El inicio de los Juegos Olímpicos de Río 2016 nos llevan a reflexionar sobre los valores deportivos que implican el "espíritu olímpico" a la vez que nos hacen pensar sobre la pertinencia de la competitividad y la auto-superación como modelos de vida.

Como cada vez que ocurre un evento de esta magnitud, se sabe que durante las próximas semanas la atención de una gran parte de los medios y del discurso social estará centrada sobre lo que acontezca en Río de Janeiro. Por lo tanto será frecuente escuchar nombres de deportistas de los cuales sólo tomamos noción una vez cada cuatro años, nos "especializaremos" en disciplinas que apenas conocemos y nos emocionaremos con historias de vida que olvidaremos hasta la próxima cita en Tokio 2020.

Ahora bien, entre la lluvia de datos, récords y estadísticas se destacará un concepto el cual sobrevolará cada uno de los acontecimientos que se suscitarán: el "espíritu olímpico". Si la idea en sí de "espíritu" ya es bastante vaga y difícil de asir, con el adjetivo que se le añade claramente se vuelve más compleja. Pero ¿a qué nos referimos específicamente con esta categoría? Desde una definición rápida y superficial podemos enunciar que refiere al conjunto de valores altruistas, de esfuerzo, superación y cooperación que, se supone, emergen de la práctica deportiva.

Así pues, la palabra "espíritu" en este tipo de contextos lo que hace es dar cuenta de cierta ideología que subyace a una práctica, la búsqueda ulterior de la misma o también, la fuerza mancomunada de un colectivo determinado. Por caso, el filósofo alemán George Hegel utilizaba el concepto de "espíritu del pueblo" o Zeitgeist para denotar el clima cultural de una nación específica en un tiempo determinado. De todas formas, el uso que hace este pensador del término "espíritu" va mucho más allá, dado que ocupa un lugar central en su filosofía y en su método dialéctico donde comienza como idea, para negarse absolutamente en la naturaleza y emerger auto-superado en un tercer y definitivo paso.

En este sentido, podemos comenzar a comprender que el uso de esta a priori ingenua palabra debe ser reduccionista si hemos de querer comprenderlo fácilmente ya que a la hora de profundizar en ella todo comienza a complicarse. Es que ¿existe realmente un "espíritu olímpico" o no es más que una construcción teórica que busca defender unos valores que, en la práctica, ya no se cumplen? Pensemos por caso en el amateurismo, un valor fundacional de los juegos modernos que entre sponsors y contratos ha quedado casi como un significante vacío. Podríamos afirmar entonces que este ideal olímpico que se jura y se defiende no es más que una construcción lingüística que remite a una nostalgia inicial pero que lejos está de hacerse patente en las acciones concretas.

Claro que el misticismo que encierran los Juegos con sus referencias a los orígenes griegos, el fuego apolíneo que se vuelve en llama sagrada perenne y ese aura helénica de búsqueda de perfección humana requiere necesariamente atribuirse una idea elevada cuasi metafísica que englobe esta meta que va más allá de ganar una medalla; el participar por participar, el esfuerzo como fin y no como camino, la competencia como medio para el aprendizaje y no como motivo de enemistad, la superación de sí mismo como forma de encontrar los propios límites.

Es quizás en este punto en donde emerge una gran paradoja olímpica: en un evento que se ha transformado en negocio para muchos, que mueve millones y millones de dólares, convirtiéndose en un ícono del capitalismo moderno, se afirma defender valores que están en contra de los pilares neoliberales. En nuestro tiempo la competencia es para llegar individualmente al objetivo por sobre los demás, la auto-superación tiene que ver más con la acumulación de mercancías antes que con el crecimiento personal y al otro se lo ve como una amenaza más que como un factor de aprendizaje.

Por todo ello ¿es que entonces los Juegos Olímpicos representan la esperanza de que la humanidad aún mantiene valores altruistas o son simplemente un negocio que utiliza un espíritu de grandeza colectiva como pantalla? Tal vez la respuesta se entrecruce entre los dos polos de esta disyunción. Posiblemente mucho del tan mentado "espíritu olímpico" esté constituido por un discurso políticamente correcto, vacío de contenido, pero que nos tranquiliza escuchar para así no percatarnos de todas las miserias humanas, aunque esto no signifique que detrás de cada deportista no haya una historia de verdadero sacrificio ni que estén presentes no sólo las ideas de ganar y competir, si no también las de ir al encuentro con el otro porque el otro vale y con su presencia nos ayuda a ser mejor persona.