Pedro Mamaní vive desde hace 40 años en una cueva en Tucumán, donde tiene lo indispensable para cazar, preparar su comida y dormir en un catre.
La soledad es su compañera de vida. Cuando Pedro llegó al mundo, hace 74 años, su madre murió en el parto. Uno de sus abuelos se ocupó de la crianza. En aquel tiempo ya mostraba su carácter solitario: a los 15 años partió de San Pedro de Colalao para recorrer el norte argentino.

Pasó por Metán, después se instaló en Aguaray, más tarde en Campo Durán, también en Pocitos y, al final, cruzó la frontera hasta llegar a Tarija, en el sur de Bolivia, donde vivió más de una década. Después de haber cumplido 30 años regresó un día a su terruño y eligió vivir en la cueva, de donde no piensa salir. "A mi me gusta la cacería. Aquí estoy tranquilo, además el ser humano es peor que los bichos", dijo Pedro en diálogo con el diario La Gaceta.

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Está solo, pero no desamparado. Vive aislado, pero no incomunicado. Una vez al mes baja a la villa para cobrar una pensión, que cambia por comestibles y algunas herramientas. Dentro de la cueva armó una estructura con troncos de chalchal que sostienen improvisados estantes donde guarda cachivaches, como le gusta decir. Entre las maderas cuelga jarrones, ollas, alambres, herramientas para el cultivo, un par de botas, maíz, semillas, trampas, zapatos viejos, y bolsitas con especias.

Para no aburrirse en la cama se levanta a las cuatro y después, a las seis, cuando ya está claro, empieza a andar por el monte. Nunca tuvo mujer ni hijos. "Como se dice soltero nomás -detalló-, a veces me paso un rato con un vino y después me voy a la cacería de bichos".

Está decidido a seguir en la cueva, solo, cerca de los bichos. "Sí, hago de cuenta que la propiedad es mía nomás, y ya cuando sepa que estoy por morirme, ya me voy acercando para el pueblo. Antes de que llegue el momento me voy para allá".
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