El principado europeo fue siempre sinónimo de lujo y ostentación. Sin embargo a la hora de sentarse en un bar o un restaurante, en 2016 la ecuación parece haberse invertido.

Es una de las ciudades donde más dinero se mueve, por lo menos en la calle donde no es raro ver Ferraris o Lamborghinis estacionar frente los locales de Dior o Chopard, de los que mujeres entalladas en vestidos dignos de la alta costura u hombres de negocios, salen con alguna bolsa.

Es allí que un café expresso por ejemplo tiene un valor de 2 euros ($ 34), por lo menos es lo que dice el café Bilig, ubicado en Mónaco, el segundo país más pequeño del mundo y el más densamente poblado con relación a su tamaño.

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Lo mismo valía hace por lo menos cuatro años y un precio similar mostraban entonces los cafés en Madrid o Roma. En 2012 en la Argentina costaba 12 pesos, en la actualidad está entre los $ 25 y los $ 35.

Claro que estas comparaciones no incluyen un análisis de los impuestos sobre cada producto, ni de cómo se integran las cadenas de valor hasta que se llega al consumidor final, ni se detienen a explicar si los productos con los que están elaborados esos bienes son importados o de industria nacional. Sin embargo, sirven a la hora de un pantallazo comparativo tras la suba de los alimentos en el país.

Y LA PIZZA TAMBIÉN

La diferencia no la vemos sólo en el café. Una pizza Marguerite (con tomate y queso), la más básica del principado, cuesta en promedio 9,50 euros (o sea unos $ 161,50 si se tomar el tipo de cambio a $ 17), en otros lugares el valor varía entre 8,50 euros y 10 euros. Mientras tanto en una famosa pizzería porteña, esa misma pizza cuesta 240 pesos: un 48,6% más cara.