los mismos requieren esfuerzo, dedicación, tiempo y atención, elementos imposibles de aplicar en una relación fast food y compartida con otras personas.

Entonces, haya sido o no un fake el caso ¿por qué se le llamó "la loca del Tinder"? ¿Por salir a empapelar las calles buscando a un hombre o porque eligió a uno en vez de a la totalidad de sus posibilidades?