El Presidente toma protagonismo en un área muy sensible, aunque también debe atender la política. Crece el rol -aunque en las sombras- de Lopetegui y Quintana. Se confirma el ala ortodoxa del presidente del BCRA. Y Prat Gay no va a las reuniones de gabinete en ausencia del jefe de Estado.
Mauricio Macri arrancó su Gobierno proclamando la descentralización de su gabinete económico. Esa división por áreas le dejó a Alfonso Prat Gay el Ministerio de Economía, incluida Hacienda y Finanzas, pero sin Energía. Enfrente coronó a Federico Sturzenegger y su club ortodoxo (a medida del pedido de los votantes tras doce años de liviandad en el cuidado del valor de la moneda) en el Banco Central y puso a hacer política a Rogelio Frigerio con los gobernadores. A ocho meses de haber consagrado ese esquema el macrismo ahora comienza a hablar del Presidente ministro de Economía, un atajo casi nestorista para solucionar una interna conocida y previsible en el poder. La puja por el keynesiano uso de reservas en la previa al blanqueo que despertó Prat Gay con el Central ni siquiera fue una señal, menos una confirmación, de una relación tirante desde el primer día con Sturzenegger. Sólo fue poner en vidriera pública una realidad que precipitó decisiones, cuenta Ámbito Financiero.

A Susana Malcorra también debe asignársele algún tipo de responsabilidad en este giro que da la organización del gabinete. La canciller llegó al Gobierno con el conocimiento pleno de Macri sobre su pretensión de ocupar la Secretaría General de la ONU. El Presidente propició esa campaña al punto que es la única candidata que tiene el respaldo oficial del Gobierno de su país. Esa candidatura se diluye y también con eso la posibilidad de un cambio en la Cancillería: Macri está conforme con Malcorra y de hecho, debe reconocerse (aunque con alguna flaqueza de por medio) que la agenda internacional del Presidente ha sido más completa hasta ahora que lo que él hubiera soñado.

Prat Gay quería formar parte del Gobierno de Macri. Estaba convencido de eso, aunque no está claro que el Ministerio de Economía fuera su pretensión primera.

Frente a estos datos y los números que le llevan sobre la economía, Macri toma decisiones. La primera es no precipitar cambio alguno, tampoco, como se dijo, tiene chances de hacerlo elegantemente. El Presidente apela entonces a terciar en las internas económicas parándose en un rol que no quiso: el de ministro en actuación. En realidad, se recuesta cada día mas en los dos hombres de mayor confianza que Macri tiene en el Gobierno: Mario Quintana y Gustavo Lopetegui. No es un secreto: se ve a diario en la Casa Rosada a ministros bajar a sus despachos y no lo contrario.

A Sturzenegger y el club ortodoxo no se lo toca. Macri así hace equilibrio, pero a la gestión le está pesando las divisiones. Un ejemplo lo dejó en evidencia: la crisis de la suba de tarifas y Juan José Aranguren (aunque no haya sido él quien tomó la decisión final) y el estres judicial que se vive por ese tema ahora ante la Corte Suprema desnudó que al Gobierno le falta un macroeconomista que haga un poco mas de política. El Gobierno nunca debió haber dejado que el Presidente en persona se tuviera que reunir al descampado público con Ricardo Lorenzetti por un tema de ese tenor.

Macri toma protagonismo en lo económico entonces y mientras tanto debe atender la política. Hay una definición pendiente en ese sentido que tampoco ayuda: el acuerdo entre radicales y peronistas adentro del PRO que no se da y eleva la irritación.

Hay datos en esta historia que también explican gestos y enojos percibidos en los últimos tiempos en los pasillos de la Rosada. Macri ha estado ausente, producto de su operación y algún que otro viaje, de las reuniones de gabinete y en cada una de esas ocasiones tampoco estuvo presente Alfonso Prat Gay. No fue casualidad: el ministro de Economía decidió en cada uno de esos casos enviar como su representante en el gabinete a Gustavo Marconatto. Si no está Macri, entonces Prat Gay no concurre.

Esa decisión produce un escozor gigante, especialmente en el jefe de Gabinete que, a la cabeza de esas reuniones, debe limitarse a escuchar opiniones, como las de Gabriela Michetti sobre casi todos los temas, y sentir que le vacían las deliberaciones.

Marconatto, en medio de la jungla macrista, para colmo, reúne dos cualidades que multiplican la irritación: como secretario de Hacienda va a esas reuniones en lugar de su jefe para decirle a cada ministro que plata disponible no hay para ningún pedido. Además, juega en ese mundo de outsider y por lo tanto despierta desconfianzas, ya que llegó a su cargo por pedido de Prat Gay que lo conoció en Diputados como peronista oficialista hasta 2013 y por simpatía quiso sumarlo al gabinete de Economía, pero no por voluntad de Cambiemos.

La presencia de Marconatto no es bien entendida tampoco en esos gabinetes donde Macri está ausente ya que la mayor parte de los ministros hubieran preferido que, ante la ausencia de Prat Gay, estuvieran allí Pedro Lacoste o Luis Caputo, ambos de buena relación con el resto del Gobierno y a los que el radicalismo, por otra parte, les tiene tanta confianza como al propio ministro de Economía. Eso aumenta aún mas la irritación en el equipo.