Federico Mana
Federico Mana

Para analizar en este 9 de julio: ¿Qué es ser independientes? ¿Podemos serlo?

Los festejos por el bicentenario de la Declaración de la Independencia se vuelven una oportunidad ideal para reflexionar en torno a este concepto tan anhelado pero al que quizás poco tiempo de análisis le brindamos. ¿Qué es ser independientes? ¿Podemos serlo en su totalidad?

Posiblemente ninguna de todas las celebraciones que se hicieron y se harán a lo largo y ancho de nuestro país dudará de la importancia cabal que posee el acto de declarar la independencia de España aquel 9 de julio de 1816 como así tampoco cuestionará el hecho mismo de "ser independiente". La mayor parte de la sociedad lo toma como algo totalmente positivo y deseable no sólo para una nación si no también para cada individuo. Pero ¿qué entendemos por este término?

En una primera instancia podemos concordar que el concepto hace referencia al acto de no depender de nadie, de ser autosuficiente; si lo pensamos en términos de nuestro país en 1816, a no estar bajo autoridad española, a dejar de ser una colonia y que sean los habitantes de la nación quienes decidan los destinos de la misma y no una entidad extranjera que se impone por la fuerza. Ahora bien, si nos detenemos en el plano de lo personal, tener independencia referirá a sustentarse a sí mismo, a poseer pensamientos propios y decidir qué se hace con la vida desde convicciones internas. Aunque ¿cuál es el lugar que se le da a los otros cuando se busca la independencia?

De esta manera, podemos llegar a concluir, paradójicamente, que la independencia en realidad no existe. Es que si aceptamos la idea de filósofos tales como Levinas o Jaspers quienes sostienen que nadie puede ser sin los otros, ya que, en definitiva, dependemos de los demás para subsistir concluiremos que una independencia idealizada sólo sería aplicable en una vida ermitaña y despojada de cualquier contacto humano.

Una independencia idealizada sólo sería aplicable en una vida ermitaña

Es por todo esto entonces que tal vez un concepto más pertinente para señalar una búsqueda humana que privilegie la emancipación sin negar el rol de los otros en la propia constitución es el de "autonomía": proveniente del griego "auto" (por sí mismo) y "nomos" (leyes), esta categoría refiere a la capacidad de regirse por sí mismo, darse sus propias reglas, evitando de esta manera recaer en la heteronomía, que representa todo lo opuesto, es decir, que las reglas surjan desde el afuera. Por caso, el filósofo alemán Immanuel Kant llamaba a esto "estado de tutela", al entender que en nuestra vida cotidiana nos rodeamos de tutores que siempre nos dicen qué debemos hacer y cómo hemos de actuar, proponiendo que la manera de eludir esta situación era la de utilizar la razón, esto es, animándose a pensar cada cual por sí mismo.

Sin embargo, el darse las propias reglas no se agota en la voluntad individual de los sujetos, si no que debería aplicarse a la población entera. Por caso, Cornelius Castoriadis sostenía que la meta de toda sociedad debe ser la de buscar darse sus propias leyes sin depender ni recurrir al pensamiento mágico (nuestras leyes vinieron de la divinidad) ni tampoco a un sistema económico que creemos superior a nosotros y que, en definitiva, no es más que una creación propia. Y es en este punto entonces donde podemos preguntarnos si, luego de 200 años, somos como país verdaderamente autónomos, o si se quiere, independientes.

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Al igual que en el plano individual, entendemos que aislados del resto como país la subsistencia parece imposible; necesitamos de los otros para intercambiar bienes, cultura, sea por cuestiones políticas o económicas. Pero ¿hasta dónde debe darse este intercambio? En fechas como las del 9 de julio se puede observar cierta efervescencia de la cultura "autóctona" a través de las muestras de bailes folklóricos y la preparación de comidas típicas como forma de mantener simbólicamente la identidad nacional, como si de alguna manera se negara la dependencia de rasgos culturales extranjeros.

No obstante, si retomamos el concepto de autonomía, debemos concluir que abogar por ella no significa negar a los otros, si no tener la intención férrea de que las normas que imperan en nuestra sociedad sean el resultado de un debate a conciencia llevado adelante por los actores que conforman y conocen esta sociedad, y no que vengan delineadas desde "arriba" por diversas entidades que nos determinan una función específica dentro de un plan mundial al que poco le interesa lo que tengamos para pensar.

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Así pues, quizás la independencia en su sentido más radical ni siquiera exista, ya que al negar todo tipo de relación con los otros se torna impracticable. De todas maneras, si nos referimos a una independencia que tenga más que ver con la autonomía, también cabe la pregunta acerca de si existe, de si somos sujetos o si constituimos un país independiente. Es que no se trata solamente de declararla, si no de saber qué se declara, por y para qué se lo hace. Es muy loable el festejo, la escarapela y el sentimiento patrio pero si todo ello no viene acompañado por la búsqueda del entendimiento de lo que significa ser independiente, tal vez no sean más que actos vacíos, movilizados más por la costumbre que por la convicción.