Federico Mana
Federico Mana

Por el "segundo semestre" se depositaron las esperanzas, pero, ¿se puede vivir de ello?

Las redes sociales explotaron con la llegada del tan mentado "segundo semestre", aquella etapa del año en donde la economía del país comenzaría a vislumbrar, según el gobierno, los primeros rasgos de una recuperación, depositando en el mismo un cúmulo de esperanzas al respecto de lo que acontecerá. Pero ¿qué es la esperanza? ¿Podemos vivir de ella?

En un primer nivel de análisis tal vez nadie se atreva a dudar de la esperanza como un valor eminentemente positivo en la vida de los seres humanos ya que se la suele señalar como el motor que nos da energía para llevar adelante las acciones necesarias para alcanzar nuestras metas y anhelos; de hecho si hemos de definirla podríamos decir que es la perspectiva de un bien anhelado con la probabilidad de poder alcanzarlo.

En este sentido la sociedad la vislumbra como la fuente de fortaleza que se requiere para atravesar momentos de oscuridad y dificultad ya que se tiene la fe inquebrantable de que existe una luz al final del camino. Por ello es que la "esperanza" es un concepto arrojado al futuro, esto es, algo que nos dice que en el presente hay que ser paciente ya que lo venidero será dichoso. El problema claro está, radica en que se puede especular con lo que sucederá en un futuro, pero por supuesto no se lo puede comprobar, ya que lo único que existe es el presente...

La "esperanza" es un concepto arrojado al futuro

Así pues estamos en condiciones de entender que el término no es tan transparente como quizás hubiésemos creído en un principio dado que no sólo entraña un conflicto temporal entre lo que es y lo que será si no que, además, nos pone en tensión entre los ficticio y lo real. Es decir, solemos asimilar que la "ilusión" es lo mismo que la esperanza, que ambas palabras refieren al acto de poseer el deseo de la concreción de un objetivo y por ello no nos detenemos en pensar que quizás la ilusión nazca de metas más imposibles e ingenuas antes que de metas veraces con probabilidades de ser alcanzadas. Entonces ¿es el "segundo semestre" una esperanza o una ilusión?

De lo anteriormente dicho se desprende por ello que debemos "terrenalizar" la esperanza, que debemos dirigirla hacia aquellas cuestiones que sabemos son posibles de alcanzar pero, si sólo tenemos esperanza en lo que sabemos que va a ocurrir ¿no se pierde su sentido? ¿Acaso no tenemos esperanza como forma de cubrir el vacío originado por la incertidumbre de lo que acontecerá?

Entonces ¿es el "segundo semestre" una esperanza o una ilusión?

Ahora bien, vista desde esta perspectiva quizás la esperanza no sea ese fenómeno tan positivo que creíamos que era. ¿Motor en las dificultades? ¿Último recurso cuando todo se desmantela? Esta idea proviene del mito griego de Pandora y su caja (que en realidad era un ánfora); según la narración mitológica, Pandora fue una mujer creada del barro por orden de Zeus en castigo a los hombres por el fuego que brindó Prometeo y que bajó a la tierra con todos los males encerrados en un objeto el cual abrió, esparciendo así el sufrimiento, no sin antes cerrar su caja permaneciendo dentro de ella la esperanza. Pero, si contenía todos los males ¿por qué estaba la esperanza?

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Friedrich Nietzsche dijo alguna vez: "la esperanza es el peor de los males, pues prolonga el tormento del hombre". Puede ser que la frase suene fuerte o excesivamente negativa ¿pero acaso no es lo que termina sucediendo? Uno ha de soportar el padecimiento de todos los males sólo por la fuerza de un supuesto bien a llegar no se sabe bien cuándo. Así hay que tolerar los aumentos de los servicios, los despidos, la reducción del rol estatal, todo en vistas de un porvenir prometedor que se supone llegará en el segundo semestre o en algún momento de ese espacio ontológico impreciso que es el futuro.

¿Entonces debemos desterrar la esperanza de nuestras vidas? El problema consiste en que en muchas ocasiones solemos concentrarnos en la motivación u objetivo pero no tanto en las acciones que nos han de acercar a el. Por ejemplo, pareciera irrenunciable la esperanza por la paz aunque si la misma se ve carente de cualquier tipo de práctica que la construya, se volverá vacía y sin sentido, por lo que podemos vislumbrar que el verdadero conflicto está más que en la tenencia o no de esperanzas, en lo que hacemos con ellas: si las convertimos en factores que nos movilizan o si se constituyen como falsas ilusiones que nos detienen y nos obligan a soportar, estáticos, situaciones aberrantes.