Federico Mana
Federico Mana
Luego de cuatro años de espera y dos semanas de acción deportiva, los Juegos Olímpicos finalizan invitándonos así a pensar qué sucede con las personas cuando han de enfrentar la ineludible realidad de que todo termina.

Muchos han sido quienes durante los últimos quince días han reformulado sus rutinas en función de la programación que proponían día a día los Juegos Olímpicos; desde despertarse más temprano de lo habitual para sintonizar algún canal deportivo, pasando por la descarga de aplicaciones específicas para el celular, hasta llegar al punto de comenzar alguna actividad física motivados por el "espíritu olímpico". Sin embargo, toda esa efervescencia se va difuminando poco a poco a medida que el máximo evento deportivo del año alcanza su fin, para convertirse en definitiva en un recuerdo añorado desde la nostalgia de saberlo irrecuperable.

Así pues, con este ejemplo que en comparación con otros sucesos de la vida puede ser totalmente trivial, podemos inmiscuirnos en el análisis de una experiencia completamente humana como lo es la emergencia del vacío ante aquello que dejó de ser. ¿Qué es lo que nos sucede ante el fenómeno de la finalización? ¿Por qué caemos en la melancolía, la tristeza, la ansiedad o incluso en la depresión? ¿Es posible evitar el vacío?

Cuando en nuestras vidas nos vemos atravesados por diversas experiencias, mucho más si son gratas o placenteras, los humanos generamos significaciones en torno a ellas para poder así asimilarlas y volverlas parte de nuestra historia, o en otras palabras, para que tengan un sentido; de esta manera nos aferramos a ellas haciéndolas parte cotidiana de nuestro devenir. Ahora bien, este proceso se puede dar tanto con un hecho mínimo y pasajero como una serie de televisión, un evento deportivo o un viaje, como también con relaciones humanas (amorosas o familiares), trabajos, funciones públicas, estudios, convivencias, o cualquier otra situación que tenga que ver con la construcción de la historia personal.

Es decir, en determinados momentos de nuestra vida entendemos que hay ciertas personas, actividades, lugares y hechos que son fundamentales para identificarnos como quienes somos o creemos ser ya que portan sentido y colaboran, en mayor o en menor medida, a dar significado a la existencia. Pero ¿qué sucede ante la finalización, ante el dejar de ser? Pues bien, frente a la ruptura que representa el cese de la existencia de eso que tanto significaba para nosotros no puede más que emerger el vacío, lo que no significa, lo que no podemos maniobrar ni mucho menos entender.

El filósofo Cornelius Castoriadis sostenía que "ser es significar", es decir, que todo lo que porta sentido es lo que tiene entidad para nosotros, por ende, cuando algo deja de ser en nuestra vida arrastra además una carencia de sentido. Hace más de dos mil años Aristóteles afirmaba que la naturaleza sufría de horror al vacío por lo que siempre buscaba el lleno total; ahora nosotros podemos decir que el ser humano sufre horror vacui debido a que, educado y acostumbrado a transitar en el plano de lo completo, del significado y de que todo siempre sea, cuando enfrenta al vacío éste se le muestra inabordable y completamente perturbador, generando la urgencia de tener que taparlo a como dé lugar.

Se vuelve interesante entonces observar cómo este mecanismo de ruptura – vacío – búsqueda se presenta en varios ámbitos de nuestra vida, ya sea ante la desaparición física de un ser querido o hasta en la finalización de nuestra serie favorita. Así pues, es posible que este mecanismo tenga que ver con nuestra constitución humana, pero también es factible que se vea fomentado por la lógica de consumo que nos rige. ¿Cuántas veces hemos buscado en la adquisición de no importa qué producto una forma de escapar a nuestros problemas, de darnos un instante de alegría? Claramente muchos de nuestros vacíos son propiciados por un sistema que nos pretende en constante angustia para así no cesar de consumir en busca de llenar una falta que, contradictoriamente, se va profundizando a medida que consumimos.

Aunque ¿podemos evitar el vacío?
Tal vez no haya forma de que esto suceda, quizás es parte de ser humanos tener que convivir con la ruptura de significado, con la finalización de todo lo que nos rodea. Asumir el paso del ser al no-ser y del no-ser al ser puede llegar a ser fundamental para bajar nuestros niveles de angustia ante la culminación, no desde la negación al derecho de todo sujeto a sufrir y a atravesar momentos de incertidumbre sino desde una aceptación de los ciclos de la vida que nos permita así evitar buscar sentidos ficcionales a nuestra existencia.