Federico Mana
Federico Mana
Las repercusiones del conflicto entre Tinelli y los "trolls" de Twitter nos permiten pensar sobre las nuevas formas de generación de opinión.

Desde la emergencia, hace ya unos cuantos años, de sitios de Internet en donde se permitía la libre participación de las personas para comentar, opinar o aportar su parecer, llámense estos "foros" o "redes sociales", no pudo evitarse jamás la aparición de un ser que encontró en estos lugares su nicho ecológico por excelencia: el troll. ¿A quién se denomina bajo este mote? A aquella persona quien desde el anonimato o la impunidad que le brinda estar detrás de un teclado, se dedica a insultar, vilipendiar y desmerecer todo lo que encuentre a su alcance, aunque por lo general es a los famosos a quien más disfruta atacar.

Ahora bien, como toda categoría que busca englobar a cierta cantidad de gente, el riesgo es caer en un reduccionismo o entender que, en realidad, los "trolls" son los otros. ¿Por qué pensamos esto? Porque en primer lugar solemos considerar que son un fenómeno aislado, que surgen porque son personas que poco tienen para hacer en sus vidas por lo que deciden perder el tiempo molestando a los demás, idea esta que viene a colación del otro motivo que es que cada uno que participa en las redes sociales no piensa que pueda tener actitudes de este tipo aunque, ciertamente, lo más probable es que en mayor o menor medida las cometa.

¿A qué se debe esto? A que vivimos en un tiempo social al cual podemos denominar junto con el filósofo coreano Byung-Chul Han, como la era de los indignados. Basta con entrar a Twitter por un breve momento y se encontrarán quejas y más quejas cargándose por miles segundo a segundo. Ante esto podemos decir que en cierta manera se ha subvertido la participación política, entendiendo que con una mera opinión lanzada a la red, con una queja o mismo con la participación "solidaria" en la difusión de un tema caritativo a través de un retweet ya estamos ejerciendo una acción, siempre en el refugio de nuestro lugar seguro y a resguardo del contacto real con los otros.

Así pues podemos entender la proliferación de las shitstorms o las olas de quejas que se dan bajo un determinado hashtag tal cual lo ocurrido en la semana con el conductor televisivo. Entre "bots", "trolls" y "fakes" (las nuevas terminologías políticas que hoy pareciera que la filosofía debiera incorporar) se constituyó una tendencia a la cual se han sumado otros miles de usuarios y que no se agotó en la red social, si no que se extrapoló hacia los medios y la opinión pública en general, circunstancia que demuestra una verdad de perogrullo: en la actualidad las redes sociales son generadoras de ideología.

En este sentido la pregunta necesaria ante tal circunstancia es la siguiente: ¿por qué? Tal vez la respuesta la encontremos en otro concepto del pensador asiático radicado en Alemania; el "enjambre digital". Bajo este concepto lo que se quiere denotar es un fenómeno totalmente actual en donde los individuos mediante su utilización de las diversas tecnologías para la comunicación, han constituido a los medios digitales como su "plaza pública" a la vez que se han configurado como partes de una masa acrítica, totalmente interconectada pero absolutamente fragmentada. ¿Una masa fragmentada? Sí, porque los sujetos que la integran no se ven como parte de un todo, si no como individuos aislados que comparten un mismo espacio digital.

Podemos afirmar pues que en la indignación, en la queja indiscriminada no hay acción colectiva, no hay búsqueda de práctica cooperativa, ni siquiera hay intención real de cambiar algo; sólo hay sujetos que ven en el tuit o el posteo una forma rápida, segura y desentendida de manifestar repudio y disconformidad. Es que en esta forma de "hacer política" no hay negatividad, si el otro me confronta lo bloqueo, si el otro se molesta con lo que digo, no tengo que dar la cara.

Todo esto nos lleva a pensar que quizás cada uno de nosotros tenga un troll habitando en lo más recóndito de nuestro ser, uno que pide ver la luz cada vez que ponemos un "me gusta" a una crítica sin sentido o damos retweet indiscriminado a un hashtag vacío. Cabe reflexionar entonces por qué nos sumamos a estas corrientes y qué nos ha pasado para que se nos pueda crear opinión de una manera tan banal. Tal vez la venganza de los trolls no sea que hayan vuelto a aparecer con fuerza, si no que se han dispersado en todos los ámbitos posibles, aún en el de nuestro cada vez más desaparecido pensamiento crítico.